Una buena vida
Acomodé mechón a mechón mi cabello claro, casi obsesivamente. Mientras alzaba mi mano, la manga negra cedió unos centímetros, dejando al descubierto trazos carmesí que aún vivían en mi muñeca. Los cubrí de inmediato. No puedo creer que ya cumpliera diecisiete hace dos meses. Mi cuenta regresiva era hasta los dieciséis y ahora estaba viviendo un tiempo prestado que no me pertenecía, y mucho menos sabía cómo utilizar.
—¡Delilah! Princesita mía, baja ya a almorzar. —Escuché a mi padre gritar.
—Ya te dije que necesitaba cinco minutos más —grité en un tono retador, y no hubo más respuesta.
Terminé de arreglar mi ropa y salí del baño para dirigirme por las escaleras al comedor. Solo se escuchaba cómo los cubiertos raspaban la porcelana vieja con la que habíamos comido durante los últimos seis años; me sigue sorprendiendo que no se haya roto aún.
Mi madre masticaba sin hacer ningún ruido, sin mirar a ningún lado, parecía perdida entre el plato. Hace cuatro meses había salido de un centro de rehabilitación, pero aun así no estaba presente; sus ojos estaban vacíos.
—Las princesas de casa no pueden vivir encorvadas como si fueran un animal. Ten decencia, no eres un camarón deforme —mi padre cortó el silencio con su voz rasposa, cargada de esa dualidad de desprecio.
Ni siquiera tuvo que verme para decírmelo, para hacerme sentir una extraña en nuestro propio hogar; ni podía dignarse a mirarme.
—Déjala ya, Arturo. No hay que gritar —intervino mi madre con un tono suave, como la advertencia delicada de un animal que quiere evitar un conflicto. Tampoco me miró.
Mi padre dejó los cubiertos al lado del plato con un silencio sepulcral; ya sabía lo que se avecinaba, era la típica pelea de la tarde. Ya estaba acostumbrada a normalizar la violencia.
—¡Cállate, no vas a venir a hablar de nosotros, que sobrevivimos años, cansados, apretados, no tienes cara para dar sabiendo que apenas estás pisando nuestra casa! —gritó mi padre, girando rápidamente su cabeza; su expresión era la de alguien que podría apuñalarte en cualquier momento y sin remordimiento—. Ella es la que tiene que comportarse, una dama que vive feliz no puede ser tan asquerosa, así va a seguir ganándose el odio.
«Que vive feliz»... Esas palabras se quedaron en mi cabeza, atravesándome el cuerpo como un chispazo; me encendió por completo las emociones y las ganas de matarme. No pude esperar ni medio segundo para responderle, mientras mis ojos ya se llenaban de lágrimas.
—¡¿Feliz?! —repliqué mientras apretaba tan fuerte las manos que me enterraba las uñas en la piel. La bilis subía por mi garganta y mi corazón estaba acelerado; nunca aprendí a discutir sin llorar—. ¡Seis años del maldito día en que viniste a reclamarme, desde que te conocí no he sido feliz ni un solo segundo! No me importa si te haces llamar mi papá, odio mirarme las venas y pensar que soy tu sangre.
Mi padre volteó a mirarme y, al toparse nuestras miradas, me quedé congelada un segundo; al instante empujé la mesa y corrí. Esta era la sensación de siempre: la ira embriagante, el dolor en el pecho y la garganta, el cansancio de un corazón que siempre tuvo que ser fuerte.
Ninguno de mis padres dijo palabra alguna. Sara, mi madre, solo supo encogerse de hombros con el miedo que le había dejado el mismo hombre que alguna vez la hizo dejar la universidad para parirme. Y mi padre, acostumbrado a lo que él llamaba «rabietas», solo se quedó mirándome con desdén, pensando que volvería en algún momento a arreglar las cosas como siempre. Siempre decía que cada vez que yo replicaba algo, su alma perdía la felicidad, porque yo era su mayor logro en la vida... como si un hombre así pudiera tener un alma.
