Odio Tus Zapatillas Nuevas by Meilin Robleda. at Inkitt
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Odio tus zapatillas nuevas

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Summary

Daniela Miller solo quiere dos cosas en su nuevo curso: entrar al equipo de voleibol y olvidar aquella noche de lluvia. La noche en que Adrián, el chico más callado e irritante de la escuela, le prestó sus zapatos y desapareció sin pedirle nada a cambio. Un año después, él vuelve a aparecer con una frase que le revuelve el estómago: "Odio tus zapatillas nuevas". Y aunque Daniela jura que no le importa su opinión, no puede evitar preguntarse por qué las mira con tanta intensidad. Por qué parece esperar que algún día vuelva a usar las que él le dio. Entre entrenamientos de voleibol, miradas esquivas y un triángulo amoroso que no pidió, Daniela deberá descubrir si lo que siente por Adrián es odio... o algo que lleva demasiado tiempo guardado en el fondo de su clóset.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Odio tus zapatillas nuevas

¡ODIO TUS ZAPATILLAS NUEVAS!

— Miao — lame mi rostro.

No quiero despertar, aún es muy temprano. Mis manos toman a Zora en brazos y la echo a un lado. Qué rico es dormir, no quiero despertar.

RIIING

¡Mierda! Mis manos toman mi almohada y la coloco encima de mi cabeza. Quiero dormir un rato más, la escuela es un fastidio.

Siento como la puerta se abre de golpe y me arrebatan la sábana.

—¡Hermana! ¡Oye, idiota! ¡Despierta, tienes escuela! Hoy es el primer día de este nuevo curso y no puedes llegar tarde como siempre. ¡Ve y dale a tu profesor una alegría!

Siento como me arrebata la almohada de la cara y la tira a un lado.

—¡No seas así, hermana! — Me tapo la cara con las manos. Zora se acurruca sobre mi abdomen. — No me importa el profesor.

—¡Abre los ojos, tonta! — Siente como sus manos toman mis tobillos y me jala fuera de la cama.

—¡Ayy! — Caigo al suelo con un ruido sordo. Abro los ojos de golpe y miro a mi hermana. — ¡Oye, no soy un perro!

—Ajá — Sonríe burlona. — Exacto, no eres un perro, porque sin duda trataría mejor al perro que a ti. ¡Ahora levántate de ahí y arréglate ya! ¡Se te hace tarde!

Camina hacia la salida, se detiene y me mira.

—Y dale de comer a Zora.

Sale y deja la puerta abierta detrás de ella.

¡Es simplemente irritante! Miro mi despertador: 7:30. Es temprano, aún así debo llegar temprano esta vez. Me pongo de pie y miro a Zora.

—¡Ok! Mi preciosa gatita, primero te daré de comer a ti. — La miro feliz.

—Miao — Salta de la cama hacia el suelo y va a la puerta esperando que le abra.

Camino hacia la puerta y giro la manija. Bajo las escaleras mientras Zora me sigue. Ahh, ese aroma rico a café con leche recién hecho, tostadas con mermelada y empanadas de carne. ¡Qué rico! Camino hacia la cocina.

—¡Buenos días! — Digo en general antes de ir hacia el estante y coger la caja de comida de Zora y servirle en su cuenco.

—¡Buenos días, hermanita! — Rodrigo come una empanada.

—Buenos días, hija. ¿Quieres las tostadas con queso o mermelada? — Mamá empieza a servirme el desayuno.

—Con mermelada, por favor. — Pongo la caja en su estante antes de tomar asiento en una de las sillas de la mesa.

—Hoy es tu primer día de clase, tienes que dar lo mejor. — Papá toma un sorbo de su café.

—Sí, papá, daré lo mejor, sin duda alguna, y me uniré al equipo de voleibol. — Estoy emocionada.

—Eso dice ahora, pero hace unos momentos no quería ni levantarse de la cama. — Laura comenta tranquila mientras come una tostada.

