Deseo Inquebrantable by Danimaru_ken at Inkitt
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Deseo inquebrantable

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Summary

En un país ficticio europeo del siglo XVI, donde la oscuridad y el oro se entrelazan en una época de conquistas y persecución, la vida de Schonn, un bello chico vagabundo, cambia para siempre cuando conoce a Sebayos, un noble joven atractivo y carismático. A medida que su amistad se convierte en algo más, su suerte cambia drásticamente al conocer al príncipe Edel, un noble valiente y leal que se convierte en su mejor amigo. Sin embargo, su felicidad es efímera, ya que Sebayos está atrapado en una relación tóxica con el capitán Spanker, un hombre imponente y dominante que no permitirá que Sebayos se acerque a Schonn. Spanker hará todo lo posible para mantener a Schonn alejado de Sebayos, poniendo en peligro la vida del joven callejero. Con la ayuda del príncipe Edel y su grupo de amigos talentosos y valientes, Schonn deberá enfrentar los desafíos y peligros que se presentan para estar con el joven que ama. ¿Podrán Schonn y Sebayos encontrar la felicidad que tanto anhelan en un mundo hostil y peligroso? Descubre la fascinante historia de amor, aventuras y acción que te llevará a un mundo de intriga y pasión.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Un encuentro inesperado.


"La esperanza es la fuerza que nos impulsa a seguir adelante, incluso en los momentos más dificiles. "


Una mañana soleada, luego de un brusco invierno, la aldea despertaba a la vida. Los aldeanos y granjeros salían a trabajar y hacer sus deberes, mientras los pastores guiaban a sus ovejas al rebaño con un ritmo lento y constante.



Los comerciantes, con sus cestas y mercancías, partían para vender sus productos en las calles y plazas, llenando el aire con el murmullo de las negociaciones y el olor a pan fresco. Los soldados, con sus armaduras relucientes, se desplegaban por las calles de la ciudad, listos para vigilar y mantener el orden.

En el taller de los herreros, el sonido de los martillos golpeando el yunque resonaba en el aire, mientras dos hombres fornidos trabajaban en la forja de herramientas y armas. En el restaurante, el cocinero abría su negocio, preparando el menú del día y calentando el horno para cocinar deliciosos platos. Mientras tanto, un carpintero comenzaba a elaborar obras en madera, tallando intrincados diseños y patrones en sus creaciones.

En un rincón de la aldea, un chico misterioso salía de su casucha, estirando sus brazos y bostezando después de una noche helada. Con un aspecto algo descuidado, caminaba por un sendero, recibiendo el sol en su rostro para calentarse un poco. Se detuvo por un momento, apoyándose en una cerca de madera, y contempló la aldea con una mirada pensativa. Pero luego, su mirada se desvió hacia el castillo que se erguía en lo alto, donde habitaba el Rey y los príncipes que gobernaban el feudo. El chico comenzó a imaginar qué pasaría si algún día tuviera la oportunidad de entrar en aquel majestuoso palacio, de conocer a la realeza y de ser parte de su mundo. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de curiosidad y anhelo, mientras se perdía en sus pensamientos y fantasías.

Aquel personaje misterioso se destacaba en la distancia, con solo sus bellos ojos y una parte de su cabello rubio visible bajo la capucha que cubría su cabeza.

Su mirada estaba fija en el castillo, sin saber que estaba a punto de conocer a alguien que cambiaría su vida para siempre.

En el interior del castillo, el rey Gericht Gottlich recorría la galería alta con paso lento, acompañado de su consejero y dos escribanos que cargaban papeles. La galería ya no era la piedra desnuda de los viejos tiempos, las paredes estaban cubiertas de tapices flamencos y la luz de la tarde entraba coloreada por los vitrales, dibujando manchas rojas y azules sobre el suelo. Hablaban en voz baja de asuntos del Consejo, del nuevo edicto sobre el grano, del tributo que aún no llegaba del norte y de los rumores de herejía que se habían levantado en una aldea del valle, cosas que podían quebrar la paz del reino si no se atajaban a tiempo. Cuando la conversación cayó sobre la sucesión y el futuro de la corona, el rey se detuvo en seco y miró hacia el patio.

— ¿Dónde está mi hijo Edel? — preguntó, sin ocultar la impaciencia.

