Día de la boda.
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El lobo mexicano (Canis lupus baileyi) es la subespecie más pequeña del lobo gris en Norteamérica. Sin embargo, el tamaño nunca ha definido su grandeza.El alfa de la manada no es necesariamente el más agresivo, sino aquel que protege a los suyos. Los lobos forman vínculos que pueden durar toda la vida y permanecen fieles a su pareja y a su manada.
En el México antiguo, el lobo era considerado un animal mágico y poderoso, vinculado a deidades como Xólotl, dios del ocaso y la transformación, y Chantico, diosa del fuego. Diversas culturas mesoamericanas lo adoptaron como símbolo de astucia, valentía y fuerza espiritual.
Día de la boda.
Maldito el día en que te conocí.
……………………………..
11 meses antes.
Javier:
Me asqueaba el olor a cigarro. Me recordaba las veces en que mi padre me obligaba a permanecer de rodillas en su oficina, con los brazos levantados y pequeños fragmentos de vidrio incrustándose en mis rodillas como castigo por salir a cabalgar al amanecer o entrada la noche sin escolta.
Él permanecía sentado en su cómodo sillón, como si a su único hijo no le estuvieran sangrando las piernas.La tortura solo terminaba cuando Yuri llegaba a rescatarme.Entraba a la oficina con cualquier cosa comestible entre las manos: unas galletas, una cerveza o, a veces, el mismo plato de comida que había permanecido dos horas servido sobre la mesa. Me hacía una discreta señal con la cabeza y yo salía corriendo de allí.
Era mucho más que mi cuidadora.
Era mi confidente.
Mi aliada.
Yuri había llegado a nuestra casa cuando apenas tenía diecisiete años. Mi padre la rescató de un cargamento de niñas que sería llevado hacia la frontera. No lo hizo porque fuera un héroe; la bajó del camión porque le gustó y decidió quedársela.
Aunque también pagó por la libertad de las demás y las dejó marcharse poco tiempo después, Yuri permaneció con nosotros y, con los años, terminó convirtiéndose en la segunda esposa de mi padre.
Tras la muerte prematura de mi madre —cuando yo apenas tenía un año y ella solo veinte—, luego de que confundieran su camioneta con la de mi padre, él quedó viudo.
Según mi nana, quedó completamente destruido.“Un pobre viudo y padre soltero a los treinta.”Cuatro años después se casó con Yuri. Tres y cinco años más tarde nacieron mis hermanas.
Cuando mi padre fue capturado por el Ejército, Yuri asumió el liderazgo de la familia, no sin antes librar una batalla para conservar el poder. Yo tuve que abandonar la universidad para ayudarla a mantenerse al frente de todo.
Los dos crecimos demasiado rápido. Vimos más sangre y más violencia de la que cualquiera debería soportar.
Pero esa era nuestra vida.
Prácticamente creció conmigo. Era mi madre, aunque nunca la llamé así. A la mujer que me dio la vida jamás la conocí ni podía recordarla.
Trágico.
Muy trágico. Porque por las fotos sabía que era bellísima. Mi padre se había casado con una hermosa española diez años menor que él.
Pero quien estaba allí aquella mañana era Yuri.
La Bruja del Norte.
Sentada mientras fumaba, obligándome a recordar la peor parte de mi padre.
—Pensé que ya no fumabas.
Lo dije desde el ventanal abierto del balcón secundario del rancho.
Yo vestía un traje negro hecho a mi medida, con discretos bordados dorados de inspiración mariachi. Si iba a hacer esto, al menos lo haría a mi puta manera.
—Solo lo hago cuando no puedo controlar los nervios.
Estaba sentada al borde de la cama con un elegante vestido azul marino.
—Pareciera que quien va a casarse eres tú.
—Javier... sabes que no tienes por qué hacerlo, ¿cierto?
Sonreí apenas.
—Si querías evitar la boda, ya es demasiado tarde, ¿no crees?
