Capítulo 1
El actual duque de la familia Wyvernheart había caído repentinamente inconsciente en su despacho la primera tarde del otoño. El hombre mayor se había desplomado sobre su escritorio, sosteniéndose el pecho con dolor.
Cuando lo encontraron, su cuerpo se hallaba sobre las actas, informes y cartas que tenía frente a él justo en el momento en el que sintió un dolor punzante en el corazón, seguido de una taquicardia que hizo que el anciano cayera gruñendo y gimiendo dolorosamente hasta perder la consciencia.
Quien lo encontró en ese estado fue su leal mayordomo, Bran Hilldegarth, quien alertó automáticamente al personal del castillo para que buscara la ayuda de curanderos, clérigos o lo que fuera necesario para salvar la vida de su señor.
Aunque llamaron a los mejores sanadores del reino, no había nada que se pudiera hacer al respecto. Al parecer, la edad había alcanzado al gran duque Wyvernheart y el tiempo que le quedaba en esta vida comenzaba a menguar.
Una situación que no tendría otro final que la mismísima muerte.
El nieto y heredero del título de duque de Wyvernheart, Wydmond Wyvernheart, fue llamado desde el frente a su antiguo hogar, el castillo Blazegem. Requerían su presencia inmediata en el castillo. Era una situación difícil para el ducado. Se lo habían reiterado en la carta que recibió suficientes veces como para que comenzara a empacar sus cosas inmediatamente. Querían que estuviera cerca en caso de que pasara lo peor. Parecía que el gran duque estaba en los últimos momentos de su vida.
La familia Wyvernheart era una de las familias más antiguas del reino y tenía uno de los mejores linajes de todos. Sus descendientes siempre habían gozado de la bendición de los seis dragones elementales. Ellos fueron una de las primeras familias que recibieron sus dones cuando el mundo era muy joven. La gente decía que una de las grandes bendiciones que los dragones regentes les habían otorgado a los descendientes de esa familia era la belleza.
Wydmond no era ajeno a esas bendiciones. Él era un joven muy apuesto, alto, de cabello un poco largo y de color plateado de nacimiento. Sus ojos eran rojos brillantes como los rubíes, lo que hacía que su mirada penetrante se intensificara aún más, al punto de sentir como el fuego del dragón salía de ellos y quemabana quien siquiera intentara desafiarlo, en sentido figurado... y no tan figurado. Ese hombre tenía las facciones del rostro duras y cuadradas, rasgos característicos de los Wyvernheart.
Aún vestía su uniforme militar de color granate con sus medallas colgando orgullosas sobre su pecho al subirse al carruaje para iniciar el arduo viaje de regreso a casa. La preocupación por su abuelo le había hecho salir corriendo casi de inmediato. Si no fuera tan racional y calculador, habría recorrido todos esos kilómetros que lo separaban del castillo de su infancia.Apenas permitió que engancharan los caballos cuando dio la orden de regresar al castillo de Blazegem.
Su antiguo hogar.
Wyd—como le decían sus familiares y amigos— tenía ya treinta años cumplidos. Era el general más joven de la historia del reino. Estaba muy orgulloso de todos sus logros. Sin embargo, siempre eran opacados por la crítica de su abuelo y su insistente soltería. Nunca se había preocupado por conseguir una mujer con la cual contraer matrimonio y seguir así con el legado de la familia. Tal como lo dictaban las tradiciones de Wyvernheart.
Desde una edad temprana, el dragón que habitaba en su corazón había despertado en él una ferviente pasión por la guerra y las contiendas. Se sometía a rigurosos entrenamientos a diario para perfeccionar su destreza con el fuego, el don emblemático de su linaje. Este poder lo había dominado desde que era un niño de apenas ocho años, un logro digno de admiración incluso dentro de su propio clan, dado que la mayoría de sus parientes, así como los hijos de otros clanes dotados de diferentes habilidades, no lograban desatar su poder hasta alcanzar la adolescencia, casi al borde de la adultez.
Wyd había sido,por mucho,el heredero perfecto para ser el nuevo Guardián de la gema del Fénix, gema que había sido la reliquia de su familia por generaciones. La leyenda decía que era el corazón del dragón lo que les había otorgado su control sobre el fuego y que su deber,como los elegidos por los dragones,era cuidar de aquella gema.De lo contrario, perderían sus poderes y las bendiciones de estos. Esta gema definía los dones de los niños cuando se los presentaban al tercer año de nacidos. Un ritual que era digno de verse.
Fuera realidad o un simple mito,Wyd detestaba sobremanera tener que estar atado al destino de aquella piedra. Él había elegido la guerra antes de buscar una compañera.No quería cumplir con las obligaciones de la nobleza ni heredar el título de duque.Odiaba que aquella carga hubiera recaído en él desde niño.
Lamentablemente, sus padres habían muerto hacía mucho tiempo, en un horrible ataque que habían sufrido en uno de sus viajes, siendo masacrados en el camino. Nunca encontraron huellas de quién habría podido ser, pero hubo muchos sospechosos.
Tras su muerte, Wyd se había visto empujado aún más hacia el cumplimiento de sus obligaciones familiares, dejándole a él la carga de mantener la tradición y el legado de su estirpe. Al regresar al castillo Blazegem para acompañar en los últimos momentos a su abuelo, una sombra de nostalgia y desesperación embargaba su corazón. Había llegado el momento en el que ya no podía seguir huyendo de su destino.
La obligación y el honor que conllevaba tener el apellido Wyvernheart estaban obligando a Wyd de nuevo a su hogar familiar para ver a su abuelo convaleciente. Sacudió la cabeza mientras el carruaje avanzaba. Había abandonado la idea de participar en la próxima campaña y había salido inmediatamente de vuelta a Ryudrell, el condado de su familia, sin pensarlo. Se pasó la mano por el cabello plateado y gruñó, frustrado.
No quería volver. Había decidido hacía mucho tiempo que no volvería y, aun así, iba en camino sin siquiera haber dudado un ápice.
Aunque no quisiera admitirlo en voz alta, le preocupaba genuinamente la salud de su abuelo. No podía negar que en algún momento de su vida lo había querido tanto como a un padre. No lo abandonaría en un momento tan difícil.
Wyd recorrió el largo camino desde el campamento de su ejército, en el norte, hasta el antiguo castillo en un carruaje lujoso tirado por cuatro caballos negros con crin blanca, ataviados con adornos de color rojo que simulaban las escamas de un dragón sobre la nariz, el cuello, el lomo y las patas de los animales. Al menos iba cómodo.
Mirando el paisaje por la ventana con la vista perdida, Wydmon pensaba en que,de ahora en adelante, si la salud de su abuelo no mejoraba, su vida estaría atada a aquel castillo en el que había crecido. Donde se consumirían sus días en aburrido papeleo y administración de sus tierras, procurando engendrar al nuevo heredero de su apellido.
En otras palabras, preñando a su futura esposa para que le diera hijos, al menos uno que pudiera llevar a cabo la misión de heredero. Soltó un largo suspiro de resignación que empañó el vidrio del carruaje con la humedad de su aliento. Se estremeció solo de pensarlo e hizo una mueca de disgusto ante la idea de tener que elegir a una prometida para así poder heredar el ducado sin ningún reproche.
No tenía intenciones de condenar a dos criaturas inocentes al destino que él iba voluntariamente a aceptar. Llegaría al día siguiente a casa. Con su familia.
Una familia que había evitado desde hacía cinco años.








