Capitulo: sombras en el umbral
La metrópolis de Aethelgard ya no existía.
Donde alguna vez se alzaron sus torres, sus avenidas y sus barrios, ahora se extendía un campo de batalla titánico. Las ruinas ardían bajo un cielo imposible, mientras fuerzas que pertenecían a mundos diferentes chocaban en una guerra capaz de alterar el destino de toda la existencia.
El cielo estaba literalmente partido en dos.
A un lado, columnas de luz descendían desde las alturas con una intensidad casi divina. Al otro, un abismo de sombras se extendía entre nubes negras y relámpagos carmesí, devorando poco a poco todo aquello que tocaba.
En el epicentro de la devastación, sobre un cráter todavía humeante, yacía Lyra Sterling.
Su cuerpo estaba gravemente herido. Apenas respiraba.
Frente a ella, de rodillas, se encontraba Darian Vane, heredero del trono del mundo oscuro.
Su habitual orgullo había desaparecido.
También su fría compostura.
Las manos le temblaban mientras intentaba utilizar su magia una y otra vez, buscando cerrar las heridas de Lyra. Pero nada funcionaba. Su poder, suficiente para doblegar ejércitos, era completamente inútil ante aquella situación.
Las lágrimas descendían por su rostro.
—No... —susurró—. No puedes morir.
Darian apretó los dientes y volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces levantó la mirada.
A pocos metros de distancia se encontraba Kaelen Cáceres.
Estaba inmóvil.
Completamente paralizado.
Algo imposible estaba ocurriendo dentro de él. Una energía que no comprendía recorría cada parte de su cuerpo: una combinación de luz infinita y un poder oscuro que parecía traer consigo el eco de la propia Muerte.
Kaelen apenas podía respirar.
A su alrededor, tres figuras encapuchadas permanecían inmóviles, vigilándolo en absoluto silencio. Sus rostros estaban ocultos, pero su presencia dejaba claro que no eran simples espectadores.
A cierta distancia, otra joven permanecía inconsciente sobre el suelo.
Nadie se acercaba a ella.
Nadie parecía saber qué hacer.
Darian volvió a mirar a Kaelen.
Por primera vez en su vida, el heredero del trono oscuro dejó de lado su orgullo.
Se inclinó hasta tocar el suelo con las manos.
—Kaelen...
Su voz se quebró.
—Por favor.
Kaelen no respondió.
—¡Te lo suplico!
El grito de Darian atravesó el campo de batalla.
—¡Sálvala!
Kaelen comenzó a temblar.
La energía dentro de él aumentó.
Y entonces...
La luz se apagó.
Todo quedó sumido en silencio.
Pero para entender cómo los mundos llegaron a colapsar...
cómo una joven terminó al borde de la muerte...
y cómo el heredero del mundo oscuro llegó a suplicar de rodillas...
debemos regresar al principio.
A la noche en que todo comenzó a torcerse.
A sus quince años, Kaelen conocía perfectamente las reglas no escritas de Aethelgard.
Aquella noche había ido a visitar a unos familiares en El Progreso, un barrio conocido por sus calles estrechas, su constante movimiento y el ruido que parecía no desaparecer jamás.
Había pasado varias horas allí.
Cuando llegó el momento de regresar a casa, se despidió y emprendió el camino.
Entonces ocurrió.
Las luces se apagaron.
No fue un corte común.
En cuestión de segundos, toda la zona quedó completamente a oscuras.
Las calles, que apenas unos instantes antes estaban iluminadas, desaparecieron bajo una oscuridad casi sobrenatural.
Kaelen se detuvo.
Miró a su alrededor.
Nada.
Solo podía escuchar voces lejanas, puertas cerrándose y algunos motores que intentaban avanzar a través de las calles sin iluminación.
Sabía que tenía un problema.
Su madre le había impuesto una regla muy clara: nunca utilizar la ruta interna que conectaba El Progreso con la Parte Baja de San Román durante la noche.
Era demasiado peligrosa.
Por eso, aunque sabía que llegaría más tarde a casa, decidió obedecer.
Tomó el camino largo.
Primero subiría hasta la Parte Alta del Barrio San Román y desde allí descendería hacia el sector conocido como San Román parte baja.
Parecía una decisión sencilla.
Pero aquella noche nadie podía saber lo que estaba a punto de suceder.
Kaelen apenas había llegado a la entrada de la Parte Alta cuando un sonido seco atravesó la oscuridad.
¡Bang!
Luego otro.
¡Bang!
Y otro más.
Disparos.
Kaelen se quedó inmóvil.
A lo lejos, una motocicleta apareció entre las sombras.
El conductor avanzaba a toda velocidad.
Detrás de él venían otras dos motocicletas.
Sus ocupantes lo perseguían.
Y disparaban.
Kaelen no entendía qué estaba ocurriendo.
Entonces vio el impacto.
El joven de la motocicleta se estremeció y perdió el control.
La moto derrapó sobre el pavimento y cayó de lado, arrastrándose varios metros antes de detenerse justo frente a Kaelen.
