Capítulo 1
El cristal de la botella de whisky barato estaba frío, pero no tanto como el aire que filtraba la ventana entreabierta de la comisaría de Valle Fiel. Tomás apretó los nudillos hasta dejarlos blancos antes de darle un trago largo, directo de la boquilla, sintiendo la quemadura familiar bajándole por la garganta hasta el estómago. Era una sensación agria y rasposa, la única medicina que desde hacía dos años lograba calmar el zumbido constante que llevaba instalado detrás de sus orejas. Un zumbido que, en los días más oscuros, adoptaba el murmullo incesante de la voz de Mateo.
Dejó la botella sobre el escritorio de madera desgastada, ahogando un golpe seco contra el barniz picado. La base del cristal tapó una mancha redonda de café seco que llevaba ahí semanas, acumulando polvo junto a una pila de expedientes amontonados sin orden ni concierto. A sus cuarenta y dos años, el espejo del baño de la oficina ya no le devolvía la imagen del policía audaz que alguna vez fue en la capital; en su lugar, un hombre de ojeras profundas, barba cana de tres días y ojos inyectados en sangre lo miraba fijamente desde el cristal manchado.
Valle Fiel no era un lugar para Grandes Historias. Era un pueblo maderero enclavado en la falda de la sierra, hundido entre pinos centenarios y cubierto por una neblina densa que parecía no disiparse nunca del todo, ni siquiera en pleno verano. La rutina del jefe de policía local se reducía a mediar entre vecinos por desacuerdos de linderos, multar a algún muchacho por manejar a exceso de velocidad en la carretera principal o meter a un par de borrachos al calabozo las noches de pago de la maderera. Era un trabajo cómodo para un hombre destruido. Un lugar perfecto para dejarse apagar sin que nadie hiciera demasiadas preguntas.
Porque en Valle Fiel todos sabían lo que le había pasado al detective Tomás. Todos conocían la historia de la noche del accidente.
Tomás pasó la palma de la mano por su rostro, sintiendo el raspón áspero de la barba. Sus ojos viajaron hacia el rincón del escritorio donde descansaba un pequeño marco de madera astillada. En la fotografía, un niño de seis años con un chaleco azul sonreía a la cámara, mostrando un hueco en los dientes frontales mientras sostenía una caña de pescar improvisada con una vara de sauce. Mateo. La única razón por la que Tomás había comprado esa vieja casa en las afueras, la única razón por la que solía sonreír antes de que todo se fuera al demonio.
“Un fallo en los frenos”, habían concluido los peritos de la policía estatal aquella noche de lluvia torrencial. La camioneta se había salido de la curva del paso de la montaña, rodando trescientos metros por el barranco. Tomás recordaba fragmentos dislocados: el sonido del metal retorciéndose, el olor acre a gasolina y humedad, la sirena de la ambulancia lejana... y después, la nada. Se había despertado en la cama de un hospital con la pierna fracturada, las costillas rotas y la noticia de que el pequeño cuerpo de su hijo había sido extraído del amasijo de hierro sin vida. Un desafortunado accidente. Una tragedia absurda de las carreteras de la sierra.
Desde entonces, la casa de Tomás se había vuelto un museo del silencio. Los juguetes seguían en una caja junto a la chimenea, juntando moho y polvo; la bicicleta con llantas de entrenamiento continuaba recargada contra la pared del garaje. Tomás no tocaba nada. Se limitaba a llegar a medianoche, servir agua para el perro que ya ni siquiera le salía a recibir, tomar hasta perder la memoria y despertar al día siguiente para repetir el ciclo.
Fuera de la oficina, la lluvia de medianoche golpeaba con fuerza los cristales, un repiqueteo rítmico que amenazaba con adormecerlo sobre los papeles.
El teléfono de baquelita negra sobre la mesa sonó con un estrépito metálico que hizo que Tomás diera un brinco en la silla. El sonido retumbó en las paredes desgastadas del recinto policial como una alarma de incendio. Tomás miró el aparato con rechazo antes de estirar el brazo con lentitud y descolgar.
