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Summary

Dareh Urquiza lo tiene todo, pero su mente vive en un vacío absoluto debido a su alexitimia. Para él, el mundo es completamente gris... hasta que conoce a Lucy Martínez. Lo que comienza como una fascinación inofensiva hacia la trabajadora chica de la cafetería se transforma rápidamente en una peligrosa y asfixiante obsesión. Dareh no solo quiere estar con ella; quiere controlarla, aislarla y encerrarla en una prisión dorada de la que escapar parece imposible. Cuando la verdad sobre su mente desquiciada sale a la luz, la mansión Urquiza se convierte en el escenario de una pesadilla donde la línea entre el amor y la violencia se desvanece por completo. ¿Puede el amor florecer donde solo hay ruinas y control? Descubre un thriller psicológico oscuro sobre la obsesión, el trauma y la lucha por sobrevivir al monstruo equivocado.

Genre
Thriller
Author
Doabri
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Dareh no recordaba la última vez que un castigo había importado. En su mundo, los problemas se resolvían con dinero, llamadas telefónicas y abogados de sonrisas plásticas. Pero esta vez, la mancha era literal. La sangre en el uniforme del otro chico tenía una cualidad persistente, un rojo obsceno que ni todo el poder de su apellido podía borrar de la memoria de los testigos.

¿Qué había hecho? Nada fuera de lo común. Simplemente devolvió un golpe con una precisión fría, calculada. El otro se había puesto violento porque su novia —una muñeca vacía a la que Dareh había rechazado con educada indiferencia— no entendía la palabra “no”. Él se lo había dejado claro. Pero los hombres con el orgullo herido son tan predecibles. Y Dareh disfrutaba moviendo las piezas predecibles del tablero.

Mientras el mayor se desplomaba, Dareh recordó haber pensado que el patrón que la sangre dibujaba en el suelo era casi abstracto. Casi interesante.

No sintió asco. Tampoco remordimiento. El rojo que se extendía sobre el linóleo era solo una mancha en expansión, un ejercicio de geometría líquida. Algunas personas, supuso, habrían desviado la mirada; otras, sentido una punzada de culpa. Él observó los bordes irregulares del charco y calculó mentalmente cuánto tardaría en secarse. Lastimar no le daba placer; era simplemente un método para que el mundo se volviera más predecible.

Ahora estaba sentado frente al escritorio de su padre, un bloque de madera oscura que olía a pulimento y poder. Un altar a la frialdad.

—¿Escuela pública? —La risa de Dareh fue un sonido corto y metálico. Se inclinó hacia atrás en la silla, y su chaqueta roja ardió con insolencia bajo la luz del despacho—. ¿En serio?

—Sí —respondió su padre, la mirada clavada en una pantalla, ni un músculo de su rostro se inmutó—. A ver si sobrevives sin deshonrarnos.

—¿Y el sagrado apellido? ¿No sangrará por las heridas de la humillación? —replicó Dareh. Jugueteaba con uno de sus guantes blancos, enrollándolo y desenrollándolo alrededor de sus dedos. Un trofeo sin dueño.

Nicolás suspiró. Un sonido áspero, cargado de la irritación que Dareh cultivaba con esmero.

—Te han expulsado de tres instituciones de prestigio. Se agotaron las opciones presentables.

—Solo eran... distracciones. Unos sapos en una mochila. Química divertida en el sistema de ventilación. —Una sonrisa afilada le recorrió los labios—. Cosas de niños.

—Eso fue hace años. Ahora le abriste la cara a un estudiante con un trofeo de atletismo.

Dareh se encogió de hombros. El movimiento era estudiado, una muestra perfecta de desapego.

—Su cráneo era más blando de lo que parecía. Un problema de diseño, no mío.

El padre apretó los labios hasta formar una línea blanca. La tensión era palpable, un hilo eléctrico en el aire.

—No me interesa. El papeleo está listo. Mañana ingresas.

—Va. —La palabra salió plana, neutra. Como si hablaran del clima.

—Y procura no causar más problemas. —La orden sonó a amenaza gastada, a un disco rayado.

—Sí, Nicolás. —Lo dijo despacio, saboreando cada sílaba, convirtiendo el nombre en un arma.

El golpe de la palma contra la madera resonó como un disparo.

—¡Más respeto! ¡Soy tu padre!

Dareh se levantó con languidez, alisando los pliegues impecables de su chaqueta. Con dedos tranquilos, se acomodó el flequillo sobre sus ojos color sangre.

