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Fuera de Juego - [OMEGAVERSE]

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Summary

Prevyk Jensen es el futbolista más famoso del país. Un alfa de cuerpo imponente, carisma arrollador y un ego tan grande como su fortuna. Su único placer fuera del campo es torturar a Brighen Morales, su compañero de equipo y rival declarado, a quien llama despectivamente "omeguita". Pero Brighen no es el beta débil que todos creen. Es un omega dominante, un raro capaz de suprimir su naturaleza, y el odio que siente por Prevyk es la única cosa que lo mantiene en pie. Cuando un encuentro brutal en los vestidores revela su verdad, la dinámica entre ellos cambia para siempre. La pasión que nace de su rivalidad es tan peligrosa como adictiva, y los lleva a un acuerdo secreto que amenaza con destruirlo todo.

Status
Complete
Chapters
20
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n/a
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18+
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Capítulo 1

A Marla,

Con estas palabras quiero expresarte mi más profundo y sincero agradecimiento. Este libro, con sus pasiones, sus secretos y su corazón, no existiría sin ti. Tu comisión me hizo explorar lo bonito que era crear dos rivales no tan rivales.

Gracias por creer en esta historia desde el primer momento, por darme la libertad de darles vida y por permitir que sus voces resonaran con tanta fuerza. Cada página escrita estuvo impregnada con el entusiasmo y el apoyo que me brindaste.

Espero que al leer estas líneas, sientas la misma emoción que sentí al escribirlas y que te sientas tan orgullosa de ellos como lo estoy yo.

Con todo mi cariño y gratitud,

inAcacia.


Capítulo 01

El estadio rugía como una bestia viva. Ciento veinte mil gargantas coreaban el nombre del equipo nacional mientras el sol del mediodía caía a plomo sobre el césped. El marcador reflejaba 3-0. Los tres goles eran de Prevyk.

El alfa estrella corría por la banda derecha, alocado y moviendo las manos como lo caracterizaba. Cuerpo imponente de 1.92 de puro músculo denso, hombros anchos, muslos que parecían tallados para correr. Su camiseta sudada se pegaba a cada relieve de su abdomen marcado, y cada vez que levantaba los brazos celebrando, el olor a alfa vencedor se expandía como una ola: fuerte, especiado, con un toque de victoria.

—¡Prevyk! ¡Prevyk! ¡Prevyk! —coreaba la hinchada.

El entrenador lo palmeaba fuerte en la espalda cuando llegó al banquillo para un cambio de rutina.

—Otra vez, hijo. Eres un puto dios —le dijo con orgullo—. Sigue así y el Balón de Oro este año es tuyo.

Prevyk sonrió con arrogancia, dientes blancos contrastando con la piel bronceada. Sus feromonas alfa saturaban el aire del banquillo. Varios betas del equipo se removían incómodos por la sofocación en el aire. Era imposible no reaccionar a él.

A unos metros, Brighen apretaba la mandíbula tan fuerte que le dolían los dientes.

Estaba sentado en el banquillo, sudoroso y frustrado. Su cuerpo era el polo opuesto: más delgado, cintura estrecha, hombros finos pero definidos, rostro de rasgos suaves y labios carnosos que parecían hechos para morder. Cabello negro ligeramente largo que se le pegaba a la nuca. Parecía un beta… y así lo creían todos. Nadie sospechaba que debajo de esa fachada había un omega dominante, uno de esos raros que podían controlar sus feromonas hasta casi hacerlas desaparecer.

Pero esa tarde el control que sabía controlar bien empezaba a resquebrajarse.

—¡Brighen! —ladró el entrenador—. ¿Qué mierda te pasa hoy? ¡Pareces un aficionado! Dos pelotas perdidas en el medio, cero presión. ¡Prevyk está haciendo el trabajo de tres y tú ni siquiera puedes cubrir tu zona!

Los compañeros bajaron la mirada. Algunos murmuraron. Prevyk, todavía de pie, lo miró de reojo. Una mirada lenta, evaluadora, que recorrió el cuerpo sudoroso de Brighen desde las piernas hasta la curva de su cuello.

