El Camino Hacia Las Estrellas. by Angiiiixv at Inkitt
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El camino hacia las estrellas.

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Summary

Tras escapar de los peligros de Alfheim, la capitana Elin y la leal tripulación del Elinor arriban al majestuoso y místico reino elfo de Silvaneth. Mientras buscan un merecido refugio entre árboles ancestrales y bibliotecas infinitas, la calma resulta ser solo una ilusión. En los pasillos del palacio real, el hallazgo de un antiguo grimorio de magia negra obliga a Elin a enfrentarse a oscuros secretos revelados en el diario de Clemens, desentrañando que los verdaderos monstruos nacen del trauma, el dolor y pactos de sangre que jamás perdonan. Sin embargo, las amenazas no solo acechan en las sombras fuera del reino. Entre confesiones al amanecer, una extraña herida ocultada en el bosque y la inminente celebración del baile de la luna llena, la tensión contenida entre Elin y el firme guerrero norteño, Asgeir, amenaza con estallar. Secretos guardados, magia prohibida y sentimientos no resueltos se entrelazan en una travesía donde cada decisión tiene un precio y el pasado no está dispuesto a dejarlos ir.

Genre
Fantasy
Author
Angiiiixv
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1• Un viaje largo...

—¿Y cómo te convertiste en pirata, Capitana?

La pregunta era sencilla, pero arrastraba un pasado que pesaba sobre mis hombros como una armadura de plomo.

El aire de la taberna era agrio, una amalgama espesa de sudor y alcohol rancio se filtraba hasta los pulmones. Recostada contra el mostrador de madera carcomida, estudiaba a los hombres frente a mí; cada uno de ellos era un recurso valioso para mi tripulación, piezas de un rompecabezas que apenas comenzaba a armar.

Un muchacho de apariencia tonificada, cabello castaño y mirada chispeante insistió:

—Cuéntanos, Capitana. ¿Qué la hizo adentrarse en estas aguas?

Le devolví la mirada con la misma intensidad y sonreí con suficiencia.

—Fue la mezcla de la herencia de mi padre y mi propia valentía lo que me trajo hasta aquí.

En ese momento, uno de los hombres más bajos, que ya arrastraba las palabras por el efecto del ron, intervino con torpeza:

—¿Usteb tienb un ejemblo a seguir, Cabitana...?

Ante su tono ebrio, no pude evitar una sonrisa.

—La verdad, si. Hace 22 años conocí a una persona, era alguien fuerte, alguien que enfrentaba los problemas de cara y jamás retrocedía. Desde ese momento, se convirtió en mi verdadero modelo a seguir.

—Eso es cierto, yo lo conozco—intervino Henry, el joven castaño, mientras terminaba de apurar su trago. El resto de los hombres asintieron, clavando sus ojos en mí con una mezcla de respeto y curiosidad.

A pesar de mi vida en el mar, no era amante del licor, pero en ocasiones como esta disfrutaba de la compañia de mi tripulación. Miré hacia la ventana; el sol comenzaba a lamer el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja sangriento.

—Bueno, es hora de marcharnos —exclamé. Saqué una bolsa de cuero de mi bolsillo y dejé caer unas cuantas monedas de oro sobre el mostrador.

Agradecí al cantinero con un gesto y me encaminé a la salida. Mi tripulación me siguió en silencio, pero justo antes de cruzar el umbral, un rayo de energía tropezó contra mí con la fuerza de una marea alta. El impacto me hizo retroceder. Al bajar la vista, me encontré con unos ojos grisáceos que destilaban puro veneno.

—¡Oops! Lo siento, no te vi —dije, intentando ser amable.

—¡Quítate, pelirroja barata! —espetó la desconocida. Era una chica de baja estatura, cabello castaño y una expresión cargada de una ira desproporcionada.

Ante su desplante, uno de mis hombres dio un paso al frente, indignado.

—¡Quién te crees que eres, enana, para gritarle a mi capitana!

La tensión en el aire se volvió eléctrica. Levanté una mano para frenar a mi marinero. La chica, lejos de amedrentarse, echaba chispas por los ojos.

—¿¡Enana!? ¡Enana tu abuela, borracho de cuarta! —gritó, amagando con lanzarse sobre él.

—Ya basta —intervine con calma para enfriar los ánimos—. No es momento para escándalos, ¿cierto?

