ACTO I
El agente especial Evan Wu se detuvo en seco, incapaz de apartar la mirada de la escena, los vellos se le erizaron y un escalofrío helado le recorrió la columna, obligándolo a contener el aliento.
El olor putrefacto que se desprendía de los rincones del lúgubre recinto le resultó casi insoportable, estuvo a punto de abandonarlo pero no lo hizo; era su deber estar ahí. El estómago se le contrajo de golpe y la oleada de asco le subió hasta la garganta, obligándolo a tragar saliva para no vomitar.
Mientras observaba una vez más el dantesco escenario, contempló a los técnicos del ERT salir de la cocina transportando los indicios biológicos en bolsas de traslado. En ese momento, se lamentó silenciosamente.
Estaba de pie frente a la sala de estar, un espacio que ya había sido fijado fotográficamente y del cual se habían tomado muestras con hisopo para el levantamiento de fluidos. Las esperanzas de hallar al autor de aquellos actos inhumanos se desvanecieron con la misma rapidez con la que el aire limpio se extinguía en la habitación.
El joven agente se adentró en la estancia y realizó una meticulosa inspección ocular, llevaba los guantes de nitrilo ceñidos desde que cruzó el umbral de la propiedad. Tras recorrer el perímetro, dejó escapar un suspiro: no había rastro de actividad reciente. Encendió su linterna; al pasar el haz de luz blanca por la penumbra, vio que el polvo cubría las cortinas y que las paredes tenían manchas de moho. Al dirigir la luz hacia el centro del lugar, distinguió un sofá grisáceo. Sobre uno de los cojines se apreciaban unas cuantas manchas oscuras, de un tono pardo y opaco que delataba la presencia de sangre seca.
Buscó con la linterna algún detalle extra que a los especialistas en escena del crimen se les hubiera escapado, pero no había nada más; solo las manchas. El orden en la sala de estar resultaba perturbador; todo parecía deliberadamente puesto en su sitio, un contraste inquietante con la violencia que los peritos aún procesaban en la cocina.
Aquella puesta en escena rozaba lo inverosímil; no parecía el resultado de un impulso, sino el rastro de un comportamiento frío y sumamente organizado. El panorama era tan absurdo que costaba asimilarlo como parte de la realidad.
A sus veintisiete años, Evan se había preparado a conciencia en Quantico para el horror cotidiano del oficio, pero nada de lo que había visto antes lo había dotado de defensas contra la magnitud de lo que tenía enfrente. A pesar de la densa atmósfera, se negó a dar un paso atrás; necesitaba un indicio clave que confirmara el patrón de los crímenes anteriores y conectara este escenario al mismo expediente federal.
Tras concluir la inspección ocular, lo confirmó: el modus operandi era el mismo. La escena carecía de indicios transferibles; aquel sujeto nunca dejaba una huella latente o muestra biológica que lo vinculara directamente. Eso era lo que hacía que las investigaciones se dificultaran tanto: estaba detrás de un autor sin identidad. Esa era una de las dificultades de este caso.
Parecía ir en la misma dirección una y otra vez, sin comprender la mentalidad de este autor anónimo ni el verdadero propósito detrás de sus acciones; un comportamiento motivado, además, por un evidente deseo de llamar la atención.
El agente mantuvo la linterna encendida en su mano derecha, cuidando que los bordes de su chamarra táctica no rozaran las paredes del sombrío pasillo. Avanzó con paso firme por ese tramo —un área crítica de tránsito sumida en la penumbra donde el ERT ya había concluido el levantamiento electrostático de huellas de calzado en el polvo y la fijación de los patrones de goteo hemático—, desplazándose con extremo cuidado, esquivó a los técnicos que terminaban de retirar las luces forenses de los accesos altos, asegurándose de no alterar los testigos métricos ni violar el aseguramiento de la escena.
Pidió confirmación visual al líder del ERT antes de acercarse. Al detenerse justo frente al umbral del dormitorio, notó cómo un fino rayo de luz solar se filtraba a través de las cortinas polvorientas, generando un destello anómalo sobre una de las almohadas que captó de inmediato su atención. Sin dudarlo, entró a la habitación, un espacio gélido e impregnado de humedad.
Una vez dentro, el haz blanco de su linterna barrió de inmediato la austera disposición del lugar: una cama, dos mesas de noche, algunos cuadros colgados y un librero.