No me importaba manchar mi vestido negro de flores con la comida, o no tener ni una maleta para llevar lo que necesitara; en mi cabeza solo pasaba una palabra: huye.
Abrí la puerta y salí corriendo. No tenía idea de adónde huir, solo quería que el mundo me tragara y me escupiera en un lugar donde no tuviera que sentir. Mi ciudad era pequeña, rodeada de una cordillera de montañas hacia el oriente; era una ciudad fría, con un clima cambiante entre un sol ardiente y una lluvia profundamente melancólica, que siempre terminaba en una tormenta eléctrica. Mi única opción, mi única vida, mi única forma de dejar todo atrás, sería huir a las montañas. Seguramente sobreviviría y pensaría en algo, ¿verdad? Siempre he tenido que arreglármelas a solas.
Me estaba sofocando; corría pero no sentía los pies, solo un cuchillo atravesándome el abdomen y una profunda soledad en mi cabeza. La ira me recorría cada parte del cuerpo y mis puños rígidos no dejaban de temblar. Recorrí la carretera que daba directo a la montaña. Era un día cualquiera; la lluvia empezaba a caer y, sin abrigo, mis ganas de golpear al mundo eran lo único que me mantenía con vida frente a la próxima hipotermia. Mis ojos seguían llorando, pero no me importaba atravesar los pasos de la gente: estaba a cinco minutos de mi destino, hasta los eucaliptos que eran la barrera natural entre la ciudad y la montaña.
Choqué con una mujer accidentalmente justo antes de terminar la última calle; todo se veía muy gris. Hice que se le cayera una caja con documentos y que sus carpetas se regaran por el suelo. Ella no supo cómo reaccionar: se quedó parada mirándome y se apresuró a recoger sus cosas sin dirigirme la palabra. En ese momento fue como si todo se hubiera detenido. Sentí que otra vez era un problema, una carga; me quedé paralizada unos segundos y solo me apresuré a ayudarla a levantar sus cosas. Fue como si hubiera pausado mi dolor, aunque quisiera morirme. Morirme era todo en lo que pensaba, pero, al mismo tiempo, solo huía para vivir.
Una vez terminamos, le ayudé a levantar la caja y acomodarla. No podía verle el rostro, sentía pena y me sentía un fracaso. Seguía llorando, era incontrolable, pero dije con un tono de voz suficiente para que me escuchara:
—Lo siento, en verdad, no fue mi intención que esto pasara, espero pueda perdonarme.
Levanté la mirada apenas para ver su reacción, y dijo cálidamente:
—No te preocupes, a nadie en estas calles nos han tratado bien como para pensar en otros —liberó rápidamente una mano para darme un gesto de despedida y, antes de irse, añadió—: Ten una buena vida.
Esas cuatro palabras se quedaron flotando en el aire helado, dándome vueltas en la cabeza mientras la veía apresurarse entre la niebla. «Ten una buena vida». Qué deseo tan extraño para alguien que solo estaba buscando cómo terminar la suya.
Giré sobre mis talones. Di los últimos pasos hasta cruzar la barrera arbórea; el olor penetrante de la tierra húmeda y la madera mojada me golpeó de frente, mezclándose con el viento helado que bajaba de la cordillera. A mis espaldas, la ciudad y sus luces se convirtieron en un recuerdo lejano, un murmullo gris que ya no me pertenecía. La lluvia caía con intensidad y subía poco a poco. Mis botas negras desgastadas se llenaron de barro mientras cruzaba la sombra de los primeros árboles; no me detuve ni tuve la fuerza para mirar atrás. Todo mi hogar, mi vida... ¿vida? Creo que nunca conocí lo que significaba vivir; dejé atrás la casa que siempre odié llamar «hogar» y caminé directo a la oscuridad del bosque, ya estaba lista para desaparecer.