—¿Sí? —su voz salió rasposa, pesada, masticando las palabras con dificultad por efecto del alcohol.
—Jefe... tiene que venir. Encontraron otro.
La voz del joven oficial Morales no sonaba como la de un policía. Sonaba como la de un niño asustado. Morales llevaba menos de un año en la fuerza local, graduado de la academia de la ciudad con honores y lleno de ideas sobre el deber que no encajaban en un pueblo como aquel.
—¿De qué hablas, Morales? —Tomás talló sus ojos con los dedos, tratando de enfocar la vista en el reloj de pared. Eran las doce y cuarenta de la noche—. Explicate bien.
—En la vieja molienda, jefe. Cerca del cauce seco del río —el muchacho respiraba agitadamente, con el sonido del viento colándose por el auricular del radio portátil—. Es... es peor que el anterior. Tiene que venir ya.
Tomás cerró los ojos un segundo. Un frío helado, ajeno a la temperatura de la habitación, le recorrió la espina dorsal. Era el segundo niño en menos de un mes.
Tres semanas atrás, el pequeño Leo, un niño de nueve años que vivía en una finca de manzanas en el límite sur del pueblo, había sido encontrado flotando en el canal de riego. En su momento, el médico legista local —un veterano de setenta años que no hacía una autopsia seria desde hacía décadas— declaró que se trataba de un ahogamiento accidental. Dijeron que el niño se había resbalado jugando cerca del borde. Tomás, sumergido en su propia bruma alcohólica, no había cuestionado la versión oficial. Había firmado los papeles para cerrar el expediente y entregado el cuerpo a los padres devastados.
Pero esto ya no parecía una coincidencia.
Tomás se levantó de la silla con cierta torpeza, tomándose un segundo para afirmarse en el borde de la mesa hasta que el mareo pasó. Se enfundó el abrigo de cuero desgastado, agarró su linterna pesada y la linterna de repuesto, y salió a la noche helada.
El trayecto en la patrulla fue un borrón de luces rojas y azules rebotando contra los troncos húmedos de los pinos. El limpiaparabrisas apenas daba abasto contra el torrencial que caía de los cielos. La molienda abandonada era un edificio de piedra y madera podrida que llevaba décadas sin usarse, ubicado a un par de kilómetros de las últimas casas de Valle Fiel. El olor a pino mojado y tierra en descomposición se volvía más intenso a medida que se acercaba al sitio, mezclándose con la neblina densa que ascendía desde el lecho del río.
Al llegar, encontró la camioneta de Morales aparcada con las luces de emergencia encendidas. El joven oficial estaba de pie junto al portón de madera rota, vistiendo un impermeable amarillo que le quedaba grande. Tenía la cara pálida y le temblaban las manos mientras sostenía una linterna de mano.
—Está adentro —dijo Morales con la voz quebrada en cuanto Tomás bajó del vehículo, ajustándose el cuello del abrigo contra el viento frío—. Es la pequeña Sofía... la hija de don Ramón, el panadero. Desapareció el martes por la tarde cuando regresaba de la escuela.
Tomás caminó hacia la estructura sin decir palabra. El suelo de la molienda estaba cubierto de serrín húmedo, hojas secas y basura acumulada por los años. La luz de su linterna cortó la oscuridad, iluminando las vigas de madera podridas y los restos de maquinaria herrumbrosa.
Al fondo, junto a una rueda de molino de piedra cubierta de moho, yacía el cuerpo.
Estaba parcialmente cubierto por una lona plástica que Morales había colocado para evitar que el agua que goteaba del techo arruinara la escena. Tomás se agachó junto a la víctima. El olor acre e inequívoco de la muerte reciente flotaba en el aire cerrado. Al levantar el plástico con cuidado, un latigazo de náusea y culpa le oprimió el pecho con la fuerza de un tornillo de banco.