—Como digas, viejo —murmuró, y una sonrisa torcida, vacía de todo calor, le tocó los labios—. Mis disculpas.

La inclinación de su cabeza fue una burla exacta, una coreografía de falsa sumisión. Salió del despacho sin cerrar la puerta, dejando atrás la ira silenciosa de Nicolás. Atravesó el living de planta baja —la doble altura de la entrada proyectaba una luz fría sobre el mármol pulido, el olor a cera de abejas flotando en el aire— y pasó junto a la escalera que subía al foyer superior. Sus pasos resonaron en el vacío; cada pisada contra la madera era un pequeño golpe en el silencio de la mansión.

En el pasillo, una carcajada seca y breve le escapó de los labios. Un espasmo rápido y mudo. Molestar a Nicolás nunca dejaba de ser un deporte divertido.

Las sirvientas se apresuraban a bajar la vista. Él no lo hizo. Las observó una por una, como un coleccionista evaluando piezas potenciales para su vitrina. Objetos. Silenciosos, útiles, intercambiables. Nada que sintiera. Nada en absoluto.

—Dareh.

El nombre, pronunciado por su madre, no fue un grito. Fue un suspiro tenso, un hilo de voz que se enredó en el pasillo cargado de una ansiedad contenida.

Él se detuvo. No suspiró, no hizo un gesto. Simplemente se volvió, y en una fracción de segundo, la máscara de confusión juvenil ya estaba en su lugar. Su rostro era un instrumento bien afinado.

—¿Sí, mamá? —Su voz sonó clara, ligeramente inquisitiva, la perfecta imitación de un hijo desprevenido.

Honey estaba en el marco de la puerta de su habitación, no con furia, sino con una rigidez que delataba el pánico. En sus manos, sostenía no un vestido, sino una pequeña figura de porcelana, una de esas piezas absurdamente caras que decoraban la biblioteca. Una de sus alas se quebraba en una línea limpia y perfecta.

—¿Sabes algo de esto? —preguntó. Su mirada no era acusatoria, sino... suplicante. Como rogando que la mentira que prefería creer fuera cierta.

Dareh ladeó la cabeza, permitiendo que el flequillo le cayera sobre la frente. Sus ojos carmesí, amplios e inocentes, la observaron. Recordó otra lección de su madre, años atrás, cuando le enseñó a hablar de su padre: “Si alguien pregunta, dile que tu papá te llevó al parque. Que te compró un helado. No importa que no sea verdad. La verdad no es más que una historia que la gente quiere oír.” Y él, obediente, había contado esa anécdota falsa docenas de veces, hasta que él mismo dejó de saber qué había sido real. La máscara no era innata; era un músculo entrenado.

—¿Eso? Ni siquiera sabía que existía. —Una pausa calculada—. ¿No será que alguien de la limpieza fue descuidado?

Vio cómo tragaba saliva. Ella quería creerle. Necesitaba creer que su hijo solo era rebelde, difícil, no... otra cosa. No lo que a veces intuía en su mirada vacía y que la helaba por las noches.

—Solo... por una vez, intenta portarte bien. ¿Para qué nos complicamos? —Su voz era un murmullo, una plegaria hacia sí misma más que hacia él.

La sonrisa de Dareh fue un destello rápido y frío, tan breve que ella dudó de haberla visto.

—Claro, mamá. No te preocupes. —Era la promesa vacía de siempre.

Antes de que su fragilidad se quebrara del todo, él cerró la puerta sin un ruido. El clic del pestillo sonó como un punto final.

Dentro, el silencio lo envolvió. La máscara se desvaneció de su rostro, no con drama, sino como si simplemente apagara un interruptor. Lo que quedó fue una placidez neutra, un vacío perfecto.

Se dirigió a la mesita de noche. Abrió el cajón con una lentitud casi ceremonial. No había nada especial: un reloj de pulsera roto que nunca había funcionado —un regalo de su padre para su décimo cumpleaños, elegido por un asistente—, un recibo viejo de una tienda de antigüedades que su madre le había comprado para “educar su gusto”, un alfiler de corbata de plata con las iniciales de su padre, un botón de nácar que había arrancado de la chaqueta de un viejo uniforme escolar, y un colgante de plata barata con una “A” grabada, un recuerdo de una niñera que lo había llamado “su pequeño tesoro” antes de ser despedida, olvidado en el fondo desde hacía años. Objetos sin valor, pero cada uno representaba una pieza de su vida que él no había elegido.

