PROLOGO
A veces, en medio de los sueños —o justo antes de despertar—, Lía recordaba aquel viaje. No sabía cuántos años tenía entonces, pero sí que sus padres jamás salían del distrito. Esa vez lo hicieron. Dicen que era por una consulta médica, que era importante.
El auto era viejo, y la radio sonaba mal. A ella le encantaba mirar por la ventana, ver los postes alejarse, el cielo más abierto. Cuando llegaron, el lugar no parecía una clínica. Había árboles, juegos, y risas de otros niños. Un hombre amable —demasiado amable— les dijo que no se preocuparan, que ella podía quedarse con los demás.
Sus padres dudaron. Solo un instante.
Después de eso, el recuerdo se vuelve niebla.
CAPÍTULO 1.
El aire fresco de la noche apenas lograba limpiar el sabor a encierro que ya sentía en la boca, un recordatorio constante de lo que me esperaba más tarde en la base central: el zumbido constante de los reguladores de temperatura y el olor a ozono mezclado con el líquido sintético de las cápsulas.
¡Qué espectacular noche para salir a caminar, ¿no te parece, Lía?— soltó River con una sonrisa traviesa.
—Oh, por favor, River, no puedo. Tengo que ir a la estación —repliqué con fastidio.
—¿En serio? Solo será una hora. Podrás escuchar tus canciones mientras yo miro el mar...
—¡Tienen que volver ahora! —interrumpió una voz helada a nuestras espaldas.
Velkan apareció de la nada. Su cabello rubio parecía brillar con una luz irreal bajo la noche, y esa sonrisa perfecta suya siempre lograba ponerme los pelos de punta.
—¡Deben volver ahora!,no es hora para salir a dar paseitos nocturnos. Tiene que volver,saben perfectamente que deben estar en la estacion.—Reclamó Velkan.
—Ya te dije que saldremos por un rato y luego volveré a la estación —le respondí.
—Lía, creo que es mejor regresar... Ya sabes que es un caso perdido seguir en esta discusión —intervino River.
Miré a River. Su expresión de repente se tornó nostálgica, como cuando eres una pequeña emocionada por ir a un parque y, al abrir la puerta, ves caer una tormenta inesperada. River era de esas personas que siempre destilan felicidad, pero de un momento a otro su semblante cambiaba: las siluetas de su rostro se desdibujaban hasta casi desaparecer.
—Ok, bueno... entonces vamos —cedí.
Regresamos a nuestra habitación, dejamos los bolsos y nos dirigimos a la estación. Por el camino fuimos conversando sobre los patanes de Velkan y Alaric, los mimados hijos del señor Noctis y sucesores de todo; nuestros próximos y «fantásticos» jefes, o al menos uno de ellos. Al llegar al pasillo, nos separamos. No nos veríamos hasta la mañana.
—Que tengas una bonita noche laboral, Lía —dijo River en un tono puramente sarcástico.
—¡Cállate! —sonreí—. Espero lo mismo para ti, River.
Me dirigí a la puerta de mi sección, me puse el traje obligatorio, tomé un lapicero y la tabla de anotaciones, y entré. Hacía exactamente lo mismo todas las noches: revisar los cuerpos de las personas dentro de unas cápsulas de tamaño perfecto donde, aunque no sintieran nada, estaban encajados de forma milimétrica. Agradecía que estuvieran sumidos en algún tipo de sueño profundo; no me imaginaba lo aterrador que debía ser estar atrapado así de ajustado.
Hacía números, revisaba sus signos vitales y anotaba todo minuciosamente en la tabla. Eso hacía toda la noche: supervisar personas que pasaban las veinticuatro horas del día completamente dormidas.