Brighen sintió esa mirada como una mano caliente bajando por su espalda. Su omega interno se revolvió, traicionero. Un leve calor empezó a subirle por el vientre. No ahora. No aquí.

—Estoy bien —respondió entre dientes, voz ronca—. Solo un mal día.

—Mal día una mierda —gruñó el entrenador—. Si sigues así te saco y meto a López. Prevyk está cargando el equipo solo.

Prevyk se acercó, todavía respirando agitado por el esfuerzo. Su olor era abrumador de cerca. Se inclinó ligeramente hacia Brighen, fingiendo ajustar sus medias.

—Tranquilo, omeguita —murmuró solo para él, tan bajo que casi nadie más lo oyó—. No todos podemos brillar.

Brighen levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se encontraron. Por un segundo, el control falló. Una sola hebra de feromona omega, dulce, intensa, con un toque de especias oscuras, se escapó y golpeó directamente a Prevyk.

El alfa se quedó congelado. Sus pupilas se dilataron. El bulto en sus shorts de fútbol dio un visible salto.

—¿Qué carajos…? —susurró Prevyk, casi para sí mismo.

°||°

El árbitro pitó el final del partido. 4-0. Otro gol de Prevyk en el descuento.

El bullicio del vestuario era ensordecedor. Risas, palmadas, botellas de agua vaciándose sobre cabezas. Los jugadores se desnudaban sin pudor, cuerpos sudorosos y marcados por el partido. El vapor de las duchas ya empezaba a llenar el ambiente.

Prevyk se quitó la camiseta lentamente, dejando a la vista su torso perfecto: pectorales duros, abdominales marcados y esa V profunda que bajaba hasta perderse bajo los shorts. Se sentó en el banco frente a su casillero, pero sus ojos no dejaban de buscar a Brighen.

Lo observó con descaro.

La forma en que la camiseta se pegaba a la cintura estrecha, la curva suave pero firme de su trasero cuando se inclinó para quitarse las medias. Esos muslos delgados pero tonificados. El cuello largo y delicado donde debería estar una glándula de omega…

Joder…

El alfa sintió cómo su pene respondía al instante, engrosándose dentro de los shorts ajustados. El bulto era imposible de disimular. Soltó un gruñido bajo y cruzó las piernas, apoyando los codos en las rodillas para cubrirse. Su aroma se volvió más denso y más agresivo.

Uno a uno los compañeros fueron yéndose a las duchas o saliendo del vestuario. Prevyk se quedó atrás, fingiendo revisar su bolso. No pensaba irse hasta entender qué mierda había pasado en la cancha.

Brighen también se quedó. Intentaba controlar su respiración. Sentía el calor subiendo por su vientre, la piel demasiado sensible, el pulso latiéndole entre las piernas. Su propio miembro estaba medio duro contra la tela del short. Quería desaparecer, masturbarse rápido en una ducha lejana y borrar cualquier rastro.

Se acercó al casillero de Prevyk, agarró su toalla personal (la que tenía su nombre bordado) y se la tiró con fuerza contra el pecho.

—Deja de usar mis cosas, maldito —gruñó Brighen, con voz baja pero furiosa—. O te voy a partir la cara, Prevyk.

El alfa atrapó la toalla con una mano. Levantó una ceja, claramente divertido al ver el rostro sonrojado lleno de furia.

—¿Cómo sabes que fui yo, omeguita? —preguntó con voz ronca, casi un ronroneo, usando ese apodo que usaba para hacerlo menos—. Si tú eres beta… ¿cómo sabes que usé tu toalla? Pudo haberlo hecho cualquiera.

Brighen se quedó helado. Mierda. Había cometido un error estúpido. En el calor del momento no había pensado. No podía aceptar que olía las feromonas de Prevyk. Se le subió el rubor hasta las orejas.

—Yo… la vi —balbuceó—. La vi en tu casillero y…

Prevyk se levantó lentamente. Era mucho más alto y ancho. Se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Brighen. Su olor era abrumador ahora, rodeándolo como una jaula invisible.

