La Pieza Del Tablero by Arturo3Tay_ at Inkitt
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La pieza del tablero

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Summary

En un entorno industrial hostil (la zona obrera de Roswell), Milán, un niño de doce años sometido a extenuantes jornadas de trabajo fabril, encuentra una vía de escape y esperanza en "El choque de las piezas": un juego de puntería y estrategia sobre un tablero de cáñamo trazado a mano por su madre, Elena. La rutina se transforma drásticamente cuando el Estado anuncia un Gran Torneo Imperial cuya recompensa para los ganadores es el ingreso a las Escuelas Nacionales de Ciencias, la única oportunidad para escapar de la miseria y del trabajo manual.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

El trabajo en Roswell

Los días subsiguientes cambiaron por completo lo acostumbrado de aquellas praderas que durante generaciones apenas habían sido mentadas por los pueblerinos y feudales. Por los polvorientos caminos comenzaron a desfilar tropeles de buhoneros, caballeros de pueblos alejados, frailes exclaustrados, aventureros extravagantes, todos motivados por el ansia de presenciar el fúnebre portento cuyas revelaciones resonaban ya en los mercados y portales del reino. El huerto, habitado por semblantes nuevos por el acompasado golpe de las azadas y el rudo respirar de los bueyes de labranza, pudo sentir el bullicio de un público ensordecedor. Carretas entoldadas con jirones de colores se pronunciaban frente densas polvaredas sobre los senderos, mientras algunos mercaderes improvisaban tinglados donde vendían reliquias apócrifas, amuletos contra el mal de ojo, panes de centeno y vino rancio para evitar algun conflicto en este sitio pretencioso . Unos caminaban movidos por una devoción fanática y sombría y otros solo mendigaban alguna sensacion erratica para distraer las veladas de sus hogares al regresar a sus villas.

Don Mariano contemplaba aquel mercado de vanidades desde una colina próxima con el pecho henchido de una gloria incredula. Cada pieza de plata se truncaba en sus manos como parte de una confirmación de que el Cielo había distinguido sus heredades para revelar un misterio soberano.Había concretado levantar los cobertizos de aquel ramaje. Adicionaba aquellos tributos que consentía a las masas escudriñando aquel abismo con un silencio moderado. Jamás había recibido tal cantidad de dinero, pero no le bastaba para cumplir con su dominio, mientras tanto escuchaba aquel tintineo de cofres que se seguían regalando con la convicción irrefutable que aquel vacío lo inmortalizara frente a sus antepasados

Más, a medida que avanzaban las jornadas, comenzaron a saldarse unas pequeñas pretensiones que se divulgaban entre los veteranos. Las gentes se aproximaban al borde de la inmensa llaga, permanecían largos minutos contemplando la noche invisible de su fondo y regresaban con el rostro mudado por la decepción. Ninguno experimentaba la mística condición que el magnate anunciaba con tanta vehemencia. Los sacerdotes salmodiaban sus responsos, pero el milagro nunca estaba cerca, los sabios escudriñaban las tinieblas durante horas sin hallar ley física para reconocer su significado y los hidalgos se retiraban murmurando entre dientes que el señor Mariano había exagerado un vulgar accidente de la naturaleza para tratar de sacar beneficios de su campo. Algunos, los más osados, abandonaban el feudo mofándose discretamente sobre aquel supuesto terreno espiritual. Cundieron así maliciosos rumores entre los visitantes que Don Mariano había convertido el espanto de sus siervos en un lucrativo arbitrio, inventando voces de aparecidos para desvalijar a los peregrinos y enriquecerse a costa de la ignorancia de los rústicos.

Aquellas murmuraciones hirieron su orgullo de una manera estrepitoza. Aquella duda fugaz pero terrible como un relámpago en tormentas hirientes, cruzó por su mente: ¿había interpretado correctamente el significado del vacío, o su propia ambición había confundido aquellos susurros internos con el tabernáculo de Dios? El pensamiento fue breve, más bastó para empañar el ciego misticismo con que hasta entonces había sostenido sus palabras.

Lejos de arredrarse, resolvió empujar su delirio hasta el extremo. Aprovechando la llegada de los principales terratenientes de los pueblos vecinos, mandó aparejar un suntuoso banquete en el caserón de la hacienda. Entre copas rebosantes de vino de solera y largas pláticas de negocios, expuso la idea que venía madurando en su cabeza

—Si el señor de los cielos ha escogido esta loma para romper su silencio, estas tierras serán presto las más sagradas y codiciadas de todo el reino. Permitidme, pues, adquirir vuestras heredades antes de que el vulgo comprenda la magnitud del privilegio que se cierne sobre nosotros.

