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THE LOOK IN YOUR EYES

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Summary

THE LOOK IN YOUR EYES Maddie Tsuyumi y Kioshi Hanechi fueron mejores amigos hasta que una mentira los separó. Ahora, mientras Kioshi intenta ignorar los sentimientos que aún tiene por ella, Maddie lucha por superar el dolor de haberlo perdido. Pero hay un secreto mucho más grande detrás de ellos. Un secreto relacionado con Zhenya Sierkan, la familia Hanechi y el verdadero origen de Maddie. Cuando la verdad salga a la luz, ninguno volverá a mirar a los demás de la misma manera. ¿Kioshi descubrirá lo que realmente siente por Maddie? ¿Y descubrirán quiénes son realmente el uno para el otro?

Genre
Drama
Author
SUSU
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

"Dos meses vacaciones de verano" capitulo 1

90

---

La mansión Hanechi se alzaba imponente bajo el cielo despejado de enero. El frío del invierno apenas lograba penetrar los gruesos muros de la propiedad más exclusiva del distrito más caro de Seúl. Afuera, los jardines perfectamente cuidados se extendían como un manto verde congelado, pero adentro, en la cocina de mármol blanco y detalles dorados, se libraba una batalla silenciosa.

Ada Mireya Hanechi observaba el plato de tteokbokki con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

Solo queda un pedazo. Un maldito pedazo. Y es mío.

La mujer de treinta y un años —que aparentaba dieciséis sin esfuerzo alguno— deslizó sus dedos hacia los palillos con la precisión de un depredador acechando a su presa. Sus ojos zafiro esmeralda, herencia perfecta de sus padres, se entrecerraron ligeramente.

—Nadie toque ese tteokbokki —anunció con voz suave, casi angelical—. Es mío.

Alex Hanechi, su padre, levantó la vista del periódico financiero con una ceja arqueada. A sus cincuenta y un años, seguía siendo la viva imagen del heredero Hanechi: cabello rubio pálido impecablemente peinado, ojos esmeralda que habían derretido corazones en la industria del entretenimiento, y una presencia que llenaba cualquier habitación sin necesidad de alzar la voz.

—Hija, has comido tres cuartos del plato tú sola —comentó con tono divertido—. ¿No crees que deberías compartir?

La sonrisa de Ada Mireya se desvaneció lentamente. Su expresión mutó en algo que Alex conocía demasiado bien. Algo que le heló la sangre por un instante.

Mierda. Esa cara. Es la cara de Jiwoo cuando se enojaba.

—Padre —dijo Ada Mireya, y su voz seguía siendo dulce, pero ahora tenía un filo que cortaba el aire—. ¿Acaso insinúa que soy egoísta?

—Yo no dije eso...

—Lo insinuó.

—No lo hice.

—Lo hizo.

—Hija...

—Padre.

El silencio se instaló entre ellos como un invitado incómodo. Alex sintió que envejecía diez años en diez segundos. Conocía esa mirada. La había amado y temido en otra mujer. Kim Jiwoo había sido hermosa, cautivadora, y absolutamente aterradora cuando se enojaba. Y su hija, aunque no se parecía físicamente a ella en ese momento —Ada Mireya era la fusión perfecta de ambos, con el cabello rubio pálido de los Hanechi pero los ojos que mezclaban el esmeralda y el zafiro—, tenía exactamente la misma aura asesina cuando quería algo.

—El tteokbokki es tuyo —se rindió Alex, alzando las manos en señal de paz—. Todo tuyo. No existe nadie más en esta casa que quiera ese tteokbokki.

Ada Mireya sonrió, y el sol pareció brillar más intensamente a través de los ventanales.

—Gracias, padre. Sabía que entendería.

Desde la entrada de la cocina, dos figuras observaban la escena con reacciones completamente opuestas.

Kioshi Sierkan Hanechi estaba recargado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre su suéter negro de cuello alto. Su cabello rubio pálido caía en un flequillo perfecto sobre sus ojos azul pálido con brillo plateado. A sus dieciséis años, ya medía un metro ochenta y nueve, y tenía esa presencia silenciosa que hacía que la gente lo notara sin saber exactamente por qué.

—Mamá está peleando por comida otra vez —murmuró con sarcasmo apenas contenido—. Qué sorpresa.

A su lado, Kyochi, idéntico en casi todo excepto en la ropa holgada y la expresión más amable, sonrió con ternura.

—Déjala. Es lindo verla así.

—¿Lindo? —Kioshi arqueó una ceja—. Kyochi, está amenazando al abuelo con la mirada.

—Exactamente. Es lindo.

Kioshi resopló. Su hermano gemelo era un caso perdido cuando se trataba de su madre. Kyochi la adoraba de una manera tan pura que a veces resultaba empalagosa.

—Ustedes dos —llamó Ada Mireya sin voltear—. Vengan a desayunar antes de que me arrepienta de haberles dado la vida.

—Qué encantadora invitación —respondió Kioshi con ironía.

—Kioshi —la voz de Ada Mireya cambió en un instante—. Siéntate. Ahora.

—Sí, mamá.

Kyochi soltó una risita ahogada mientras ambos avanzaban hacia la mesa de desayuno. La cocina era enorme, diseñada para albergar a un ejército de personal doméstico, pero desde que Ada Mireya había decidido que quería una vida "normal" para sus hijos, habían reducido el personal al mínimo. Solo quedaban un par de empleados de limpieza, un jardinero que venía tres veces por semana, y una cocinera que se encargaba de las comidas principales.

