Capítulo 1
PARTE I – LO QUE NOS ENSEÑARON A CREER
Capítulo 1: “La hija del pastor”
Sylvia
La primera vez que comprendí que Dios tenía la misma opinión que mi padre sobre absolutamente todo, fue a los diecisiete años.
En aquel entonces papá era uno de los ministros más respetados: encantador, correcto, casado con una mujer hermosa y padre de una hija que, delante de los demás, también debía ser perfecta. Claro que en una zona tan pequeña como lo era Pilgrim, tampoco hacía falta demasiado para convertirse en un ciudadano modelo. Sin embargo, todo se iba al carajo apenas ponía un pie en casa.
No es que mi papá fuera especialmente un monstruo, de hecho, tengo varios recuerdos de él siendo un padre amoroso. Como aquel día en que me llegó por primera vez el período y trajo a casa unos dulces y una biblia rosa para mí, o aquella vez en la que me enseñó a andar en bicicleta, pero todo se arruinó cuando terminó regañándome porque me caí y al andar con vestido los demás niños me vieron las bragas.
Las cenas en cambio eran la peor parte del día, y quien pagaba los platos rotos de su cambiante carácter éramos mamá y yo.
Recuerdo que ese día bajé a comer con un vestido bastante bonito que mi madrina me había regalado por mi cumpleaños — un poco corto quizás, pero nada particularmente atrevido para una chica en su adolescencia— y apenas me vio, su cara cambió totalmente.
Yo conocía esa expresión. No alcancé a moverme antes de sentir su mano contra mi mejilla.
—Vuelve a tu cuarto y quítate eso, Sylvia. Ahora— me dijo sin siquiera voltear a verme. Contuve mis lágrimas, hasta que solté un “¿Por qué?”
—Porque soy tu padre, te amo y sé que a Dios tampoco le gusta esto.
Lo que más recuerdo que dolió no fue el golpe, sino que mamá bajó la mirada e ignoró lo que pasaba mientras yo lloraba de impotencia por lo sucedido. No había nada más que pudiese hacer, tampoco entendí el por qué. Solo sé que Dios volvió a tener exactamente la misma opinión que papá.
Así pasaron cinco años más.
Días convertidos en semanas, semanas en meses y meses en una vida que cada vez me pertenecía menos. A los veintidós empezaba a sospechar que todo aquello no decía demasiado sobre Dios, pero sí bastante sobre mi padre.
El punto de quiebre fue cuando gané una beca para poder realizar mi pasantía de enfermería en uno de los hospitales más importantes del país.
—No vas a ir— dijo mi padre tajantemente.
Dejé el tenedor sobre el plato y lo miré fijo.
—¿No voy porque tú no quieres o porque Dios, en sus divinos planes, decidió que tampoco quiere? —le respondí casi de inmediato en el tono más sarcástico que pude.
Papá frenó en seco lo que sea que estuviese cortando en su plato.
Yo miré a mamá buscando un salvavidas. No necesitaba que discutiera con él, ni siquiera que se pusiera de mi lado. Solo quería que por una vez dijera algo por mi…
No lo hizo. Nunca decía nada y durante años confundí su silencio con cobardía.
—No empieces— continuó diciéndome papá con una tranquilidad casi tétrica.
—Es una pregunta.
—Sabes perfectamente la respuesta.
Sonreí sin una pizca de humor. Ese era precisamente el problema.
Dios tenía opiniones sobre mis vestidos, mis amigos, mis horarios, mis estudios y, aparentemente, sobre el hombre con el que algún día debía acostarme.
Para ser omnipotente, tenía una cantidad sorprendente de tiempo libre para preocuparse por mi vida.
Dios, Dios, Dios…
Tomé nuevamente el tenedor.
—Qué suerte tiene él de tenerte como portavoz.
El hondo silencio que siguió, roto únicamente por el tic tac del reloj andando y el sonido de los cubiertos, me confirmó que aquella noche finalmente iba a marcharme de ese lugar y no volver más.
Honestamente hablando, el problema nunca había sido Dios, el problema era que mi padre parecía conocerlo demasiado bien.
Subí, llené una bolsa de ropa, ciento ochenta dólares, mi identificación y la arrogante certeza de que lo peor que podía encontrar afuera ya lo había conocido dentro de esa casa.
Abrí la puerta y salí sin mirar atrás.
Me equivoqué.








