Una Pausa Antes De Llegar A Casa by vhescalante at Inkitt
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Una pausa antes de llegar a casa

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Summary

Said es un hombre que lo ha perdido todo menos su automóvil. Luz es una mujer que no tiene dónde resguardarse. En una tarde de lluvia, una petición de refugio unirá a estas dos personas, dando inicio a una amistad que, aun nacida de la necesidad, no es menos intensa e inquebrantable. Y de este encuentro surgirá un anhelo de futuro.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

A

Cuando tenía siete u ocho años —lo mismo da: ¿qué importa la fecha exacta de algo que sucedió casi veinte años atrás y que no tuvo la más mínima relevancia?— se apareció en nuestra calle un vagabundo, que hizo su hogar en una casa que habían dejado en obra negra al final de nuestra cuadra. No recuerdo qué apodo le pusieron los niños mayores, así que yo lo llamaré Carlos, porque no quiero usar la palabra vagabundo tan a la ligera. Lo que sí puedo decir es: cada vez que lo veíamos dirigirse a su vivienda improvisada, alrededor del atardecer, se detenían los juegos de momento y todos los niños nos pegábamos a la pared más cercana para mirarlo pasar y, sólo cuando estábamos seguros de que ya no podía oírnos, los mayores se atrevían a hacerle burla e insultarlo para ocultar el miedo que les producía. No podía ser de otra manera, porque para todos nosotros Carlos era el primer vagabundo que veíamos tan de cerca y, sin él quererlo, se convirtió en la encarnación del Coco, ese hombre del costal con quien nuestras madres nos asustaban de pequeños para obligarnos a comer la sopa o dejar de hacer ruido dentro de la casa, antes de que la edad las obligó a amenazarnos con el cinturón de nuestros padres cuando regresaran del trabajo.

Carlos ya tenía unas cuantas semanas —o meses, aunque, de nueva vez, lo mismo da— viviendo entre nosotros cuando una tarde yo estaba jugando con unos amigos de la cuadra siguiente y no me percaté de que mi madre había salido en el coche con mi hermano mayor; quizás ella creyó que terminaría pronto su encargo y por ello no había necesidad de avisarme. Pero cuando cayó la penumbra, las madres de los otros niños les ordenaron entrar a hacer sus deberes y yo caminé a mi propia casa. Di mis acostumbrados brincos para alcanzar el timbre, mas no hubo respuesta. Al tercer intento, me convencí de que no había alguien en casa. Mi poca imaginación me impidió pedir asilo en casa de algún vecino, y lo único que se me ocurrió fue sentarme en el suelo con la espalda pegada a la puerta de metal y los brazos cruzados sobre las rodillas y ponerme a lloriquear con la cara oculta en el espacio entre mi torso y los muslos.

Minutos después oí una voz adulta preguntándome si estaba bien. No recuerdo el timbre, pero hoy quiero pensar que era una voz muy ronca, quizás rasposa a causa del polvo y el cigarro. Al levantar la cabeza, me encontré con el rostro sucio y sin rasurar de Carlos. Debajo de esa barba desaliñada se podía adivinar una sonrisa, y aunque cabe suponer que su aliento debía ser muy malo, bastó esa mueca gentil para sentirme protegido; además, yo era apenas un niño y él era un adulto, y yo aún no comprendía que Carlos, en más de una forma, representaba los peligros de la noche contra los que me habían advertido mis padres —aunque se me podrá disculpar porque, a fin de cuentas, él ya había dejado de ser un desconocido total para todos en nuestra cuadra.