La chica refunfuñó algo ininteligible, nos lanzó una última mirada de desprecio y se fue corriendo hacia la penumbra del muelle.

—¡Vaya carácter! —suspiré, retomando mi camino—. Sigamos. Esta noche dormiremos en el barco; mañana zarpamos según lo planeado.

Caminamos hacia los muelles. El ambiente en el puerto era el de siempre: un caos acogedor de risas, choques de jarras y el sempiterno olor a pescado rancio. De pronto, divisé una figura que conocía demasiado bien. Aunque a veces desearía que se mudara a otro planeta.

—Pero miren a quién tenemos aquí —exclamó con voz teatral—. ¡Elin Read! Damas y caballeros, la única, la inigualable, la más fastidiosa e insoportaaa...

Un golpe seco en su abdomen detuvo el discurso. Mi hermano, Kain, se dobló por la mitad, dejando salir el aire en un quejido sordo.

—¿Terminaste? —pregunté, observándolo con una sonrisa mientras intentaba recuperarse en el suelo.

—Sí... —respondió con un hilo de voz.

Le ofrecí la mano para levantarlo y en cuanto estuvo en pie, lo envolví en un abrazo.

—¿Qué haces aquí, Kain?

—Vine a visitar a nuestros padres —respondió, apoyándose en un barril cercano. Su expresión cambió a una de inusual seriedad—. Me enteré de que harás un viaje largo.

—Así es. Semanas, quizás meses. No lo sé con precisión.

—Papá está cada vez peor, Elin. Él te necesita aquí.

Sentí una punzada de culpa, pero apreté los dientes.

—Lo sé pero... Necesito ir, Kain. Al fin tengo la oportunidad de demostrarles a todos de lo que soy capaz.

—Y cuando lo logres —replicó él con amargura—, quizás la persona que más quieres ya no esté para escucharlo.

El silencio se instaló entre nosotros. Kain soltó un suspiro pesado y se cruzó de brazos.

—Solo... al menos ve a despedirte como se debe.

—Lo haré.

—Bien... Ven aquí, pecosa —me atrajo hacia él en otro abrazo, esta vez cálido y protector.

Tras una charla sin rumbo sobre trivialidades, subí finalmente al barco. El Elinor ya estaba en plena ebullición. Había fogatas controladas en barriles de metal y el ambiente era de celebración previa a la partida.

—¿Capitana, un trago? —uno de mis hombres se acercó con dos vasos rebosantes. El tufo a alcohol que desprendía era casi sólido.

—Ahora no, gracias —respondí, retrocediendo un paso.

Henry apareció de la nada, apartando al marinero con suavidad y ofreciéndome, en su lugar, un vaso con agua fresca.

—Gracias, Henry.

—No hay de qué. No estaremos bebiendo mucho tiempo, quédate tranquila.

—Lo sé, porque estás tú vigilando. Y si no me equivoco, eso que tienes en la mano es jugo.

—Es lo malo de navegar con alguien tanto tiempo —rio él—. Ya sabes hasta lo que tomo.

—Bueno, es lo que conlleva ser mi segundo al mando.

—Tú me obligaste —bromeó.

—Eras el único que tenía a la vista.

—Si claro.

Un silencio cómodo se estableció entre nosotros. La confianza que le tenia a Henry era algo de otro mundo, tanto asi, que le confiaría estar a solas con mi comida.

—Ahora anda, ve a descansar o estarás de mal humor mañana.

—De acuerdo “papá”

Tomé una linterna de gas y me dirigí a mi camarote. Al entrar, dejé mi abrigo sobre una silla y me acerqué a la estantería. Mis dedos rozaron lomos de libros polvorientos hasta dar con un mapa desgastado. Lo extendí sobre el escritorio bajo la luz de la lámpara. El plan inicial era seguir las indicaciones de un viejo borracho que conocí hace tiempo; sonaba ridículo, lo sé. Pero... algo en mi instinto me decía que era el camino correcto.

—Creo que el salitre me está volviendo loca —murmuré para mí misma mientras estiraba las piernas bajo la mesa.

—¡Auch! —un quejido agudo provino del hueco de mis pies.

Me sobresalté y me incliné. Allí, ovillada, estaba la chica del muelle.

—¿Pero qué...? ¿Cómo llegastes aquí?

