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El juego de asesinato de las marionetas ¡Que empiece el espectáculo!

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Summary

​Sin memoria. Sin público. Siete días para el primer acto. ​Dieciséis jóvenes despiertan atrapados en el interior de un claustrofóbico complejo subterráneo diseñado como un teatro abandonado. Ninguno recuerda su pasado ni cómo llegó allí; lo único que conservan son sus identidades y sus habilidades profesionales de nivel superior. ​Las reglas del escenario son tan frías como un algoritmo: para que la función continúe, debe haber un sacrificio. Si en el plazo estricto de 168 horas (7 días) no se perpetra un asesinato perfecto que supere el veredicto del grupo, el sistema de ventilación se sellará, reduciendo el oxígeno hasta la asfixia total. ​Aquí no hay espacio para mascotas estrambóticas ni juegos infantiles. Es una carrera contra el tiempo donde cada talento técnico -desde la ebanistería y la restauración de arte hasta el estilismo y la habilidad para mover los dados- se convierte en un arma de doble filo: la única herramienta para ejecutar el crimen perfecto, o la única clave para desmantelar la trampa desde adentro. ​Cuando la primera gota de sangre cae sobre las tablas del escenario, la función da inicio.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prológo

En una escuela en algún lugar de Japón, un grupo de chicos abrió los ojos.

No recordaban nada más que su talento.

Ni su nombre, su estatus, familia o gustos solo en que poseían habilidad.

Un chico de cabello negro, ojos dorados y una estatura alrededor del metro setenta y cinco miraba su habitación con detenimiento, no había duda de su habilidad: un escalimetro, regla T, escuadras, compás, estilógrafos, papel vegetal o mantequilla, cúters, bisturí de precisión, regla metálica, base de corte, pegamento especializado y su libreta de campo y sin embargo notaba su interes en el orden al notar que todo estaba en su lugar, solo tomo una pluma y su libreta de campo y salió de la habitación.

Sabía lo que era él y como usar su habilidad.

Comenzó a realizar un esbozo del lugar y realizar diagramas de los materiales. Cuando fue suficiente, cerró su libreta y salió a realizar un mapeo de la orientación del sol, dirección del viento, vistas clave y flujos de circulación del lugar.

Entonces el arquitecto salió de la habitación.

Su vestimenta era aquella que esperarías de un estudiante de preparatoria, camisa, súeter, chaleco, pantalón de vestir pero en su caso en lugar del zapato clasico vestía unas botas cortas de cuero rígido con casquillo reforzado adaptadas para tolerar escombros.

Miro la puerta que se encontraba enfrente suyo y miro al suelo, la persona dentro probablemente se encontraba en ella pero la calma duro poco, un duo de personas que su mente no parecía haber capturado antes llamaban la atención.

De la puerta a la izquierda salía una nube densa con olor a incienso de copal, tabaco sagrado de la selva y té de hierbas fermentadas.

De la puerta de la derecha se filtraba un aire espeso que picaba los ojos: una mezcla química de bórax, curtientes, alcohol isopropílico y un sutil fondo a cuero húmedo.

—Tu cuarto huele a momia inca mal conservada. Ese incienso barato me está arruinando el olfato. ¡Tengo que trabajar con precisión! —dijo el chico de la puerta derecha de alrededor de un metro sesenta y pocos centímetros, cabello naranja y ojos grises pero con una fuerza en los músculos levantaba la voz de forma altiva.

—¿Trabajar? Qué es lo que haces si no un desastre tóxico —espetó el de la puerta izquierda, un chico diez centímetros más alto, ojos azules grisáceos y cabello corto rubio cenizo —, soy un antropólogo forense y lo que oliste es copal y tabaco para estabilizar el microclima de mis muestras. Lo que tú llamas “olor a momia” son técnicas milenarias de preservación ósea. En cambio, lo tuyo... ¡Lo tuyo es un crimen ambiental! Cada vez que abres la puerta, siento que estoy respirando veneno para ratas.