Pero él abría ese cajón todas las noches. Contaba los objetos, los alineaba en el mismo orden: reloj, recibo, alfiler, botón, colgante. Si algún empleado hubiera movido algo, lo sabría al instante. Era su único ancla en un mundo que no sentía. Cuando todo estaba en su lugar, exhaló. Un suspiro que no era de alivio, sino de confirmación. El universo seguía siendo predecible.

Frente al espejo del baño, se lavó las manos. El agua estaba fría, y el ruido del grifo llenaba el cuarto. Observó sus dedos, el agua resbalando sobre la piel, y alzó la mirada hacia su reflejo. Los ojos rojos que lo miraban desde el cristal no transmitían nada. Ni triunfo, ni aburrimiento, ni ira. Eran solo dos órganos funcionando. Un animal observando a otro animal.

—Sonríe así, Dareh. Muestra los dientes, pero no tantos, parece una mueca de dolor. Así, más contenido.

Su madre, años atrás, se arrodillaba frente a él con las manos temblorosas. Tenía ocho años y ya había aprendido que la sonrisa no era un gesto de felicidad, sino un disfraz.

—Ahora ríe. No, no desde el estómago, desde la garganta. ¿Ves? Suena más natural.

Pero lo que Dareh no sabía entonces era que Honey no le enseñaba por maldad. Ella temblaba al decirlo, con los ojos húmedos y la voz quebrada, como si estuviera dándole un arma a un niño que no entendía el peligro.

—No eres como los demás —murmuraba, acariciándole el pelo con una mano que no dejaba de agitarse—. Si no aprendes a fingir, el mundo te va a destrozar. Yo no sé cómo enseñarte a sentir, pero sí puedo enseñarte a parecer. Es lo único que sé hacer.

Dareh practicaba frente al espejo de su cuarto, ajustando ángulos, midiendo intensidades. Un payaso aprendiendo su rutina. Pero mientras él ensayaba, Honey se quedaba en la puerta, mordiéndose el labio, sin saber si estaba salvando a su hijo o condenándolo a una vida de silencio.

Con el tiempo, la sonrisa perfecta se volvió automática, pero el vacío detrás de ella se hizo más profundo. Había moldeado su rostro como otros moldean arcilla, y al final, el barro se había secado y no quedaba nada detrás.

Se secó las manos con una toalla, metódicamente, y la estiró para que quedara perfectamente recta.

Se dejó caer en el sofá. La consola se encendió con un zumbido. Personajes pixelados se destrozaban en la pantalla con una furia visceral, gritando por sus vidas digitales. Dareh sostenía el mando, los dedos ejecutando movimientos precisos y letales. Ganaba. Siempre ganaba. Pero su rostro era una losa. No sentía la emoción de la victoria, solo la confirmación de que las reglas del juego eran fáciles de dominar. ¿Qué se sentía al tener tanto que proteger? ¿Tanto que perder? Él solo conocía el peso ligero de la nada.

Apagó la pantalla de golpe. El silencio regresó, más denso. Se recostó en la cama, mirando el techo blanco e impoluto. No pensaba en la escuela, ni en su padre, ni en la figurilla rota. Pensaba en absoluta y consciente nada. El sueño no lo alcanzó por cansancio, sino por rendición al puro y simple vacío.

Al día siguiente, la limusina avanzaba lenta por calles más angostas y gastadas de lo que Dareh estaba acostumbrado. Con el codo apoyado en la ventanilla, observaba las fachadas despintadas, los grafitis como cicatrices en las paredes, las vidas apiñadas tras ventanas sucias. Un mundo gris y ruidoso. Una vitrina de miserias nuevas y potencialmente entretenidas.

Un tiburón en una pecera de goldfish. La analogía cruzó su mente con una precisión clínica. No era un pensamiento de arrogancia, sino de simple análisis. El lujo obsceno de la limusina era una mancha de color en un lienzo gris y desgastado. Observó las grietas en las paredes, la ropa desteñida, las miradas que se pegaban a los vidrios tintados con una mezcla de envidia y resentimiento. Un nuevo ecosistema para catalogar.

—Ya llegamos, señor —anunció el chofer, abriendo la puerta.

Dareh no respondió. Bajó del auto con una lentitud deliberada, estirando su figura alta y envuelta en rojo como si el asfalto fuera su pasarela personal. No era vanidad; era puesta en escena. Sabía que el primer impacto era el que más duraba.

