Customize readability
Aa

Edad para el Amor

All Rights Reserved ©

Summary

A los cuarenta años, Darío Salvatore está convencido de que la parte más importante de su vida ya pasó. Omega, divorciado y padre de dos hijos, ha construido una existencia modesta en la pequeña casa que compró después de separarse. Tomás, su hijo mayor, está a punto de comenzar su propia vida y se preocupa demasiado por la estabilidad económica de su padre; Fernando, el menor, todavía vive esa edad en la que necesita a Darío aunque no siempre sepa cómo demostrarlo. Entre sus hijos, sus flores, la cafetería y las miradas de unos vecinos que parecen tener una opinión sobre todo, Darío ha aprendido a conformarse con la tranquilidad. Después de todo, en una sociedad donde los omegas son valorados especialmente durante sus años fértiles, un omega divorciado de cuarenta años difícilmente parece el protagonista de una nueva historia de amor. Entonces aparece Rubén. A sus treinta y ocho años, Rubén tampoco encaja en la imagen de un alfa respetable. Mecánico de carreras, excéntrico, vulgar y dueño de un sentido del humor capaz de avergonzar a cualquiera, lleva años reconstruyendo una vida marcada por las adicciones. No es elegante, no es particularmente prudente y definitivamente no es el hombre que Darío habría imaginado a su lado. Lo que comienza como un encuentro entre dos hombres que aparentemente tienen poco en común se transforma lentamente en una relación inesperada. Rubén descubre detrás de la serenidad de Darío a un hombre que pasó demasiados años cumpliendo con lo que otros esperaban de él. Darío, por su parte, encuentra bajo la irreverencia de Rubén a alguien que conoce demasiado bien el peso del pasado y el esfuerzo que requiere empezar de nuevo.

Genre
Lgbtq
Author
AllyWolf
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los Domingos

Los domingos, Darío preparaba demasiado desayuno y lo sabía. Lo sabía cuando sacaba seis huevos del refrigerador, a pesar de que Fernando apenas comía por las mañanas; mientras cortaba fruta suficiente para cuatro personas, y cuando colocaba sobre la mesa una cesta de pan tostado que ninguno de sus hijos terminaría. También era consciente de ello al preparar café para él, jugo para Fernando, y aquel café absurdamente cargado que Tomás había comenzado a beber desde que decidió que ingresar a la universidad requería comportarse como un ejecutivo cuarentón. Aun así, todos los domingos hacía lo mismo, pues era una costumbre difícil de abandonar.

—¡Fernando! —llamó desde la cocina—. El desayuno está listo.

Al no obtener respuesta, Darío bajó el fuego de la sartén.

—¡Fernando!

—¡Ya voy!

Sonrió, ya que algunas cosas tampoco cambiaban.

La pequeña cocina estaba impregnada de mantequilla, café recién hecho y el tenue aroma dulce de las flores que entraba por la ventana abierta. Darío había comprado la casa poco después del divorcio y no era particularmente grande: tenía tres habitaciones, dos baños, una cocina que necesitó remodelar casi por completo y un jardín delantero que, cuando llegó, era poco más que tierra seca y hierbas. Había utilizado parte de su dote para comprarla, ya que, aunque Stefano había querido dejarle la casa familiar, Darío no la quiso. Nunca se había arrepentido de aquella decisión... bueno, casi nunca.

Escuchó pasos arrastrándose por el pasillo y, segundos después, Fernando apareció en la cocina. Su hijo menor tenía el cabello convertido en un desastre rojizo y negro, los ojos medio cerrados y una camiseta que Darío estaba bastante seguro de que había visto tirada junto a la cama la noche anterior.

—Buenos días.

Fernando emitió un sonido que podía significar cualquier cosa, así que Darío le señaló una silla.

—Siéntate.

—No tengo hambre.

—Siéntate.

Fernando se sentó y Darío colocó un plato delante de él.

—Dije que no tengo hambre. —Y yo no te pregunté.

Fernando miró el plato, después a su padre.

—Eso fue bastante autoritario para un omega.

Darío levantó una ceja.

—Puedo ser mucho más autoritario.

—Terrorífico.

—Come.

