Chapter 1
La barbería de la calle 42 no tenia un letrero llamativo; apenas una pequeña placa de bronce que rezaba simplemente: A. V. Servicio de barbería. En el interior, todo era luz cálida, olor a sándalo y el sonido constante de musica clásica a bajo volumen. Don arturo era, para cualquiera que entrara, el hombre mas amable del mundo. Tenia una risa grave y reconfortante, manos que nunca temblaban y una paciencia infinita.
A sus clientes les encantaba hablar con el.
En la silla de cuero, bajo el efecto relajante de las toallas calientes y el sonido del acero contra la piedra de afilar, la gente bajaba la guardia. Don arturo escuchaba con devocion, asintiendo, con esa sonrisa permanente grabada en el rostro.
— un corte clásico hoy, ¿verdad julian? — pregunto arturo, mientras cubria al joven con la capa blanca.
— si, don arturo. La verdad es que me siento fatal por el trabajo, el estres me esta matando — respondió Julián cerrando los ojos.
— el estres es solo ruido, muchacho. Yo te ayudo a limpiar eso.
Arturo comenzó el trabajo. Sus movimientos eran una coreografía perfecta. Con una navaja de acero que brillaba como si estuviera echa de luz, empezo a deslizarse por la nuca de Julián.
Pero habia algo inusual: cuando cortaba los mechones, no permitia que cayeran al suelo. Con un pequeño dispositivo de succión silencioso conectado a la navaja, el cabello era aspirado directamente a un frasco de vidrio esmerilado que estaba oculto bajo el estante.
Cuando julian se fue, sintiendose extrañamente ligero y renovado — aunque un poco confundido, como si hubiera olvidado algo importante — , Arturo se quedo solo, su sonrisa amable se desvaneció, dejando una mascara de concentración absoluta.
Se acercó al frasco. Estaba lleno.
Mechones de todas las texturas y colores se entrelazaban allí dentro, formando una masa que parecia vibrar con un pulso propio. Arturo lo destapó y, con una pinza de plata, tomo un poco de ese cabello. Lo depositó en un mortero de obsidiana y comenzo a triturarlo mientras susurraba palabras que no pertenecían a ningún lenguaje humano conocido.
En la partera trasera de la tienda, detras de un espejo que parecia normal, habia una habitación sellada. Las paredes no estaban decoradas; estaban cubiertas de arriba a abajo con una red intrincada de trenzas humanas, formando una especie de diagrama o mapa a escala.
El plan de arturo era claro, aunque solo él podia entender la magnitud de la atrocidad: cada cliente no solo dejaba su cabello; dejaba un vínculo. Arturo estaba usando esos lazos para tejer una "segunda piel " que envolvía la ciudad entera. El cabello era el conductor de su magia negra, una red que le permitia escuchar, influenciar y, eventualmente consumir la voluntad de todos los hombres que se sentaban en si silla.
— solo un poco más — susurró Arturo, mirando su mapa de trenzas mientras una de las paredes de la habitación empezaba a sangrar una neblina oscura—. Solo necesito la hebra correcta para completar el tejido.
El silencioso de la barbería ya no era el mismo. Don arturo; con su amabilidad habitual, tarareaba una pieza de mozart mientras limpiaba el acero de su navaja.
Sin embargo, en el cuarto oculto, el aire vibraba con una tensión estática.








