Capitulo 1
El sol ya caía con fuerza sobre el pueblo. Era uno de esos lugares apartados donde todos se conocían por su nombre, las calles eran de tierra y el trabajo empezaba mucho antes de que el calor se volviera insoportable.
—¡SANTIAGO, YA LEVÁNTATE! —gritó una voz femenina desde el patio.
Santiago apenas abrió un ojo.
—¡Ya voy! —respondió con la voz todavía adormilada.
—¡Que ya está el sol a todo lo que da!
—¡Que ya voy! —refunfuñó mientras se daba la vuelta y se cubría la cabeza con la almohada. Guardó silencio durante unos segundos. «Si no contesto otra vez, a lo mejor piensa que ya me levanté», pensó con una sonrisa. No habían pasado ni diez segundos cuando la misma voz volvió a resonar por toda la casa.
—¡SANTIAGOOOO!
Él soltó un largo suspiro.
—Ahora sí ya voy...
Es bien temprano... —murmuró Santiago mientras abría la puerta de su habitación, al fin se había decidido a levantarse. Con quince años, era un adolescente alto y delgado. Su cabello abundante estaba completamente despeinado, como si hubiera estado peleando con la almohada durante toda la mañana, todavía medio dormido, salió al pasillo arrastrando los pies.
—Ya todos desayunamos, nomás faltas tú —dijo una voz con evidente molestia desde la cocina.
Una joven apareció recargada en el marco de la puerta de la cocina. Era alta y de figura esbelta. Llevaba el cabello corto, negro profundo, interrumpido únicamente por unos cuantos mechones blancos. Vestía un short deportivo, una playera holgada y unas pantuflas. En una mano sostenía un pan del que mordía de vez en cuando; en la otra, una taza de café humeante. Le dio un sorbo con toda la tranquilidad del mundo.
—Sí, rata escuálida.
Santiago giró la cabeza hacia ella.
—¿A poco?
—Sí.
—¿Te pregunté?
La joven volvió a darle un mordisco al pan.
—No… pero me gusta dar mi opinión. Ya vete a tragar, que yo voy a recoger la cocina.
En ese momento se escuchó otra voz desde el comedor.
—¡Santiago, ya vente a comer!
Era don Santos, un hombre de unos sesenta años, alto y delgado. Las arrugas ya comenzaban a marcarle el rostro, pero sus ojos seguían conservando el brillo de quien nunca parecía quedarse sin energía.
Santiago se acercó.
—¿A dónde vas a ir, pa?
—Al llano. Ahí nos alcanzas. Vamos a revisar cómo van los cultivos.
—Ah, bueno… ahí se van con cuidado —bromeo— ¿Va a ir Eliza?
—Sí.
La joven levantó la vista de su café.
—Si te apuras a tragar, me voy con ustedes. Pero si te sigues haciendo pendejo, más tiempo me quitas.
Santiago sonrió.
—No… es que tú eres bien mapucheína.
Ella soltó una risa por la nariz.
—Y tú bien huevón.
Señaló hacia la ventana con la taza de café.
—¡Apúrale! Mi pa ya va allá abajo.
Su expresión cambió apenas un instante.
—Y acuérdate… hoy es día corto.
La noche llega más temprano.
Santiago terminó de desayunar a toda prisa. Se puso un pantalón de mezclilla, una camisa ligera de botones y unas botas de trabajo. Apenas salió de la casa, vio que don Santos y Eliza ya llevaban unos metros de ventaja por el camino.
Sin pensarlo dos veces, apresuró el paso hasta alcanzarlos.
Loki, el perro de la familia, salió corriendo detrás de él, adelantándolo por momentos y regresando después a su lado como si todo aquello fuera un juego. Un poco más adelante caminaba un burro de carga, con dos costales vacíos sobre el lomo. Avanzaba con la tranquilidad de quien había recorrido ese camino toda su vida.
Cuando por fin llegó junto a ellos, respiró hondo.
—Ya casi se iban sin mí.
Don Santos volteo sin dejar de caminar.
—Pues te dijimos que te apuraras.
Eliza soltó una pequeña risa.
—Y todavía te haces del rogar para levantarte.
Santiago negó con la cabeza con una sonrisa.
—Ya, ya… aquí estoy.