—Se llama formaldehído, ignorante. Es el olor de la ciencia y de la inmortalidad —replicó el de la puerta derecha, dando un paso al frente—. Soy taxidermista y preservo la naturaleza. Le devuelvo la dignidad a las criaturas para que la gente pueda admirarlas.

—¡Tú solo rellenas pieles! —contraatacó el antropólogo forense, alzando la voz—. Tu pasatiempo apesta a soluciones de fijación que van a derretir mis neuronas. Trabajas con estética; yo trabajo con la estructura ósea y las marcas que deja la muerte en el tejido. Mis hierbas controlan la proliferación de hongos en los restos; tus líquidos solo recuerdan que hay un cadáver mal disecado ahí dentro.

Parecía que iban a discutir un rato lo que no le interesaba en lo particular al arquitecto así que pasó de largo pero miró levemente sus habitaciones.

Ambas eran un desastre así que aunque vió una cantidad considerable de articulos no podía mirar a detalle sin llamar la atención.

De la habitación izquierda, perteneciente al antropólogo, el arquitecto miró una brújula, cribas tamices, pinceles, un calibrador vernier y una lupa estereoscópica; de la habitación a la derecha, del taxidermista miro en un igual de desorden escalpelos, bisturíes de hojas intercambiables, cuchillos de desollar, moldes de poliuretano, alicates y ojos de cristal, los miró pero no era necesario sus habitaciones confirmaban sus palabras.

En su camino miró a un chico de alrededor del metro setenta, cabello azul marino degradado en las puntas, ojos blancos relativamente entreabiertos, cruzado de brazos y posición de autosuficiencia con una postura de confianza pero a puerta cerrada y su uniforme era pulcro e integró una aparente falta de información sino fuera porque eso establecía que su talento no lo hacía necesario. El arquitecto miró sus manos pulcras, pero sus cutículas resecas sin embargo.

Pero no era lo que le interesaba, toco la estructura y escucho el sonido de las paredes.

“Pasadizos ocultos” pensó y busco un lugar donde dibujar.

En uno de los salones dos chicos reían de forma risueña, el primer chico de cabello rosa pálido y ojos rojos con una expresión juguetona mientras usaba gesticulaciones amables y expresivas mirandolo directamente al otro chico a los ojos, el arquitecto miro sus dedos, largos y suaves, el otro de una estatura similar de cabello azul y ojos rosas y aunque guardaba sus manos en los bolsillos el arquitecto miro pequeñas manchas de pigmento o tinte rojo y un pañuelo rojo que sobresalía. En el momento en el que miró vio sus uniformes, el del chico de ojos rojas noto una holgadez que resaltaba de la pulcritud del chico de ojos rosas.

“Demasiado ruido” pensó y se dirigió a lo que parecía una biblioteca.

Dos niveles. Balcón superior con barandilla de hierro forjado montado sobre tres columnas de soporte. La columna central producía un hueco en la simetría visual del muro posterior: 40 centímetros de desfase no justificados en la estructura externa. Un hueco no estructural. La anotación mental quedó archivada sin asignarle ningún valor misterioso. Era, simplemente, un fallo de diseño o un espacio ciego.

Mientras observaba los materiales, el arquitecto chocó con una chica de cabello gris tenue y ojos dorados, lluvia de llaves sin cortar y esquemas de cilindros de alta seguridad cayeron al suelo. Ambos se agacharon a recogerlo y el arquitecto notó como las llaves recogidas por la chica no hacían ni un chasquido, cuando recogió su cilindro sintió la suavidad de sus yemas pero las apartó de forma nerviosa metiendolas con las llaves en su sudadera que distinguía del pulcro uniforme que llevaba.

Del sonido que provocó la chica una alerta saltó sobre un chico de cabello blanco y ojos azul marino sentado en una de las mesas de la biblioteca con un montón de libretas, un pizarrón blanco y bloc de notas que se sobresaltó ante el sonido de las cosas cayendo y saludo con la mano gentilmente a los chicos que lo miraron notando sus manos arremangadas, el arquitecto se reverenció y siguió su camino llegando poco después a la cafetería.