Cuando le comenté mi apuro, él me ofreció una mano y me dijo que sería mejor esperar a mis padres en su vivienda. Acepté la invitación sin chistar, porque yo no debía estar en la calle de noche. Me hizo entrar antes que él, y no me sorprendió lo que vi allí dentro: había improvisado una cama con cuatro pilas de tabiques y una puerta de madera que, tal vez, los albañiles no habían alcanzado a colocar cuando se detuvo la obra; construyó un hogar pequeño con tabiques y ramas y hojas secas de los árboles que había cada dos casas en las banquetas; sobre éste, tenía puesta una rejilla de metal y dos jarras de peltre; según recuerdo, en la más grande había restos de sopa de fideos, ahora fría y con una nata repugnante, y en la más pequeña un líquido similar al café; en un extremo de la puerta/cama, tenía bien enrollada una cobija de lana, de un color incierto, la cual era indispensable pues, a causa de la construcción a medias, las ventanas carecían de vidrios y faltaba toda una pared, donde uno o dos años después los dueños pondrían uno de esos portones automáticos.

Carlos me pidió que me sentara en la puerta/cama, y se disculpó por no poder ofrecerme dulces ni un vaso de agua. No me acuerdo si le dije que no había problema. Se sentó junto a mí, pero dejando una distancia amplia entre nosotros, y en ningún momento trató de acercarse o toquetearme. Para hacerme sentir cómodo, me preguntó cosas de la escuela, cuál era mi caricatura favorita, a qué equipo de fútbol le iba y demás trivialidades. De pronto, vi pasar el coche familiar y, tras señalárselo con entusiasmo a Carlos, salí corriendo de su vivienda.

Mi hermano todavía le sostenía el portón a mi madre y ella hacía maniobras para estacionar el coche dentro del garaje cuando llegué gritando de alegría. Mi madre se bajó a averiguar por qué yo estaba armando tanto escándalo, y yo me sorprendí cuando ella se paró en seco y en su rostro se dinujó una mueca de espanto mientras veía algo a mi espalda. Al volverme, me encontré con la figura de Carlos, a dos metros de distancia. Con voz serena, le preguntó a mi madre si yo era su hijo; cuando ella asintió con la cabeza, él le contó cómo me había hecho compañía durante ese poco rato, le comentó que yo era un buen niño aunque algo inquieto y travieso, y terminó pidiéndole que me cuidara mucho, por favor. Se despidió de mí alzando la mano y sonriéndome y regresó a su vivienda en la obra negra.

No recuerdo qué sucedió después, pero sabiendo cómo son mis padres, estoy seguro de que mi madre me reprendió y nalgueó cuando yo le repetí casi exactamente lo dicho por Carlos, y mi padre me repitió la dosis cuando mi madre se lo refirió antes de cenar. También te puedo asegurar que ninguno de los dos tuvo la cortesía de agradecerle a Carlos por haberme albergado aunque más no fuese media hora.

Días después, Carlos desapareció tan repentinamente como llegó. Al principio, a todos nos extrañó no verlo más por allí; pero no pasaron ni tres días para que todos en la cuadra nos olvidáramos de él; es más, muchos de los adultos se sintieron aliviados con su ausencia, aun cuando él nunca dio motivos para ser precavidos de más, y quizás se relajaron más cuando ya no hubo esa persona que, a fin de cuentas, diario les recordaba a todos su falta de caridad.

Y no lo vas a creer, pero como medio año después, en un domingo en que los niños jugábamos fútbol en la calle y los hombres adultos se reunían para beber una cerveza en la banqueta o mientras hacían reparaciones menores en sus autos, Carlos volvió a aparecerse en nuestra cuadra. Esta vez iba vestido con un traje negro con rayas blancas muy finas, el cual resaltaba lo delgado de su cuerpo; traía una camisa blanca impecable y una corbata roja; se había cortado el cabello greñudo y rasurado la barba; en vez del eterno olor ácido que solía tener, ahora olía a uno de los perfumes de moda. Caminó por el medio de la calle, sin desviar la vista ni saludar a nadie a derecha ni izquierda, eso sí, siempre con la cabeza muy erguida. Nadie se atrevió a decir ni media palabra y, aunque yo no lo seguí, estoy seguro de que ese silencio le trajo una sonrisa orgullosa a la cara: a fin de cuentas, ese pavoneo era en realidad una bofetada con guante blanco, y había logrado su cometido.

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