Capítulo 1 El demonio en la tierra
El rugido de la tormenta retumbaba por todo el inmenso mar. Rayos tan poderosos rasgaban el cielo que, por un instante, convertían la noche en un fugaz día blanco. El viento azotaba sin descanso las aguas, levantando olas colosales que golpeaban el casco con la fuerza suficiente para intentar tragarse al único navío que desafiaba aquella tempestad.
Era el "Rompe Olas", un gigantesco barco de acero y madera cuya enorme chimenea, tan alta como un edificio, expulsaba de forma constante densas columnas de vapor oscuro.
En las profundidades del barco se encontraba una pequeña prisión. Allí, un grupo de hombres luchaba por mantenerse en pie mientras las violentas sacudidas del navío los arrojaban de un lado a otro. Sin embargo, uno de los prisioneros permanecía apartado del resto, suspendido por gruesas cadenas negras que limitaban todos sus movimientos. Su cabeza estaba cubierta por una bolsa de tela que ocultaba por completo su rostro.
A diferencia de los otros tres reclusos, vestidos con ropas idénticas, desgastadas, sucias y empapadas por la humedad, aquel hombre permanecía completamente inmóvil.
Mientras dos de ellos intentaban sujetarse para no caer, el tercero vomitaba sin descanso dentro de un viejo balde de madera, ya repleto de suciedad.
El hombre de cabello largo y rostro redondo lo observó con evidente molestia.
-Más te vale que esa porquería no se salga del balde, Mune. Si ensucias el suelo, haré que lo limpies con la lengua, cerdo.
-Vete al Averno, Vali -respondió el hombre obeso, cuyo pecho, brazos y rostro estaban cubiertos por una abundante capa de vello.
El tercer prisionero, el más delgado de los tres, permanecía sentado en una esquina, dirigió la mirada hacia el hombre encadenado. Con cada balanceo del barco, su cuerpo se mecía de un lado a otro, sostenido únicamente por las cadenas, mientras era arrastrado sobre el áspero suelo de madera.
-Vali... Mune... ¿Cuánto tiempo lleva ese cabrón sin moverse?
-Ese maldito ya debe estar muerto. Tal vez sea lo mejor; llegar a Victaria solo significa morir lentamente -respondió Vali con desprecio.
-Hablo en serio. Desde que lo subieron al barco no ha hecho ni el más mínimo movimiento. Ni un gruñido, ni una queja de dolor... y aun así siguen inyectándole esa maldita cosa.
Mune le dedicó una rápida mirada al prisionero, intentando adivinar cuál era su estado.
-Yo creo que es para mantenerlo dormido.
-¿Dormido? Lleva días sin probar comida ni agua, estúpido.
-Entonces, ¿qué otra explicación hay? Debería haberse quedado tieso hace mucho.
En ese momento, una pesada puerta de metal rechinó sobre sus bisagras. El sonido de unas botas resonó por el estrecho pasillo de la prisión.
Dos oficiales, protegidos por largos abrigos negros para soportar la intensa lluvia del exterior y con una funda para pistola sujeta a la pierna, se acercaron a la celda. El más joven, un hombre de cabello negro, piel morena y completamente afeitado, abrió la puerta utilizando un pesado manojo de llaves. Detrás de él entró un oficial mayor, cuyo rostro estaba marcado por una profunda cicatriz.
El veterano se acercó al prisionero encadenado y preparó una jeringa.
Antes de que pudiera inyectarla, Vali levantó la voz.
-¡Oigan! ¿Qué demonios le ponen a ese cabrón?
El joven oficial giró de inmediato hacia él.
-!Cierra la boca!.
-Vamos, danos aunque sea una dosis. Así podré pasar el viaje soñando con tu madre, niño.
La expresión del muchacho se endureció. Con evidente rabia, desenvainó su macana de madera y dio un paso hacia Vali.
-Uy... el niño se enojó. Y hasta me está mirando feo... qué miedo.
-Maldito...
Cuando el joven estaba a punto de golpearlo, el oficial veterano habló con voz firme.
-Diko, tranquilízate. En poco tiempo estos asesinos recibirán los peores castigos. No vale la pena.