Fernando cogió un trozo de tocino, mientras Darío sonreía satisfecho y volvía a la estufa. A los diecisiete años, Fernando ya era más alto que él; había ocurrido tan gradualmente que Darío no supo identificar el momento exacto en que pasó de tener que inclinarse para besarle la frente, a ver cómo su hijo parecía ocupar media puerta al entrar en una habitación. También había desarrollado ese olor alfa juvenil que todavía cambiaba constantemente, más intenso que cuando era niño, pero sin terminar de asentarse en las notas definitivas de un adulto.

Como Darío había criado a dos alfas, sabía perfectamente que crecer no ocurría de una sola vez.

—¿Dónde está Tomás? —preguntó Fernando con la boca llena.

—Bañándose.

—Lleva como cuarenta minutos.

—Tiene una entrevista.

—Sí, ya nos enteramos todos —respondió Fernando, tomando otro pedazo de tocino— Anoche planchó una camisa a las once.

—Eso se llama ser responsable.

—Eso se llama tener problemas.

—Fernando.

—¿Qué? —No molestes a tu hermano.

—Ni siquiera está aquí.

—Y aun así lo estás consiguiendo.

Fernando sonrió, y ahí estaba: durante unos segundos, Darío pudo ver al niño que había sido. Entonces el teléfono vibró sobre la mesa, Fernando lo agarró inmediatamente y su sonrisa cambió mientras Darío lo observaba escribir.

—¿Quién es?

—Nadie.

—Nadie te escribe bastante.

—Es popular.

Darío colocó los huevos en una fuente.

—¿Es la chica que mencionaste? Fernando levantó la cabeza.

—¿Qué chica?

—La que mencionaste ayer. —No mencioné ninguna chica. —Dijiste que habías conocido a alguien. —Eso no significa que sea una chica. Darío se detuvo. —¿Es un chico? Fernando soltó una carcajada.

—No.

—¿Un omega?

—Pa.

—¿Beta?

—¡Pa!

Darío tuvo que contener la sonrisa.

—Estoy preguntando.

—Pues deja de preguntar.

—De acuerdo.

Fernando entrecerró los ojos.

—¿Así de fácil?

—Sí. —Eso es sospechoso.

Darío llevó la fuente a la mesa.

—Cuando quieras contarme, me cuentas.

Fernando volvió al teléfono.

—No hay nada que contar.

—Entonces estamos de acuerdo.

La respuesta pareció irritarlo más que cualquier interrogatorio, por lo que Darío decidió disfrutar de aquella pequeña victoria.

—Buenos días.

Tomás entró en la cocina ajustándose el reloj, provocando que Fernando soltara un silbido.

—Mierda.

—Lenguaje —dijo Darío automáticamente.

—Pareces vendedor de seguros.

Tomás ni siquiera lo miró.

—Buenos días para ti también.

Darío sí lo miró y sonrió. Su hijo mayor llevaba pantalones oscuros, zapatos recién lustrados, una camisa blanca impecable y el cabello perfectamente arreglado; incluso llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Estás muy guapo.

Tomás sonrió.

—Gracias, pa.

—Date una vuelta.

—No.

—Tomás.

—Tengo veinte años.

—Y yo te hice, date una vuelta.

Fernando comenzó a reír, mientras Tomás suspiraba y giraba sobre sí mismo para que Darío le inspeccionara la ropa.

—La camisa está un poco salida aquí.

—Se acercó para arreglarla.

—Pa...

—Quieto.

—Está bien.

—No está bien. —Darío acomodó la tela y después alisó el cuello—. Ahora sí.

Tomás lo dejó hacer, porque eso también era amor y Darío lo sabía. Sus hijos podían gruñir, protestar, o desaparecer durante días entre estudios, amigos y compromisos, pero todavía lo dejaban acomodarles la ropa y, lo que era más importante, todavía regresaban; no tanto como antes, pero regresaban.

—¿Traes tu currículum?

Tomás levantó la carpeta.

—Tres copias.

—¿Identificación?

—Sí.

—¿Los documentos que imprimiste anoche?

—Aquí.

—¿Teléfono cargado?

—Noventa y siete por ciento.

—¿Comiste?

Tomás miró la mesa.

—Pensaba hacerlo.

Darío apartó una silla.

—Entonces siéntate.

Fernando levantó su vaso.

—Bienvenido al interrogatorio.

Tomás se sentó.

—Tú probablemente lo necesitas más que yo. —Yo no estoy intentando convertirme en esclavo corporativo a los veinte. —No, para eso tendrías que terminar la secundaria primero.