—¿O acaso puedes sentirme? —susurró Prevyk, inclinándose hacia su oído. Su aliento caliente rozó el lóbulo de Brighen—. ¿Puedes oler lo duro que me pusiste en la cancha, Brighen? Porque yo sí pude olerte a ti… aunque fuera solo un segundo.

La mano de Prevyk bajó peligrosamente cerca de su propia entrepierna, ajustándose el bulto evidente sin ningún disimulo.

El vestuario ya estaba casi vacío. Solo quedaban ellos dos y el sonido distante del agua corriendo en las duchas.

Brighen sintió que su control se tambaleaba.

Lo odio. Lo odio tanto… pensó, apretando los dientes. Odiaba esa cara perfecta, ese cuerpo que parecía hecho para dominar, esa maldita facilidad con la que todo le salía bien a Prevyk. Lo envidiaba con cada fibra de su ser. Y ahora, encima, ese hijo de puta lo miraba como si fuera su presa.

Sin decir una palabra más, Brighen se bajó los shorts de un tirón y se quedó completamente desnudo. Su polla, ya medio dura, se balanceó entre sus piernas. Tenía el cuerpo delgado pero bien formado, piel suave, culo redondo y firme. Se giró dándole la espalda a Prevyk.

—No sé de qué mierda hablas —escupió con rabia, y caminó directo hacia la regadera más cercana.

Abrió la llave. El agua fría cayó sobre su cabeza y espalda. Cerró los ojos, intentando calmarse, intentando que el frío apagara el calor traicionero que sentía entre las piernas.

Prevyk se quedó parado un segundo, respirando pesado. Miró alrededor. Se escuchaba otra ducha abierta al fondo del vestuario, pero ya casi no quedaban jugadores. Aun así, la idea de que otros hubieran visto ese cuerpo desnudo durante años le molestó profundamente. Siempre lo había visto de reojo, siempre de pasada… pero nunca así. Nunca con tanta atención.

Carajo…

Caminó hasta la entrada de las duchas y cerró las puertas de vidrio esmerilado con un golpe seco. Nadie más entraría.

Se acercó por detrás a Brighen como un depredador. El agua fría también empezó a mojar su propio cuerpo cuando se pegó. Era mucho más alto. Se encorvó sobre él, encerrándolo contra la pared de azulejos.

—Es una lástima que no seas omega… —murmuró Prevyk contra su oído con voz grave.

Y sin más advertencia, presionó su gruesa erección, todavía dentro de sus shorts mojados, contra el culo desnudo de Brighen. Frotó lentamente, dejando que el bulto caliente y pesado se deslizara entre sus nalgas, marcando territorio.

Brighen jadeó fuerte. El contacto lo atravesó entero. Sintió cómo su cuerpo reaccionaba sin permiso: el lubricante natural empezaba a salir, caliente y resbaladizo, traicionándolo. Pero el agua fría de la ducha disimulaba la humedad, corriendo por sus muslos mezclada con el agua.

—Prevyk… —gruñó, intentando sonar enfadado, pero le salió entrecortado.

El alfa sonrió contra su cuello y empujó más fuerte, encorvándose aún más sobre él. Su pecho ancho presionaba la espalda de Brighen mientras su cadera seguía frotando ese culo perfecto.

—Qué rico se siente esto… aunque seas beta —susurró Prevyk, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Dime la verdad… ¿te gusta sentir cómo se me pone dura por ti?

El agua fría caía sobre ambos. El contraste entre el cuerpo caliente y excitado de Prevyk y el agua helada hacía que todo se sintiera más intenso. Brighen tenía las manos apoyadas en la pared, respirando agitado, el culo empujado hacia atrás casi sin querer mientras Prevyk seguía frotándose contra él con movimientos lentos y obscenamente claros.

Brighen soltó una risa baja y burlona, girando la cabeza lo suficiente para mirarlo de reojo.

