prólogo part.1
Mucho antes de que el tiempo tuviera nombre...
Mucho antes de que la luz de las estrellas besara por primera vez los mundos...
En lo más profundo y primordial de la existencia, donde el cosmos aún guarda secretos que ni los dioses osan pronunciar, existía Bhell.
No era un dios.
No era un demonio.
Bhell era el aliento anterior a la creación. La sombra que danzaba antes de que existiera la luz. Un ser sin tiempo, sin forma, sin principio... y sin muerte.
Los sabios de la constelación de Lyra, aquellos que contemplaban el universo no con los ojos, sino con el alma, dedicaron siglos a una única obsesión: atrapar lo inatrapable. Anhelaban anclar el poder absoluto a esta frágil realidad. Anhelaban domar a Bhell.
Tras un pacto directo con aquella entidad, Bhell accedió a anclar una parte de su poder en este plano de existencia.
Y así lo lograron.
En un ritual que hizo temblar los cimientos del firmamento, fracturaron la esencia del Primordial. Aquella chispa de poder infinito fue sellada, no en oro, ni en gemas, ni en acero forjado por manos mortales...
Sino en los huesos de la última criatura cósmica de su especie.
Una bestia majestuosa, hoy extinta. Sacrificada para que su esqueleto se convirtiera en la prisión eterna del poder absoluto.
El artefacto fue creado.
El poder fue contenido.
Y Bhell, bajo términos desconocidos incluso para las generaciones futuras de lyrianos, cedió parte de su poder a una máscara. Sin embargo, solo aquellos que fueran compatibles genéticamente podrían utilizarla.
—O, al menos, eso es lo que cuenta la leyenda... —comentó un hombre a su hijo, que descansaba sobre sus hombros mientras ambos, junto a cientos de espectadores, observaban la ceremonia del Patriarca.
El ambiente en la gran sala del consejo era solemne y pesado. Enormes columnas de piedra sostenían la estructura y, al fondo del recinto, el Patriarca permanecía sentado en su trono, flanqueado por sus seis generales más poderosos.
Frente a ellos, Mitsuru avanzó con paso firme hasta detenerse en el centro del salón. A su alrededor, una multitud de lyrianos observaba expectante. Aquella sería la primera misión con la que su civilización comenzaría a mover sus piezas.
—Mitsuru —comenzó el Patriarca, cuya voz resonó por toda la sala—. Has sido llamado porque tenemos una misión para ti. Una que sabemos has esperado durante mucho tiempo.
El público estalló en vítores al escuchar el anuncio.
Mitsuru, acompañado por sus dos estudiantes, Ryoma y Naomi, permaneció en silencio. Su expresión seguía siendo imperturbable, aunque la tensión en su cuerpo delataba la emoción que intentaba ocultar.
El Primer General tomó la palabra.
—Tu nueva misión consiste en viajar al Planeta Cárcel para liberar a Takeshi. Sabes perfectamente que ese planeta es una zona de alto peligro. Sin embargo, debemos correr ese riesgo. Rescatar a Takeshi será de gran ayuda para lo que está por venir.
—Entiendo —respondió Mitsuru sin vacilar—. No tengo ningún inconveniente en ir. ¿Cuándo debo partir?
—Mañana al amanecer —sentenció el Tercer General.
Los lyrianos levantaron los brazos y comenzaron a corear el nombre de Mitsuru.
—Bien. Estaré listo.
Mitsuru hizo una leve reverencia al Patriarca y al público antes de disponerse a marcharse junto a sus alumnos.
—Mitsuru, no irás solo —añadió el Tercer General, obligándolo a detenerse.
Mitsuru giró lentamente.
—La masacre provocada por Kira acabó con una gran parte de nuestra población. Ya no disponemos de suficientes guerreros.
Aquellas palabras cayeron sobre él como un balde de agua fría.
Los ojos de Mitsuru se abrieron de par en par, perdiendo la compostura por primera vez.
A su lado, Ryoma y Naomi intercambiaron una mirada. En ambos brilló una mezcla de emoción y determinación.
—¡Pero si no están listos! —protestó Mitsuru, elevando la voz—. ¡Puedo enfrentar cualquier amenaza por mi cuenta! Y si las cosas se complican, recurriré al poder de la máscara de Bhell si es necesario... ¡Pero no los involucren!
El Cuarto General intervino con un tono glacial, casi clínico.
—Mitsuru, desconocemos cuánto ha crecido el poder de Kira durante todos estos años. No podemos permitir que vayas solo y mueras en el intento; sería la perdición absoluta para nuestra raza. La máscara es nuestra única esperanza, y tú eres el único capaz de utilizarla.
El Quinto General puso fin a la discusión con una autoridad incuestionable.
—Si no aceptas las condiciones de esta misión, enviaremos a otro general en tu lugar... pero tus alumnos irán a ese planeta de todos modos. Es momento de que comiencen a adquirir experiencia en combate.
Mitsuru apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un dolor punzante en la mandíbula. Sus puños temblaban de impotencia. El silencio se adueñó de la sala durante unos largos segundos, hasta que finalmente dejó escapar un suspiro cargado de resignación.
—Está bien... —masculló entre dientes—. Aceptaré esta misión. Iré con ellos.
El Patriarca observó al grupo durante unos instantes. Antes de dar por concluida la audiencia, una curiosidad cruzó por su mente.
—Ryoma, Naomi... antes de finalizar esta reunión, me gustaría conocer las razones que los llevaron a convertirse en guerreros de nuestra civilización.
Ryoma dio un paso al frente. Sus puños volvieron a cerrarse con fuerza mientras los recuerdos del pasado afloraban en su memoria.
—¡Mi madre, señor! —respondió con firmeza—. Era muy pequeño cuando ocurrió la masacre que destruyó nuestro planeta original y apenas conservo recuerdos de ella... pero jamás olvidaré la forma en que mi madre me miraba. Quiero hacer justicia por su muerte.
El Patriarca asintió lentamente, conmovido por la determinación del muchacho. Después dirigió su mirada hacia Naomi.
—¿Y tú?
La joven bajó la vista por un instante, recordando la soledad que marcó su infancia.
—Mitsuru me salvó cuando era pequeña. Yo era huérfana... así que, cuando ocurrió la masacre de nuestro planeta, no perdí nada.
Hizo una breve pausa antes de levantar la mirada.
—Solo gané.
Una tenue sonrisa apareció en su rostro.
—Quiero demostrarle que puedo convertirme en la mejor guerrera de todas.
Mitsuru contempló a ambos con solemnidad. Conocía el peso que cada uno cargaba sobre sus hombros.
El Patriarca asintió con satisfacción.
—Excelente. Aférrense a esos motivos y recuérdenlos en los momentos más difíciles. Permitan que sean el combustible que alimente su voluntad. Mitsuru, Ryoma, Naomi... su viaje comenzará mañana al amanecer. No podemos perder más tiempo.
Con el peso de aquella responsabilidad sobre sus hombros, Mitsuru abandonó la Casa del Patriarca.
—Ryoma, Naomi... vayan a descansar —ordenó con voz serena, aunque cansada—. Mañana iniciaremos nuestra primera misión oficial en el Planeta Cárcel. Necesito que estén preparados para cualquier situación.