Los comensales se miraron con un descaro estupefacto. Unos sonrieron tratando de mostrar afinidad, pero otros soltaron una carcajada que resonó bajo las vigas del techo.

—¿Enajenar nuestros predios solariegos? —replicó uno de los señores—. Preferimos conservar el señorío de nuestros campos antes que confiar nuestra alabanza a un agujero cuyo único prodigio ha sido infundir el pavor en los ganados.

Otro añadió con mofa disimulada—Si tan seguro estáis de que la fortuna os sonríe en esa fosa, guardad para vuestra casa todo su misterio.

Las negativas fueron unánimes y tajantes, debido a que ninguno consintió en ceder un solo palmo de tierra y promover una confianza masiva al vacio inconmensurable. Mientras los invitados abandonan la estancia con parsimonia, Don Mariano permaneció inmóvil, fijos los ojos en las copas sin licor donde percibió una humillación tremenda. Si sus iguales le volvían la espalda, el pedestal de elegido que había erigido sobre las cosechas se desplomaba con la misma rudeza de la cual salió irasciblemente

Aquella misma tarde recorrió los campos buscando un alivio a su desdicha, más lo que se ofreció a su vista encendió aún más su agitación. Las espigas amarilleaban antes de sazón, consumidas por una podredumbre sin respuesta, las hojas de los frutales caían marchitas y los racimos de las vides se deformaban como llagas rastreras.

Fue entonces cuando se topó con Alfredo, Fernando y el anciano Mateo, quienes lidiaban por rescatar los restos de la malograda cosecha. Los tres trabajaban con desesperación, asustados por recibir un nuevo castigo, bien que el quebranto parecía haberse adueñado definitivamente de sus miembros.

Don Mariano los contempló unos instantes desde su cabalgadura antes de romper el silencio— Miradme signos siervos. ¿Por que no ha cesado la plaga?

Fernando negó con parsimonia, doblando la cerviz hacia el suelo—No, señor. Cada fruto nos devuelve una porción más de la vega herida por la desgracia

Mateo añadió con voz temblona y resignada —Las vacas no prueban el pasto, las ovejas huyen del aprisco y hasta los corceles se niegan al divisar el sendero que conduce a la cima.

Don Mariano ensombreció el semblante, clavando sus ojos de fuego en los labradores —¿Y vosotros? ¿También pensáis que esta penuria en mi huerto es totalmente certera, podéis sentir su voz palpitando cada momento?

Un silencio demoledor, recio como una losa de piedra, se elevo en cada uno de ellos. Alfredo no supo cómo responder, Fernando permaneció estático. Mateo sintió que el recuerdo de los recientes azotes cobraba vida en su espalda llagada, conocía demasiado bien la crueldad del amo si descubre que sus siervos desmentir su gloria. Durante unos instantes pensaron negarse a responder hasta que alguien soltó la profunda vision

—Sí... —susurró al fin el viejo Mateo—. Yo también he oído el eco que sube del fondo...

Los otros dos campesinos volvieron el rostro hacia él con los ojos desorbitados por la sorpresa. Don Mariano entreabrió los párpados con una expresión mezcla de triunfo y ansiedad febril—¿Qué ha dicho a tus oídos, miserable?, ¿como ustedes también pueden recibir este saludo divino?

Mateo tragó saliva, comprendiendo que su mentira le había arrojado a una trampa mortal —No... no acierto a recordarlo, mi señor... la mente se me nubla creo que ni siquiera paso

El magnate se acercó directamente —¡Mienten por miedo! Si el Cielo te ha elegido como testigo, repetirás cada una de sus sílabas o tu carne pagará la ofensa.

El anciano, acorralado por el terror, balbuceó la primera revelación que acudió a su frente —Decía... decía que algo aguarda en las profundidades... que alguien debe descender a su encuentro...

Aquellas palabras bastaron para inflamar de nuevo la hoguera del delirio en el pecho de Don Mariano. Sus ojos recobraron instantáneamente el brillo demente de los últimos días —¡Lo sabía! —exclamó con júbilo salvaje—. ¡El abismo reclama a sus siervos,!

