Capítulo 1
— ¿Estás segura que es aquí? — preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor con una ceja levantada.
Asentí, aunque no podía culparlo por dudar. El edificio se alzaba frente a nosotros con un aire pesado, casi intimidante. Viejo, de ladrillos oscuros, con ventanas altas que parecían más barrotes que cristal. Una ambulancia pasó a toda velocidad por la entrada principal y, a lo lejos, alguien gritaba algo que no llegué a entender.
— Sí, es aquí — le respondí, mientras buscaba el efectivo en mi bolso. — Hospital Central San Isidro.
Él soltó una risa corta, como si supiera algo que yo no.
— Bueno… suerte, doctora.
Bajé del auto con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. El aire tenía ese olor a mezcla de cloro, café recalentado y urgencia contenida. Nada demasiado acogedor.
Al cruzar la entrada principal, noté que nadie parecía tener tiempo para saludar. Un portero dormitaba detrás de una garita, con la cabeza ladeada y una radio encendida en volumen bajo. Me acerqué despacio.
— Disculpe… soy la doctora Camila Herrera. Residente de Cirugía. Me indicaron que debía presentarme con el doctor Rivas.
El hombre me miró como si recién despertara de un sueño liviano.
— ¿Cirugía? Segundo piso, ala norte. Allá te va a indicar alguien.
Eso fue todo. Ni una sonrisa, ni un “bienvenida”. Solo un gesto con la cabeza que podía significar “suerte” o “que Dios te acompañe”. Subí por unas escaleras de cemento que crujían con cada paso, como si quisieran avisar que una nueva alma llegaba al caos.
El segundo piso era otra historia. Menos ruido, pero no por eso más orden. Médicos con carpetas en la mano cruzaban de un lado a otro, hablando entre ellos en un idioma que mezclaba siglas, apuros y cansancio. Una enfermera discutía por teléfono en la esquina y una chica, que supuse era residente, lloraba sentada junto a una máquina expendedora rota.
Por un momento me pregunté qué hacía ahí.
Llegué frente a una oficina con la puerta entreabierta. El cartel decía: Dr. Ernesto Rivas – Dirección General. Toqué apenas con los nudillos y asomé la cabeza.
— Disculpe… soy la doctora Herrera. Hoy es mi primer día.
Detrás del escritorio, un hombre de gesto adusto levantó la vista sin demasiado interés.
— ¿Cirugía?
Asentí.
— Bien. No tengo tiempo para discursos de bienvenida. Te mando ya mismo con Cardozo. Lo vas a encontrar en sala tres, cuarto piso. Está por entrar a quirófano y necesita manos. ¿Trajiste ropa de guardia?
— Sí, en mi bolso.
— Perfecto. Apúrate. Y no te me desmayes.
No tuve tiempo de preguntarle nada más. Salí, cerrando la puerta tras de mí con cuidado.
Al fondo del pasillo, alguien gritó con fastidio:
— ¡¿Quién me mandó a la residente que se desmayó?! ¡Necesito a alguien que aguante una cirugía sin caerse al piso!
Seguí el grito como si fuera un faro. Doblé el pasillo apretando el bolso contra mi costado, esquivando una camilla, un carrito con bandejas metálicas y una enfermera que hablaba sola con una carpeta en mano. Cuando llegué a la sala tres, lo vi.
Rubio, alto, con los ojos color acero y la expresión de alguien que acababa de masticar algo en mal estado. Esa arruga entre las cejas… Dios, parecía que se le había quedado atrapada una espina de pescado en el alma. Caminaba de un lado al otro frente a la puerta del quirófano, revisando papeles y murmurando cosas que claramente no eran flores.
— Disculpe… — empecé a decir, intentando sonar amable y profesional. — Soy la doctora Camila Herrera, residente de cirugía.
Él ni siquiera me miró a los ojos. Apenas levantó una ceja y, sin decir palabra, me tomó de la muñeca como si hubiera estado esperándome toda la vida. O mejor dicho, como si no tuviera tiempo de esperarme un segundo más.
