Capítulo 1. El ratón de biblioteca.
Cuando Andrea firmó la boleta de otorgamiento de carrera, sintió que por fin podía volver a respirar.
Había conseguido una plaza en Matemática Aplicada.
No era Ingeniería de Sistemas —esa espina pensaba sacársela más adelante—, pero seguía siendo una victoria. Una de esas que iba a celebrar con la certeza de que las cosas no habían salido como quería, pero que, de alguna manera, lograría su objetivo.
Además, se había mudado.
La noticia no le encantaba. Andrea no llevaba bien los cambios, aunque, en este caso, no estaba abandonando la ciudad ni comenzando una vida desde cero. Su abuela, a quien llamaba «Tica» desde que tenía memoria, estaba envejeciendo y ya no debía vivir sola. En su familia eso no se discutía demasiado: ante cualquier dificultad, la familia se organizaba y punto.
Así que Andrea se instalaría con ella.
No perdía gran cosa. Llevaba tres años estudiando fuera y estaba acostumbrada a pasar buena parte del tiempo lejos de casa. Su rutina no cambiaría tanto: universidad, visitas, tareas, fiestas cuando apareciera una buena excusa y llamadas breves a sus padres para que supieran que aún vivía.
Además, la mudanza tenía sus ventajas. Ahora Yankiel "Yan" y Mariam quedarían mucho más cerca.
Durante los años de instituto, Andrea apenas veía a Yan unas pocas veces. La distancia convertía cualquier visita en un acontecimiento y hacía que tuvieran que ponerse al día en una tarde, como si no hubieran pasado meses entre una conversación y otra. Volver a vivir a dos puertas de Yan significaba recuperar una parte de su infancia, aunque probablemente también significaba meterse en problemas con más frecuencia de la recomendable.
Desde niños, Andrea y Yan habían sido imparables.
Al crecer rodeada de primos varones, ella nunca supo lo que era jugar tranquilamente con muñecas, a la suiza o a los yaquis. Su infancia se había medido en rodillas raspadas, árboles trepados, carreras por el barrio y competencias absurdas con muchachos que se negaban a aceptar que ella podía ganarles.
Yan la trataba como a una hermana menor, aunque nunca había sido del tipo protector que se paraba delante de ella para espantar a los demás. Yan era más bien el que decía:
—Quemamos el pueblo y después vemos dónde caen las cenizas.
Si Andrea bebía o se escapaba a una piscina de noche, Yan no organizaba un juicio familiar. Se incluía en el desastre, soltaba un suspiro y confiaba en que los adultos sabrían qué hacer cuando descubrieran la noticia.
Mariam, en cambio, conocía todos los detalles que Andrea no le contaba a nadie más. Sabía qué pensaba de los muchachos, qué cosas la avergonzaban y cuál era el nombre del chico que había conseguido hacerle creer que los sentimientos podían ser mutuos cuando nunca lo habían sido. Además, era la voz de la razón, la adulta responsable del piquete de chicas.
Andrea no era la más inteligente del instituto, pero siempre estaba entre las mejores notas. No era la más bonita, aunque tenía un buen cuerpo y sabía vestirse de acuerdo con su entorno. No tenía mucho dinero, pero tampoco necesitaba fingir que lo tenía. Era escandalosa con su círculo, amable con la gente que quería, perfectamente capaz de coquetear si alguien le gustaba y de alejar con una mirada a quien considerara un intruso.
Lo que no sabía era besar.
Bueno, besar sí. Lo que no sabía era qué hacer con un hombre que quisiera algo más que una conversación, una mirada o un juego de provocaciones. Había aprendido algunas cosas por las malas y otras gracias a su exnovio del instituto, el chico que le había gustado, pero que no le correspondía de la misma manera. Después de aquella primera vez, Andrea había entendido que el sexo no podía sentirse como él había hecho que se sintiera. No podía ser solo molestia, dolor y una manera de hacerla quedar mal.
Por eso, cuando se trataba de relaciones, andaba con cuidado.
No porque fuera una santa.
La gente que la conocía sabía que podía tomar una mala decisión con bastante entusiasmo. Lo que ocurría era que Andrea conocía sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Sabía cuándo una fiesta era una fiesta y cuándo convenía regresar a casa. Sabía que podía hacerse la atrevida sin estar preparada para todas las consecuencias. Y, sobre todo, sabía que los hombres podían aprovecharse de que una muchacha confundiera interés con cariño.
Por eso sus padres no le ponían una hora de llegada como a Mariam. Ellos eran menos estrictos. Andrea estudiaba, era responsable y nunca había dado motivos serios para desconfiar de ella. Sus padres no eran personas con estudios universitarios, pero habían hecho todo lo posible para darle la mejor educación. Su padre hablaba con orgullo de que en su familia no abundaban los profesionales. Andrea quería convertirse en una de ellos.
No por presión.
Porque quería.
Matemática Aplicada era un paso. Ingeniería de Sistemas era el objetivo.
Lo que Andrea todavía no sabía era que el barrio de Yan tenía sus propias reglas.
Y su propio rey.
William De León conocía el código de la calle mejor que nadie.
Era un hombre joven, apenas un par de años mayor que Yan, de piel negra y apariencia cuidadosamente construida. Usaba ropa de marca, cadenas, reloj y prendas capaces de llamar la atención en un lugar donde una camisa extranjera podía decir más que una conversación. A veces llevaba un pulóver roto o una pieza gastada, porque resolver no significaba tener siempre algo nuevo. Significaba saber cómo conseguirlo.
William sabía moverse.
