PRÓLOGO
La lluvia golpeaba con furia los vitrales rotos de la vieja iglesia "negra" abandonada, por dentro del templo el frio que se respiraba no era de este mundo. Era el frio de la muerte.
A los pies de el altar de piedra, una madre sollozaba abrazando un pequeño bulto envuelto en mantas. A su lado, el padre la sostenía, con los ojos empañados con una desesperación absoluta.
En los brazos de la mujer, la bebe estaba completamente inmóvil. Su piel era pálida, sus labios carecían de color y su pequeño pecho no subía ni bajaba. Había nacido sin vida. El mundo mortal ya le había cerrado las puertas antes de que pudiera cruzarlas.
Negándose a aceptar el final, los padres depositaron el cuerpo inerte de su hija sobre el altar de piedra y, con las manos temblorosas, abrieron el antiguo grimorio familiar. Dejaron caer una gota de sangre sobre las páginas amarillentas, pronunciando las palabras prohibidas que jamás debieron ser susurradas. "Do ut des."
El aire se volvió tan espeso que dolió respirarlo. Una silueta hecha de penumbra y frio absoluto se materializó ante ellos, observando el pequeño cuerpo sin vida de la bebé.
-Exigen un milagro que desafía la leyes de los cosmos-siseo la voz del abismo, resonando directamente en sus mentes-. Puedo encender la llama en su pecho. Puedo otorgarle un latido...pero será un "latido robado". Su vida no le pertenecerá. El pacto se sellará hoy, y cuando llegue el momento , vendremos a reclamar lo que es nuestro.
-Haz lo que sea-suplica la madre, ahogada en llanto-. Solo devuélveme a mi hija.
Un suspiro gélido recorrió el templo, a pagando las pocas velas que quedaban. El trato esta hecho.
Un segundo después, el silencio de la iglesia fue roto por un sonido milagroso; un jadeo ahogado, seguido de el llanto enérgico de la bebé. Su pecho comenzó a moverse con fuerza prestada de las profundidades de la tierra. La pequeña abrió los ojos. Unos hermosos ojos color ámbar. No había marcas de magia, ni rastras de las sombras en su mirada. Era, en apariencia una niña común e inocente.
Los padres la abrazaron entre lágrimas, creyendo que habían burlado el destino. No sabían que las sombras observarían a Melody desde cada rincón durante toda su vida, esperando pacientemente el día en que vendrían a cobrar el precio de ese "latido robado".
"Porque los mortales temen al final. Pero no saben que el final, a veces, tiene ojos de dos colores y una corona de sombras esperándola".