Se levantó y caminó hasta quedar detrás de mí.
—Mijo... mírame.
No quería hacerlo.
Si encontraba lástima en sus ojos, me sentiría...
Asqueado.
Aun así terminé girándome.
—Si no quieres hacerlo, encontraremos otra forma. Esa mujer... no me gusta.
—Es solo una mujer Yuri, basta.
Tocaron la puerta. Maya, mi media hermana, entró luciendo radiante con casi nueve meses de embarazo.
—Estás a punto de estallar —le dije.
—Y, aun así, mi hermano decide casarse en diciembre...
Se acercó hasta quedar frente a mí y se puso de puntillas para besarme la mejilla.
—Te ves muy elegante. Pareces un mariachi más que el novio.
Le di un ligero golpecito en la frente.
—Tú sí que te ves preciosa. La maternidad te sienta muy bien.
Sonrió. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Ya está todo listo. —Miró a su madre—. La novia también. Aunque debo advertirte que sus invitados son... extraños.
—Y lo dice quien está casada con la Bratva.
—¿Vamos o piensas escaparte por el balcón?
Me abrazó, aunque su vientre, casi tan grande como su orgullo, apenas nos permitió acercarnos.
—Si quieres huir, le diré a Dmitry que prepare un auto.
Besé su frente.
—Tranquilas. Esto solo es un negocio, ¿sí? Vamos, señora Vasilyeva.---- dije, ofreciéndole mi brazo para que se apoyara en mi.
Dmitry su esposo, había recuperado el apellido de su madre Vasilyev y dejado atrás el Volkov. Solo en los documentos. Porque, una vez que entras en la familia Volkov, es decir a la bratva, solo la muerte te permite salir.
Pero Yuri me sujetó del hombro.
—Si algún día quieres volver con tu familia, siempre serás bien recibido. Ven a esconderte conmigo si lo necesitas. Encontraremos la manera de salir de esto juntos, mijo.
No respondí; solo asentí.
Así era mi familia. Si alguno caía, todos los demás acudían a levantarlo.
Los tres bajamos hasta el recibidor, donde ya esperaban Dmitry, Isabella Volkova quien tambien lucia una pequeña barriga de embarazo y su esposo y mi padrino Aleksei.
—Brat... tenías que hacerlo a tu manera, ¿verdad? —dijo Alek al ver mi traje.
—Le dije que usara un corte italiano —añadió Jazmín, mi hermana menor—, pero el terco mandó a bordarlo en el pueblo de mamá.
—Creo que es elegante —opinó Dmitry.
Empezaba a caerme bien.
—Soy un charro y como charro haré esto. Es lo único que me dejaron decidir.
Cargué a Jazmín y la hice girar por los aires. ¿En qué momento había dejado de ser una niña? La bajé con cuidado.
—Estás hermosa.
En ese momento entró un hombre asiático al recibidor e hizo una inclinación casi perfecta de noventa grados.
—Saibankan ga tōchaku shi, zen’in ga seki ni tsuite imasu. (El juez ha llegado. Todos están en sus lugares.)
—Shōchi itashimashita. Sugu ni mukaimasu. (Entendido. Iremos enseguida.) —respondí antes de volverme hacia mi familia—. Saldré después de ustedes. Alek, Dimka... acompáñenme hasta el altar.
Ambos asintieron, pero Alek añadió:
—Es la primera vez que eres tan romántico conmigo, brat. No prometo contener las lágrimas.
Mientras me alejaban alcancé a escuchar lo que Jazmín decía.
—¿Escuchaste? ¿Desde cuándo Javi sabe japonés?
La verdad era que, desde que acepté aquel arreglo, había aprendido el idioma. Si iba a compartir la cama con una desconocida, al menos quería entender lo que dijera.
Pero Yuri volvió a detenerme. Sacó de su bolso una pequeña bolsa de tela.