Aun así, Vali no dejó de sonreír, mientras sus compañeros volvían a ocuparse de sus propios asuntos.
Diko sostuvo la mirada del prisionero durante unos segundos antes de responder.
-Tienes razón. Quiero ver cuánto tiempo eres capaz de mantener esa sonrisa.
-Te sorprenderías. Y cuando salga de aquí, tú serás el que se arrepienta.
El veterano terminó de inyectar al prisionero encadenado. Guardó la jeringa, dejó escapar un largo suspiro de cansancio y miró a su compañero.
-Ya terminamos por esta noche... Será mejor que regresemos...
En ese momento, una gigantesca ola golpeó el costado del Rompe Olas, haciendo que toda la embarcación se inclinara con violencia. El impacto fue tan repentino que Diko perdió el equilibrio. Trató de aferrarse a los barrotes, pero sus manos solo encontraron el aire antes de que su cuerpo saliera despedido contra la otra celda.
Vali no dejó escapar aquella oportunidad introdujo el brazo entre las rejas y rodeó el cuello del joven oficial con la suficiente fuerza para inmovilizarlo. Mientras Diko forcejeaba desesperadamente intentando liberarse, Vali le arrancó la pistola de la funda con un rápido movimiento. El oficial veterano apenas alcanzó a darse la vuelta al escuchar el alboroto. Su expresión cambió al comprender lo que ocurría y llevó instintivamente la mano hacia su propia arma, pero ya era demasiado tarde. Vali apretó el gatillo varias veces. Las balas atravesaron el pecho del hombre, obligándolo a retroceder hasta desplomarse sobre el suelo.
Uno de los proyectiles continuó su trayectoria y alcanzó al prisionero encadenado. La bala perforó su cabeza, sacudiendo violentamente su cuerpo. Las cadenas tintinearon mientras su cuerpo quedaba colgando, balanceándose lentamente con el movimiento del barco.
Sin perder un segundo, Vali arrojó la pistola a un lado y apretó con más fuerza el brazo alrededor del cuello de Diko. El joven pataleó e intentó liberarse, pero cada movimiento solo hacía que el prisionero reforzara la llave hasta que, finalmente, el oficial dejó de resistirse y cayó inconsciente.
-¡¿Pero qué carajos haces, Vali?! -exclamó Otto, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.
Incluso Mune observaba la escena con evidente sorpresa.
-Prefiero morir de un balazo intentando escapar que terminar en ese infierno.
Mientras hablaba, registró rápidamente los bolsillos de Diko hasta encontrar el manojo de llaves. Las probó una tras otra en la cerradura de la celda hasta que una de ellas encajó y el mecanismo cedió con un fuerte chasquido.
Cuando estaban a punto de abandonar la prisión, la mirada de Vali se detuvo sobre la jeringa que el veterano había utilizado momentos antes con el prisionero encadenado. Después observó al joven oficial inconsciente y una sonrisa divertida apareció en su rostro.
-Bueno, muchacho... parece que el karma existe.
Tomó la jeringa del suelo y, antes de que alguno de sus compañeros pudiera detenerlo, hundió la aguja en el cuello de Diko.
-¡Vali! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Ya vienen! -gritó Mune.
-No molestes. Quiero saber qué hace esta cosa.
Al principio no ocurrió nada. Sin embargo, pocos segundos después, el cuerpo del joven comenzó a convulsionar con una violencia antinatural. Sus manos se aferraron a su propio cuello y, presa de una desesperación imposible de comprender, comenzó a desgarrarse la piel con las uñas hasta abrir profundas heridas en su cuello. La sangre brotó de sus ojos, nariz, boca y oídos mientras sus espasmos se volvían cada vez más intensos. Finalmente, todo terminó de forma tan repentina como había comenzado. Su cuerpo quedó completamente inmóvil.
Durante unos instantes nadie dijo una sola palabra. Otto y Mune permanecían paralizados, incapaces de apartar la vista del cadáver. Vali, en cambio, contemplaba la escena con una expresión de auténtica fascinación tratando de analizar cada parte del cuerpo muerto.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
-Je... al menos ya me quité la duda.