Loki dio un pequeño ladrido, como si también quisiera participar en la conversación. El sendero hasta el llano tomaba unos veinte minutos. A ambos lados crecían árboles altos y frondosos que regalaban una sombra refrescante. A pesar de las dificultades que atravesaba el pueblo, la vegetación seguía aferrándose a la vida y el canto de las aves acompañaba la mañana. El llano era un nombre engañoso. Aunque todos lo llamaban así, el terreno estaba formado por pequeñas lomas y pendientes suaves. Sin embargo, aquella tierra era fértil. Ahí sembraban maíz, frijol, calabaza, jitomate y lechuga.
Al llegar, don Santos bajó los costales del buro y recorrió los cultivos con la mirada.
—Cosechen todo lo que ya esté maduro —indicó con calma—. Y también lo que le falte una semana. No quiero que se eche a perder.
Santiago y Eliza asintieron antes de ponerse manos a la obra.
Mientras tanto, la joven se quedó en casa con su mamá. Doña Samantha era una mujer de cincuenta y tres años. Los años habían dejado algunas marcas en su rostro, pero no parecían haberle quitado ni un poco de la energía con la que hacía todo. Mientras acomodaba unas bolsas sobre la mesa, se volvió hacia su hija.
—Voy a ir a la tienda. ¿Se te ofrece algo?
La joven negó con la cabeza.
—No… nomás te vas con cuidado.
—No me tardo.
Tomó una bolsa de mandado y salió de la casa, la joven permaneció unos instantes en el patio, levantó la vista. Como todos los días, aquella inmensa aurora boreal seguía cubriendo el cielo. Sus colores danzaban lentamente sobre el pueblo desde hacía tanto tiempo que la mayoría de las personas había dejado de preguntarse por qué estaba ahí. Algunos aseguraban que era un portal hacia los reinos de Dios, otros decían que era la prueba de la inmensidad de su creación, y había quienes preferían no hablar del tema.
La verdad… nadie la conocía pero sí había algo que todos sabían los viernes eran distintos. La tarde parecía acabarse antes de tiempo y, cuando el último rayo de sol desaparecía, una espesa niebla descendía sobre el pueblo después de eso nadie salía de casa no porque alguien lo hubiera prohibido sino porque quienes se atrevían a hacerlo nunca regresaban y cuando amanecía, lo único que encontraban eran restos humanos esparcidos la joven permaneció observando el cielo unos segundos más después volvió a entrar a la casa y cerró la puerta.
Mientras tanto, en el llano, la jornada estaba llegando a su fin, los costales comenzaban a llenarse y el burrito esperaba inmóvil bajo la sombra de un árbol Don Santos levantó la vista hacia el cielo algo no estaba bien el canto de las aves había desaparecido. Todo había quedó en un silencio sepulcral. Un silencio tan profundo que Santiago pudo escuchar el viento moviendo las hojas de los árboles.
Entonces un batir de alas rompió la calma, al principio era apenas un murmullo, después cientos de alas Don Santos levantó la mirada. A lo lejos, una enorme parvada de cuervos avanzaba hacia ellos como una nube negra su rostro cambió por completo.
—Al montal… ¡Rápido!
Los tres abandonaron los costales y corrieron hasta ocultarse entre la maleza, Santiago jalo al burro a los arboles. Loki se metió detrás de ellos con el lomo erizado y un gruñido grave que ninguno le había escuchado antes nadie habló solo esperaron los cuervos pasaron sobre sus cabezas. El sonido de miles de alas cubrió el campo entero durante unos segundos que parecieron eternos y así como llegaron se fueron.
Don Santos esperó un momento más antes de salir de su escondite, miró hacia el cielo el sol ya comenzaba a descender.
—Nos queda menos de una hora.
No hizo falta decir más los tres comprendieron lo mismo debían llegar a casa antes de que anocheciera recogieron los costales, acomodaron la carga sobre el burro y emprendieron el regreso a paso apresurado.
Mientras tanto, Doña Juana regresaba de la tienda cuando algo llamó su atención alzó la vista en el horizonte avanzaba una enorme mancha negra, no era una nube era una parvada de cuervos el corazón le dio un vuelco aceleró el paso hasta llegar a la casa.
—¡Cierra las puertas! ¡Las ventanas también! ¡Ya vienen los cuervos!
La joven no preguntó nada sabía perfectamente lo que significaba corrió de una ventana a otra asegurando cada una después echó el último cerrojo de la puerta principal Doña Samantha permaneció inmóvil junto a la ventana. No dejaba de mirar el camino los minutos parecían no avanzar hasta que, finalmente, tres siluetas aparecieron entre los árboles.