—¡Mi hermanita es la mejor en el voleibol! ¡Sin duda alguna! — Rodrigo toma una cucharada de sus cereales.

—Toma, cariño. — Mamá me acerca el desayuno. — Come que se te hace tarde.

—Sí, mamá. — Miro mi desayuno.

Esta es mi hermosa familia, por la cual estoy muy agradecida. Mi hermana Laura, de un carácter temperamental, pero sin duda es la que siempre me apoya en todo. Mi hermanito Rodrigo, un pequeño genio en las matemáticas que me ve como una superhéroe. Mi madre Mady es ama de casa y le encanta cocinar. Y por último, mi padre Sergio, sin duda es el mejor padre del mundo, es todo lo bueno que tiene mi vida. Diosito, estoy muy agradecida, amén. ¡Qué ricas empanadas de carne! También la leche con café está buena como siempre.

—¡Daniela, se te hace tarde! — Laura me mira fijamente.

—Laura, no le grites a tu hermana. — Mamá me mira.

—¡Sí, sí, ya voy! — Me pongo de pie.

—Hasta luego. — Dice mi padre.

Camino hacia mi habitación. Una vez en ella, abro mi clóset y busco mi uniforme, que tanto odio, pues ese color verde oscuro no va conmigo y esa camisa blanca con dos botones hasta la clavícula. ¡Odio los uniformes de verano!

Miro el reloj de mi mesita de noche: 7:56. ¡Dios, llego tarde! Me tengo que apurar, Daniela. Me arreglo rápido.

Y entonces me detengo.

Mis ojos miran al fondo del clóset. Ahí están. Los zapatos de él. Los que me prestó aquella noche. Los que nunca devolví. Los que guardo como un tesoro aunque ya no me quedan del todo bien.

Los miro un segundo. Luego miro los zapatos nuevos que mamá me compró para el curso. Son blancos, bonitos, brillan.

"Usa los nuevos", pienso. "Los viejos ya están gastados."

Cierro el clóset y me pongo las zapatillas nuevas. Salgo corriendo de la casa con la mochila en un hombro. ¡Corre o no llegarás! Esto me pasa por querer dormir de más. ¡Tonta! Corre, corre, corre...

---

Llegué. ¿Me pregunto si habré llegado a tiempo? Abro la puerta. Por favor, por favor que sí, no quiero toparme con la señora Danna por décima vez.

—Llegas tarde, señorita Miller. Por el protocolo y la ley, no la puedo dejar entrar hasta que termine el discurso de la directora y los estudiantes vuelvan a sus debidas aulas. — Me mira con mirada seria.

—¡Por favor, no me haga eso! ¡Prometo que llegaré más temprano la próxima vez! Solo no me haga esto. ¡Por favor, por favor, por favor! — Le hago ojitos suplicantes.

—Ya le dije que no. — Me mira fijamente.

—Por favor, señorita Danna. — Súplica.

—Es señora Danna, no señorita. — Seria.

—Me disculpo, señora Danna. — Risita nerviosa. — ¿No piensa dejarme entrar?

—Pues no, hay que cumplir las leyes y eso es lo que yo hago.

—Pero...

Siento como un brazo rodea mis hombros y algo sólido y fuerte se pega a mi costado. Es muy caliente y me da la sensación de que puedo recostarme. Giro la cabeza sobre mi hombro un poco y lo veo. ¿Es Dylan, de segundo año de preparatoria? ¡Uno de los mejores jugadores de fútbol de la escuela! ¡Dios! Qué nervios. ¿Por qué sostiene mis hombros así?

—Buenos días, señora Danna. — Voz encantadora y coqueta. — ¿Sería tan amable de dejarme pasar con mi amiga?

¿Su amiga? ¿Desde cuándo soy su amiga? Bueno, no importa, si él dice que lo soy, lo soy. Nunca le he hablado, esta es la primera vez, qué emoción.

—Está bien, pero ni una palabra de esto al director. — Se echa a un lado.

¿¡Qué tan fácil la convenció!? Supongo que es el efecto Dylan.