Fernando dejó el vaso sobre la mesa. —¿Quieres repetir eso? —¿Ves? —Tomás miró a Darío—. Problemas de ira. —Los dos, basta.

Darío puso un plato frente a Tomás y, por un momento, la cocina volvió a llenarse de voces. Fernando se quejó de las clases, Tomás le sugirió que quizá debería asistir a ellas, y Fernando le indicó exactamente dónde podía meterse su opinión. Darío reprendió a uno y después al otro, aunque tuvo que esconder una sonrisa mientras se daba la vuelta para buscar más café. Era ruido, pero un ruido maravilloso.

El teléfono de Fernando volvió a vibrar; esta vez leyó el mensaje y se levantó.

—Me voy.

Darío miró el reloj.

—¿Ahora?

—Sí.

—Pensé que almorzaríamos juntos.

Fernando evitó mirarlo mientras metía el teléfono en el bolsillo.

—Quedé con los chicos.

Algo pequeño se contrajo dentro del pecho de Darío, aunque no era una sorpresa.

—Creí que ibas a quedarte hasta esta tarde.

—Sí, pero cambiaron los planes.

Tomás resopló.

—Qué novedad.

—No empieces.

Darío levantó una mano antes de que comenzaran a discutir.

—Está bien.

Fernando lo miró.

—¿Sí?

—Sí. —Darío recogió su plato

— Solo dime dónde vas a estar.

—Por ahí.

—Fernando.

—Con Nico y los demás.

—¿Dónde?

—En el centro.

Darío lo observó con más atención, notando un pequeño rasguño junto a su mandíbula que no había visto antes.

—¿Qué te pasó ahí?

Fernando se llevó una mano a la cara.

—Nada.

—Tienes un golpe.

—Me choqué.

Darío esperó.

—¿Con qué? Fernando tardó demasiado en contestar.

—Una puerta.

Tomás soltó una risa seca.

—¿La puerta te golpeó?

—Cállate.

Darío dejó el plato.

—Fernando.

—Pa, estoy bien.

El tono cambió, ya no era agresivo, sino cansado, y Darío reconoció aquella pared. Sabía que podía presionar y conseguir que Fernando se enfadara, o podía esperar; últimamente esperaba demasiado.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero escríbeme cuando llegues, no apagues el teléfono y, si cambias de lugar...

—Te aviso.

Fernando ya caminaba hacia la puerta cuando Darío lo siguió para asegurarse de que llevaba dinero. Fernando abrió la puerta y luego, como si hubiera recordado algo en el último momento, regresó dos pasos para abrazarlo. Fue un abrazo rápido, torpe y fuerte.

—Te quiero.

Darío cerró los brazos alrededor de él.

—Yo también te quiero.

Fernando se separó.

—El próximo fin de semana me quedo más tiempo.

Darío sonrió.

—Está bien.

—En serio.

—Te creo.

Fernando salió, dejando a Darío unos segundos en la puerta mientras observaba a su hijo bajar los escalones, levantar una mano sin volverse y desaparecer calle abajo.

—No deberías dejar que haga eso.

Darío cerró los ojos un instante antes de cerrar la puerta; era Tomás.

—Tiene diecisiete años.

—Precisamente.

—No puedo encerrarlo.

—Papá lo castigaría. Darío volvió a la cocina.

—Yo no soy tu padre.

Tomás guardó silencio mientras Darío comenzaba a recoger la mesa y le ofrecía más café. Ante la negativa y un dudoso “Pa”, Darío levantó la mirada y notó que su hijo observaba un sobre parcialmente oculto bajo un montón de correspondencia: era una factura de proveedor.

—¿Qué?

—Nada.

—Tomás.

Su hijo señaló los papeles.

—¿Cómo va la cafetería?

Darío parpadeó.

—Bien. —¿Bien de verdad?

—Sí.

—¿Estás seguro? Darío dejó una taza en el fregadero.

—Creo que sé cómo va mi propio negocio.

—No quise decir eso.

—Entonces, ¿qué quisiste decir?

Tomás tomó la factura, pero Darío se la quitó suavemente, recordándole que no era suya.

—Solo estaba viendo.

—Lo sé.

Tomás apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Te alcanza?

Darío tardó un segundo en comprender a qué se refería.

—¿El dinero? Sí.

—¿Con la cafetería?

Ahora Darío lo comprendió por completo.

—Sí, Tomás.

—Porque si no...

—Estoy bien.

—Puedes decírmelo.