— Locker, ahí — me señaló una fila de casilleros metálicos en una sala contigua. — Te cambias, guardas tus cosas, gorro, tapabocas, guantes. ¡Ahora!
El tono no admitía dudas. Dejé el bolso donde me indicó, me cambié a toda velocidad sintiendo que me olvidaba de algo importante, aunque no supiera qué. En menos de dos minutos ya estaba frente a la puerta del quirófano, con el gorro mal puesto y los guantes demasiado ajustados. El corazón me latía en la garganta.
— ¿Tienes idea de lo que vamos a hacer? — preguntó él, ya con la bata quirúrgica colocada.
— No — respondí con sinceridad. — Me mandaron directo desde dirección.
Él soltó un suspiro largo, de esos que pesan.
— Apendicitis complicada. Posible peritonitis. Entras, miras, no hables a menos que se te caiga un órgano. Y si eso pasa, lo levantas antes de gritar. ¿Entendido?
— Entendido — respondí, tragando saliva.
Entramos.
El aire del quirófano tenía ese frío controlado que solo existe ahí dentro, con olor a yodo, alcohol y tensión. La paciente ya estaba anestesiada, el equipo dispuesto, las luces encendidas como si fuéramos actores en un teatro sangriento. Había dos instrumentistas, una anestesista con cara de dormida, y una enfermera que parecía a punto de vomitar.
El cirujano — que aún no me había dicho su nombre, pero asumía era Cardoso — se colocó en posición, tomó el bisturí y empezó a trabajar.
— Pinza Kelly. No, esa no. La Kelly. ¿Estás dormida? — me lanzó la primera bala antes de que pasaran cinco minutos.
— Perdón, fue un reflejo — dije, entregando la correcta.
— Esto no es zumba, Herrera. Acá los reflejos se educan.
A los quince minutos, me pidió que sujetara el separador de Farabeuf como si fuera una extensión de su cuerpo. Y claro, lo hice… pero mi mano temblaba.
— ¿Quieres que se nos caigan los intestinos al suelo o estás bailando flamenco?
Me mordí la lengua. No iba a defenderme. Tenía razón. No era el momento para orgullo.
A los treinta minutos, me gritó que dejara de mirar la sangre como si fuera una pintura moderna y prestara atención a la cavidad. A los cuarenta, casi se le cae un órgano y logré sostenerlo antes de que tocara el borde de la mesa.
— Bien. Al menos no eres completamente inútil.
Ese fue su halago.
Cuando por fin terminamos, me quedé ahí, con los guantes puestos, el corazón desacompasado y los ojos fijos en la mesa quirúrgica, como si necesitara grabarme cada imagen para poder procesarla después. Las enfermeras ya se movían con naturalidad, como si acabaran de lavar los platos después de la cena. Una empujaba la camilla con la paciente todavía anestesiada, la otra rociaba desinfectante como si estuviera regando plantas, y una tercera sacaba los bisturís usados con una facilidad que me resultaba casi ofensiva.
Yo seguía quieta. No podía moverme. Literalmente. Sentía las piernas ancladas al piso y la cabeza flotando a tres metros del cuerpo. No era la primera vez que participaba en una cirugía. Al contrario, solía ofrecerme como voluntaria cada vez que surgía la oportunidad, y fue esa entrega constante la que me llevó a elegir esta especialización. Pero ahora… en este momento pienso que quizás no fue buena idea.
Y entonces, como una aparición malhumorada, volvió a entrar.
Se detuvo en seco al verme ahí, todavía con la bata quirúrgica y una expresión que probablemente decía ¿qué acaba de pasarme? Me miró con los ojos entornados, cruzó los brazos y alzó una ceja.
— ¿Me estás jodiendo?
Parpadeé.
— ¿Perdón?
— ¿Qué haces ahí parada como si hubieras visto a Jesucristo resucitar en la mesa? ¡Esto fue una apendicectomía, no un milagro eucarístico!