— En el patio bajo, majestad — respondió el consejero de inmediato —. Está en el ejercicio de armas con la guardia.

— Llévenme con él — ordenó el rey, y siguió caminando.

En el patio de armas, más cuidado que en la época de sus abuelos, con suelo de piedra y una fuente al centro, Edel practicaba esgrima. El ruido del acero resonaba contra los muros. Ya había desarmado a tres guardias que se apartaban a un lado, con la respiración agitada. Quedaba el último, el más joven, que lo miraba fijo. Edel se movió rápido, con una finta corta, le trabó la muñeca y le hizo volar la espada por el aire. Antes de que cayera, le marcó el pecho con la punta, sin tocarlo, solo para cerrar el duelo. El guardia levantó las manos y bajó la cabeza en señal de derrota. Edel envainó su espada con calma y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

— Buen trabajo — dijo, con voz corta y tranquila.

Se pasó el antebrazo por la frente para limpiarse el sudor, la camisa blanca pegada al cuerpo, y caminó hacia la sombra del corredor con esa sonrisa suya, pequeña y satisfecha, como si nada de aquello le hubiera costado.

Edel tenía 21 años.

Era alto, de hombros anchos y cuerpo atlético, de esos que no necesitan mostrar fuerza porque se les nota en la forma de estar de pie, en la espalda recta, en cómo toma una jarra o abre una puerta. Años de entrenamiento se le veían sin que tuviera que decirlo.

Llevaba el cabello largo, castaño oscuro, casi negro cuando no le daba la luz, suelto sobre la espalda. Eso le daba un aire salvaje, un poco indomable, que contrastaba con la ropa fina que vestía. Parecía a la vez noble y forastero en su propia casa.

Su mirada era lo que más imponía. Intensa, fruncida, no por enojo sino por costumbre, como si siempre estuviera evaluando, midiendo, esperando encontrar a alguien que valiera la pena. Cuando miraba fijo, daba la impresión de que podía ver más de lo que uno quería mostrar.

El rostro lo tenía anguloso, varonil, marcado por una determinación tranquila. Y en los labios casi siempre esa sonrisa suya, pequeña, arrogante sin ser cruel, la sonrisa de quien está acostumbrado a salirse con la suya no a gritos, sino con paciencia.

No hacía nada para llamar la atención. No lo necesitaba. Cuando Edel entraba a un lugar, el aire cambiaba un poco. La gente lo miraba sin querer, como se mira el fuego.

Edel se rió, una risa profunda que le salió del pecho y se le contagió a los guardias, y asintió con la cabeza mientras se sacudía el polvo de las mangas. Fue entonces cuando la voz del rey Gericht bajó desde el balcón del segundo piso, que daba directo al patio de armas. Los soldados, al oírlo, se inclinaron de golpe, y el sol de la tarde hizo brillar sus espadas y sus petos todavía abollados por la práctica.

— ¡Muy bien, hijo mío! — dijo el rey, con esa voz grave y orgullosa que parecía llenar todo el patio —. Eres un hábil espadachín, no hay duda. Has mejorado bastante desde la última vez que te vi luchar.

Edel, a diferencia de los demás, se mantuvo erguido, con el pecho todavía agitado y la mirada fija en su padre allá arriba, sin bajar la cabeza. Tenía la frente perlada de sudor y la camisa pegada a la espalda.

— Pero necesito que no te distraigas! — continuó el rey, y su tono se hizo más serio —. Concéntrate en tus deberes, en lo que de verdad importa. En tu matrimonio con la hija del otro feudo. De eso depende la paz entre nuestras tierras.

Edel tomó aire y asintió, esta vez más despacio.

— Sí, padre. Solo quería entrenar un poco, no perder la mano con la espada. No me gusta quedarme quieto sin hacer nada. — dijo, con esa sinceridad suya que a veces sonaba a excusa y a veces a desafío.

El rey Gericht lo observó desde lo alto y, al final, se le suavizó el rostro y sonrió con orgullo.

— Está bien, lo entiendo. Pero la responsabilidad va primero. Serás el próximo rey y tu gente te mira, no puedes quedar mal ante ellos. Ahora ve y cámbiate, que estás sudado y pronto llegará la princesa con los invitados importantes de tu boda. Vendrán a saludarlos y a felicitarlos. — concluyó, haciendo un gesto con la mano para despedirlo.

