Prologo

(Juan 3:16)
Es imposible no estremecerse ante la mayor demostración de amor plasmada en la Sagrada Biblia: la entrega absoluta de un hombre por un pueblo perdido, por un mundo consumido entre sombras, todo por un solo acto de misericordia.
Siempre me he preguntado...
¿Qué es el amor?
Porque siento que nadie sabría explicarlo.
Ni tú, ni yo.
La humanidad sacrificó a un hombre sin justificación ni remordimiento. Lo condenaron injustamente a una muerte cruel, impulsados por la envidia y el odio.
Así fue como todo comenzó.
Estaba escrito en las Escrituras, marcado en el destino: la historia debía repetirse.
Un hombre tendría que cargar con el peso de los pecados del mundo.
Y ese hombre fue mi hermano.
Desde su nacimiento quedó señalado entre todos los corderos para el sacrificio divino.
Cada día observo cómo la humanidad pierde el raciocinio. La cordura se resquebraja lentamente y, tras de sí, deja un sendero de miseria y aflicción.
¿Permaneceremos de pie viendo cómo el mundo se derrumba, o haremos algo para impedirlo?
Nadie responde esa pregunta.
Porque al final del día, todos escondemos secretos.
Y nadie desea que esos secretos salgan a la luz.
En esta vida, incluso el más bondadoso de los hombres guarda algo perturbador en su interior. No se puede confiar en nadie.
Ni siquiera en uno mismo.
Por eso, a veces me pregunto...
¿Existe realmente el bien y el mal?
Tal vez ambos convivan mezclados en lo más profundo del caos, enterrados allí donde el ser humano ya no distingue uno del otro.
Todos debemos elegir nuestros actos, pero nadie nos enseña cuál es el camino correcto.
Mientras crecía, mi hermano solía decir que ningún hombre puede ser completamente bueno, ni enteramente malo. Sin embargo, a veces esa línea se desdibuja y resulta imposible justificar tanta oscuridad en un corazón.
Puede ser la mente.
Puede ser el alma.
Solo quien lo padece comprende el peso de sus acciones.
Los hombres están acostumbrados a cierta clase de maldad: una maldad tóxica, asfixiante, corrosiva. Es difícil encontrar algo puro entre tanta ruina.
Y aun así, sigue siendo complicado entender por qué el mundo gira en un ciclo interminable de crueldad y violencia.
La mente humana es frágil. Se corrompe con facilidad.
Incluso tú y yo hemos tenido pensamientos contrarios a la moral solo para juzgar a otros.
Existen demasiadas preguntas sin respuesta.
Y eso es lo que más teme cualquier hombre o mujer:
No hallar nunca la verdad.
¿Y si existe algo más allá del entendimiento humano?
Nunca terminamos de responderlo.
Pero es aún peor pensar...
¿Y si en realidad no estamos solos?
Huye antes de descubrir la verdad.
¿Sabes por qué te lo digo?
Porque los Santorini están detrás de todo.
Y la A.C.I. mantiene vendados los ojos de la humanidad para conservar la paz.
¿Qué es la A.C.I.?
La Agencia Central Internacional.
Fue fundada en secreto durante la Primera Guerra Mundial. Su propósito declarado era preservar la paz y la democracia, aunque su verdadero trabajo consistía en arreglar, encubrir y reorganizar amenazas inevitables.
Durante décadas repitieron el mismo lema:
"La paz es innegociable ante el orden que debe prevalecer en un mundo progresivo."
La agencia transmitió ese credo de generación en generación, adaptándose a los tiempos modernos y a las nuevas ideologías.
Sus agentes están dispersos por todo el planeta.
Pueden vivir encubiertos, salvar vidas, capturar amenazas para la moral social o silenciar a quienes revelan el verdadero rostro de esta raza.
Se dice que fueron bendecidos por múltiples religiones, por muchos dioses.
Que sus almas pertenecen al deber.
Cuando te persiguen, rara vez pierden el rastro.
Harán lo imposible por cumplir su misión.
Sin embargo, dudo que sean del todo buenos.
¿No te dije acaso que desconfíes de todos?
Eso fue lo que me enseñaron.
También me inculcaron que la Biblia retrata al hombre como una obra digna de admiración: frágil, sumiso, extraviado, pero capaz de arrepentirse y regresar al camino.
Sin embargo, yo conocí a un hombre que se ríe de esos relatos.