Pero el tteokbokki lo había hecho la propia Ada Mireya.

Por eso lo protegía con tanto celo.

—¿Por qué hiciste tteokbokki en pleno enero? —preguntó Alex, doblando el periódico con movimientos precisos—. Hace un frío de morirse y tú preparas comida callejera.

—Porque se me antojó —respondió Ada Mireya, pinchando el último pedazo con sus palillos—. ¿Hay alguna ley que prohíba los antojos?

—Ninguna que yo conozca.

—Entonces no pregunte tonterías, padre.

Kioshi se sentó frente a su abuelo, con una taza de café en la mano. Alex lo miró con el ceño ligeramente fruncido.

—Eres muy joven para tomar café.

—Y usted es muy viejo para seguir opinando de mi vida.

El silencio volvió a caer sobre la cocina. Ada Mireya se atragantó ligeramente con el tteokbokki. Kyochi escondió una sonrisa tras su mano.

Alex parpadeó, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Perdón?

Kioshi tomó un sorbo tranquilo de su café, sin inmutarse.

—Digo que cada quien tiene sus hábitos, abuelo. Usted lee periódicos de papel en plena era digital. Yo tomo café a los dieciséis. Somos una familia de costumbres cuestionables.

Este mocoso...

Ada Mireya observaba la escena con el tteokbokki suspendido a mitad de camino hacia su boca. Una parte de ella quería regañar a su hijo por hablarle así a su padre. La otra parte —la parte más honesta— estaba disfrutando cada segundo.

—Ese chico tiene tu maldita lengua —murmuró Alex, mirando a su hija con resignación.

—¿Mi lengua? —Ada Mireya fingió ofenderse—. Yo soy un ángel, padre. Nunca le he faltado el respeto a nadie.

—Claro. Y por eso amenazaste con matarme por un tteokbokki.

—Jamás dije que lo mataría.

—Lo insinuaste.

—Eso es interpretación suya.

Kioshi levantó su taza en un brindis silencioso hacia su madre.

—Bien jugado, mamá.

Ada Mireya le guiñó un ojo.

—Gracias, cariño.

Kyochi negó con la cabeza, sonriendo.

—Esta familia está loca.

—Y tú eres parte de ella —respondieron Kioshi y Ada Mireya al unísono, sin siquiera mirarse.

Alex suspiró profundamente. Estos eran sus herederos. Su legado. Su maldita familia disfuncional que se peleaba por comida callejera un domingo por la mañana.

Y no los cambiaría por nada del mundo.

---

El desayuno continuó entre bromas, sarcasmos y la ocasional amenaza velada de Ada Mireya cuando alguien se acercaba demasiado a su plato. Afuera, el viento helado sacudía las ramas desnudas de los árboles. Adentro, la mansión Hanechi albergaba un calor que no venía de la calefacción, sino de la extraña pero inquebrantable dinámica de aquella familia.

Ada Mireya se recargó en su silla, satisfecha.

—Bien. Ahora que he asegurado mi tteokbokki y mi paz mental, quiero que hablemos de la escuela.

Kioshi dejó escapar un gemido teatral.

—No.

—Sí.

—Mamá, faltan dos meses.

—Y por eso quiero hablar ahora. Así tienen tiempo de prepararse mentalmente.

—¿Prepararme para qué? ¿Para estar rodeado de idiotas?

—Kioshi.

—Es una pregunta legítima.

Kyochi se enderezó en su asiento.

—Yo sí quiero ir. La preparatoria más cara de Seúl. Será interesante ver cómo es.

—Será un infierno —sentenció Kioshi—. Un infierno lleno de gente rica e insoportable.

—Dijo el chico rico e insoportable —murmuró Kyochi.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Alex se levantó de la mesa, llevando su taza de café hacia el fregadero.

—Tu madre tiene razón. Es mejor que vayan mentalizándose. Esa escuela no es cualquier cosa.

—Abuelo, usted ni siquiera fue a esa escuela —señaló Kioshi—. A usted lo educaron tutores privados en esta misma mansión.

—Exactamente. Y miren el monstruo que soy.

Ada Mireya soltó una carcajada.

—Padre, por favor.

—¿Qué? Es la verdad. La educación en casa te aísla del mundo real. Esa escuela, con toda su gente insoportable, les va a enseñar a sobrevivir.

Kioshi apretó los labios. Sabía que su abuelo tenía razón, pero no iba a admitirlo.

Dos meses. Tengo dos meses antes de que mi vida se convierta en un circo.

Kyochi, en cambio, sonreía emocionado.

—Vamos a hacer amigos, Kioshi. Personas nuevas. Experiencias nuevas.

—Kyochi, eres demasiado optimista para ser mi gemelo.

—Alguien tiene que compensar tu amargura.

Ada Mireya los observó con una sonrisa suave. Sus hijos. Sus dos milagros. Tan idénticos por fuera, tan distintos por dentro.

—Será un buen año —dijo en voz baja, más para sí misma que para los demás—. Lo presiento.

Afuera, el viento seguía soplando. Y en alguna parte de Seúl, los hilos del destino comenzaban a moverse, tejiendo una historia que ninguno de ellos podía anticipar.

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