Capítulo 1: Cenizas
Emily
El sendero bendecido por la bruma invisible humedecía el aire y la flora en mi ascenso a la cima. Dejándome llevar por el ambiente purificado, apoyé las manos en los barandales de tronco y me asomé para contemplar la magnífica catarata espumosa a mi derecha, precipitándose con fuerza hacia el tranquilo río del parque para compartirle un poco de su lado salvaje.
La sensación que aquel precioso ecosistema despertaba en mi cuerpo era increíble. Experimentar tal nivel de relajación, capaz de disipar las preocupaciones, los dilemas y los prejuicios que me agobiaban, se sentía como un auténtico milagro. Aquella fortaleza contagiosa que emanaba del rugido del agua fue justo lo que necesité para continuar mi jornada y enfrentar lo que me aguardaba en la cima.
Intenté aferrarme a la motivación que me dejó esa apacible pausa reflexiva, aunque el cansancio volvió a apoderarse de mí. Sé que puede sonar incoherente de mi parte, pero la situación que atravesaba me estaba llevando a la locura.
No me encontraba en un viaje de autodescubrimiento personal ni nada de eso. En realidad, estaba allí por una tarea que había postergado durante meses. Sabia que si no la terminaba, perdería el apoyo de lo único que volvía mi vida un poco menos miserable. La cuestión es que cumplir con mi labor conllevaría a un trauma instantáneo que se enterraría como una daga en mi pobre corazón doliente.
Entre más cerca estaba de mi destino, más me lastimaba la insoportable guerra de ideas en mi cabeza, un conflicto en el que la victoria no importaba, pues cualquiera de mis decisiones traería graves consecuencias a futuro.
Aun así, no me eché para atrás e ignoré mis instintos hasta poner pie en la cresta de la cascada. Después, hurgé en mi mochila y saqué el dispositivo que debía activar: un delgado cubo de metal con un peligroso botón redondo y una antena en su tope.
Opté por contemplar la ciudad del Luminal, una zona tropical de hogares coloridos, de madera clara y techos de teja inclinados, hasta anclar mi mirada en la escuela donde estudié los últimos dos meses. Ese supuesto segundo hogar en el que compartí los mejores días de mi vida junto a ella.
Debería odiar ese sitio por sus crueles estudiantes, pero unos recuerdos irrumpieron en mi mente y lograron apaciguarme lo suficiente como para volver a pensar en los viejos tiempos.
Una sonrisa nació en mis labios al imaginar de nuevo la amplia biblioteca donde dibujábamos juntas. Los demás lectores solían inquietarse con nuestros bocetos de personajes satánicos y se alejaban convencidos de que pertenecíamos a una secta o algo así. Aunque la verdad su actitud nunca nos importó. Nosotras nos limitábamos a reír en silencio y seguir en lo nuestro, pasando por alto sus exagerados chismes.
Eso era lo que más me gustaba de estar a su lado. Siempre nos apoyábamos para que las opiniones ajenas no nos quebraran. Si bien surgían días en los que el peso de las críticas nos asfixiaba, no era nada que una tarde en el salón de música no pudiera solucionar. Allí adentro nos desahogábamos con caóticos solos improvisados de batería o cantábamos a todo pulmón nuestras canciones favoritas de metal para saber lo mucho que valíamos.
No niego que fueron días muy divertidos, en especial cuando terminábamos en dirección por el supuesto uso indebido de los instrumentos. ¡Ja! Definitivamente, esos vejestorios no entendían lo que era la buena música. Se la pasaban regañándonos por tonterías, sin darse cuenta de las tragedias que sus alumnos se atrevían a cometer. Si al menos nos hubieran puesto un poco de atención, esos ineptos jamás habrían…
¡Bah!
Lo único que le agradezco a ese fatídico día es que me hizo entender la clase de escorias que son los lúminos.
Y es por eso que los umbríos debemos exterminarlos.
Sin dudarlo, le cerré el paso a esas bonitas memorias que pretendían cegarme ante la verdad y dejé que la rabia y el sufrimiento tomaran mi mente. El peso de esas emociones fue desgastando mi cordura hasta volverla irrelevante. Mi sonrisa, que hacía unos segundos emitía alegría, se había corrompido hasta convertirse en un símbolo de demencia. Ya no me sentía como la Emily piadosa, sino como alguien a quien no le importaba la vida de nadie en la superficie de esta isla repleta de demonios.