Edel no dijo más. Asintió por última vez, se colgó la espada al cinto y se marchó del patio con paso firme, dejando atrás el brillo de las armaduras y el murmullo de los soldados.

Unas horas después, la princesa Amanda Dunkel hizo su aparición. No hizo falta que la anunciaran. Su vestido rozó el suelo como seda y todas las miradas se volvieron hacia ella sin querer.

Saludó a Edel con una reverencia corta, elegante. Llevaba un traje de corte majestuoso, oscuro, con bordados de plata que prendían luz cada vez que pasaba cerca de una vela. El cabello rubio le caía suelto por los hombros, todavía un poco revuelto por el frío de afuera. Era de estatura media, de rasgos finos, de esa belleza que hace que uno se quede mirando un segundo más.

Amanda era la imagen misma de la realeza.

Edel le tomó la mano. Se inclinó un poco hacia ella y le dijo en voz baja:

— Princesa, qué bella te ves. ---

Amanda se sonrojó. Un rubor suave le subió por las mejillas y sonrió, conteniendo la risa.

— Gracias. Lo tomaré como un cumplido! — respondió, y le rozó el rostro con la mano, apenas un toque — ¿Cómo te sientes? Pronto nos casaremos y seré tu esposa. Ocuparás el trono de tu padre. Yo estoy ansiosa de que llegue ese día. ---

Edel se quedó en silencio. La miró, pero su mirada se fue un poco más lejos. No le importaba el trono, ni el legado de su padre. No quería poder. Quería algo más simple y más difícil: ser feliz de verdad y que lo quisieran por lo que era, no por la corona que iba a heredar.

No era una persona codiciosa ni de grandes ambiciones mundanas, sino un hombre que, con una determinación silenciosa, lucharía por la justicia y el bienestar del pueblo, como si su corazón estuviese sintonizado con los latidos mismos de aquellos a quienes serviría. Su silencio fue elocuente, un espacio donde parecían resonar las verdaderas intenciones de su alma, lejos del ruido de las expectativas externas

— Estoy contento y orgulloso de seguir los pasos de mi padre en el trono y de darte la mayor felicidad posible! — dijo Edel, tratando de contentarla, con esa voz suya que quería sonar segura pero se le notaba un poco forzada. La princesa lo miró y sonrió, con dulzura.

— Vamos. — le dijo, tomándolo del brazo con suavidad — que no tardan en llegar los invitados para felicitarnos! ---

Ambos se dirigieron a la sala principal del castillo, donde ya los esperaban para celebrar a los futuros reyes. La sala estaba en penumbra, cálida, iluminada por antorchas altas y por candelabros de muchas velas que hacían temblar la luz sobre las paredes. Los tapices carmesí colgaban pesados y las sombras se mecían sobre ellos como si respiraran. En el aire flotaba el olor a incienso y a cera de abeja derretida, mezclado con los perfumes raros que traían los dignatarios de afuera, un aroma dulce y un poco ahumado que hacía que todo se sintiera más solemne. Edel y Amanda tomaron asiento en sus sitiales de ébano tallado, con finos motivos de oro que atrapaban la luz del fuego y la devolvían en destellos pequeños. Estaban juntos, con el rostro sereno y majestuoso, conscientes de que todos los ojos estaban puestos en ellos. Desde la gran puerta empezó a entrar la fila de invitados, una hilera larga y lenta que cruzaba el salón, gente llegada de los confines del reino y de tierras más allá del mar, con capas bordadas y joyas que sonaban al caminar, todos acercándose para felicitar la unión.

Duques de noble estirpe, condes de mirada penetrante y otros señores de alta alcurnia avanzaban con sus mejores galas, brocados traídos de Italia, terciopelos oscuros y armiños blancos que susurraban al roce de cada paso. Desfilaban con medida ante los reales anfitriones, y en cada semblante se leía la huella de su linaje y en cada palabra, escogida con cuidado, el deseo sincero de felicidad para los príncipes que pronto se casarían.