—¿Esto es lo mejor que tienes? —se mofó, voz ronca y desafiante—. ¿Frotarte como un perro en celo? Patético.

Esa fue la chispa.

Prevyk gruñó, enfurecido y más excitado que nunca. Agarró a Brighen por la cintura con fuerza y lo giró bruscamente, estrellándolo de frente contra la pared de azulejos. El impacto sacó el aire de los pulmones del pelinegro.

—Cállate la boca —rugió Prevyk.

Y entonces lo besó.

Fue un beso brutal, lleno de rabia y hambre. Sus bocas chocaron con dientes y lengua, mordiéndose, devorándose. Brighen intentó empujarlo por los hombros, pero terminó agarrándolo del cuello y tirando de él con más fuerza, besándolo con la misma violencia. Peleaban incluso mientras se besaban.

—Te odio… —jadeó Brighen entre beso y beso.

—Mentiroso —respondió Prevyk, mordiéndole el labio inferior hasta hacerlo sangrar un poco.

Con una mano, Prevyk se bajó los shorts mojados. Su polla saltó libre; gruesa, larga, venosa y completamente dura, la cabeza brillante y roja de excitación. Sin darle tiempo a Brighen a protestar, le separó las nalgas con una mano grande y presionó la punta contra su entrada.

—Vas a tomar todo, omeguita.

Y empujó.

Brighen soltó un gemido ahogado cuando la gruesa cabeza lo abrió de golpe. El lubricante natural que ya estaba produciendo ayudó, pero aún así era grande. Muy grande. Prevyk no fue suave. Empujó centímetro a centímetro, abriéndolo, estirándolo sin piedad, hasta que sus caderas chocaron contra el culo firme de Brighen y sus huevos pesados quedaron pegados a él.

—Joder… estás tan apretado —gruñó Prevyk contra su cuello, mordiéndolo fuerte mientras empezaba a follarlo con embestidas profundas y duras.

El sonido obsceno de piel mojada contra piel mojada llenaba la ducha y el vestidor. Plap… plap… plap… Cada vez que Prevyk entraba hasta el fondo, el cuerpo de Brighen se sacudía contra la pared.

Brighen tenía una mano apoyada en los azulejos y la otra hacia atrás, clavando las uñas en la cadera de Prevyk, atrayéndolo con más fuerza.

—Más fuerte, hijo de puta… —jadeó, voz rota—. ¿Eso es todo lo que puedes dar?

Prevyk soltó una risa oscura y le dio exactamente lo que pedía. Agarró a Brighen por las caderas con ambas manos y empezó a follarlo como un animal, embestidas rápidas, profundas y brutales. Su polla entraba y salía casi completa, abriéndolo con cada golpe, rozando ese punto dentro que hacía que las piernas de Brighen temblaran.

El agua fría seguía cayendo, pero sus cuerpos ardían. El sudor se mezclaba con el agua. Prevyk se inclinó más sobre él, cubriéndolo completamente con su cuerpo más grande, mordiéndole el hombro y el cuello mientras lo taladraba sin descanso.

—Tan rico… tan jodidamente rico —gruñó Prevyk—. Aunque digas que me odias, tu culo me está apretando como si no quisiera dejarme salir.

Brighen gimió alto, sin poder evitarlo. Su propia polla estaba dura como piedra, golpeando contra los azulejos con cada embestida. El placer era demasiado intenso, demasiado bueno. Odiaba lo mucho que le gustaba sentir a Prevyk dentro, dominándolo.

—Sigue… no pares, cabrón —exigió entre jadeos, empujando su culo hacia atrás para encontrarse con cada golpe.

Prevyk aceleró, follándolo más salvaje y más profundo. El nudo en la base de su polla empezaba a hincharse, golpeando contra la entrada de Brighen con cada penetración.

—Voy a llenarte… —amenazó con voz ronca—. Voy a dejarte chorreando mi semen, omeguita.

Prevyk sintió cómo su nudo se hinchaba rápidamente dentro de Brighen, engrosándose hasta quedar completamente trabado. Aun así, siguió moviéndose con embestidas cortas y profundas, incapaz de parar. El placer era brutal, jamás había sentido algo así.