A su izquierda, un grupo de chicos reía a carcajadas por algo que uno de ellos había dicho. Dareh se detuvo un segundo. Sus caras se arrugaban, sus hombros se sacudían, sus dientes asomaban sin cálculo ni estrategia. Una reacción automática, animal.

¿Por qué ríen?se preguntó, sin ira ni envidia, con la misma curiosidad con que uno observa a un pájaro construir un nido.¿Qué se siente?

No halló respuesta, y tampoco la buscó. Apartó la mirada y continuó caminando. La risa, como la sangre, era solo un fenómeno externo, un patrón más en el paisaje.

Las miradas se clavaron en él como agujas. Cuchicheos, codazos, susurros ahogados. Él no les regaló una sonrisa encantadora. Les concedió una, breve y precisa, como un rayo láser. No era para ganar simpatías, sino para tomar medida. Sus ojos carmesí, detrás del flequillo, escaneaban el patio de recreo, registrando rostros, posturas, dinámicas de grupo. Identificó a los líderes, a los seguidores, a los marginados. Eran piezas sueltas esperando a ser ordenadas.

“Al menos el código de vestimenta es flexible”, pensó, alisando un pliegue inexistente de su chaqueta. Una ventaja táctica.

Caminó hacia la oficina del director con una calma que era casi una provocación. El murmullo a sus espaldas era un zumbido de fondo, un dato más en su evaluación.

El director era un hombre con traje arrugado y una corbata que gritaba derrota. Le entregó un horario sin mirarlo a los ojos, su voz un monótono susurro de burocracia y resignación.

—Estamos a mitad de semestre. Ponte al corriente. Habla con tus profesores sobre los proyectos. —Ni una mención a su apellido. Ni un destello de reconocimiento o temor. Solo indiferencia.

Dareh lo observó, un interés frío y momentáneo encendiéndose en su interior. Su apellido, que había abierto puertas en tres escuelas de élite, aquí no valía nada. La idea era... novedosa. Incómoda. Potencialmente divertida.

—Entendido —dijo, su voz un eco neutro del tono del director. Tomó el papel y salió sin otra palabra.

En el pasillo, el olor a cloro barato y sudor adolescente lo golpeó. Un hedor de vida vulgar. Se detuvo un momento, absorbiéndolo. Y entonces, un grito. No de miedo, sino de una rabia vibrante y genuina, cortó como un cuchillo el rumor constante del lugar.

Dareh giró la cabeza, no con sobresalto, sino con la curiosidad lenta y deliberada de un depredador que ha localizado una nueva frecuencia en el ruido. En sus labios, una sombra de sonrisa, tan fina como un filo de navaja, empezó a dibujarse.

—No sabía que era tuyo —dijo una voz masculina, tímida y tensa.

—Lo era, y me disponía a recogerlo hasta que tú llegaste —respondió otra, cargada de una molestia vulgar que anunciaba problemas.

El chico tímido, la espalda encorvada, recogía papeles del suelo; el otro, más alto, se empinaba con el pecho inflado, la camiseta pegada al sudor de la tarde. Víctor olía a tabaco barato y a una arrogancia vieja.

—Fumar no está permitido en la escuela —soltó el chico cabizbajo con voz rasposa, como quien se excusa por decir la verdad.

La respuesta de Víctor fue un bufido de incredulidad que pronto se transformó en ira.

—¿Qué dijiste? —escupió, acercándose, la mandíbula apretada.

El chico hizo un ademán para encogerse; sus manos temblaban apenas. Víctor lo insultó, desnudo y cruel.

De pronto, la fila de insultos se interrumpió por un chapoteo frío: la espalda del agresor se empapó en un segundo. Víctor marcó una mueca de sorpresa; su expresión pasó de la furia al desconcierto.

—¿Quién hizo eso? —gritó, mirándolo todo en busca de culpables.

Dareh había lanzado la botella. No fue un gesto torpe ni accidental; la dejó volar con la facilidad de quien lanza una pieza en el tablero. La botella, abierta, volcó su contenido sobre la espalda de Víctor; el agua bajó por la camiseta, pegando la tela a la piel.

—¡Mierda! —vociferó Víctor, hecho un trapo.

—Se me cayó —dijo Dareh con la voz vacía de quien hace la observación más obvia del mundo. Observó la botella en sus manos, fingiendo torpeza—. ¿Me la devuelves?