Mientras los tres prisioneros se alejaban por las escaleras, los cuerpos de los dos oficiales permanecían tendidos sobre el suelo de madera, desangrándose lentamente al compás del incesante balanceo del barco.
Sin embargo,algo extraño sucedería, el hombre encadenado no brotaba una sola gota de sangre bajo la bolsa que cubría su cabeza. Durante unos instantes permaneció completamente inmóvil, hasta que un violento espasmo recorrió todo su cuerpo. Las gruesas cadenas tintinearon al tensarse de golpe cuando se incorporó bruscamente. Dio un paso hacia adelante, pero el corto alcance de sus grilletes hizo que perdiera el equilibrio y cayera de lleno contra el suelo, golpeándose la cabeza con un seco crujido.
-¿Qué... qué demonios...? -murmuró con la voz aturdida mientras se llevaba una mano a la frente-. ¿Dónde estoy?
Permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando recuperar el aliento. El rugido del mar y el constante vaivén del barco eran lo único que podía escuchar. Guiándose por el sonido de las cadenas, logró ponerse nuevamente de pie.
Bajó lentamente la cabeza y dejó escapar un largo suspiro.
-Mierda... esto va a doler.
Flexionó las piernas y comenzó a tirar de sus brazos hacia atrás con todas sus fuerzas. Los grilletes se aferraban con firmeza a sus muñecas, negándose a ceder. La presión aumentó poco a poco hasta que un desagradable sonido de huesos retorciéndose llenó la estancia. La carne se deformó alrededor del hierro mientras las manos comenzaban a doblarse en direcciones imposibles.
El dolor era insoportable pero esto no se detuvo, continuó tirando con mucha más fuerza para liberarse.
Con un último esfuerzo, sus manos terminaron destrozándose por completo para poder atravesar los estrechos grilletes. Cayó de espaldas junto al cadáver de Diko, respirando con dificultad.
-¡Carajo!... ¡Maldita sea, esto es horrible!
Levantó lentamente las manos. Los dedos estaban torcidos, varios huesos sobresalían bajo la piel desgarrada y la carne ennegrecida colgaba en algunos puntos. Sin embargo, apenas unos segundos después, aquella grotesca visión comenzó a desaparecer. Los huesos regresaron lentamente a su posición, la carne volvió a unirse y la piel se cerró como si las heridas jamás hubieran existido.
Observó el proceso con una extraña calma, cuando sus manos recuperaron por completo su forma original, se quitó la bolsa que cubría su cabeza.
Parpadeó varias veces, acostumbrándose a la escasa luz de la prisión. Frente a él yacían los cadáveres de los dos oficiales, mientras el estruendo del océano hacía temblar todo el barco.
Se acercó al cuerpo de Diko y observó detenidamente su uniforme. Después desvió la mirada hacia su rostro.
-Victarios...
La palabra escapó de sus labios con un evidente tono de desprecio.
En ese instante escuchó varias pisadas acercándose por el pasillo para volver a mirar el cadáver del joven oficial. Ambos tenían una complexión similar.
Pocos segundos después, cuatro soldados aparecieron al final del corredor. Vestían largos abrigos de color verde oliva que les llegaban hasta los tobillos. Sobre la cintura llevaban un cinturón táctico repleto de bolsillos, una pistola enfundada y un cuchillo de combate. Un casco de acero protegía sus cabezas, mientras sostenían con firmeza rifles de culata de madera y cañón de acero, preparados para abrir fuego en cualquier momento.
Avanzaban con cautela entre los cadáveres de otros oficiales cuando escucharon unos pasos irregulares acercándose desde el otro extremo del pasillo.
El oficial al mando levantó el puño izquierdo, ordenando detener el avance. Los cuatro soldados apuntaron al frente casi al mismo tiempo.
-¡El del fondo del pasillo! ¡Identifíquese! ¡De lo contrario será considerado hostil!
Delante de ellos apareció un hombre vestido con el uniforme de un guardia. Caminaba con dificultad, sujetándose el abdomen completamente cubierto de sangre.
-Po... por favor... estoy herido...
Su actuación no produjo el efecto esperado.
Ninguno de los soldados bajó el arma.
El líder entrecerró los ojos al observar su rostro.