Volviéndose hacia sus hombres de armas, ordenó con voz imperiosa —¡Ustedes serán los indicados para ser los primeros en estar cerca de la revelación, ya que los escogí como mis siervos hace mucho tiempo!

Fernando dio un paso al frente, interponiéndose con osadía —¡Señor, tened piedad! ¡Es un viejo que no sabe lo que brota de sus labios!

Mas sus súplicas se perdieron rápidamente, nadie escuchaba el clamor de los desdichados. Los guardias recriminaron a Mateo por sus brazos descarnados mientras el cuitado apenas acertaba a comprender la gravedad de su respuesta. Lo arrastraron con paso firme hasta el borde mismo de la fosa eterna. El viento parecía expirar por completo en toda la llanura.

Don Mariano le contempló desde lo alto con una fijeza pavorosa —Puesto que la sima te ha hablado primero, tú le llevarás la respuesta que este siglo aguarda de mi estirpe.

Durante unos momentos infinitos, nadie osó respirar en el huerto. Mateo abrió la boca como si pretendiera implorar perdón o confesar su error, mas no le fue concedido término. A una señal del amo, los guardias abrieron las manos, soltando el cuerpo del infeliz.

El anciano sin dudarlo tuvo la desdicha de percibir el abismo, –Si este no es el encuentro con Dios no habrá otra manera de percibir su manto, –al parecer el anciano también se trago el cuento de su señor que grito a todo los vientos que este lugar era milagroso

Todos aguardaban con el alma en velo. Transcurrieron los minutos, dilatados y pesados como centurias de agonía, pero no hubo ni un grito de dolor, ni el eco lejano de un cuerpo estrellándose contra la roca, tan solo la fúnebre inmovilidad de las tinieblas. Solo el silencio absoluto, soberano y misterioso que habitaba desde la premisa inicial del mundo absoluto, devolvió la mirada de los vivos.

Don Mariano permaneció en silencio al borde del agujero, aguardando el milagro, la señal augusta que pudiera justificar su locura, pero el viejo nunca regresó. La noche de la fosa no devolvió sino vacío. Poco a poco, las facciones del hombre comenzaron a endurecerse, tocándose su triunfo en un rostro de derrota, toda la pequeña parte de orgullo que había alzado en su mente empezó a resquebrajarse ante aquel dolor encomiable

Finalmente, giró sobre sus talones y, sin designar una mirada a los presentes, pronunció con voz sorda y ronca —Como pude confiar en sus palabras pobres ingenuos, ustedes no son parte de nada. Volved a las azadas. Si los campos continúan secándose por culpa de vuestra pereza, el castigo de mañana hará bueno el de este día.

Nadie tuvo el afán de replicarle algo. Fernando inclinó la frente hacia el polvo, ahogando su rabia después de perder a su compañero, mientras Alfredo, en cambio, permaneció con los ojos fijos en la boca de sombra, pero extasiado como si estuviera feliz por que Mateo pudo encontrar la luz de la esperanza dentro de aquel vacío, por esto no regreso. No articuló palabra alguna, mas una zozobra nueva y pavorosa anidó en su pecho al comprender la terrible verdad, el abismo era una decision mas que un miedo a reconocer lo indescifrable, aquellos que tenian la voluntad de ser mas fuertes que lo desconocido podrian llegar a un lugar mejor. Este pensamiento le acompañó mientras el sol se sepultaba tras las cumbres de los montes, anunciando con sus últimas sombras que el verdadero horror de Mosling no había hecho sino comenzar.

Aquella noche, un pesado desasosiego mantuvo desvelados los ánimos en el Campo San Elias y ningún mortal logró dar cabida al descanso matutino.. Fernando permanecía inmóvil, sentado junto al lecho desierto donde años atrás pasaba tiempo con su difunta esposa. Entre sus dedos temblorosos conservaba un viejo pañuelo con sutiles bordados que ella dejara antes de partir, una última y sagrada reliquia que permanencia impecable por varios años de cuidado y resguardo. Cerró los ojos sintiendo el desparpajo de la lluvia y creyó percibir, ni una palabra nacida del misterio de la sima, sino la voz de su esposa entre la brisa cautiva. Pudo salir de aquel dulce hechizo, abandonó el umbral de su hogar como un sonámbulo y encaminó sus plantas hacia la loma maldita, el sitio pavoroso donde, desde hacía días, convergían todos sus pensamientos y esperanzas.