Darío respiró lentamente.

—Lo sé.

—¿Cuánto te está dando papá?

Aquella pregunta sí lo hizo detenerse, algo que Tomás debió notar de inmediato.

—No estoy intentando meterme.

—Acabas de preguntarme cuánto dinero me entrega mi exmarido.

—Es mi padre.

—Y sigue siendo mi exmarido.

—Solo quiero saber si está cumpliendo.

—Tu padre cumple con lo acordado.

—Pero ¿es suficiente?

Darío lo miró; Tomás estaba preocupado, sin rastro de desprecio, burla o condescendencia consciente en su rostro. Era solo preocupación pura, lo que hacía mucho más difícil molestarse con él.

—No necesito más dinero de Stefano.

—Si necesitas más, puedo hablar con él, a mí me escucharía; no sería ningún problema.

—He dicho que no.

Su hijo guardó silencio, lo que hizo que Darío se arrepintiera inmediatamente del tono y se sentara frente a él.

—Cariño, agradezco que te preocupes por mí, pero no necesito que hables con tu padre sobre mi pensión.

Tomás bajó la mirada.

—Es que no deberías tener que trabajar tanto.

—Me gusta mi cafetería.

—Ya sé.

Otra vez aquel ”Ya sé“. Darío entrelazó las manos.

—Entonces no entiendo el problema.

Tomás pareció buscar las palabras adecuadas.

—No digo que haya un problema, solo... no sé. Te levantas antes de las cinco, pasas todo el día ahí, llegas cansado, y tampoco es que sea un gran negocio.

Darío sintió una punzada.

—No.

—No quise decirlo así.

—Es una cafetería pequeña, lo sé.

—Exacto, y está bien. Solo digo que no deberías tener que matarte trabajando en un sitio así para mantenerte.

Darío miró a su hijo.

—Tengo cuarenta años. Tomás frunció el ceño.

—Ya sé. —Lo dices como si tuviera setenta.

—No dije eso... casi.

Tomás soltó una pequeña risa incómoda que Darío acompañó con una sonrisa, porque siempre había sido más fácil así. Al verlo sonreír, Tomás se relajó.

—Además, esto no va a ser para siempre —aseguró su hijo— Cuando termine la universidad quiero comenzar mi propia empresa. No inmediatamente, claro, primero necesito experiencia, contactos, capital...

Y allí estaba: Tomás empezó a hablar con las manos mientras sus ojos cobraban vida. Darío lo escuchó describir planes que, evidentemente, había organizado cientos de veces en su cabeza: estudios, prácticas, inversiones, una empresa, después otra, y una casa enorme.

—Quiero espacio —dijo Tomás— No una de esas casas modernas donde todo está amontonado. Quiero terreno, jardín, habitaciones para los niños y quizá una casa de invitados.

Darío sonrió.

—Primero tendrás que preguntarle a tu prometido qué quiere.

—Obviamente.

—Bien.

—Pero habría espacio para ti.

La sonrisa de Darío permaneció, aunque por dentro dejó de sentirse igual.

—¿Para mí?

—Claro —Tomás parecía sorprendido de que preguntara— Podrías vivir con nosotros. No tendría que ser dentro de la casa; podría construirte algo independiente en la propiedad, una casita, así tendrías privacidad.

Una casita. Darío miró a su alrededor; ya tenía una.

—Podrías dejar de trabajar —prosiguió Tomás—, estar tranquilo, ayudarnos cuando tengamos niños si quieres, sin preocuparte por dinero ni por nada.

—Lo tienes bastante planeado.

Tomás sonrió.

—Me gusta planear.

Y era cierto, desde niño le gustaba. Darío recordaba agendas de colores, listas de tareas y planes de estudio pegados en las paredes.

—Quiero que estés bien, pa.

En ese momento, Darío sintió vergüenza por aquella pequeña resistencia que había aparecido dentro de él. Su hijo lo amaba y no había nada malo en aquello; Tomás estaba prometiéndole seguridad, un hogar y familia, exactamente las cosas que cualquier padre debería sentirse afortunado de recibir de un hijo.

—Suena muy bonito —dijo.

Tomás sonrió con un “Lo será“, antes de mirar el reloj y palidecer.

—Mierda.

—Lenguaje.

—¡La entrevista!

