Sin Escape
Realmente necesitaba concentrarse y seguir con la tarea. Las cosas no marchaban bien y todo fallaba desde hacía tiempo. Tiró del cuello de la camisa pegada por el sudor, y frunció el ceño al notar su propio olor. A lo mejor, si pudiera darse una ducha o cambiarse de ropa, no se sentiría tan derrotada. Pero era un sueño vacío que no se iba a cumplir próximamente, tenían problemas más acuciantes que la falta de aseo o ropa limpia.
El frío parecía cortarle la piel y respirar era tragar aire sin vida. La falta de calefacción, o de cualquier cosa que desprendiera calor, la empujaba a pensar que el final se acercaba y se hundía un poco más en la desesperación.
—¿No has terminado? —le preguntó una de las otras.
—Es un poco difícil. Noto los dedos entumecidos —se quejó.
—No pongas excusas —siseó, inclinándose sobre ella—. Todas tenemos frío.
—Lo que tú digas —murmuró.
No quería comenzar otra discusión. Así que bajó la cabeza, decidida a cumplir con sus responsabilidades. Se obligó a mover las manos pese a los dolorosos pinchazos que le subían por los brazos. Haría su parte, no pensaba darles más munición para que usaran contra ella.
Aparte de los problemas con la temperatura, había que añadir uno más. La ventilación, o más bien la falta de ella. Aunque hacía mucho frío y no corría ni una sola corriente de aire, un olor desagradable impregnaba el lugar. Después de un tiempo se había acostumbrado, pero a veces le llegaba un ramalazo que le revolvía el estómago.
—¿Vas a quejarte de nuevo? —le preguntó una de las que estaban a su lado.
—Yo no me quejo —se defendió.
—Te quejas por todo. Por el frío. Por no bañarte. Por la falta de ventilación.
—Solo lo he comentado.
—Hacemos lo que podemos —continuó, como si no la hubiera escuchado.
—Lo sé, lo siento —se disculpó, avergonzada—. Es que parece que todo va a peor.
—Pues imagina cómo se sentirá la original.
—Ya les he dicho que yo soy...
—No empieces otra vez con lo mismo —la cortó y apretó los labios antes de escupirle—. Eres una copia.
—¡No lo soy! —gritó desesperada—. ¡Yo no soy un clon!
—¡Inútil! —dijo, cuadrando los hombros.
—¡No! —le gritó, tapándose los oídos.
—No te mereces ni el aire que respiras. Aparta.
—¿Por qué me haces esto? —sollozó, angustiada.
Abrió los ojos sin saber si era un nuevo día o si solo habían pasado unas pocas horas. La falta de sueño no se debía solamente al frío, que no encontraba ni una grieta por la que escapar. También se debía a la atronadora e incesante música.
No lograban encontrar el lugar del que provenía y, aunque habían hablado muchas veces de hallar una forma de apagarla, lo cierto es que parecía imposible. Sonaba como si viniera de todas partes. No existía ni un mísero lugar donde esconderse de ella. Además, no había luz, otra cosa más que fallaba. La escasa iluminación no bastaba para localizar de dónde salía.
Decidió ir en busca de algún punto en el que la música llegara con más fuerza. Al acercarse a una de las paredes le llegó el murmullo de unas voces, como si vinieran de muy lejos. Debían de estar hablando a gritos para que ella lograra escuchar algo. A pesar del estruendo, alcanzó a oír una carcajada.
A esas alturas, el escándalo ya no importaba tanto. Desanimada por la falta de éxito, regresó con las demás. Al no recibir nuevas órdenes, se recostó, pero no llegó a dormirse. Más bien se desvaneció por el cansancio y lo agradeció, porque durante esas horas no le preocupaba una muerte inminente.
Despertó de repente, sin la menor idea de las horas que habían transcurrido desde la última vez que estuvo consciente. El fuerte golpe en la cabeza no estaba mejorando, pero al menos ya no sangraba. Teniendo en cuenta el rudimentario vendaje que logró ponerse a duras penas, ni tan mal evolucionaba. Al menos eso parecía, si no se tenía en cuenta los continuos mareos, las náuseas y los desvanecimientos que la dejaban agotada.
Caminaba lentamente por el apestoso lugar, arrastrando los pies para no forzar las articulaciones rígidas por el frío y la inactividad. Cada paso dolía más que el anterior, sus piernas protestaban por soportar su peso, pero de todas formas se obligó a seguir caminando.
Cada día ella, el lugar y todas las demás olían peor. O al menos eso se decía, porque después de tanto tiempo estaba tan acostumbrada que ni siquiera lo notaba. El tiempo era otra cosa que la inquietaba. No sabía cuánto llevaban así. Horas, días, semanas o quizás meses. Parecía tragarse a sí mismo y retorcerse haciendo imposible saber cuánto había transcurrido o si podrían resistir mucho más.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó una de las otras.
—Paseando.
—Eres el peor clon de todas.
—Me duele la cabeza —respondió bajando la mirada.