—Tu padre debería ser quien te entregara esto. Sé que estaría orgulloso del hombre en que te convertiste... y de lo que estás dispuesto a hacer por tu familia.
Prendió en la solapa de mi saco un Lapel Pin de oro con el escudo de la casa de Alba, que cargaba en si la historia del apellido de mi madre “Álvarez de Toledo”, lo unico que tenia de su identidad y se lo regalo a mi padre para sellar su compromiso. Yo era un Garcia Alvares de Toledo y seguia sin saber quien realmete era, asi que hoy a esa mujer, no le podia dar algo que me representara, aunque dudaba que lo quisiera.
—Tu madre se lo regaló el día de su boda. Él nunca volvió a usarlo cuando nos casamos, pero en ocasiones importantes lo llevaba dentro del saco. Era su manera íntima de seguir llevándola consigo.---Me miró —-Tienes los ojos de tu madre..
La abracé y besé su frente.
—Gracias... por quedarte conmigo... Madre.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba entre mis brazos.
—¿Vamos?
Sonrió con los ojos húmedos.
—Vamos. Al mal paso, darle prisa.
Di una señal al organizador de la boda, a quien Yuri había insistido en contratar. Un conjunto de violines comenzó a tocar una melodía lenta. Así entré al patio trasero del rancho, que ahora parecía una pequeña cúpula cubierta de telas y flores blancas. Bastó una mirada para saber que era obra de Jazmín, mi pequeña Jaz.
Yuri me dejó en el altar, frente a los hermanos Volkov.
—Creíamos que ya no vendrías, brat.
—Poshól ty na khuy, Volkov.
No hacía falta verlo para saber que estaba sonriendo.
La música cambió de ritmo. La marcha nupcial comenzó a sonar. Anunciaba la crónica de una muerte lenta.
Ella apareció tomada del brazo de su hermano jurado. No compartían sangre, pero el antiguo Oyabun lo había adoptado y confiado a él la responsabilidad de protegerla... hasta ese día.
Su vestido era sencillo. Sin demasiadas capas. Elegante. Casi como una tenue neblina. El velo ocultaba su rostro, aunque imaginé que no tendría una expresión muy distinta a la mía: resignación y el mismo cansancio que deja una decisión tomada por otros.
Caminaron despacio hasta detenerse frente a mí. El Oyabun me entregó a la novia. Sentí su mirada sobre mí. Fría. Calculadora. Como si intentara medir cuánto valía el hombre que tendría delante. Levantó las manos para retirar el velo, pero lo detuve.
—Yarimasu, Oyabun. Arigatō gozaimasu. (Lo haré, jefe. Muchas gracias)—dije.
No se movió.
Era alto, aunque no más que yo. Corpulento, aunque tampoco más fuerte. No hacía falta hablar para entender que intentaba imponerse frente a mí y frente a ella.
No pensaba permitírselo.
Le di la espalda, tomé la mano de la novia y la acerqué con suavidad hasta sujetarla por la cintura. Después levanté el velo.
No debí hacerlo.
Piel tan pálida como la leche. Rostro terso como un durazno. Ojos grandes, delineados con un suave tono rosado. Labios color carmesí.
Era una mujer extraordinariamente hermosa.
Pero en su mirada no había ilusión.
Había tristeza.
Decepción.
Y aquella expresión despertó en mí una furia que no supe explicar.
Nos sentamos frente al juez. Firmamos los documentos sin votos, sin discursos y sin promesas. Todo terminó demasiado rápido.
Sin alma.
Yuri insistió en hacer una recepción “pequeña” para recibir a los invitados que habían viajado desde Japón, además de nuestra familia de México y California.
De pequeña no tenía nada.
Había alrededor de doscientas personas. Tantas nacionalidades reunidas que aquello parecía una convención de las Naciones Unidas. No volví a estar cerca de la novia desde la firma hasta el banquete. Compartimos la mesa principal en medio de la multitud.
No hablamos.
No nos miramos.