Darío se levantó de inmediato y los siguientes minutos fueron una confusión de carpetas, teléfonos, llaves y preguntas. Revisó por segunda vez que llevara los documentos mientras Tomás protestaba sin éxito. Cuando llegaron a la puerta, volvió a acomodarle el cuello de la camisa a pesar de las quejas de su hijo, quien finalmente negó con la cabeza, sonriendo, y lo abrazó. A diferencia de Fernando, Tomás nunca había tenido vergüenza de abrazarlo.

Tras desearle suerte, Tomás abrió la puerta y le pidió que pensara en lo que habían hablado, añadiendo: “Algún día voy a cuidarte yo”. Darío sonrió, lo despidió, y la casa quedó en completo silencio.

Permaneció frente a la puerta unos segundos antes de regresar a la cocina, donde había tres platos, tres vasos, dos tazas de café y una servilleta arrugada sobre la mesa. Comenzó a recoger sin pensar en nada en particular, pues había aprendido que era mejor así. Lavó, secó, guardó, limpió la encimera y metió las sobras en recipientes, dejando una porción aparte por si Fernando regresaba con hambre por la tarde.

Al caminar por el pasillo, vio la habitación de Fernando hecha un desastre; entró, recogió un par de camisetas y un calcetín huérfano, pero no hizo la cama porque su hijo menor lo odiaba. Al salir, pasó frente a la habitación de Tomás, que estaba tan perfectamente ordenada que un par de libros descansaban exactamente en la misma posición desde hacía meses.

Darío miró el reloj; todavía era temprano y tenía todo un domingo por delante. Fue entonces cuando recordó las flores. Sacó la regadera del pequeño cobertizo, abrió el grifo exterior y, bajo un sol agradable y no demasiado fuerte, se remangó el suéter para comenzar por las macetas junto a la entrada. Las flores eran su única extravagancia: había rosas pequeñas, lavanda, petunias y algunas plantas que había comprado simplemente por el color. Cuando llegó a la casa, cuatro años atrás, no había más que tierra, pero tras semanas de plantar hileras sucesivas, el jardín ahora era pequeño pero hermoso.

Mientras inclinaba la regadera, escuchó voces procedentes del jardín contiguo.

—...los chicos estuvieron este fin de semana.

Reconoció la voz de la señora Márquez.

—¿Los dos?

—Vi llegar a Fernando ayer, y Tomás vino esta mañana.

—Qué bueno.

—Sí —hubo una pausa— Aunque ya casi nunca se quedan.

Darío movió la regadera hacia la siguiente maceta.

—Bueno, son alfas jóvenes, tienen su vida.

—Claro.

—Y con Stefano están más cerca de todo.

Darío apretó ligeramente el asa de la regadera, recordándose que no estaban diciendo nada malo.

—¿Viste las fotos del viaje de Annabet?

—¡Sí! Qué mujer tan hermosa.

—Y tan joven —le siguió una pequeña risa—. Stefano siempre tuvo buen gusto.

Darío dejó de regar durante un segundo antes de continuar.

—Había una foto de los cuatro, ¿la viste?

—Sí, parecen una familia preciosa.

El agua comenzó a acumularse sobre la tierra, así que movió la regadera.

—Me da pena Darío.

Tras un breve silencio, la otra voz concordó:

—A mí también.

Algo dentro de él se quedó muy quieto.

—Siempre fue tan bueno.

—Demasiado bueno.

—Y ahora solo...

La mujer no terminó la frase, ni necesitaba hacerlo.

—Por lo menos Stefano sigue ayudándolo.

—Sí, tengo entendido que le pasa una pensión.

—Menos mal, no creo que esa cafetería dé para demasiado.

Darío miró sus flores mientras una gota de agua resbalaba por un pétalo.

—Imagínate tener que empezar a trabajar así después de tantos años casado.

—Bueno, por lo menos tiene algo que hacer.

—Eso sí —hizo otra pausa— Y Tomás es un muchacho maravilloso. Seguro que cuando termine sus estudios se hará cargo de él.

Darío pensó en una casa enorme, un jardín, y en una pequeña construcción independiente en algún rincón de la propiedad.Para ti.

—Pobre Darío.

La regadera se inclinó demasiado y el agua golpeó el borde de una maceta con un sonido claro, haciendo que las voces se detuvieran de golpe.

Darío contempló el seto; podía entrar y fingir que no había escuchado, que era probablemente lo que habría hecho en otra ocasión. Sin embargo, movió deliberadamente la regadera y golpeó suavemente el metal contra la verja, provocando un silencio absoluto. Dio dos pasos hasta que la señora Márquez apareció al otro lado con la expresión desencajada.

