PRÓLOGO
Prólogo
La tormenta no pedía permiso.
Caía sobre las Torres de Thalassar como una sentencia, desgarrando el cielo negro con venas de luz blanca y azul. El trueno no era un sonido: era un latido. Un latido antiguo, hambriento, que hacía temblar los huesos de la montaña y las cicatrices de quienes gobernaban desde lo alto.
En lo más alto de la Torre del Rayo, Kaelith Stormbane observaba.
Descalzo sobre la piedra fría, con el torso desnudo y las marcas de antiguos relámpagos brillando bajo la piel como ríos de plata viva. El viento le azotaba el cabello oscuro contra el rostro. Cada vez que el cielo se abría, la magia respondía en su sangre: un tirón profundo, casi doloroso, que le recordaba lo incompleto que estaba.
—Todavía no —susurró la tormenta dentro de él—. Todavía no es suficiente.
Habían pasado tres generaciones desde el último Conducto. Tres generaciones de poder menguante. Las otras cortes ya olían la debilidad. La Corte de las Sombras enviaba emisarios con sonrisas de cuchillo. La Corte del Hielo observaba desde sus glaciares. Y la Reina Viuda, su madre, apretaba cada vez más el collar invisible alrededor de su cuello.
—Trae al Conducto —le había ordenado esa misma noche, con la voz de quien no admite negativa—. O el trono se quedará sin heredero… y tú sin magia.
Kaelith cerró los ojos. En la oscuridad detrás de los párpados vio, como siempre, el destello.
Una mujer.
No tenía rostro todavía. Solo una silueta contra el rayo. Cabello suelto. Una marca en la clavícula que latía al mismo ritmo que la tormenta. Y una rabia tan viva que casi podía saborearla.
La magia del trueno no elegía por debilidad. Elegía por resonancia. Por hambre. Por algo que se parecía demasiado al deseo.
Abrió los ojos. El siguiente rayo cayó tan cerca que el aire olió a ozono y a hierro quemado. La piedra bajo sus pies vibró. En algún lugar del mundo mortal, muy lejos de las Torres, una joven se despertaría con el pecho ardiendo y el sabor a tormenta en la boca.
Kaelith sonrió, lento, sin alegría.
—Te encontraré —prometió a la oscuridad, a la tormenta, a ella—. Y cuando lo haga… no habrá cielo lo bastante alto para que escapes.
El trueno respondió con un rugido que hizo temblar las torres enteras.
En el reino de los Fae del Trueno, el deseo y el poder siempre habían sido la misma cosa.
Y esa noche, por fin, la tormenta había empezado a buscar.