El muchacho quedó tendido en el suelo.
Kaelen no se movió.
Durante unos segundos, su mente simplemente dejó de funcionar.
Había sangre.
Había humo.
Y había una motocicleta destrozada a pocos metros de sus pies.
Entonces escuchó nuevamente los motores.
Los perseguidores se acercaban.
Venían a terminar lo que habían comenzado.
El miedo desapareció.
En su lugar apareció algo mucho más fuerte.
Su instinto de supervivencia.
Kaelen corrió hacia el joven.
—¡Vamos!
Se agachó, lo levantó como pudo y comenzó a arrastrarlo hacia la oscuridad.
No sabía quién era.
No sabía por qué lo perseguían.
Y tampoco sabía qué consecuencias tendría aquella decisión.
Solo sabía una cosa:
no podía dejarlo allí.
Aprovechando el apagón, Kaelen consiguió llevarlo hasta un antiguo taller mecánico abandonado en las cercanías de El Progreso.
Se ocultaron dentro.
Los motores pasaron frente al lugar.
Las voces de los perseguidores se escucharon durante varios minutos mientras buscaban por las calles.
Kaelen contuvo la respiración.
Finalmente, los sonidos comenzaron a alejarse.
Se habían marchado.
Pero el verdadero problema apenas comenzaba.
Dentro del taller, Kaelen observó al desconocido.
La situación era mucho peor de lo que había imaginado.
El joven estaba perdiendo demasiada sangre.
—No, no, no...
Kaelen sintió que el miedo regresaba.
No tenía conocimientos médicos.
No sabía quién podía ayudarlo.
Pero sabía que, si permanecía allí, moriría.
Así que tomó una decisión.
A pesar de la prohibición de su madre.
A pesar del peligro.
A pesar del miedo.
Lo ayudó a subir nuevamente a la motocicleta y emprendió el camino hacia el hospital principal.
Las puertas de urgencias se abrieron de golpe.
Los médicos corrieron hacia ellos.
—¡Trauma grave!
—¡Necesitamos una camilla!
—¡Rápido!
Kaelen permaneció a un lado, completamente desorientado.
No sabía qué decir.
No sabía qué hacer.
Solo podía observar cómo los médicos intentaban estabilizar al desconocido.
Pasaron los minutos.
El estado del joven empeoraba.
Entonces, en uno de sus últimos momentos de consciencia, abrió los ojos.
Miró a Kaelen.
Intentó hablar.
Al principio, Kaelen no entendió.
Tuvo que acercarse.
El joven consiguió susurrar una serie de números.
Después cerró los ojos.
Kaelen los memorizó como pudo.
Sin entender por qué, tomó su teléfono y marcó.
La llamada apenas había comenzado cuando la atmósfera del hospital cambió.
A través de las ventanas, Kaelen vio varios vehículos oscuros detenerse frente a la entrada.
No era una ambulancia.
No era la policía.
Era un convoy.
Las puertas de los vehículos se abrieron casi al mismo tiempo.
De ellos descendieron varios hombres vestidos de manera impecable.
Escoltas.
Todos se apartaron cuando apareció una mujer.
Era una mujer mayor, pero su presencia imponía respeto.
No necesitaba levantar la voz.
No necesitaba amenazar a nadie.
Su sola mirada era suficiente.
Entró al hospital acompañada por sus hombres.
—¿Dónde está mi nieto?
Nadie se atrevió a responder inmediatamente.
La mujer volvió a preguntar.
Esta vez, con mayor firmeza.
—¿Dónde está mi nieto?
Entonces vio a Kaelen.
Se acercó.
—Tú estabas con él.
Kaelen asintió.
Todavía no sabía si debía tener miedo.
La mujer escuchó atentamente su historia.
No lo interrumpió.
Cuando terminó, permaneció en silencio durante unos segundos.
Después, su expresión cambió.
—Gracias.
Una sola palabra.
Pero dicha con una sinceridad que Kaelen no esperaba.
La mujer hizo una señal a sus hombres.
Poco después, el joven fue trasladado bajo estricta custodia.
Una lujosa camioneta esperaba afuera.
Kaelen observó cómo se alejaba el convoy.
No entendía nada.
¿Quién era aquel joven?
¿Por qué tanta gente lo protegía?
¿Quién era aquella mujer?
Y, sobre todo...
¿por qué aquel desconocido había confiado en él?
Kaelen regresó aquella noche hacia el Barrio San Román con más preguntas que respuestas.
Creía que aquella había sido simplemente una noche extraña.
Un apagón.
Un desconocido.
Una persecución.
Un hospital.
No sabía que acababa de cruzar un umbral invisible.
Uno que conectaba su vida humilde en San Román con un mundo de poder, secretos y sangre.
No sabía que aquella decisión cambiaría su destino.
Y mucho menos podía imaginar que, algún día, el nombre Kaelen Cáceres sería conocido por fuerzas que ni siquiera pertenecían a su mundo.
Aquella noche había salvado la vida de un desconocido.
Sin saber que, al hacerlo...
había abierto la puerta.