—¡Darío! Él sonrió.

—Buenos días. Otra vecina apareció detrás de ella, balbuceando que no lo habían visto.

—Me imaginé —respondió él, sosteniendo la regadera entre ambas manos.

Como ninguna supo qué decir y Darío tampoco las ayudó, simplemente les deseó un buen domingo y volvió hacia sus flores. Esperó unos segundos hasta escuchar cómo se alejaban, continuó regando y, cuando terminó, guardó la regadera y entró a la casa.

El silencio seguía intacto. Revisó el teléfono, pero ni Fernando ni Tomás habían escrito, pues todavía era demasiado pronto. Fue a la cocina, abrió el refrigerador mirando su interior sin saber exactamente qué buscaba, lo cerró y sacó una libreta para revisar el inventario del lunes. Anotó cuidadosamente leche, café, harina, huevos, mantequilla y servilletas; después puso una lavadora, barrió y respondió dos mensajes del proveedor. A las seis preparó una cena sencilla que comió solo frente a la televisión, aunque no habría sabido decir qué programa estaba viendo.

A las ocho, Fernando finalmente escribió: Todo bien. Darío respondió casi inmediatamente: Diviértete. Avísame cuando llegues a casa. Tres minutos después apareció un pulgar arriba y Darío sonrió.

A las ocho y diecisiete llegó un mensaje de Tomás: Creo que me fue muy bien. Darío se incorporó en el sofá: Sabía que te iría bien. Estoy orgulloso de ti. Esta vez recibió un corazón, dejó el teléfono sobre la mesa y dejó que la televisión siguiera hablando.

A las nueve decidió acostarse porque tenía que levantarse temprano, pero antes de entrar en su habitación, se detuvo junto a la estantería del salón. Había decenas de libros: algunos antiguos, otros comprados y nunca abiertos; novelas, historia, arte, poesía. Pasó un dedo por los lomos y sacó uno que recordaba haber amado. Incluso recordaba haberlo leído sentado bajo un árbol mientras Tomás dormía en su cochecito, hacía tantísimos años que la imagen parecía pertenecerle a otra persona. Abrió la primera página, leyó un párrafo y después otro.

Miró el reloj, dándose cuenta de que las cuatro y media llegaría demasiado pronto, así que cerró el libro, lo devolvió exactamente al mismo lugar, apagó la luz y se fue a dormir.

Chapters
1. Los Domingos
Let AllyWolf know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Sweet Caroline

Clinton Foster: So far, I’ve only disliked one draft. It was the last one. It’s a lovely book.

Read Now
Bear Shifter Secrets

Authorhelper: Your story sounds really interesting! As a beta reader and book editor, I love helping writers strengthen plot, pacing, character depth, and overall flow while keeping their unique voice. I’d genuinely be interested in reading more of this project.

Read Now
Mystic Wolf

Shawna: I really enjoying reading this book, I read it twice back to back just in case I missed something lol. Mira & Devryan are actually perfectly fit one another, even when they tried to deny it. You could tell that he wanted her, human or mystic, he was just scared to admit it to himself. She was scared...

Read Now
Death's Shadow MC Book 1

Walker of the Dark: Short but definitely intense and amazing. Rage and Aspen were amazing together and I am glad to see a woman who is strong, determined on what she wants and well connected as a bonus. Also enjoyed seeing how even the Mafias is not all "stable" and how a bad bean can spread like wildfire if not contro...

Read Now
The Grumpy Next Door

D: I loved reading every second of this book! I couldn't stop once I started!

Read Now
My Blacksmith Savior

Mieha: Nice story, it keep me interested to continue Reading. i don't feel bored at all. Good job!

Read Now
Alpha’s Claim

Shriya: When I started, i thought the Alpha was a psycho, a control freak and could not understand why Kiera didn't get terrified of him. I wish the book was a bit longer to show her life in the pack but then I thought many of us are surrounded by strangers and we can be non inclusive without realising the ...

Read Now
The Easter Bunny

Lynne: Beautiful short story with a happy ending.luved it.

Read Now
Exile in Flames

Kelly Teachout: It was a good story. I just wish that there would have been more description of the characters as well as the settings. It could’ve also been a little bit longer little more backstory as well as bit more dialogue but overall is good story good plot.

Read Now