Don Santos, Santiago, Eliza y detrás de ellos, el burro cargado y Loki.
Doña Juana soltó el aire que llevaba rato conteniendo.
—¡Apúrense! ¡Ya casi anochece!
Los cuatro cruzaron el portón casi al mismo tiempo.
—¿Ya está todo listo? —preguntó don Santos.
—Sí—la joven dio un último vistazo al patio—los animales ya están encerrados.
Antes de entrar, descargaron con rapidez los costales del lomo del burrito. Don Santos y Santiago guardaron la cosecha dentro del almacén, acomodándola lejos de la humedad y de cualquier peligro que pudiera llegar con la noche. El pequeño animal parecía cansado por el camino, así que lo llevaron hasta su refugio, donde le dejaron agua y alimento. Loki también fue puesto a salvo dentro de la casa. El perro seguía inquieto, con las orejas levantadas y la mirada fija hacia el monte, como si todavía pudiera sentir algo que ellos no alcanzaban a ver.
Entonces un aullido rompió el silencio después otro y otro más. Desde distintos puntos del pueblo comenzaron a escucharse los perros aullando al mismo tiempo. El sonido se extendió por las calles vacías, mezclándose con el viento que bajaba desde los árboles.
Eliza miró hacia el horizonte la luz desaparecía demasiado rápido.
—Será mejor entrar. No me gusta cómo se pone el pueblo cuando cae la noche.
Nadie respondió no hacía falta todos pensaban exactamente lo mismo entraron a la casa. Don Santos cerró la puerta después colocó el último cerrojo, afuera los primeros hilos de niebla comenzaron a deslizarse entre los árboles. Los aullidos continuaron durante varios minutos, hasta que poco a poco fueron apagándose uno por uno Como si algo en la oscuridad se hubiera acercado demasiado. Los aullidos cesaron el silencio volvió a apoderarse del pueblo. Solo, de vez en cuando, el graznido de algún cuervo atravesaba la espesa niebla que cubría el exterior dentro de la casa nadie decía una palabra el reloj marcaba apenas las dos de la tarde sin embargo, afuera ya era completamente de noche. La cosecha descansaba en el almacén, los animales permanecían resguardados y la familia esperaba, como cada viernes, a que la niebla terminara su recorrido.
Santiago tomó otro pedazo de pan de la bolsa que había traído doña Samantha y le dio un mordisco.
Los graznidos volvieron a escucharse.
—¡Putos cuervos! —refunfuñó la joven, apartándose el mechón de cabello que caía sobre su frente—. Neta que los odio. Ojalá se mueran allá afuera.
—Hasta crees —respondió Eliza—. Es más probable que te mueras tú aquí adentro a que ellos allá afuera.
Santiago terminó de masticar.
—La neta… en mis quince años jamás he visto un cuervo muerto. Los sábados siempre aparecen restos… ya sean de animales o de personas… pero cuervos jamás.
Guardó silencio unos segundos.
—Yo me pregunto… ¿qué hay allá afuera? ¿Qué hay en la niebla?
Eliza negó con la cabeza.
—Ni idea. Solo sé que todos los viernes anochece a las dos y la niebla aparece.
La joven volvió la mirada hacia ella.
—¿Todo el tiempo fue así?
—No.
Eliza hizo una breve pausa antes de continuar.
—Esto empezó cinco años después de aquel estruendo.
Los ojos de Santiago brillaron con curiosidad.
—Cuéntanos la historia otra vez.
—Ya te la conté quién sabe cuántas veces —respondió Eliza—. Mejor pásame una manzana.
Santiago resopló con resignación mientras le acercaba la fruta.
En un rincón de la casa, doña Samantha conversaba en voz baja con don Santos.
—¿La cosecha va a durar? —preguntó, procurando que los muchachos no la escucharan.
Don Santos permaneció unos segundos pensando antes de responder.
—Durará… y alcanzará.
Su mirada se perdió en la ventana cubierta por la niebla.
—Me preocupa más el agua. Llevamos meses sin una buena lluvia.
Calló un instante.
—Se acerca una sequía…
Frunció ligeramente el ceño.
—Y algo más.
Doña Samantha lo miró.
—¿Qué cosa?
Don Santos negó despacio.
—No lo sé…
—Pero puedo sentirlo. Fuera de la casa, un nuevo graznido rompió el silencio, nadie volvió a decir una palabra la niebla seguía ahí esperando. La conversación fue apagando poco a poco.