—Escapé de unos tipos que me seguían —respondió ella con la mirada sombría—. Vi el barco y me colé sin que nadie se diera cuenta.

—Deduzco que hiciste algo muy malo para que te persiguieran de esa forma —dije con una sonrisa ladeada.

—¿Y a ti qué te importa? No es de tu incumbencia.

—Te recuerdo que estás enmi barco —repliqué, suavizando la mirada—. Puedes quedarte, pero deberías aprender a ser más amable con quienes intentan ayudarte.

—¡No pedí tu ayuda! ¡Y ten más cuidado con tus piesotes!

La respuesta que estaba a punto de darle murió en mis labios cuando un golpe seco resonó en la puerta. Era Henry.

—Capitana... —se interrumpió en seco al notar la presencia de la chica—. ¿Qué hace ella aquí?

—Solo se escondía como un cachorro asustado —bromeé, intentando disipar la tensión que cargaba el ambiente.

—¿Quiere que la saque? —preguntó él, con la mano aún en el marco de la puerta.

—No será necesario. ¿Ocurría algo?

—Solo venía a informar que la tripulación se retira a descansar.

—Entendido. Que pasen buena noche.

Cuando Henry se retiró, me giré hacia la “intrusa”.

—Bien, chica misteriosa. ¿Cómo te llamas?

—Kaira... o eso dijo el viejo gruñón que me crió. ¿Y tú? ¿Te llamas Pecosa la Jirafa?

—Me llamo Elin. Puedes dormir en esa hamaca —señalé hacia una esquina de la habitación—. Si te dan ganas de vomitar por el movimiento, hazlo por la ventana, te lo agradecería.

Kaira no respondió; se desplomó en la hamaca y, en segundos, se quedó profundamente dormida. Parecía un cachorro cansado. Yo volví al mapa en donde aparecían las Cinco Naciones.

—Vamos a ver si realmente lo que dijo no fue una mentira. —susurré, antes de que el cansancio me venciera sobre la mesa.

Desperté al alba con un dolor de cuello atroz. Tras dar las órdenes para abastecer el barco, me dirigí a la colina donde vivían mis padres. Llegué sin aliento a la cima.

Al entrar, el aroma de la cocina de mi madre me envolvió como un manto cálido. La abracé por la espalda mientras cocinaba.

—Me voy en una hora, mamá. Vine a despedirme.

—¿Quieres comer algo antes, cariño? —preguntó acariciando mi mejilla.

—Me encantaría. ¿Cómo está papá?

—Igual. Cada vez su cuerpo reacciona menos a las medicinas.

No dije nada y solo caminé por el pasillo. Cada paso se sentía como si mis botas fueran de plomo. Abrí la puerta de su habitación y lo vi allí, sentado frente al balcón, observando el océano que alguna vez dominó.

—Hola, pa —me arrodillé a su lado—. Me voy al viaje que te conté. ¿Te acuerdas?

Él asintió lentamente y pasó su mano rugosa por mi cabello naranja.

—Prométeme algo, hija.

—Lo que sea.

—Vuelve a casa sana y salva. Y tráeme una gran historia.

—Lo prometo —dije, forzando una sonrisa que me dolía en el pecho.

Me dolia porque sabia que era imposible que el estuviera respirando cuando regrese, su cuerpo se deterioraba cada vez más con el pasar del tiempo. Pero... muy en el fondo tenia la esperanza de que el me esperaría.

Tras una última comida y un adiós melancólico, regresé al puerto. Allí estaba mi barco, majestuoso como siempre. Recordé el sudor y la sangre que me costó construirlo con mis propias manos y los conocimientos de carpintería que mi padre me dio. Recordé cómo Henry y yo buscamos tripulación, ofreciendo solo un sueño a cambio de nada, y cómo fuimos rescatando parias, huérfanos y vagabundos hasta formar esta familia de proscritos.

—¡Prepárense para zarpar! —grité al llegar a la cubierta— ¡Los quiero activos!

Me apoyé en la barandilla de proa, dejando que el viento marino me azotara la cara.

—Espero con ansias que te trague un tiburón —una voz familiar y profunda me sacó de mis pensamientos.

Era Kain. Había venido a vernos partir.

—Y yo espero que te caiga una ballena encima —respondí con una carcajada.