-¿A qué división perteneces, soldado?
El falso guardia vaciló por un instante.
-¿No ves que estoy herido?
El silencio fue suficiente.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del oficial.
-Claro... no lo sabes, ¿verdad?
Hizo un breve gesto con la mano.
Los cuatro rifles dispararon al unísono.
El cuerpo del prisionero recibió una lluvia de proyectiles que lo hizo retroceder antes de desplomarse pesadamente sobre el suelo. Permaneció inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada perdida.
Los soldados avanzaron sin bajar la guardia.
El oficial al mando se acercó al cadáver y le dio una ligera patada con la punta de la bota para comprobar que no reaccionaba.
-Vic, Ort, revisen las celdas. Quiero saber si queda alguien con vida.
Los dos soldados asintieron y se alejaron de inmediato.
-Zema, tú quédate. Ayúdame con esta porquería. Voy a informar al "Portador".
Mientras tanto, Zema dejó el rifle colgando de la correa que cruzaba su pecho y se agachó para sujetar el cuerpo del supuesto guardia. El capitán hizo lo mismo desde el otro lado. Entre ambos comenzaron a arrastrar el cadáver por el pasillo con la intención de devolverlo a las celdas.
Mientras caminaban, el capitán tomó el radio sujeto a su hombro y presionó el interruptor para transmitir.
-Portador del símbolo Mykalion, aquí el capitán Bred. Hemos logrado neutralizar a uno de los prisioneros.
Durante unos segundos solo respondió el sonido de la estática. Finalmente, una voz grave y serena surgió del aparato.
-Los prisioneros no son la prioridad, capitán. Asegúrese de que el demonio siga encadenado al igual que reciba su dosis. Eso es lo único que importa.
El oficial enderezó la espalda casi por instinto.
-Sí, señor. De inmediato.
La comunicación terminó y el silencio volvió a apoderarse del pasillo, roto únicamente por el rugido del océano y el constante crujir del barco bajo la tormenta.
En ese momento regresaron Vic y Ort tras inspeccionar las celdas.
-Capitán -informó Ort-, solo encontramos los cuerpos de los oficiales.
El capitán dejó escapar un suspiro de frustración.
-Es una lástima... Ahora ve de inmediato por otra inyección negra para el demonio.
Ort permaneció inmóvil unos segundos antes de responder. Había un evidente temblor en su voz.
-Señor... el demonio... ya no está. Y alguien le quitó el uniforme a Diko.
Aquellas palabras hicieron que todos se quedaran inmóviles.
El capitán giró lentamente la cabeza hacia el cadáver que momentos antes habían abatido a tiros.
Algo no estaba bien el cuerpo seguía tendido sobre el suelo, cubierto de sangre, pero ya no tenía los ojos abiertos, los había cerrado.
Antes de que pudiera reaccionar, el supuesto cadáver abrió los ojos de golpe y se incorporó con una velocidad imposible. En un solo movimiento arrancó el cuchillo del cinturón del capitán y, sin darle tiempo a defenderse, le abrió el cuello con un profundo corte.
La sangre salió despedida mientras el oficial retrocedía llevándose ambas manos a la herida.
Zema apenas alcanzó a girarse para ver al prisionero hundió el mismo cuchillo en su garganta antes de arrebatarle el rifle. Sin perder un segundo, apoyó la culata contra el hombro y apuntó hacia los soldados que permanecían al fondo del pasillo apretando el gatillo una y otra vez.
Los proyectiles atravesaron el estrecho corredor, obligando a los dos hombres a retroceder antes de desplomarse sobre el suelo. El prisionero no dejó de disparar hasta que el cargador quedó completamente vacío.
Solo entonces el silencio regresó el demonio que regresa dejó caer el rifle y caminó lentamente hasta el capitán, que permanecía recostado contra la pared mientras intentaba inútilmente contener la sangre que brotaba de su cuello.
El prisionero lo observó durante unos segundos con expresión indiferente. Después se agachó, tomó la pistola del moribundo capitán tratando de aferrarse a la vida.
-Debieron llevarme a la enfermería -comentó con evidente disgusto mientras se alejaba.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