Me urgía incrustar en mi mente que odiaba a los lúminos con todo mi ser y que jamás volvería a atreverme a ser amiga de uno. Sin embargo, una estúpida voz en mi interior insistía en que debía protegerlos. Ese terco lado compasivo de mí persistía en medio de la tormenta y me prometía que existía una forma de no derramar sangre inocente, pero no le creía en absoluto. Debía cumplir el propósito por el cual me habían enviado y no decepcionaría a los umbríos por un montón de recuerdos opacados por el descaro de esa gente.
Aunque… si lo miro de cierto modo… no todos merecen morir. En esa escuela hay personas que nunca me lastimaron y otros que ni siquiera alcanzaron a conocerme. ¿No sería injusto que ellos pagaran con sus vidas los pecados ajenos? ¡Mierda! Ya ni siquiera distinguía lo que era lo correcto. Estaba completamente perdida y atrapada entre lo que me habían enseñado a ser y la parte de mí que debía dejar morir para encajar en la sociedad.
Mi cabeza ya no era más que una intensa avalancha de confusión y me abrumé aún más cuando escuché en mi auricular la orden definitiva de Lucrecia.
“Presiona ese botón sin piedad; Los Lúminos deben pagar por su maldad”.
De repente, una ansiedad agobiante me consumió. Chorros de sudor se deslizaban por mi frente asemejándose a combustible que incendiaba mi rostro. Los latidos desbocados de mi corazón amenazaban con hacerlo estallar y emanaban un calor inmenso. Todo mientras me estremecía sin control, como si estuviera en medio de una tormenta de nieve, la cual arrasaba con mi pobre esperanza de recuperar la calma.
Alcé el detonador hacia el cielo, estirando el brazo y luchando por no perder el equilibrio. Soltando un grito desgarrador que ahogó la última pizca de moral que me quedaba, aproveche el subidón de adrenalina para oprimir el nefasto botón del juicio final.
Tras hacerlo, caí arrodillada, vencida por el agotamiento, y observe la escuela por última vez. Solo era cuestión de segundos antes de que las bombas se activaran.
Y así fue: el estruendo de la primera explosión marcó el inicio de la catástrofe. Me quedé paralizada, observando con horror cómo los cristales de un aula salían despedidos y el humo se arremolinaba, multiplicándose en el aire.
Antes de que pudiera procesarlo, una segunda detonación desgarró uno de los laterales del edificio, levantando una nube de fuego y escombros que se expandió como una marea interminable. Le siguieron varios estallidos en sucesión que acabaron con salones enteros y provocaron el colapso de los pisos superiores. Acto seguido, el edificio entero se desplomó, levantando una tormenta de tierra mientras las llamas devoraban los restos de su estructura.
El hermoso cielo despejado de aquella mañana pronto se vio cubierto por una humareda ennegrecida. Me sentí peor por herir a mi amada naturaleza, aprovechándome de sus buenas energías para engendrar su propia contaminación.
¿En qué diablos estaba pensando? Nunca debí dejarme influenciar por las ideas de mi raza. Esos maniáticos me convirtieron en un monstruo.
La culpa me anudó la garganta con un dolor que tuve que contener; Lucrecia podía estar observándome por cualquiera de sus cámaras, y no podía permitirme mostrar señales de arrepentimiento. No es así como los umbríos deben comportarse: deben celebrar haber acabado con el enemigo.
¿Por qué no podía ser como ellos? ¿Por qué debía cargar con este dolor?
La última explosión sacudió la tierra con tal violencia que los hogares cercanos a la institución se vinieron abajo, engullidos por la destrucción y el caos. Fueron muertes adicionales que debieron entusiasmar a Lucrecia y sus secuaces, quienes presenciaban su mal llamado espectáculo a través de los drones invisibles que sobrevolaban la ciudad, pero a mí me dejaron completamente atónita.
Escuché sus risas maléficas retumbando en mis oídos. Los conocía demasiado bien: en ese estado, no les importaba nada más que saborear el éxito de la misión. Nadie vería mis lágrimas ni cuestionaría mis actos. Por lo tanto, rompí en un llanto silencioso y acepté que mi existencia no era más que una plaga, condenada a convertir en cenizas todo lo que tocara en la superficie de la Isla Paralela.