Uno por uno se acercaban con reverencia contenida al estrado donde Edel y Amanda, radiantes en su futura unión, recibían las congratulaciones. Él con un gesto elegante de la cabeza, ella con una sonrisa medida, y los dos con las manos entrelazadas sobre el apoyabrazos, un gesto sencillo que ya sellaba ante todos el vínculo que pronto harían ante el reino y ante Dios.

La sala, adornada con cortinajes de púrpura que caían pesados y lisos sobre los muros de piedra gris, estaba viva con el murmullo bajo de conversaciones en varias lenguas, ese susurro colectivo de la corte que va y viene, mezclado con el tintineo discreto de las joyas y el roce lujoso de las telas. Candelabros de plata cincelada sostenían velas altas cuyo fuego proyectaba destellos temblorosos sobre las armaduras ceremoniales y hacía centellear las piedras en pechos y gargantas, como un cielo de estrellas bajas dentro del salón.

Cada detalle parecía puesto para que la noche se sintiera grande, donde el pasado y el presente se tocaban en el mismo aire. Un manto de expectación dulce envolvía a todos mientras la noche avanzaba, sin prisa, hacia el corazón de la celebración: la unión de Edel y su princesa, un lazo que iba a entretejer el destino del reino.

El Heraldo, con voz potente que resonó como un trueno contenido en los muros de piedra del gran salón, anunció la llegada del Marqués Lucius Chamberlain, cuya figura elegante emergió de entre la multitud como una estatua viviente envuelta en terciopelo azul noche y adornada con hilos de plata que destellaban bajo la luz trémula de las antorchas. Se acercó a los príncipes con una sonrisa cálida y genuina, sus ojos claros irradiando una afabilidad que pareció disipar momentáneamente las sombras que danzaban en los rincones del recinto. —Mis más sinceras felicitaciones a los dos jóvenes y futuros reyes de este palacio — exclamó mientras se inclinaba con una gracia formal que denotaba su larga experiencia en los protocolos de la corte—. Que su unión sea el cimiento de una era de prosperidad y paz para nuestro amado reino. Ambos príncipes sonrieron con evidente agrado y dieron las gracias al Marqués, cuyas palabras fueron recibidas como un bálsamo de benevolencia en aquel ambiente cargado de expectativas. A continuación, el heraldo proclamó con solemnidad la llegada del Duque Santiago adams y su esposa Kristine, quienes se aproximaron con el porte digno de quienes ostentan un linaje antiguo y honorable. El Duque, ataviado con un jubón de brocado dorado que parecía absorber y reflejar la luz a un tiempo, habló con voz grave y cordial: —Jóvenes príncipes, les deseo lo mejor y que esta boda sea digna para ustedes y traiga felicidad al reino. Que los lazos que hoy se estrechan fortalezcan el tejido de nuestro noble dominio y bendigan a nuestros súbditos con paz y abundancia! --- El Duque hizo una reverencia medida, mientras su esposa Kristine, con un rostro sereno y ojos brillantes como estrellas en una noche clara, sonreía con calidez, transmitiendo una sensación de apacible benevolencia. Los príncipes agradecieron al noble Duque y su esposa, quienes se retiraron con una sonrisa que pareció dejar un rastro de serenidad en el aire.

Luego el heraldo se detuvo un instante, como si le costara pronunciarlo, y su voz bajó un tono, más seca, y anunció la llegada del Conde y Capitán de la Galera del Rey, Spanker Henderzon. Su nombre no sonó como los demás, cayó pesado en el salón. Las conversaciones se cortaron de golpe, los brindis quedaron a medias y hasta el tintineo de las copas se apagó. El aire se tensó.

Por la puerta grande apareció Spanker. No era como los otros nobles. Joven, de rostro andrógeno y serio, sin una sola sonrisa, con una mirada penetrante que no pedía permiso y dejaba clara su superioridad. Vestía todo de negro, un traje elegante pero temerario,. Al cinto llevaba su espada ropera, fina y limpia, más adorno que arma y a la vez más amenaza que ninguna otra.

Caminaba despacio, seguro de sí, con esa calma de quien sabe que todos lo miran. No traía olor a sal ni cuero gastado, traía elegancia afilada, la elegancia de quien se hizo conde y capitán en la galera del rey y ahora entraba a un salón de tierra firme como si fuera suyo. A su paso los duques y nobles se apartaban solos sin que él tuviera que pedirlo.

