Capítulo 1: El comienzo de todo
Desde pequeña creía en eso de "almas gemelas", en que en algún lado del mundo estaba mi otra mitad.
Leer tantas historias de amor me estaba quemando las pocas neuronas que me quedaban intercambiándolas por hormonas, literalmente.
Soy Zoe Murphy y casi desde que tengo memoria conozco a Alex Borton, un chico alto y pelinegro con los ojos marrones más lindos que he visto. Para ser sincera, me atraía desde hace años. Es loco, ¿no? Siendo una niña que no tenía ni idea de la palabra "amor", se enamoraba de un chico que significaría tanto en su vida.
Éramos como hermanos de diferentes madres, pero siempre hubo un cariño especial. Tal vez yo era la loca que malinterpretó su amistad con amor, no sé... pero de lo que estoy segura es que él siempre iba a estar.
Lo conocí un día de enero. Yo tenía apenas cuatro años y estaba corriendo por el parque como la loca que siempre he sido y, sin querer, me estrellé con un chico, terminando toda manchada de helado de chocolate (el sabor que más detesto).
Por obvias razones, él y uno de sus amigos empezaron a burlarse de mí, pero creo que fue su risa la que me cautivó... o tal vez la manera en que me miraba.
Después de eso me llevó a donde estaba mi mamá, y no lo volví a ver hasta entrar al colegio. Por obra del destino, quedamos en el mismo curso y desde entonces hemos sido inseparables.
Siempre ha estado a mi lado: cuando me enfermaba, cuando lloraba, cuando reía hasta que me dolía la tripa, en los momentos más importantes de mi vida, en mis cumpleaños, viajes... Todo.
Nuestras madres se hicieron mejores amigas, así que yo me la pasaba en su casa casi todos los fines de semana.
Era divertido... cómo extraño ser niña, aunque crecer también tiene sus cosas buenas.
No estoy segura en qué momento crecimos tanto. Apenas ayer estábamos en el instituto, jugando, riendo, divirtiéndonos, pero ahora... ahora todo era distinto.
Ya no éramos niños, y el miedo que sentía por esta nueva etapa me consumía.
Nos encontrábamos en la universidad de Murcia, España. Tenía los nervios a flor de piel, sin dejarme concentrar en lo que me rodea, mientras que él estaba tan relajado... ¡Lo envidiaba!
¿Cómo puede estar tan tranquilo después de tener que dejar nuestro hogar para enfrentarnos a la vida adulta? Qué horror.
Yo iba a estudiar psicología, mientras que Alex gastronomía (algo curioso considerando que odia ensuciarse las manos)
Y aunque las clases aún no empezaban (faltaban dos semanas), nos habían dicho que llegar con anticipación era mejor para ubicarnos y conocer mejor la universidad.
—Qué calor hace —murmuró Alex a mi lado
Lo miré fijamente. Sudaba como si hubiera corrido un maratón, ¿y cómo no? Estábamos dentro de un horno gigante con mil estudiantes esperando su llave para su dormitorio.
—Lo sé, pero aguanta un poco —le dije sonriendo—ya casi nos llaman y podremos salir al aire fresco antes de que te derritas —solté una carcajada por lo último; él solo me fulminó con la mirada.
Una vez fuera, nos dirigimos a nuestro dormitorio para dejar el equipaje y luego recorrer el campus.
—Qué habitación tan simple —le dije a Alex mientras dejaba todo en el piso.
—Tranquila, Zo, podemos comprar lo que necesites para llenarlo de vida —dijo con una de sus encantadoras sonrisas.
¿Ahora entienden por qué amaba a este chico?
Salimos a recorrer el campus y mis ojos no podían creer lo que veían. Era lo suficientemente grande como para perderme (agradezco ir con Alex; si no, no sabría por dónde devolverme)
Edificios enormes, prados verdes perfectos para un mini picnic, pasillos interminables y un sol tan fuerte capaz de freír un huevo sin fuego.
Esto era un sueño... que alguien me pellizque por favor.
—Zo, si sigues caminando con la boca abierta, es posible que inundes toda la universidad con tu baba... o peor, que se te meta un bicho raro y termines en urgencias —soltó una gran carcajada por lo último, provocando un gruñido por mi parte.
—Muy chistosito, Borti.
—No uses ese apodo... niña fresa —entrecerró los ojos y sonrió burlón.
—Oh, vamos, supéralo —me tapé la cara con ambas manos, tratando de ocultar el color rojo que se apoderaba de mis mejillas.
—No puedo, fue bastante divertido ver cómo te atacaron las fresas... —la risa no lo dejaba seguir—, estabas tan roja que pensé que te ibas a convertir en una. Y ni hablar de cuando llegamos a casa de tus abuelos y tenías pedazos de fresa en el cabello... parecías un vaso de fresas con crema —y volvió a burlarse aún más fuerte de mí.
Resulta que este descarado me tiró un manojo de fresas el día que estábamos de compras con nuestras madres, logrando así que se me enredaran en mi melena, haciéndome pasar vergüenza. No volví a hacer compras con él.
—Bueno, Zo, hemos llegado a tu destino.
—Te juro que creo que estoy soñando... no puede ser real.
Nos encontrábamos enfrente de las aulas de psicología, un pasito más de mi sueño.
—Deberíamos volver al dormitorio y organizar —propuso él.
—Pero no hemos visto dónde será tu aula, Borti.
—Tranquila, lo importante es que tú no te pierdas.
¿Entienden por qué amo tanto a este chico?
Empezamos a caminar de regreso, pero entre más pasos daba, más nerviosa me ponía.
—Alex...
—Zo...
—Tengo miedo... o sea, sé que faltan días para el inicio de las clases, pero... ¿y si algo sale mal? ¿O me tropiezo al entrar y se burlan de mí? ¿O respondo una pregunta mal y hago el ridículo? Alex, tú no estarás más para defenderme... y eso es lo que más asusta —finalicé con la voz algo quebrada. No lloraría, no me gustaba hacerlo en público.
Él suspiró, deteniéndose en medio del prado por el cual íbamos.
—Zo, mírame.
Lo hice y no sé, pero su mirada me decía más que sus palabras.
—Todo va a salir bien, ¿ok? Vas a aprender a defenderte. Pero si alguien se comporta como un cabrón contigo, me llamas, ¿entendido?
Solté una risa por lo último.
—Está bien —lo abracé fuerte; de verdad lo adoraba.
—Te juro que todos te amarán. Harás más amigos, serás la favorita de la profesora y quién sabe, hasta puede que consigas algún pretendiente —me guiñó el ojo y lo golpeé en el hombro.
—Noo, lo que menos quiero ahora es un amor sin destino...
(Porque quiero que seas tú)
—Está bien —ambos reímos por lo absurdo de la conversación—. Ahora, señorita fresa, es hora de desempacar nuestro desorden porque no pienso tener todas mis cosas en las maletas por dos semanas más —me tomó de la mano y corrimos al dormitorio.
Tal vez él sepa que me gusta...
Tal vez yo solo estoy confundida...
Tal vez yo también le guste...
No lo sé, pero de lo que estoy segura es que la conexión que tenemos jamás la encontraré en otro lugar...
Y aun así... decido arriesgarme, porque el amor que le tengo es más fuerte que todo lo que me rodea.