—Muchas gracias, señora Danna. — Empieza a caminar llevándome con él.

—O-oye, muchas gracias. — ¿Por qué siento calor en mis mejillas?

—No hay de qué. Además, si te dejaba ahí, Danna se iba a poner furiosa y de seguro tampoco me dejaría entrar a mí. — Se recuesta un poco de mí. — ¿De qué año eres?

—S-Soy de segundo año, clase B-1. — Estoy un poco nerviosa.

—Vaya, yo soy de segundo año, clase C-3. — Sonrisita.

—¿Ah? Entonces estás antes que mi salón de clases. — Le doy una mirada curiosa.

—Sí, así es. Soy del equipo de fútbol, Dylan, y casi el capitán, jaja. — Me mira.

¿Casi el capitán? Es el segundo mejor del equipo. ¿Por qué lo dice así?

—Ah, ya veo, eso es increíble. ¿Pero por qué dices casi capitán? — Lo miro curiosa.

—Pues porque soy uno de los mejores y de seguro que mañana me dirán que lo sea. — Risita.

—Ya veo. ¿Y si no llega a ser así? — Lo miro.

—¿Qué? — Sorprendido. — Pues no lo sé. Aunque dudo que eso pase.

—Mm, ya veo. — Sonrisa.

—¿Por cierto, cómo te llamas? — Curioso.

—Daniela, soy Daniela. — Miro al frente y dejo de caminar. — Ya llegamos al gran salón. — Me suelto de su agarre suavemente. — ¡Oye, Dylan, muchas gracias! Hasta luego. — Salgo corriendo hacia mi fila.

—¡No hay de qué! — Me sonríe amable. — Conque Daniela, ¿eh? — Murmura.

Nunca pensé poder hablar con él, pero fue bastante amable, aunque sí un poco creído. Pero bueno, nadie es perfecto. Me coloco en la última de las filas de chicas de mi salón de clases. Bien, gracias a Dylan pude escapar de la señora Danna.

—Oye, Daniela, llegas un poco tarde. — Me susurra Mary desde el frente.

—Me disculpo por eso, Mary. — Risita nerviosa.

—Jejeje, no te preocupes por ello, yo no soy ningún profesor como para que te tengas que disculpar. — Gira su cabeza un poco por encima de su hombro y me mira, me da una sonrisa amable antes de voltear y mirar al frente.

Mary, la conozco desde el bachillerato. No hablamos mucho, pero las pocas veces que lo hacíamos era suficiente para saber que nos llevamos bien. Mary es muy estudiosa y desde que éramos pequeñas siempre sacaba buenas notas. Agradecida de que siempre me prestara sus apuntes, ejeje. Miro hacia el frente al director dando sus discursos.

Y entonces mis ojos buscan algo. No sé por qué. Pero los muevo entre la multitud de estudiantes, entre las filas de chicos, hasta que... lo encuentro.

Adrián.

Está tres filas más adelante, del lado de los varones. No me ve. O al menos eso parece. Tiene los brazos cruzados y mira al director con cara de aburrimiento. Pero hay algo en su postura que me inquieta. Como si estuviera tenso.

"Seguro que ni se acuerda de aquella noche", pienso. "Seguro que ya olvidó que me prestó sus zapatos."

Bajo la mirada y veo mis zapatillas nuevas. Blancas. Limpias. Nuevas.

Y siento un cosquilleo raro en el estómago.

---

Después del discurso, las piernas me duelen. ¿Me pregunto cuál será el horario a partir de hoy? Por lo que sé, daremos nuevas materias. Lo bueno es que darán un portátil nuevo. Menos mal.

—¡Oye, Daniela! — Mary se acerca a mí. — ¿Puedo sentarme contigo en clases? — Camina a mi lado.

—Claro que sí, Mary. — Miro el camino lleno de estudiantes.

—Muchas gracias. Es que Maya se trasladó de escuela para una de deporte y pues supongo que me quedé sin compañía. — Risita nerviosa.