En la penumbrosa sala del Rey, donde las sombras parecían cobrar vida propia sobre los tapices de seda carmesí, el Príncipe Edel y la Princesa aguardaban sentados en sus tronos de ébano tallado, sus rostros serenos y majestuosos reflejando la gravedad del momento.

El gesto quedó en el aire y nadie se atrevió a romperlo. Spanker se acercó a los príncipes con paso medido, lento, y se inclinó apenas, rígido, sin quitarse el sombrero negro. No fue olvido. Frente al trono de ébano, aquello era afrenta. Un murmullo ahogado recorrió la sala. Los allegados se miraron entre sí, incómodos, algunos con la mano en la boca. Fue algo que sorprendió a los príncipes y a todos los presentes, porque nadie en aquel reino se atrevía a presentarse ante Edel y la Princesa sin descubrirse la cabeza. Fue entonces cuando pudieron verlo de cerca. Rostro juvenil, pálido, andrógino, serio, sin rastro de sonrisa, de una belleza que inquietaba. El cabello rojo, teñido, corto, con mechones sueltos cayendo sobre la frente, un rojo vivo que chocaba brutalmente contra el negro cerrado de su traje. Y en ese rostro pálido, dos líneas negras pintadas, rectas, bajando desde los ojos, que le daban un aspecto temible y misterioso, como marca de guerra.

Vestía todo de negro, jubón ajustado, capa, guantes, sombrero de ala ancha con plumas oscuras, botas de cuero de gran calidad y la ropera al cinto. Elegante, pero con una elegancia temeraria. Y la mirada, penetrante y fija, llena de superioridad, como si aun inclinado estuviera mirando a los príncipes desde arriba.

No pronunció una sola palabra, ni siquiera un saludo convencional. Solo se inclinó con rigidez, sin quitarse el sombrero, gesto que, como se había dicho, pareció una afrenta deliberada hacia los príncipes, un desafío silencioso a las normas de protocolo que regían aquel recinto.

A su lado, como una suerte de contraste humano, venía un joven de unos dieciocho años, de baja estatura y cabello negro azabache que le caía en ondas suaves sobre la frente, rozando apenas unas cejas finas.

También vestía de negro. El mismo negro que el Conde, pero no de la misma manera. Si el negro de Spanker era imponente, temerario y caro, hecho para desafiar, el del joven era menos intimidante, más formal y elegante, pulcro hasta el extremo, como un uniforme que no había elegido. Era el mismo tono, la misma sombra, y sin embargo se sentía como una marca. Como un sello que dijera sin palabras: “él es mío.” Aunque aquello no se mencionaba aún, se intuía. Su rostro era de una belleza androgena, sí, pero opuesta a la de su señor. Si Spanker era andrógeno frío, narcisista y cruel, de belleza que hería y sometía, la de él era clara, dulce y noble, de rasgos finos y sumisos que inspiraban una confianza inmediata, casi protectora.

Fue este joven quien, a diferencia de su acompañante, se quitó el sombrero con un gesto fluido y se inclinó profundamente ante los tronos, con un respeto tan sincero y abrumador que por un instante alivió la afrenta anterior. Su voz, suave y melodiosa, rompió el silencio incómodo que Spanker había dejado:

—El Conde y Capitán Spanker Henderzon les desea una vida próspera y alegre. ¡Que Dios los ilumine y les conceda larga vida! — dijo, manteniendo la mirada baja en señal de deferencia. El Príncipe Edel frunció levemente el ceño. No miraba al joven. Miraba a Spanker, desconcertado por su mutismo, por aquella superioridad muda.

—Agradezco el deseo. — dijo Edel, con tono medido que escondía la duda. — Pero me gustaría oírlo de su propia boca. ---

Entonces Spanker levantó la vista. Clavó sus ojos en Edel, dos puntos de hielo que parecieron penetrarle el alma y le dejaron un escalofrío apenas perceptible en la espina dorsal. Su rostro pálido, serio, marcado por esas dos líneas negras pintadas bajo los ojos, se tensó con un destello de molestia e irritación.