Allí miró a un chico despotricar de los alimentos analizándolo cada detalle como si fuera la única forma de vivir, su uniforme era elegante y él también llevaba un pañuelo, su cabello azul cielo y sus ojos blancos pero fríos le daban un contraste de alguien que había criado en clase alta mientras se acomodaba los lentes, ¿relevante para el arquitecto? Para nada, él miraba la estructura de la cafetería mientras escribía notas, si escribió la constante necesidad del chico tocar tus dientes frontales con sus labios es incierto.

A su lado un chico de casi dos metros con el cabello largo negro atado gentilmente y ojos azabache lo miraba con una leve cifosis y una expresión de gentilidad y paciencia aunque no pareciendo captar del todo las manias y expresiones rebuscadas del chico de cabello azul cielo.

Después de un sonido parecido a una campana, un mensaje apareció en la pantalla de la cafetería y presumiblemente de toda la escuela.

«Se requiere que los actores se dirijan a la cafetería, tiempo máximo diez minutos»

Las miradas de casi todos se dirigieron a las pantallas pero unos pocos como aquel chico como el chico de cabello azul marino degradado observaron las reacciones de los otros.

Aún así curiosos tomaron asiento.

La primera en llegar fue una chica de cabello corto blanco y ojos de color menta llegó con una sonrisa de confianza y una bolsa pequeña sacó algunos dados y se sentó al lado del chico alto de cabello negro entablando una conversación, su estatura y la decisión de optar por un pantalón y un sombrero gakubou la hacían destacar del resto.

Un chico realmente alto y delgado entró después caminaba con la espalda exageradamente recta, los hombros abajo y una zancada ligera y silenciosa su cabello era castaño claro y sus ojos azul-violeta se sentó con ellos y al poco tiempo comenzaron a reír.

Con una mirada fría entro una chica de alrededor del metro sesenta y cinco, heterocromía que notaban sus ojos el derecho naranja y el izquierdo amarillo y un cabello castaño grisaceo atado en una coleta de caballo con una scrunchie morada, no miraba a nadie pero su bata de laboratorio y su maletín médico isotermico denotaba su area de trabajo.

Los otros chicos previamente mencionados llegaron después y se colocaron en los asientos libres, lo interesante es que el taxidermista vestía ahora una sudadera que le quedaba grande y holgada donde escondía sus manos y el antropólogo llevaba guantes y un maletín o estuche de acero inoxidable, los otros chicos no mostraban cambios aparentes.

Cuando quedaron pocos minutos una chica de cabello naranja claro corto con una mecha blanca y ojos fucsia llegó usando guantes y a diferencia de la mayoría sin chaqueta y con las mangas de su blusa arremangada, no dijo una palabra pero miraba el lugar con decepción.

Finalmente cuando el tiempo iba a terminarse una chica alta de cabello largo rojizo y ojos azules llegó de lo que parecía dónde quedaba la biblioteca pero de una salida que el arquitecto no había notado así que lo escribió en su libreta, quizás también el silencio en sus pasos y las raspaduras finas en los nudillos eran notables.

Entonces el arquitecto miró a la chica que se sentó a su lado, una chica de cabello corto azul oscuro y ojos de color lavanda oscuro, una mirada risueña y un interes genuino en sus notas, ¿detalles interesantes en su vestuario? Parecía normal incluso llevaba el moño azul marino habitual pero quizás esos botines le llamaban la atención.

Miro la pantalla, los actores habían entrado y empezaba una cuenta regresiva.

—¿Terminaste tu narración? —dijo el arquitecto a aquella chica.

—Termine mi narración pero, ¿puedo saber tu nombre? Puedo hacer teorías pero terminarías con un nombre escandivo del siglo XV, puedo decirte el mío…

Y entonces el primer acto comenzó.

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