—La herida sigue hinchada —respondió sin inmutarse.
—No me siento bien —murmuró, parpadeando al sentir que la vista volvía a nublarse.
Debió de desmayarse, porque despertó tirada en el frío suelo. Temblando se puso de pie y, apoyándose en las paredes, trató de llegar al catre. La terrible música retumbaba en su cabeza, y el aire era tan helado que respirarlo dolía y empeoraba el mareo. Cayó de rodillas y vomitó lo poco que quedaba en su estómago. Arrastrándose, respirando entrecortadamente, luchando con no volver a perder el conocimiento, se obligó a seguir avanzando sin detenerse.
Cada día le costaba más levantarse y repetir las mismas tareas. Las tripas se removían dolorosamente en su vientre hundido. La piel seca, grumosa y cubierta de costras ya casi no molestaba, y daba gracias a la oscuridad por no ver en lo que se había convertido.
—¿Todavía acostada? —le gritó una de las otras, furiosa.
—Voy —murmuró, incorporándose con esfuerzo.
—Es una lucha contrarreloj —decía una de ellas cuando llegó—. Debemos hacer algo o moriremos aquí, varadas.
—No hay nada que hacer —respondió sin alzar la voz.
—¡Te estás dando por vencida!
—Si vamos a morir aquí —dijo, tambaleándose—, mejor aceptarlo que seguir luchando.
—Te da lo mismo que este lugar se convierta en nuestro ataúd.
—No es eso —murmuró con la voz quebrada.
—No te importa porque solo eres un clon —la acusó otra.
—¡Yo no soy un clon! —chilló, irguiéndose de golpe. Se raspó la garganta al seguir gritando—. No lo soy. No lo soy.
Se dejó caer al suelo, sollozando y pataleando, mientras les gritaba cada vez más y más alto, hasta desgarrarse. De repente, la endemoniada música se apagó de golpe, exponiendo sus lamentables sollozos, que reprimió como pudo. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, disfrutando de aquel inesperado momento, de aquella paz olvidada y ya efímera al sentir una gota de sudor frío bajando por su espalda.
Entonces sonó un chasquido y un fogonazo de luz blanca iluminó el lugar. Cerró los ojos al sentir miles de agujas clavándose en sus córneas. Aun así, la luz era un alivio. Las cosas parecían ir mejorando, o tal vez estaba equivocada.
La piel se le erizó antes incluso de que el sonido de unos pasos firmes que se acercaban la hiciera agazaparse, tratando de pasar desapercibida, escondiéndose entre las demás. Se atrevió a echar un vistazo a través del enmarañado y asqueroso cabello negro, con el que se cubría el rostro deformado por los golpes que le habían fracturado la nariz y los pómulos.
Unos zapatos negros impecables, absurdamente limpios en aquel lugar, avanzaron hasta detenerse frente a ella. Se encogió al anticipar el impacto.
—¿Por qué gritas, Iraya? —le preguntó su marido con calma helada—. Este lugar es nauseabundo. Debería prenderle fuego.
Iraya se quedó completamente quieta, hecha una bolita en el mugriento suelo, rezando por ser ignorada, rogando que esta vez se llevara a alguna de las otras.
—¡Levántate, inútil! —ordenó a su juguete roto.
Se arrastró hacia atrás, hasta que su espalda chocó contra la pared, empujándose contra ella, como si tratara de atravesarla y desaparecer. Frustrado por su falta de obediencia, estiró el brazo y la sujetó fuertemente del cabello, reabriendo su herida.
Iraya se agarró a la pulcra mano, fuerte como una tenaza, y gritó mientras la sacaba a rastras, pateando y tratando de soltarse. El aroma del exclusivo perfume del hombre se mezclaba con el metálico olor de la sangre que chorreaba de la herida de su cabeza. Miró hacia atrás, buscándolas, pero el cuarto estaba vacío. Siempre la abandonaban cuando más las necesitaba.
Cayó desmadejada sobre el estéril suelo del baño. El mármol helado alivió por un instante el ardor de su piel. Ya sin fuerzas, pero aún necesitando respuestas, se atrevió a hablar, aunque él no le había dado permiso para hacerlo.
—¿Por qué a mí? —sollozó.
—¿Y por qué no a ti? —espetó, empujándola hacia la bañera.
—Porque había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia... ¿Por qué no te llevas a otra?
El agua tragó su grito.
Dejó de forcejear.
FIN
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Este relato fue escrito para un concurso. Las normas consistían en construir una historia a partir de una de varias frases propuestas que debían aparecer tal cual en el texto. La que elegí fue:
“Porque había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.”
Ahora que conoces la historia completa, tengo curiosidad.
¿Qué fue lo primero que te hizo sospechar que algo no encajaba? ¿Pensabas que las otras eran clones? ¿Dónde pensabas que se encontraba?
Me encantará leer tus teorías y opiniones en los comentarios. También responderé encantada cualquier pregunta que tengas sobre el relato.
Gracias por leerme.
Un abrazo fortísimo.
— Samara Luviel




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