Ella evitaba cualquier contacto conmigo.
Yo tampoco lo buscaba.
Su clan pidió realizar una segunda ceremonia para oficializar el matrimonio ante su familia. Me cambié a un Montsuki Haori Hakama negro y ella apareció con un Shiromuku blanco. El ritual era sencillo: beber del mismo cuenco, inclinarse y pronunciar unas palabras.
Nada más.
Cuando llegó el momento de despedir a los invitados, su clan me reconoció oficialmente como el legítimo esposo de la heredera del antiguo Oyabun, quien también había sido el padre biológico del esposo de mi hermana Maya, Dmitry Volkov.
Me resultó curioso.
Como si nuestros caminos hubieran estado destinados a cruzarse desde mucho antes.
Cuando solo quedó mi familia, también comenzaron las despedidas. Mis hombres cargaron nuestro equipaje en el automóvil. Pasaríamos la noche en el hotel de mi familia, cerca del aeropuerto.
Mi nana salió hasta el umbral de la puerta principal para despedirme. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Ella me había visto crecer desde el día en que nací. Era, para mí, la abuela que nunca tuve.
—No confíes en esa mujer, mi niño. No confíes.
—En sus ojos vi miedo, Nopiltzin (Mi niño) —añadió la madre de Yuri. Ella también terminó adoptándome como a un nieto—. Un animal con miedo ataca. Un ser humano con miedo... mata.
—No bajaré la guardia. Se los prometo. Las veré muy pronto.
Me despedí con un movimiento de la mano, subí al auto y conduje hasta el hotel, seguido por tres camionetas de escoltas. La suite presidencial ya nos esperaba. Ella llevó su propio equipaje. Seguía vistiendo el traje tradicional japonés. Ni siquiera parecía tener ánimo para cambiarse.
Yo tampoco.
Aun así, aquel traje dejó de sentirse cómodo desde hacía horas.
Cuando abrí la habitación, Aiko tomó un vaso de agua y se encerró en el baño durante más de media hora. Aproveché para volver a vestir mi ropa de siempre.
El ventanal ofrecía una vista completa del aeropuerto. Los aviones despegaban entre un mar de luces artificiales.
Falsas.
—Señor García...
No volteé.
El cristal reflejaba su silueta con suficiente claridad.
Las luces blancas de la ciudad tenían una belleza extraña. Hacían que la oscuridad pareciera más honesta.
—Creo que, después de lo que acaba de pasar... debería llamarlo Javier.
Detrás del aeropuerto apenas se distinguía la línea de montañas que rodeaba el valle.
—Creo que suena mejor —respondí.
—Gracias... por hacer esto.
No se acercó. No tenía porqué hacerlo.
Llamaron a la puerta.
—Creo que es para ti, Aiko.
Observé su reflejo caminar hasta la entrada. Abrió la puerta, tomó su maleta y se la entregó al hombre que había ido por ella.
—Tiene mi número. Contestaré sus llamadas y responderé sus mensajes de inmediato.
Un avión acababa de aterrizar. Otros dos ya esperaban turno para despegar.
—Hasta pronto, Javier.
No respondí.
No porque estuviera molesto. Simplemente no encontraba nada que decir.
La puerta se cerró. La habitación no se volvió más fría, tampoco extrañé su presencia. En realidad, nunca había alcanzado a sentir el calor de su cuerpo. Lo único que permaneció fue el tenue rastro de su perfume, jazmines, campo recien regado.
Vi despegar aproximadamente cinco aviones. Uno de ellos pertenecía a una aerolínea japonesa. Supuse que no tenía ninguna razón para prolongar su estancia en mi país.
Cinco aviones partieron.
Solo uno llegó.
Cuando finalmente amaneció, seguía de pie frente al ventanal. Poco a poco, las luces artificiales comenzaron a apagarse.
La luz del sol ocupó su lugar.
Enfrio toda la ciudad.
Pero, al menos….era real.