Sabía ganar dinero y gastarlo. Sabía dónde preguntar, a quién deberle un favor y quién prefería deberle uno a él. También sabía que, en ciertos lugares, convenía estar siempre a la viva.
Llevaba varios días escuchando que la prima de Yan se mudaba al barrio.
En la zona había una regla no escrita: las hermanas de los socios no se miraban, no se tocaban y no se convertían en motivo de problemas. Yan conocía bien a Andrea y sabía que ella no necesitaba ayuda para mantener alejados a los muchachos normales. La regla existía para proteger la convivencia, no porque Andrea fuera incapaz de defenderse.
A William, por lo general, las reglas le importaban poco. No tenía por qué obedecerlas: era mayor y se movía en lugares donde ellos todavía no entraban. Pero había decidido integrarse al grupo y, mientras estuviera allí, respetaba sus códigos.
Esta regla, sin embargo, no parecía exigirle ningún sacrificio.
En su cabeza, la ecuación era sencilla: la Einstein de la familia debía ser un ratón de biblioteca, probablemente con espejuelos de fondo de botella, el pelo recogido y cero gracia social. Una muchacha buena, estudiosa y fácil de impresionar.
Definitivamente, no era su tipo.
Hasta la noche de la fiesta.
El calor de julio era asfixiante, pero eso no impidió que el piquete se reuniera en la discoteca. Había ron, humo de cigarro, luces intermitentes y música suficiente para hacer vibrar las paredes. Los muchachos ocupaban el espacio como si el lugar les perteneciera, aunque todos sabían que siempre podía aparecer alguien con una identificación en la mano y una pregunta incómoda.
William llegó tarde, como siempre.
Su sola presencia bastó para que varios lo saludaran. No necesitaba anunciarse. Su ropa, su forma de caminar y la seguridad con que se abría paso hacían el trabajo por él. Saludó a un par de socios, se detuvo junto a la barra y recorrió el lugar con la mirada.
Entonces la vio.
En el centro de la discoteca, una muchacha se reía con sus amigas. Tenía los labios pintados, los ojos delineados y el pelo negro, largo y rizado. No llevaba ropa extravagante. No necesitaba hacerlo. Se movía con soltura, como alguien que conocía el ambiente y no estaba allí para pedir permiso.
William llegó hasta Yan, chocó los puños con él y preguntó:
—¿Dónde está la homenajeada?
—La escandalosa de la bemba roja —respondió Yan, señalando hacia el centro.
William se quedó quieto.
No había espejuelos.
No había un ratón de biblioteca escondido detrás de un libro.
Había una muchacha que parecía saber exactamente dónde estaba parada, aunque todavía no tuviera la menor idea de qué hacer con un hombre como él.
William la observó durante un segundo más de lo necesario. Ropa sencilla, pero bien llevada; la risa abierta; la forma de mirar a sus amigos y ese cuerpo que no parecía estar pidiendo disculpas por ocupar espacio.
Sonrió de medio lado.
—Voy a felicitar a la mipri —dijo, dándole una palmada en el hombro a Yan—. Hay que ser cortés.
Yan lo miró de reojo.
—Compórtate.
—Igual que siempre.
William se abrió paso entre la gente. No caminaba como alguien que intentaba conquistar un territorio; caminaba como quien ya sabía que, tarde o temprano, todos terminaban haciéndole espacio.
Se detuvo frente a Andrea, lo bastante cerca como para que ella notara el perfume, pero no tanto como para obligarla a retroceder.
—Felicidades, Einstein —dijo, levantando su vaso de ron—. Por la carrera.
Andrea se giró hacia él.
Sabía quién era, por supuesto. William De León llevaba pocos días en el barrio, pero era imposible no haberlo visto. Siempre había alguien hablando de él, preguntando cómo conseguir algo o comentando sobre las compañías femeninas que siempre lo rodeaban.
Era atractivo. Eso no se podía negar. Andrea lo notó.
Su cabeza todavía estaba ocupada sanando el papelazo que había hecho al creer que los sentimientos eran mutuos, así como con la idea de no volver a confundir deseo con cariño. William podía ser muy guapo; eso no lo convertía en una buena idea.
Le sostuvo la mirada con una tranquilidad que no sentía del todo.
—Ese era físico —respondió—. No obstante, gracias.
William parpadeó.
Esperaba un coqueteo, una risa nerviosa o la clase de mirada que estaba acostumbrado a recibir. Andrea solo levantó su vaso de refresco, devolvió el brindis y volvió a prestar atención a la conversación de sus compañeras.
Lo trató como a un tipo cualquiera.
William se quedó allí un instante más. No era que no lo hubiera notado. Lo había notado y, aun así, ella había vuelto a su conversación.
No estaba ofendido. Todavía no.
Estaba desconcertado.
Andrea tampoco era completamente consciente de lo que acababa de hacer. Solo había decidido no convertirse en otra muchacha que se desarmaba porque William De León sonriera.
Media hora después, William salió de la discoteca.
La fiesta había sido una excusa útil para hacerle creer a su madre que estaba llevando una vida ordenada. Afuera lo esperaba la noche en un patio de tierra batida en las afueras de la ciudad y una apuesta que no convenía mencionar delante de cualquiera.
Mientras caminaba hacia la pelea de perros, el rostro de la prima de Yan volvió a cruzarle la cabeza.
No era que le gustara. Era que no entendía por qué le había molestado que ella no lo mirara.
Andrea no lo había mirado como las demás.
Y él no estaba acostumbrado a eso.