Uno que se atreve a mirar al cielo y gritarle a Cristo todas sus verdades.
No teme ensuciarse las manos, si con ello cree limpiar el mundo en que vive.
Ese hombre... es mi hermano.
El mismo que fue maldecido desde que llegó a este mundo.
Sin conciencia.
Sin paz.
Despojado de todo lo que alguna vez amó.
Era dos en uno.
Se comprendían a la perfección.
Soñaban con dominar el planeta “por un bien mayor”.
Esa era la consigna de aquellos niños inocentes.
Y con ella justificaron cada una de sus acciones.
Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra.
(Génesis 1:1)
Mi hermano admiraba los relatos antiguos.
Admiraba a Dios.
Pero a medida que el brillo de su alma se apagaba, la creación divina comenzó a parecerle solo decadencia repetida siglo tras siglo.
La mentira más cruel es creer que alguien sabe con certeza cómo fuimos creados.
Existen miles de teorías intentando responder las dudas de la humanidad.
Pero sí existe una entidad que equilibra las vidas humanas como si fuesen marionetas movidas por la conveniencia de un titiritero.
Para ella, siempre hay algo por lo que sufrir.
Con los años vi a aquel hombre valiente y audaz desafiar a esa entidad caprichosa.
Pero cada prueba fue peor que la anterior.
Quebraron a su familia.
Quebraron su alma.
Quebraron su mente.
La responsabilidad y la presión lo arrastraron hacia la locura, hasta borrar casi todo rastro de humanidad.
Quienquiera que se divertía convirtiendo su vida en un infierno perdió el control.
Y cuando lo comprendieron, ya era demasiado tarde.
Todos fueron responsables.
Ninguno tuvo el valor de admitirlo.
Mi hermano quedó atrapado en la vorágine de su propio caos mental.
Se convirtió en el arlequín favorito de una familia peligrosa:
los Santorini.
Ellos vieron su inteligencia como un premio.
Su vulnerabilidad como una cadena.
Y en él encontraron el instrumento perfecto para manipular.
Bajo su control mantendrían el orden mundial y empujarían al hombre hacia una nueva evolución.
Porque los Santorini hicieron pactos con deidades que jamás debieron conocer.
Ellos son los verdaderos gobernantes de la humanidad.
A mi hermano lo transformaron en un arma letal.
Peligrosa.
Inestable.
Poderosa.
Con los años, muchos abandonaron la fe en un Dios invisible para adorar a su nuevo rey en cuerpo y alma.
Era demasiado riesgoso para contenerlo.
Demasiado veloz para anticiparlo.
Demasiado rápido para matar.
Y si aquel hombre decidió alterar su propia realidad con plena conciencia de lo que hacía, entonces no existe salvación para este mundo si alguien osa desafiar su voluntad.
Solo tres reglas permanecen en ese juego cruel:
Nadie toca a sus hermanos.
Nadie toca a sus hijos.
Nadie toca a su familia.
Pero por un error...
Por una obsesión...
Todo lo que debía salir mal, ocurrió.
Y una vida invaluable se perdió aquella noche de agonía.
Hasta Dios lloró por lo sucedido, culpándose de permitir tanto dolor sobre uno de sus hijos.
Después de eso, el hombre desapareció.
Los años pasaron.
Y de pronto los Santorini comenzaron a inquietarse.
Algo escapaba de sus manos.
Algo que no podían controlar.
Ellos no conocen el miedo.
Por eso un grupo decidió actuar.
Se puso precio a la cabeza de mi hermano.
Quien lograra aliarse con él sobreviviría.
Pero dime...
¿A quién atraparán?
¿Quién morirá?
¿Quién será el nuevo rey?
Las leyes de la sociedad están en riesgo.
Lo sé, porque así lo veo.
La realidad pende de un hilo y la vida de todos depende de un azar incierto.
Si la A.C.I. interviene en esta locura, ellos y tú deben recordar una cosa:
Nadie toca a sus hijos.
Ni mucho menos a sus hermanos.
Porque él es una divinidad en este plano existencial.
Y ya no conoce la misericordia.
Ni tampoco el dolor.
Siempre me pregunto...
¿Alguna vez Francesco se detendrá?

Derechos de autora reservados.
Nota: lo edite porque me vino un toque de inspiración a la medianoche jajajs.
Pero creo que esto es mejor.
Es hermoso, ¿quieres saber por qué?
Ven a descubrirlo conmigo.








