1. Bala equivocada
Suena el despertador.
Las seis de la mañana.
Miro el calendario y ahí está: 16 de noviembre.
Otro maldito 16 de noviembre.
Hoy es el aniversario de la muerte de mi abuelo y, como si el cielo lo supiera, está gris y cubierto de nubes.
Cojo mi taza de chocolate caliente mientras Lalo, mi perro, se pasea entre mis pies, reclamando su desayuno.
-Ya voy, pesado.
Le pongo la comida en su plato y camino hacia mi habitación para vestirme. En una hora tengo que estar en el hospital.
Soy oncóloga.
Decidí estudiar esta carrera porque el cáncer se llevó a mi abuelo. Quizá por eso, cada vez que estoy frente a un paciente, siento que también estoy luchando por él.
Me visto rápidamente, cojo mis cosas y salgo de casa.
Sin saber que aquel día iba a cambiar mi vida para siempre.
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En la otra punta de la ciudad...
Escucho el maldito móvil sonar.
Aparto las sábanas y siento unos brazos rodeándome.
Me tenso al instante.
Ella no debería seguir aquí.
Me levanto de la cama y, sin siquiera mirarla, señalo la puerta.
-Ya hay un taxi esperándote fuera del hotel.
Cojo el teléfono justo cuando vuelve a sonar.
-Alejandro, ¿dónde diablos estás? -la voz de mi hermana suena al otro lado-. ¿Sabes qué hora es? ¿Cuándo vas a venir?
-Julia, no empieces. Ya voy. Se me hizo tarde. Estaba en una reunión. Tardo cinco minutos.
-Vale, pero no tardes, por favor.
Cuelgo.
Entro en la ducha y, cinco minutos después, salgo de la habitación mientras termino de colocarme la chaqueta.
Mateo, mi mano derecha, ya me espera fuera.
-Quiero que todo esté preparado cuando lleguemos -ordeno mientras camino-. Y avisa a los chicos de que hoy nadie se mueve sin mi permiso.
-Entendido.
Cojo las llaves del coche.
Tengo una familia que proteger, asuntos que resolver y un nombre que mantener.
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Cuando llego al cementerio, Julia ya está allí.
Permanece debajo de un paraguas, sosteniendo un enorme ramo de rosas rojas y blancas, las favoritas del nono Manuel.
Las lágrimas empañan su hermosa cara.
-Aquí estoy. ¿Dónde está Neizan? ¿Sigue pensando en alejarse de este mundo?
Julia me mira con cansancio.
-Sabes que esto no es lo suyo. Él quiere ser pediatra. Deberías apoyarlo, como has hecho conmigo.
Aprieto la mandíbula.
-Solo quiero teneros protegidos. Sabes que este mundo no es fácil.
-Los tres lo sabemos. Y sabemos cómo enfrentarnos a lo que venga. Para eso nos enseñaron. Pero su vocación es la medicina.
La miro durante unos segundos.
-Hablaremos luego de esto.
Antes de que pueda decir nada más, el sonido de una moto rompe el silencio del cementerio.
Neizan aparece y detiene la moto frente a nosotros.
-Hola... Siento llegar tarde. Había mucho tráfico.
Julia niega con la cabeza.
-No pasa nada. Empecemos.
Nos acercamos a la tumba de nuestro abuelo.
Pero apenas hemos dado unos pasos cuando veo a Mateo acercarse.
Tiene la mandíbula tensa.
Demasiado tensa.
Y eso me pone en alerta.
-¿Qué demonios pasa? -pregunto en voz baja-. ¿Qué parte de «no quiero interrupciones» no has entendido?
Mateo mira a su alrededor antes de responder.
-Señor... no logro comunicarme con los chicos que estaban en la entrada.
Mi cuerpo se tensa.
-¿Y?
-Creo que nos van a emboscar.
Miro hacia la entrada del cementerio.
Está completamente vacía.
Demasiado vacía.
-¿Te aseguraste de que esto estuviera despejado?
-Sí. No hay nadie más.
Durante unos segundos, nadie dice una palabra.
Entonces sonrío.
Una sonrisa que no tiene nada de amable.
-Perfecto.
Me giro hacia Mateo.
-Pues que empiece la función.
Muy cerca de allí...
Abrazada a una tumba y con un ramo de rosas azules entre las manos, estaba ella.
Alexandra.
Como todos los años, había ido a llorarle a su abuelo.
La lluvia comenzaba a empapar su cabello y su ropa, pero no le importaba. Se aferraba a la lápida como si, de alguna manera, todavía pudiera abrazarlo.
-Te echo de menos, abuelo -susurró entre lágrimas.
Cerró los ojos unos segundos.
Solo unos segundos más.
Después se incorporó lentamente, limpió sus lágrimas con el dorso de la mano y recogió el ramo.
Era hora de irse.
Pero entonces...
¡Bang!
Un disparo.
Alexandra se quedó paralizada.
Otro disparo rompió el silencio del cementerio.
¡Bang!
El corazón comenzó a latirle descontroladamente.
Miró a su alrededor buscando desesperadamente un lugar donde esconderse.
Entonces lo vio.
Un enorme árbol junto a un agujero en el suelo.
Corrió hacia allí y se escondió detrás del tronco, intentando controlar su respiración.
No entendía qué estaba pasando.
Solo sabía que quería salir de allí.
Con cuidado, asomó la cabeza.
Y entonces la vio.
Una joven corría aterrorizada entre las tumbas mientras un hombre iba detrás de ella.
Alexandra sintió que el miedo le recorría todo el cuerpo.
El hombre llevaba algo en la mano.
Un arma.
La joven tropezó y cayó al suelo.
-¡Ayuda! -gritó desesperada.
Alexandra miró hacia otro lado durante apenas un segundo.
Podía quedarse escondida.
Podía esperar a que todo terminara.
Podía salvarse.
Pero no pudo hacerlo.
Salió de detrás del árbol y corrió hacia la joven.
-¡Corre! ¡Levántate!
El hombre se giró hacia ella.
Alexandra se quedó congelada.
Por un instante, sus miradas se cruzaron.
Entonces vio el arma levantarse.
Todo ocurrió demasiado rápido.
El hombre apretó el gatillo.
¡BANG!
Alexandra sintió un golpe seco.
El mundo pareció detenerse.
Bajó lentamente la mirada.
Y entonces comprendió.
La bala que no iba dirigida a ella... acababa de cambiar su vida para siempre.