La niña llevaba un uniforme escolar manchado de barro. Tenía los ojos cerrados, la piel de un tono céreo y los labios amoratados. Por un segundo vertiginoso, la imagen de la niña pálida se solapó en la mente de Tomás con el recuerdo del rostro de Mateo en la morgue de la ciudad, provocándole un brote de sudor frío en la nuca. La habitación pareció girar a su alrededor.
Se obligó a respirar por la boca, cerrando los puños para clavar sus uñas en las palmas y aferrarse a la realidad. Concentración. Necesitaba concentración.
Se inclinó sobre el cadáver. La causa de muerte evidente era una fuerte contusión en la parte posterior del cráneo, pero no había señales de lucha violenta o agresión física evidente en el resto del cuerpo. Las prendas estaban ordenadas, casi de forma pulcra. Fue al revisar los brazos de la menor cuando algo llamó poderosamente su atención.
En la muñeca izquierda de la niña, la piel estaba ligeramente lacerada. Tomás acercó la potente luz halógena de su linterna hasta quedar a escasos centímetros de la superficie cérrea de la piel.
Ahí, justo encima del hueso de la muñeca, había una marca fina, trazada con una precisión casi quirúrgica. No era un raspón accidental provocado por una caída o una rama. Era un corte limpio, hecho con una navaja o un bisturí: una pequeña figura en forma de triángulo invertido, con una incisión vertical recta que cruzaba la figura por el centro.
—Morales —llamó Tomás. Su voz no sonó rasposa esta vez; la sobredosis de adrenalina había disipado la bruma del whisky de un plumazo—. Morales, ven aquí.
El joven oficial se acercó despacio, tratando de no mirar directamente la cara de la niña.
—Vuelve a la patrulla —ordenó Tomás sin levantar la vista del corte—. En el asiento trasero hay una carpeta azul con las fotografías que tomamos del caso de Leo, el niño del canal. Traela. Ahora mismo.
—Jefe... pero los peritos de la ciudad dijeron que el niño del canal se había ahogado. Dijeron que los raspones eran de las rocas...
—¡Dije que traigas las malditas fotos! —gritó Tomás, girando la cabeza con una mirada tan feroz que el oficial dio un paso atrás antes de darse la vuelta y correr hacia la salida.
Tomás se quedó a solas en la penumbra de la molienda, escuchando únicamente el goteo constante del agua contra las piedras y el sonido de su propia respiración agitada. Volvió a examinar la muñeca de la niña. La incisión era idéntica a algo que había intentado ignorar tres semanas atrás.
Morales regresó a los pocos minutos, jadeando y entregándole un sobre de manila amarillo con el sello de la jefatura. Tomás sacó las fotografías impresas en papel brillante del primer caso. Extendió las imágenes en el suelo húmedo, justo al lado del brazo de Sofía.
Acercó la linterna. En la foto del brazo del pequeño Leo, casi tapada por el lodo que el agua del canal había depositado sobre el cuerpo, se apreciaba la misma marca. El mismo triángulo invertido. La misma línea vertical atravesándolo.
No eran accidentes. No eran tragedias fortuitas de un pueblo tranquilo. Un cazador operaba en las sombras de Valle Fiel, alguien que elegía a sus víctimas con una frialdad metódica y dejaba su firma marcada en la carne antes de deshacerse de ellas.
El aire en los pulmones de Tomás se volvió de plomo. Un temblor incontrolable comenzó a apoderarse de sus manos, haciendo que la linterna bailara violentamente sobre el cuerpo de la pequeña Sofía.
Porque la confirmación de que un asesino en serie estaba cazando a los niños del pueblo no era lo peor que rondaba por la mente del detective en ese instante.
Lo peor, el verdadero terror que le heló la sangre hasta hacerle sentir que se sofocaba, era que Tomás conocía esa marca a la perfección. La había visto antes. La había examinado con sus propios ojos hacía exactamente dos años, grabada de la misma forma limpia y quirúrgica en la muñeca izquierda del cadáver de su propio hijo.