—Joder… —gruñó, apretando los dientes—. Estoy anudándote…

Brighen abrió mucho los ojos, pero ya era tarde. El nudo estaba completamente hinchado, sellándolos. El alfa cerró la llave del agua de un manotazo. El silencio repentino solo quedó roto por sus respiraciones agitadas.

Prevyk giró el rostro de Brighen con una mano y lo miró. Tenía las mejillas enrojecidas, los labios hinchados de los besos y mordiscos, y los ojos brillantes de placer y rabia.

Mierda…

—Esto no se baja en menos de una hora… —murmuró Prevyk, casi sorprendido de su propia voz.

En ese momento, sonaron tres golpes fuertes en la puerta de las duchas.

—¿Hay alguien ahí? ¡Necesito ducharme!

Era la voz de uno de los defensas.

Brighen se tensó entero. Prevyk reaccionó rápido, lo levantó en brazos, giró y lo pegó contra la pared del fondo, sosteniéndolo con fuerza. Brighen, por instinto, se enredó como un koala alrededor de su cuerpo, con piernas alrededor de la cintura del alfa y brazos en su cuello, mientras el nudo tiraba dolorosamente dentro de él con el movimiento.

—Shhh —ordenó Prevyk en voz baja, aún enterrado hasta el fondo.

—¡Está ocupado! —gritó Prevyk con voz firme y molesta—. Vete a las otras duchas, carajo.

El jugador dudó un segundo, pero terminó yéndose al oír la voz de Prevyk. Los pasos se alejaron.

Cuando el peligro pasó, Brighen intentó bajarse, forcejeando.

—Suéltame —gruñó.

—No seas idiota —advirtió Prevyk, sujetándolo más fuerte por el culo—. Si tiras ahora te vas a lastimar.

—No me importa —escupió Brighen, forcejeando más fuerte.

—Eres un puto imbécil —gruñó Prevyk, molesto—. ¿Quieres romperte por dentro?

Se insultaron en voz baja mientras seguían unidos, el nudo tirando con cada movimiento. La discusión subió de tono.

Entonces Brighen liberó sus feromonas. No las reprimió más. Un olor dulce, intenso y dominante, propio de un omega poderoso, inundó el pequeño espacio de la ducha. Era abrumador, casi desafiante.

Prevyk se quedó congelado un segundo. Luego su expresión cambió ofendido.

—¿Qué carajos es esto? —siseó, agarrándolo bruscamente por el cuello con una mano grande, sin apretar lo suficiente para lastimarlo de verdad, pero sí para dominarlo—. ¿Un omega haciéndose pasar por beta todo este tiempo? ¡Traidor de mierda!

Lo empujó más contra la pared, todavía profundamente anudado.

—Esto es lo que provocas cuando provocas a un alfa, omeguita. ¡Mírate! Anudado como una puta en celo.

Brighen sonrió con burla a pesar del dolor y el placer.

—A mí qué putas me importa —respondió con voz ronca y desafiante.

Y entonces lo hizo.

Con un gruñido de dolor, Brighen se impulsó hacia arriba con fuerza. El nudo hinchado salió de golpe de su interior, desgarrándolo. Un chorro de semen blanco y espeso del alfa salió inmediatamente de su agujero abierto, corriendo por sus muslos mezclado con un poco de sangre.

Brighen soltó un gemido ahogado de dolor, pero no se detuvo. Se bajó de los brazos de Prevyk, tambaleándose. Sus piernas temblaban. El semen seguía saliendo de él mientras agarraba su ropa a toda prisa y se vestía como podía.

Prevyk se quedó allí, polla todavía dura y goteando, mirandolo desconcertado.

—Eres un maldito loco… —murmuró.

Brighen no respondió. Solo se subió los pantalones, ignorando el dolor punzante y el semen que empapaba su ropa interior, y salió de las duchas sin mirar atrás.


IG: inacacia

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