Al mismo tiempo, Alfredo cruzaba los ribazos del monte bajo la macilenta y fúnebre claridad de la luna. Desde que el tenebroso encuentro se abriera en el corazón de aquella llaga, sus ojos ya no miraban el mundo con los mismos ojos de antes, después de la pérdida de su amiga, la realidad misma parecía haberse desvanecido. Los árboles como semblantes, las heredades estériles y las interminables jornadas de servidumbre se le antojaban ahora sombras confusas, la vana repetición de una existencia prestada que jamás le perteneció en propiedad. Sentía en lo íntimo de su alma que aquella inmensa lobreguez del suelo custodiaba una respuesta válida y concisa sobre el mundo espiritual, para ser descifrado por siervos engendrados únicamente para la obediencia y el yugo. Cuando ambos caminantes coincidieron finalmente al borde del precipicio, ninguno de los dos manifestó sorpresa ni turbación al descubrir la presencia del otro. Podían presentir aquella cumbre de fatalidad teñida en un cielo rojo que nombra el trágico desenlace de dos almas custodiadas

Fernando fue el primero en romper aquella tétrica armonía —¿Recuerdas, Alfredo, aquellos años de la infancia cuando jurábamos al pie de estas peñas que un día podríamos encontrar la libertad, aunque fuera casi imposible?

Alfredo dibujó en sus labios una sonrisa amarga —Lo recuerdo bien. Tú soñabas con percibir las playas de ese mar lejano del que hablaban los príncipes románticos, yo quería descifrar las destrezas del mundo en prosas emblemáticas

Fernando inclinó la frente con desaliento,—Y al cabo, la vida fue totalmente distinta, éramos niños jugando a ser reyes. Ungieron nuestras frentes con la servidumbre que también tuvieron nuestros padres. Aunque por mi fuerza y voluntad fue el único que se le permitió tener una esposa que era parte de las amadas del monarca, aun así siempre sentí este fuerte mazo en mis espaldas

Se quedaron callados por un largo rato, mientras sus pasos los conducían más allá de los linderos del esfinge espiritual, aquellas sendas que estaban dispuestas a percibir nuevos hombres—¿No sientes una cólera sorda que te abrasa el pecho? —inquirió Alfredo con una voz extraña, que no parecía brotar de garganta humana—. ¿No te revela el despertar cada aurora con la certidumbre de que tu jornada acabará bajo el látigo, tal como empezó la de nuestros familiares?

Fernando exhaló una risa sorda, una risa quejumbrosa que helaba la sangre —¿Cólera?...lo siento más como un cansancio quejumbroso. El hastío de arrastrar el peso del espíritu de mi amada que abandone por mis labores, pero ahora que lo pienso por las obligaciones de un siervo que no tenia otra cosa mas por hacer, estaba condenado a ver a mi amada morir, arrebatando mi afecto, mientras tenía que seguir trabajando en intensas jornadas para tan solo poder verla

Alfredo cerró los párpados, amortajando su mirada—Yo, en cambio, jamás tuve una criatura cuya pérdida llorar.

—No hables así, por los santos mártires...

—Es la verdad, Fernando. Mi único amor fue esta tierra maldita... y aun ella me fue ajena. Trabajé el surco desde que mis manos tuvieron fuerza para empuñar el hierro. Me enseñaron a sembrar para el amo, a obedecer sin réplica y a doblar la cerviz ante el blasón de los señores. Mas ninguno de estos sabios ni eclesiásticos me reveló jamás para qué me fue concedido el hálito de la existencia.

Fernando le contempló con una piedad hondísima:

—Acaso la existencia no sea más que un castigo sin motivo.

—Si tal es... ¿por qué prolongar esta agonía de vivir de hinojos?

Ninguna voz respondió a su demanda.

El silencio se tornó tan denso que ambos percibieron el rítmico y espaciado golpear del pecho. Sin advertirlo, el abismo los atrajo un codo más; ya el vaho gélido de las profundidades les azotaba el rostro, trayendo consigo el aroma de la nada.

—El pavor me embarga —susurró Fernando, estremecido.

Alfredo sonrió por vez primera con una serenidad augusta—También a mí—¿Y si en el fondo de esa noche eterna no aguarda su alma?—¿Y si en el corazón de esa sombra no habita la verdad?

Fernando alzó los ojos hacia las alturas celestes, desiertas de astros—Entonces perderemos la última ilusión que sostiene nuestros pasos en la tierra.