El joven de cabello azabache intervino con rapidez, como si temiera un desenlace incómodo, como si conociera de memoria lo que venía después:

—¡No, no! Mi señor se encuentra un poco mal de la garganta y no puede hablar, mi señor. ---

Spanker, sin embargo, pareció recuperarse con una velocidad antinatural. Tomó aire, y con una voz baja, rasgada y gutural que sonó como un trueno contenido, exclamó: —Mis... sinceras felicitaciones. ---

Luego se inclinó de nuevo, con una mezcla de arrogancia y desdén apenas contenido, y se retiró de la fila con pasos mesurados que parecieron resonar en el silencio. Y tras él, a un paso exacto de distancia, lo siguió el joven de negro, con el sombrero aún en la mano, sin atreverse a mirarlo.

Después de que todos los invitados felicitaron a los príncipes, el Rey se acercó a Edel y le preguntó cómo le había ido en el encuentro con los invitados. Edel respondió: --- Fue una experiencia algo inquietante... pero también me sentí bien y halagado. Siendo felicitado por los grandes monarcas y reyes de otros lugares! ---

El Rey se mostró contento y respondió: --- Oh, qué bien. Así me sentía yo cuando me casé por primera vez con su madre! ---

El príncipe Edel dejó su copa a un lado. --- pero... hubo un invitado que no encajaba. No habló en su presencia. Tenía la mirada... vacía. Ni siquiera se molestaba en mirarme. Como si todos le debiéramos algo. El heraldo dijo que era Conde y Capitán de la galera.---

El Rey Gericht no necesitó más.

--- Spanker Henderzon.---

Lo dijo como quien nombra una herramienta cara y peligrosa. --- Su padre le dio a este reino veinte años de rutas limpias. El hijo nos ha dado tres. Es arrogante, sí. Vanidoso, también. Pero desde que tomó el mando, ningún barco pirata se atreve a acercarse a nuestras costas. Y ningún remero se atreve a amotinarse. --- Edel frunció el ceño. --- He escuchado lo que hace en esa galera, padre. La gente en el puerto bajo dice que no regresa ni la mitad!. Que los latigazos se escuchan desde el muelle! --- Expresó edel. -- La gente en el puerto bajo siempre exagera! --- cortó el Rey, pero su tono se endureció. --- ¿Qué has escuchado exactamente? --- preguntó.

--- Que no es una prisión. Que es un cementerio con remos! ---

El Rey se levantó lentamente y caminó hasta el gran mapa del reino que colgaba detrás del trono. Puso un dedo sobre la costa, a varias horas a pie del castillo.

--- Está anclada justo aquí!. Y no Edel. No convierto a los prisioneros en esclavos. Pero, aún así, son asesinos, y ladrones que han derramado sangre, a los que tu abuelo encerraba seis meses y salían a reírse de nosotros. No tengo mazmorras suficientes para mantenerlos, ni pan para alimentarlos sin que el pueblo pase hambre. Pero sí tengo una costa llena de piratas. Así que sí, los encadeno a un remo. Reman para este reino. Y si soportan cinco años, les quito las cadenas. Vivos y libres. Eso es más de lo que ellos le dieron a sus víctimas!.---

Edel sintió un nudo en el estómago. No era estupidez, era la primera vez que entendía el precio real de la paz que siempre había dado por sentada.

--- ¿Y eso lo hace justo? --- murmuró.

--- No. Lo hace necesario. Que es distinto! --- respondió Gericht. --- Y esa es la diferencia entre un príncipe y un rey. El príncipe puede darse el lujo de querer ser justo. El rey tiene que cargar con lo necesario! --- El silencio se hizo pesado. Era una discusión que ninguno iba a ganar ejnese momento. El Rey lo miró de arriba abajo y su voz cambió. Ya no era el soberano explicando, era el padre golpeando donde duele. --- Hablas mucho de lo que es justo sin haber sostenido nunca una espada que pese más que la de entrenamiento. Quieres juzgar mi galera, mi capitán y mis leyes. Muy bien. Pero primero entiende lo que vas a defender!. ---

Caminó hasta él y le apretó el hombro. No fue un gesto cariñoso. Fue firme. --- Tu espada nueva está en la herrería. El maestro dijo que hoy la templa. Ve. Mírala! Sosténla!. Y pregúntate si con discursos vas a mantener a raya a hombres como Henderzon! O a los que Henderzon mantiene a raya por nosotros! ---

Edel apartó la mirada. No estaba animado. Estaba frustrado y con la cabeza a punto de estallar. Necesitaba salir de esa sala.