—¿Maya? ¿Te refieres a la que patina en el hielo? Si no mal recuerdo, entró en primer año con nosotros. — La miro.

—Sí, es verdad. Pero sus padres consiguieron un mejor trabajo un poco lejos de aquí y, gracias al esfuerzo de Maya, pudo entrar a una beca en una gran escuela de deportes artísticos.

—Eso es muy súper que haya logrado uno de sus mayores sueños. — Sonrisa.

—Sí, así es. — Se detiene frente a la puerta del salón de clases, la abre y entra.

Detrás de ella entro yo y miro el salón. Ya están la mayoría de los estudiantes.

Y entonces lo veo a él. Adrián. Está sentado en la tercera fila, del lado de la ventana. Tiene el brazo apoyado en el escritorio y la mirada perdida hacia afuera. No me ha visto entrar.

O eso creo.

Camino hacia la segunda fila, Mary se sienta a mi lado. Coloco mi mochila en el suelo y me siento. Justo cuando voy a sacar mi cuaderno, escucho su voz. Fría. Cortante.

—Odio tus zapatillas nuevas.

Levanto la cabeza y lo miro. Él ya no mira por la ventana. Ahora me mira a mí. Directo a los ojos. Y sus ojos no tienen burla. Tienen algo más. Algo que no sé descifrar.

—¡Cállate, idiota, no pedí tu opinión! — Enojada, tomo asiento y me volteo hacia mi pupitre.

—Te quedaban mejor las otras, esas se ven muy frikis para ti. — Vuelve a mirar mis zapatillas antes de mirar por la ventana ignorándome.

Pero yo sé que no las está ignorando. Él está mirando mis zapatos. Los nuevos. Los que no son los suyos.

—¡Eres un idiota! No pedí tu opinión, metiche desagradable. — Me volteo hacia mi puesto y lo ignoro.

Pero mi corazón late más rápido. Y no es por enojo.

—Veo que tú y Adrián se siguen llevando mal como siempre. — Comenta Mary en voz baja.

—¿Cómo no llevarse mal, si apenas entré ya está insultando mis zapatillas nuevas como si me importara su opinión? — Estoy molesta. Y confundida.

—Bueno, para mí tus zapatillas son muy bonitas. Tal vez a él le gustaban más las anteriores o tal vez quiso decir que te quedaban mejor las zapatillas anteriores que estas nuevas. — Mary piensa en voz alta.

—Lo dudo. — Miro por la ventana.

Pero sé que no es eso. Lo sé porque recuerdo aquella noche.

Estaba lloviendo mucho. Zora se había escapado por la ventana. Salí descalza a buscarla, sin pensar, sin zapatos, sin nada. Corrí bajo la lluvia hasta encontrarla en un callejón lleno de botellas rotas. Y entonces apareció él. Adrián. No dijo nada. Solo se quitó sus zapatos, se acercó a mí, y los puso en mis pies. Me los puso él mismo. Sus manos tocaron mis tobillos. Después se fue sin decir una palabra.

Y yo nunca se los devolví.

No porque no quisiera. Sino porque cada vez que intentaba hacerlo, algo me lo impedía. Y ahora, un año después, él llega y me dice que odia mis zapatillas nuevas.

Como si supiera que las que tengo puestas no son las suyas.

Como si estuviera esperando que algún día vuelva a usar las que él me dio.

Pero él nunca me las pidió.

Y yo nunca supe por qué.

—¡Muy bien, clase! Buenos días a todos, espero que la hayan pasado bien estas vacaciones. Ya empezamos con la lección de matemáticas. — La profesora empieza a escribir en la pizarra.

Saco mi cuaderno y portaminas. Pero no puedo concentrarme.

Solo puedo pensar en sus ojos cuando dijo "Odio tus zapatillas nuevas".

Y en que, por un segundo, no parecía odio.

Parecía tristeza.

FIN DEL PRIMER CAPÍTULO.

AUTORA : Meilin Daniela

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