Los pies de Nino
Nino odiaba los lunes.
No porque tuviera que levantarse temprano. Tampoco porque las clases fueran aburridas.
Odiaba los lunes porque los lunes significaban volver al colegio.
Cada mañana, antes de salir de casa, Nino se quedaba unos segundos frente al espejo de su habitación. Se miraba el uniforme, se acomodaba el cuello de la camisa y después bajaba lentamente la mirada.
Primero veía sus piernas.
Después, sus zapatos.
Y finalmente sus pies.
Eran grandes para su edad.
Demasiado grandes, según los demás.
Además, no estaban completamente derechos. Desde pequeño había aprendido que sus pies no se movían como los de otros niños. Cuando caminaba, uno se desviaba un poco hacia un lado y el otro hacia el otro. Cuando intentaba correr, aquello empeoraba.
Sus padres le habían explicado muchas veces que no era su culpa.
Pero los niños del colegio no parecían entenderlo.
Nino se puso la mochila.
—Nos vemos en la tarde —dijo su mamá desde la cocina.
—Sí.
Salió de su habitación.
Su mamá lo miró durante unos segundos.
—¿Estás bien?
Nino asintió.
—Sí.
Era una respuesta que había aprendido a usar incluso cuando no era verdad.
El colegio estaba lleno cuando Nino llegó.
Niños corriendo por todas partes.
Algunos jugaban a la pelota. Otros se perseguían por el patio. Un grupo de alumnos mayores estaba sentado cerca de las escaleras, hablando y riéndose.
Nino caminó entre ellos intentando no llamar la atención.
No funcionó.
—Mira quién llegó.
Nino escuchó la voz, pero fingió no haberla oído.
Siguió caminando.
—Ahí viene el de los zapatos de payaso.
Algunos se rieron.
Nino apretó las correas de su mochila.
No respondió.
Ya sabía que responder solo hacía que fuera peor.
Entró a su sala y se sentó en su puesto.
Era uno de los primeros en llegar.
Eso le gustaba.
Durante unos minutos podía estar tranquilo.
Sacó su cuaderno y comenzó a dibujar en una esquina de la hoja. No sabía exactamente qué estaba dibujando. Era un niño corriendo.
Dos piernas.
Dos pies.
Y una pelota delante de él.
Nino se quedó mirando el dibujo.
Después cerró el cuaderno.
La primera clase pasó lentamente.
La segunda también.
Cuando llegó el recreo, todos salieron corriendo.
Nino esperó unos segundos antes de levantarse.
No quería salir demasiado rápido.
Guardó sus cosas, caminó hacia la puerta y bajó las escaleras.
En el patio había un grupo jugando fútbol.
Nino se quedó mirando.
Le encantaba jugar fútbol.
No era especialmente bueno, pero le gustaba correr detrás de la pelota. Le gustaba sentir el viento en la cara. Le gustaba cuando conseguía quitarle la pelota a alguien.
A veces imaginaba que sus pies funcionaban perfectamente.
Imaginaba que podía correr tan rápido como los demás.
Imaginaba que alguien gritaba su nombre para pasarle la pelota.
Pero entonces escuchó una voz.
—¡Nino! ¿Quieres jugar?
Nino levantó la cabeza.
Por un instante sonrió.
—Sí.
Uno de los niños le pasó la pelota.
Nino la recibió.
La pelota rodó unos centímetros frente a él.
Nino corrió.
Un paso.
Dos.
Tres.
Su pie izquierdo chocó contra el derecho.
Y todo ocurrió demasiado rápido.
Nino perdió el equilibrio.
Cayó hacia adelante.
Su cara golpeó el suelo.
La pelota continuó rodando.
Por unos segundos, nadie dijo nada.
Nino sintió ardor en las manos.
Después sintió algo caliente debajo de su nariz.
Se había raspado.
Escuchó unas risas.
—Otra vez.
—Siempre se cae.
—¿Está bien?
La última pregunta sonó diferente.
Pero nadie se acercó.
Nino levantó lentamente la cabeza.
Miró alrededor.
Los niños seguían ahí.
Algunos lo observaban.
Otros ya habían vuelto a jugar.
Nadie le tendió una mano.
Nino apoyó las palmas contra el suelo y se levantó solo.
Le temblaban las piernas.
Se limpió la cara con la manga.
No quería llorar.
No delante de ellos.
Pero sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Bajó la mirada.
—Estoy bien —murmuró.
Nadie le había preguntado.
Nino caminó hasta una esquina del patio.
Se sentó.
Desde allí podía verlo todo.
Los niños corrían.
Se empujaban.
Se reían.
Gritaban.
Jugaban.
Un niño pasó corriendo junto a él.
Después otro.
Y otro.
Nino se quedó quieto.
Miró sus zapatos.
Tenía una pequeña mancha de tierra en uno de ellos.
La frotó con el dedo.
No salió.
Entonces escuchó unas risas detrás.
No necesitó darse vuelta.
Sabía que hablaban de él.
Nino respiró profundamente.
Una lágrima cayó sobre su pantalón.
Después otra.
Se las secó rápidamente.
Miró nuevamente el patio.
Había decenas de niños.
Y, aun así, Nino sentía que estaba completamente solo.
No tenía amigos.
Nadie se sentaba junto a él.
Nadie lo esperaba al entrar al colegio.
Nadie le preguntaba si quería jugar.
Y cuando se caía, nadie lo levantaba.
Nino apoyó la cabeza contra la pared.
Por primera vez esa mañana dejó que las lágrimas salieran.
No lloró fuerte.
Solo lloró en silencio.
Como si incluso sus lágrimas tuvieran miedo de llamar la atención.
Cuando sonó la campana, todos comenzaron a regresar a sus salas.
Nino esperó.
Esperó hasta que el patio quedó casi vacío.
Entonces se levantó.
Miró hacia atrás una última vez.
La pelota seguía en el suelo, cerca de donde había caído.
Nino caminó hasta ella.
La tomó con ambas manos.
Por un momento pensó en volver a jugar.
Pero no lo hizo.
Se quedó mirándola.
Después la dejó donde estaba.
Y volvió solo a su sala.