--- Iré! --- dijo secamente. “Necesito aire! --- No esperó permiso. Tomó su capa y salió. Minutos después, el portón del castillo se abrió y su caballo cruzó el puente hacia la ciudad, con la escolta detrás. En su mente no estaba la espada. Estaba el sonido de los remos que nunca había escuchado, y la cara de aquel capitán que, sin saberlo, acababa de convertirse en su medida de todo lo que no quería ser.

Mientras cabalgaba, Edel contempló el paisaje, disfrutando del viento en su rostro y del sol que brillaba en el cielo. Los soldados, firmes y sin bajar la guardia, escoltaron al príncipe, tres a cada lado y dos más en la retaguardia. Armados con espadas, lanzas y ballestas, portaban también sus escudos y vistieron unas formidables y elegantes armaduras plateadas al estilo romano.

Uno de los guardias, un hombre experimentado y conocedor del lugar, guió al príncipe hasta la forja. Los aldeanos se inclinaron y miraron con orgullo y admiración al príncipe Edel en su caballo. --- ¡Es el príncipe! --- exclamaron algunos aldeanos admirados de su presencia, como si vieran a un ser divino o un dios.

Edel se sintió un poco incómodo ante las personas que no dejaban de verlo, pero sonrió para disimular y no quedar mal ante ellos. Finalmente, llegaron a la herrería, que quedaba alejada de la ciudad, ya que era importante evitar un gran incendio en caso de que ocurriera algún incidente en la fragua.

El príncipe y sus hombres fueron recibidos por uno de los herreros, un señor alto de barba con pocas canas, cejas pobladas y un pañuelo en la cabeza. Su físico era impresionante, y su presencia irradiaba confianza y experiencia.

--- Soy Salbei Brann! --- se presentó el herrero, arrodillándose ante Edel. --- Soy el hijo mayor de mi padre, quien forjaba antes las armas para el Rey Gericht Gottlich. Es un honor recibirte en mi humilde taller, mi señor! ---

--- Ya, ya, es suficiente! --- dijo el príncipe Edel con una sonrisa. --- Por favor, levántate! Vine porque mi padre me recomendó visitarte y ver cómo va la elaboración de mi nueva espada. Me interesaría conocerla. ¿Puedo verla? ---

El herrero, Salbei Brann, sonrió y se levantó, abriendo paso al príncipe. --- Por supuesto, mi joven señor. Entre por favor! --- dijo mientras los soldados escoltaban la entrada de la herrería.

El herrero tomó una hoja de espada que brillaba con esplendor y hermosura. El bisel que formaba el despalme estaba perfectamente parejo, como la superficie del acero. El herrero le entregó la hoja con un paño para que los dedos del príncipe no tocaran la hoja y dañaran el pulido del metal.

El príncipe Edel quedó asombrado del trabajo y el acabado del acero. Sostuvo la hoja en la espiga de la espada, admirando su longitud y anchura. --- ¡Es bellísima! --- dijo. --- ¡En verdad es una obra de arte! ---

El príncipe le devolvió la espada al herrero y preguntó: --- ¿Para cuándo crees que estará completamente lista? ---

--- Mi joven señor, estará lista lo más pronto posible! --- respondió el herrero. --- Ya que el Rey me ordenó que debe estar antes de su coronación! ---

El príncipe asintió con entusiasmo. --- Está bien, esperaré con ansias mi nueva espada. En verdad te felicito, eres un gran armero. Cuando sea Rey, haré que tu taller sea más grande y tenga más herramientas para que puedas hacer las mejores espadas y lanzas en todo el mundo. Y te conseguiré nuevos asistentes que te ayuden en la elaboración de las armas! ---

--- Muchas gracias, mi joven amo! --- dijo el herrero con una sonrisa. --- Pero en realidad, tengo a mi hermano menor quien me ayuda en este taller. Con él es suficiente. Y un asistente que también nos ayuda. Pero mi hermano... no me ayuda casi nada. La mayoría de las veces se la pasa en la calle bebiendo y buscando problemas. Pero es un buen hombre. Si lo llegas a ver, por favor, hágale entender sus deberes.---

El príncipe Edel asintió con comprensión. --- Entiendo. Si lo llego a ver, haré que entienda y cumpla con sus deberes! ---

El príncipe se despidió del herrero y subió a su caballo, partiendo del lugar con sus hombres. “Gracias, mi buen señor”, dijo el herrero agradecido, despidiéndose del príncipe.