— Solo estaba…
— No, no expliques. No me interesa. Te recuerdo que estamos en un hospital, no en una exposición de arte moderno. Vamos, movimiento.
Se giró y comenzó a caminar por el pasillo, sin siquiera mirar si lo seguía. Lo hizo tan rápido que casi me arranco la bata tratando de alcanzarlo.
— ¿A dónde vamos? — logré preguntar, todavía con los guantes medio puestos.
Se detuvo frente a una pizarra blanca llena de garabatos en distintos colores y tachaduras desesperadas.
— Cinco — dijo, señalando con el marcador rojo como si estuviera revelando el número de víctimas en una serie de crímenes.
— ¿Cinco?
— Cinco cirugías programadas. Y eso si nadie más decide reventarse una arteria por amor al caos. Hasta ahora, de los tres ayudantes que pasaron por mis manos esta semana, uno se desmayó, otro se puso a llorar y la tercera confundió una vesícula con una esponja.
— ¿Y yo?
— Tu… fuiste un poco menos desastrosa. No brillante, no eficiente, no recomendable… pero, al menos, no homicida. Vamos a decir que eres lo más parecido a una esperanza que he visto en días. Y eso dice mucho del infierno en el que estamos metidos.
Lo dijo con una sonrisa torcida, esa que no se sabe si es burla, amenaza o un tic nervioso producto del exceso de cafeína. Luego me lanzó una bata limpia y señaló con la cabeza hacia la siguiente sala.
— Te cambias rápido y, cuando digo rápido me refiero a que, si el tiempo fuera una arteria, ya estaríamos en shock hipovolémico. ¿Entendido?
Asentí como si me estuvieran dictando los diez mandamientos.
— Perfecto — agregó. — Vamos, Herrera. Muéstrame si lo de recién fue un accidente o un milagro repetible.
¿Milagro? ¿Accidente? No se sintió como ninguna de las dos. Se sintió como una maldición con anestesia local. Como si el universo hubiera dicho: “Vamos a ver cuánto puede soportar esta pobre desgraciada antes de colapsar”. Lo bueno, aún no colapso.
Y así, sin darme tiempo a respirar, ni a cuestionar mis decisiones de vida, ni a llorar en posición fetal en algún rincón, me vi de nuevo corriendo tras él. Como si no hubiera acabado de dejar media alma en la cirugía anterior.
Y con la otra mitad temblando dentro del uniforme.
No puedo describir cada cirugía con lujo de detalle porque, honestamente, en algún momento entre la segunda y la cuarta dejé de ser un ser humano funcional y me convertí en una especie de autómata guiado por gritos, bisturís y adrenalina. Era un caos. Un festival del estrés.
Había instrumentos que no sabía cómo se llamaban, órdenes que llegaban al mismo tiempo desde tres personas distintas — y ninguna con paciencia, — alarmas que sonaban sin parar y sangre. Mucha. En un momento sentí que tenía un poco en el cuello. No era mío, pero ya ni eso me importaba.
En la tercera cirugía, creo que me gritaron por entregarle al doctor una pinza en lugar de una tijera. O tal vez fue al revés. A esa altura, mis sinapsis estaban demasiado ocupadas tratando de sostener el alma dentro del cuerpo como para distinguir entre herramientas.
Y cuando, por fin, terminamos con la última cirugía, salí del quirófano tambaleando como si hubiera sobrevivido a un huracán. No sabía qué día era. Ni qué hora. Ni cómo me llamaba, honestamente. Estaba sudada, con hambre, las piernas me temblaban y, mis ojos se movían como los de un camaleón en plena crisis nerviosa.
Lo único que tenía claro es que necesitaba comida. Algo. Lo que fuera. Y que mis cosas... ¿dónde diablos estaban mis cosas?
— Herrera — escuché su voz otra vez, justo cuando pensaba que ya se había evaporado en su nube de arrogancia quirúrgica. — Si tienes tiempo, te recomendaría volver a estudiar medicina. De cero. Tal vez esta vez sí se te queda algo.