—No, hermano —repuso Alfredo con dulzura—. Esa ilusión nos fue arrebatada hace ya muchas centurias. Lo que hoy hacemos no es morir, sino confesar nuestra muerte.

Las palabras flotaron en el aire sutil de la montaña como sentencias dictadas por un tribunal invisible. Fernando miró el pañuelo que aún guardaba entre sus dedos:

—¿Sabes qué es lo que más desgarra mi alma en esta hora postrera? Que ya no acierto a evocar el eco de su risa. Juzgué que su memoria me acompañaría intacta hasta la sepultura... y esta mañana he comprendido que el tiempo ha comenzado a borrar sus facciones de mi mente. Si permanezco encadenado a este huerto, llegará el día en que olvidaré el semblante de la única mujer que amé. Ese olvido me causa más espanto que todas las legiones de Lucifer.

Un escalofrío recorrió la espina de Alfredo—Yo he consumido mis primaveras buscando un ideal que no sé nombrar con palabras humanas. Acaso sea Dios; acaso sea la libertad; acaso solo sea el afán de probarme que el universo no termina en estos campos donde nacimos esclavos. Si regreso ahora al caserón del amo, moriré sin haber osado lanzar una sola pregunta al destino.

Fernando volvió la vista hacia la aldea lejana. Las míseras chozas de los siervos yacían sepultadas bajo la lobreguez nocturna, diminutas, indiferentes, mudas como tumbas de fango—¿Crees que las gentes del feudo advertirán nuestra partida?

Alfredo tardó en responder, fijos los ojos en el confín de la llanura—Mañana otros infelices empuñarán nuestras azadas. Cosecharán el trigo que regamos con nuestro sudor y agacharán la frente ante el heredero de Don Mariano tal como nosotros lo hicimos. La comedia del mundo proseguirá su curso inmutable.

Fernando abrió la diestra, dejando caer el pañuelo, que flotó un instante en el aire antes de perderse en la hierba:

—Luego... jamás fuimos dueños de nuestras almas—Jamás.

—¿Y si este abismo no es la libertad? ¿Y si solo es otra estancia de la muerte?

Alfredo avanzó hasta el límite mismo donde la roca moría y el vacío comenzaba a señorear el espacio. La tierra parecía desvanecerse bajo la planta de sus botas:

—¿No lo comprendes, Fernando? Perecer es lo único que los señores de la tierra nos han permitido siempre de grado. Lo único que jamás nos concedieron fue el derecho de elegir el modo de vivir.

Dos lágrimas ardientes surcaron las mejillas del viudo—Quiero creer que su sombra me aguarda al otro lado del umbral...

Alfredo respondió sin apartar sus pupilas de la impenetrable lobreguez—Y yo quiero creer que, tras este velo de sombras, alguien rasgará el silencio para responder a la primera y última pregunta que ningún pontífice, ningún magnate y ningún monarca osó contestar a los desdichados.

Fernando respiró el aire de la noche con un suspiro profundo—¿Cuál?

Alfredo contempló el vacío con la majestad del condenado que mira el cadalso por postrera vez—¿Por qué nos fue dada la vida?

Fernando extendió su diestra, y Alfredo la estrechó con la fuerza de un juramento inquebrantable—Si en esas regiones de sombra encuentras el espíritu de tu esposa... dile que un hombre que jamás conoció la dicha de vivir le tuvo envidia desde el fondo de su destierro.

Fernando sonrió entre el llanto que le cegaba—And si tú alcanzas a descifrar la verdad... regresa en alas del viento y cuéntamela en mis sueños.

Fernando dejó escapar un suspiro pesado—Quizá la vida no sea más que un castigo que nadie entiende.

Alfredo negó con suavidad—Y si de verdad es así... ¿por qué seguir cargándolo hasta el final?

La pregunta quedó suspendida entre ambos. Podían escuchar los latidos de su propio pecho mezclándose con el rumor casi imperceptible del viento. Sin darse cuenta, avanzaron otro paso hacia el borde. El aire que salía del vacío era frío, pero no desagradable; tenía algo extraño, como si trajera consigo el olor de un lugar donde nunca había existido el tiempo.

Fernando tragó saliva—Tengo miedo.

Alfredo sonrió apenas. Era una sonrisa cansada, casi triste—Yo también.

Fernando observó la oscuridad.—¿Y si ahí abajo no está ella? ¿Y si solo hay más oscuridad?

