Hielo y arena.
Minho siempre había creído que su vida era como una hoja de Excel: perfectamente cuadriculada, limpia y bajo control. Por eso, cuando giró la llave de la habitación 4B en la Villa Olímpica, lo único que esperaba era el olor a limpio, madera nueva y ese silencio sagrado que tanto necesitaba para concentrarse antes de los Nacionales.
En cambio, lo que recibió al abrir la puerta fue un golpe de aire caliente que apestaba a sudor y el retumbe de un rock que hacía vibrar hasta las ventanas.
—¿Pero qué demonios...? —murmuró para sí mismo, apretando con fuerza el estuche de sus patines.
Cuidaba tanto su equipo que se había tomado el tiempo de ponerles los protectores de seda en el pasillo para que no se rayaran. Ver lo que había adentro del cuarto lo dejó helado.
A mitad del lugar —si es que a ese espacio estrecho con literas se le podía llamar habitación—, había un chico de hombros absurdamente anchos, con una camiseta de entrenamiento sin mangas, concentrado en ponerle cinta al mango de un stick de hockey. Al frente tenía un televisor que parecía sostenerse en la mesa de milagro.
—¡Epa! —el desconocido levantó la vista y le sonrió de medio lado, con una confianza que a Minho le pareció insoportable, como si estuviera saludando a un fan y no a un extraño que acababa de invadir su espacio—. Llegas tarde para el turno de la tarde, pero todavía queda un poco de bebida en la mesa. Soy Nate.
Minho no se movió. Con el ceño fruncido, miró el número dorado en la puerta: 4B. Luego revisó la pantalla de su teléfono para confirmar la acreditación digital: 4B. No había pérdida.
—Soy Minho Seo. El único deportista asignado a este cuarto —dijo, arrastrando las palabras con fastidio—. ¿Quién eres tú y por qué tus coderas están encima de la barra de la cocina?
Nate soltó una carcajada limpia, de esas que a Minho le sonaron a falta de respeto.
—Oye, tranquilo, "Solista". El coordinador me dio las llaves hace dos horas. Me dijo que el estudio era compartido por un tema de las becas, pero no mencionó que mi roommate vendría con cara de estar oliendo algo podrido.
A Minho le dio un tic nervioso en el párpado derecho. ¿Compartido? Su contrato decía claramente: Habitación individual de alto rendimiento. O bueno, eso era lo que él creía. Abrió el PDF de la beca en su móvil a toda prisa, hizo un zoom frenético y ahí estaba, al final de todo, en una letra tamaño hormiga que casi requería lupa: una cláusula que mencionaba la "modalidad de co-vivienda para atletas de distintas disciplinas".
Sintió un bajón en el estómago.
—Esto tiene que ser un error —sentenció Minho, dejando su maleta en el único rincón del suelo que no tenía ropa o equipo de Nate tirado—. Mañana mismo voy a la oficina del Comité a que me cambien. Por ahora... ¿Dónde está la otra cama?
Nate usó la punta del stick de hockey para señalar hacia el fondo del cuarto.
—Ese es el detalle, genio. No hay otra cama. Solo está esa estructura de literas que, si la abres, se hace una cama matrimonial. Y técnicamente, es para los dos.
Minho se quedó mirando el mueble con el mismo horror con el que alguien miraría el borde de un precipicio. Su mente, programada para el orden, empezó a calcular los centímetros. Dormir ahí significaba que sus brazos se rozarían a mitad de la noche. Compartirían sábanas, respirarían el mismo aire encerrado. Era una pesadilla.
—Ni lo sueñes —dijo Minho, intentando recuperar la postura y hablando con firmeza—. Prefiero dormir en la colchoneta de estiramientos en el suelo antes de compartir sábanas con alguien que ni siquiera sabe dónde se guarda la ropa sucia.
Nate se encogió de hombros, restándole importancia, y volvió a lo suyo con la cinta.
—Tú mismo, bailarina. Pero el suelo está helado por las noches y yo ronco bastante cuando vengo cansado de los partidos. Avisado estás.
Justo cuando Minho iba a soltarle una respuesta ácida sobre la higiene básica y la educación, los dos teléfonos sobre la barra de granito vibraron al mismo tiempo. El zumbido cortó el ambiente.
Minho desbloqueó el suyo rápido con el rostro. Nate lo hizo deslizando el dedo en un patrón aleatorio.
Asunto: SELECCIÓN FINAL - PREMIO "EXCELENCIA DEPORTIVA" 202x.
El silencio que se formó en la habitación se volvió pesado en un segundo. Minho leyó el correo dos veces, sin poder creerlo. Luego miró a Nate. El chico de hockey ya no sonreía; la luz azul de la pantalla iluminaba una expresión extrañamente seria en su cara.
—"Se les informa que, debido a la unificación de categorías por presupuesto, solo se otorgará una beca de élite completa al finalizar la temporada..." —leyó Minho en voz alta. Sentía la garganta seca—. "Los candidatos finalistas por rendimiento y proyección son: Minho Seo (Patinaje Artístico) y Nate Henderson (Hockey sobre hielo)".
Nate soltó un silbido bajo y dejó el stick sobre su bolso de entrenamiento.
—Vaya. Así que no solo tengo que meter en mi cama a un tipo que limpia sus patines con seda, sino que también tengo que pelear con él por mi carrera.
Minho cerró los ojos, respirando hondo. La imagen de su temporada perfecta, tranquila y planificada se acababa de hacer pedazos. Nate ya no era solo un roommate insoportable y ruidoso; era el tipo que estaba parado entre él y su pase a los Juegos Olímpicos.
—Esto ya no es una simple convivencia, Nate —dijo Minho, abriendo el cierre de su maleta con un tirón seco—. Es una zona de guerra. Y te advierto una cosa: yo no sé lo que es rendirse.
Nate tardó un par de segundos en responder. Poco a poco, esa sonrisa ladina que a Minho ya le revolvía el estómago volvió a aparecer en su rostro. Estiró las piernas sobre el espacio libre, rozando sin querer el zapato impecable de Minho con la punta de su zapatilla sucia.
—Que gane el mejor, Roomie. Pero por ahora... Muévete un poco a la izquierda, que me estás tapando la señal del Wi-Fi.