Mientras tanto , en las calles sombrías de la ciudad, el chico pordiosero caminaba con paso lento, arrastrando los pies.

Llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, apretando contra sí un sayal viejo con capucha, de lana basta, sucia y apelmazada por la lluvia. No abrigaba. Era solo un saco grueso con capucha pegada, el que usan los pobres, y el frío se le colaba igual por las costuras, hasta calarle los huesos.

Sus pies desnudos a medias se hundían en el barro del sendero. Los zapatos, de cuero desgastado, empapados y abiertos por la punta, le pesaban como si fueran de plomo. Cada paso dejaba una huella que el lodo borraba al instante. Bajo la capucha, su rostro era pálido, demacrado, de labios partidos por el frío. No era el rostro de un niño, era el rostro de alguien que llevaba días sin comer. Sus ojos, cansados y hundidos, no miraban a la gente, escudriñaban. Cada rincón, cada esquina, cada puesto cerrado, buscando una corteza de pan, una cáscara, cualquier cosa que le calmara el fuego ácido del estómago vacío. Sus ropas andrajosas lo delataban. Un habitante de las calles. Uno más entre el barro y la miseria.

No pedía limosna. Ya no. Solo miraba, con esa mirada baja y temerosa de los que han sido rechazados tantas veces que han aprendido a no abrir la boca.

El pordiosero avanzaba con pasos cansados por un camino pedregoso que crujía bajo sus zapatos rotos. Cada piedra marcaba el límite entre el barro de afuera y la aldea, sumida en un silencio opresivo, como si nadie quisiera ser testigo de nada. El aire estaba impregnado de tierra húmeda y hojas secas. El sol de la tarde se colaba bajo, proyectando sombras alargadas y fantasmagóricas sobre el suelo irregular. Entonces la vio. Una manzana rodó. Sola. Con un movimiento torpe, casi caprichoso, cruzó el polvo y se detuvo justo contra la punta de su zapato abierto. Schonn contuvo el aliento. No podía creer su fortuna. Se arrojó al suelo con una desesperación animal, las rodillas contra las piedras, las manos sucias, temblorosas y agrietadas extendidas hacia la fruta como si fuera un tesoro, como si en ella estuviera su vida.

Pero no estaba solo. De la penumbra lateral, otra mano emergió al mismo instante. No era una mano del barro. Era larga, pálida, de dedos finos y pulcros, acostumbrada a no tocar la crudeza del mundo. Estaba cubierta por una manga de paño negro, formal y elegante, impecable hasta lo obsesivo. El mismo negro que el Conde. El mismo sello. Pero no intimidante, no desafiante. Pulcro. Como un uniforme de pertenencia.

—¡No lo toques! ¡Yo lo vi primero! — exclamó Schonn, con voz aguda y rota, encorvando el cuerpo sobre la manzana para protegerla, con un gesto instintivo de animal herido. Alzó la vista entonces, con una mezcla de desafío y temor. Y lo vio. Frente a él, de pie en el sendero olvidado, había un joven vestido formalmente, completamente de negro, capa y sombrero incluidos. Era de su misma estatura, quizá un poco más alto, pero todo en él era opuesto al barro. En su cinturón, una bella daga de empuñadura de plata relucía, no con brillo malévolo, sino pulcra y noble, como un adorno de familia.

Pero fue su rostro lo que desarmó al indigente. Era de una belleza andrógena que quitaba el aliento, distinta a cualquier otra. De cabello negro azabache que le caía en ondas suaves sobre la frente pálida. Y sus ojos... sus ojos eran azules. De un azul claro, dulce y piadoso, que parecía emanar una luz interior tenue, una luz que no juzgaba, que no amenazaba. Unos ojos nobles y humildes que inspiraban confianza inmediata. No era una sombra encarnada. Era lo contrario a una sombra.

Fue la primera vez que se vieron. El pordiosero y el joven noble. Ninguno lo supo entonces, pero en ese barro, por una manzana, sus destinos acababan de cruzarse.




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