Alfredo permaneció mirando el fondo invisible—¿Y si justamente ahí se encuentra la respuesta que llevamos buscando toda la vida?

Fernando levantó la vista hacia el cielo. Las estrellas parecían haberse escondido detrás de las nubes.

—Entonces perderemos la última esperanza que todavía nos queda.

Alfredo tardó unos segundos en responder—No, Fernando... creo que esa esperanza nos la quitaron hace mucho tiempo. Nosotros solo seguimos fingiendo que aún la tenemos. Tal vez esta noche no vengamos a morir... tal vez vengamos a aceptar que hace años dejamos de vivir. Fue así que apretó el viejo pañuelo entre sus manos hasta arrugarlo por completo.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? No es haberla perdido... es que cada día recuerdo menos su rostro. Esta mañana intenté imaginar su sonrisa y por un momento ya no pude verla con claridad. Me asusta pensar que llegue el día en que ni siquiera recuerde el sonido de su voz. Ese olvido me da más miedo que la misma muerte.

Alfredo sintió un escalofrío—Yo he pasado toda mi vida buscando algo que ni siquiera sé nombrar. A veces pienso que es Dios; otras veces creo que solo es la libertad. Quizá únicamente quería demostrarme que el mundo no termina en estos campos donde nacimos para obedecer. Si regreso mañana, volveré a ser el mismo muchacho que nunca se atrevió a hacerse una sola pregunta.

Fernando volvió la mirada hacia el pueblo. Las casas apenas podían distinguirse entre la oscuridad. Parecían tumbas olvidadas más que hogares—¿Crees que alguien notará que ya no estamos?

Alfredo contempló el horizonte antes de responder—Lo dudo. Mañana llegarán otros hombres, tomarán nuestras herramientas y seguirán sembrando donde nosotros sembramos. El trigo crecerá igual. Don Mariano seguirá dando órdenes. Los días pasarán como si nunca hubiéramos existido. Así ha sido siempre.

Fernando abrió lentamente la mano. El pañuelo escapó de sus dedos y el viento lo llevó unos metros antes de dejarlo caer sobre la hierba húmeda—Entonces... nunca fuimos dueños de nuestra propia vida.

—Nunca lo fuimos Fernando respiró profundamente.

—¿Y si este vacío tampoco es la libertad? ¿Y si solo cambia una prisión por otra?

Alfredo avanzó hasta quedar al borde mismo de la roca. Miró hacia abajo con una calma que él mismo no comprendía—Tal vez. Pero incluso eso sería distinto. Aquí al menos somos nosotros quienes damos el paso. Toda la vida eligieron por nosotros. No estamos obligados a ser libres, nosotros somos quienes decidimos

Dos lágrimas descendieron por las mejillas de Fernando—Quiero creer que ella me espera al otro lado.

Alfredo no apartó la vista del abismo—Y yo quiero creer que alguien responderá la única pregunta que jamás quiso contestar ningún rey, ningún sacerdote ni ningún hombre poderoso.

Fernando volvió lentamente la cabeza—¿Qué pregunta?

Alfredo dejó escapar una sonrisa tan leve que casi desapareció antes de nacer.—¿Para qué nos dieron la vida... si nunca nos dejaron vivirla?

En ese instante ocurrió algo imposible de explicar. El vacío ya no parecía una amenaza. Continuaba siendo oscuro, inmenso e insondable, pero había perdido la violencia con la que durante días había oprimido sus corazones. No prometía el cielo ni el infierno. Había decidido callarse y escuchar sus latidos. Permaneciendo allí, abierto, como si esperara desde hacía siglos a dos hombres demasiado cansados para seguir viviendo de rodillas.

—Si encuentras a tu esposa... dile que hubo un hombre que siempre envidió el amor que ustedes tuvieron.

Fernando sonrió entre las lágrimas —Y si tú descubres la verdad... Intenta volver alguna noche. Aunque sea en un sueño. Me gustaría escucharla.

Los dos comprendieron entonces que ya no pertenecían al mundo que dejaban atrás. No miraron el pueblo una última vez ni pronunciaron una despedida. Frente a ellos solo quedaba aquella inmensidad sin nombre. Dieron un paso más, y la noche los envolvió lentamente, no como una bestia hambrienta, sino como un inmenso manto que recibía, por fin, a dos hombres agotados de cargar una vida que nunca sintieron realmente suya.

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