La botella quedó derramada en el suelo, formando un charco brillante. Víctor se acercó con pasos amenazantes; la tensión se marcó en su cuello.

—Tú me la aventaste —gruñó.

—Error: me tropecé —contestó Dareh, encogiéndose de hombros con esa despreocupación teatral que le servía de escudo.

Víctor escupió la palabra “mentiroso” y se retiró, mascullando promesas de pago. Al pasar junto a Dareh le lanzó una última mirada incendiaria.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó una voz detrás de él, suave y curiosa.

Dareh no se volvió de inmediato. Dejó que el silencio se extendiera un segundo más de lo necesario, calculando el efecto.

—No podía quedarme indiferente —dijo, con un tono que pretendía sonar a convicción moral, pero que en su boca sonaba a guión memorizado.

El chico que había defendido ante Víctor era de piel clara, cabello rubio, la nariz ligeramente enrojecida por el calor. Tenía las manos ásperas y aquella forma de hablar como si cada frase costara. Se llamaba Raúl: nervioso, honesto, con una bondad que no sabía ocultar.

—Es que nadie confronta así a Víctor —añadió Raúl, mirando al suelo—. Él... deja cosas tiradas, fuma cerca de la cancha, y si alguien protesta, lo tiene como objetivo.

Dareh arqueó una ceja, evaluando. No por justicia, sino por curiosidad: debajo del gesto protector del rubio había información útil; un patrón social, una posible lealtad fácil de moldear. Raúl era el tipo de persona que necesitaba creer en el bien. Dareh estaba dispuesto a interpretar ese papel, al menos por ahora.

—Pues ya era hora de que alguien lo hiciera —respondió Dareh en un tono que parecía despreocupado, pero que medía cada sílaba—. Por cierto, ¿qué pasó con la bolsa que encontraste?

Raúl tragó saliva, sorprendido por el interés directo.

—La recogí en el jardín —explicó—. Tenía cigarros. No sabía de quién era, así que la llevé a dirección. Luego se enteraron y pensaron que fui yo quien la dejó.

—Vaya —musitó Dareh—. Tampoco es muy listo meter cigarros dentro del colegio. Qué idiota.

El comentario fue un golpe leve; Raúl asintió sin quejarse, pero por un instante, algo en la frialdad de la mirada carmesí de Dareh le provocó un escalofrío que atribuyó al aire acondicionado.

El timbre sonó y la marea humana volvió a moverse. Las taquillas chirriaron, ruedas de mochilas sacudieron el pasillo.

—Oh, clases —dijo Dareh, como quien anuncia lo obvio y retiene la posibilidad del drama.

Raúl lo miró con algo así como alivio y, a la vez, coraje.

—Oye, ¿me ayudas? No sé en qué salón está la clase 2-1G —pidió Dareh, con esa mezcla de broma y necesidad que usaba para atraer confianza.

—Puedes venir conmigo, esa es mi clase —respondió Raúl, casi por instinto, antes de que una pequeña voz en su interior le preguntara si era prudente.

Dareh sonrió —era la sonrisa que desarmaba, demasiado perfecta— y le tendió la mano con un gesto exagerado, como sellando un trato.

—Perfecto. Guíame, señor Raúl —dijo en broma, un tono que a cualquiera le sonaría arrogante; a Raúl, en ese momento, le pareció el gesto más amable del día.

Mientras caminaban entre el flujo de alumnos, Dareh observó: las caras, las alianzas, los modos de andar. Tomó nota de la postura de Raúl: erguida apenas, pero firme. De la manera en que ninguno de los chicos populares lo había defendido; de la forma en que Víctor buscaba mirar atrás con resentimiento.

Por dentro, su mente hacía lo que mejor sabía: ordenar piezas. Víctor, el matón predecible. Raúl, el útil ingenuo. Este nuevo mundo no era más que otro tablero de juego, y él ya había identificado las primeras fichas. Raúl era un experimento para probar su máscara de héroe, y hasta ahora, el disfraz funcionaba a la perfección.

Por fuera, le regaló a Raúl una sonrisa cómoda, coloquial. La máscara se ajustaba como una segunda piel.

—Vamos —murmuró, y siguió al rubio por el pasillo, pasos medidos, la chaqueta roja destacando entre uniformes simples.

No necesitaba adaptarse. Solo tenía que aprender las reglas del juego. Y él siempre, siempre, reescribía las reglas a su favor. Era lo único que sabía hacer.

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