Kain se acercó lentamente, como si temiera que el barco fuera a desvanecerse.

—Ten cuidado, Elin. Te distraes con nada y eres capaz de tropezar con tu propia sombra. ¿Te despediste de ellos?

—Sí. Mamá cocinó de maravilla.

—Hacía tiempo que no pasabas por casa... Bueno, no dejes a tu guapo hermano mayor con los brazos estirados —dijo, dándome un último abrazo que casi me deja sin costillas—. Prométeme que volverás con un tesoro, ¿De acuerdo?

—Tú solo piensas en el dinero, ¿Cierto?—reí.

—Promételo.

—Lo prometo, Kain.

—Más te vale. ¡Ey, Henry! ¡Cuídame a la niñita mimada!

Henry soltó una carcajada desde la cubierta mientras Kain bajaba al muelle.

—¡Recojan el ancla y suelten las velas! —ordené con voz de mando.

El Elinor comenzó a deslizarse con parsimonia hacia el noreste. Bajé un momento al camarote para avisar a Kaira que ya estábamos en marcha, pero al entrar, me topé con una escena inesperada: ella estaba cubierta de los collares y joyas que guardaba en mi cofre. Al verme, se quedó petrificada, como si creyera que, al no moverse, lograría volverse invisible.

—Creo que a esas joyas les faltan brazos para lucir como es debido, ¿no crees? —dije con tono divertido.

—Perdón... —murmuró, dejando el botín sobre el escritorio con rapidez—. Es que las cosas brillantes me atraen sin remedio.

—Quédate con lo que quieras —le aseguré.

Sus ojos volvieron a iluminarse y, tras dudar un instante, eligió una pulsera con un delicado dije en forma de estrella.

—Esa es muy bonita, te queda bien —comenté mientras una pequeña sonrisa asomaba a mi rostro. Me acerqué para observar el resto del tesoro junto a ella.

—¿Por qué las tienes guardadas? —preguntó ella, acariciando el metal—. Son demasiado hermosas para estar encerradas en un cofre.

—Bueno, supongo que... prefiero reservarlas para una ocasión especial —respondí, restándole importancia.

—Cualquier momento es especial —replicó ella de inmediato. Se acomodó la ropa y, tras inflar el pecho con aire solemne, adoptó una postura majestuosa—. Como dice el viejo que me crió:“Vive siempre como si fuera tu último día; nunca sabrás si mañana estarás aquí para disfrutar de las cosas valiosas”.

Relajó la postura y me guiñó un ojo con una sonrisa traviesa.

—Siempre hay que hacerle caso a un viejo de mil años

Estaba a punto de hablar cuando un portazo nos interrumpió. Henry entró con el rostro desencajado.

—¡Capitana, suba rápido! ¡Nos atacan!

Salí disparada hacia la cubierta. El caos era total.

—¿Qué ocurre?

—Un barco nos seguía. Pensé que eran aliados, pero han abierto fuego sin previo aviso.

—¡A sus puestos! ¡Todos a estribor! —rugí—. ¡Carguen cañones!

El intercambio de fuego fue brutal. Los cañones del Elinor rugieron, pero una bala enemiga impactó de lleno en el timón, haciendo que la rueda girara violentamente y perdiéramos el control.

—¡Capitana! —gritó un marinero—. ¡El timón está dañado y se acerca una tormenta!

El cielo se había vuelto negro en cuestión de minutos. El viento aullaba como una bestia herida y olas de proporciones monstruosas empezaron a sacudir el casco. El barco enemigo fue engullido por la bruma y el oleaje, pero nosotros estábamos atrapados.

—¡Henry, ayúdame con esto! —grité, aferrándome al timón que luchaba por rompernos las manos.

—¡Capitana, el viento es demasiado fuerte! ¡No podemos arriar las velas!

—¡Dividan a la tripulación! ¡Unos a los suministros, otros a cubierta! ¡Henry, tira conmigo!

A pesar de nuestra fuerza combinada, el timón apenas cedía. De repente, unas manos pequeñas se sumaron a las nuestras. Era Kaira.

—¡Hagámoslo juntos! ¡A la de tres! —gritó ella sobre el rugido del trueno.

El barco comenzó a virar lentamente, luchando contra la corriente, pero antes de que pudiéramos cantar victoria, una ola gigante se alzó sobre nosotros y todo se volvió negro...


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