1: El match
La primera vez que alguien me advirtió que tuviera cuidado con ella, todavía no sabía que iba a enamorarme. Mucho menos que, algún tiempo después, iba a desear no haberla conocido.
En aquel momento no podía saberlo. Para mí, ella era simplemente una chica que apareció una noche cualquiera en la pantalla de mi teléfono. Era viernes y yo estaba solo en mi departamento, con una cerveza a medio terminar sobre la mesa y una serie que llevaba casi cuarenta minutos reproduciéndose sin que pudiera decir qué había ocurrido en ninguno de los capítulos.
Había tenido una semana horrible. Demasiadas horas en la oficina, demasiados correos, demasiadas reuniones que podrían haberse resuelto con un mensaje de cinco minutos. Mis amigos habían intentado convencerme de salir. Había dicho que no. No estaba buscando una relación. Tampoco estaba buscando una cita. Simplemente estaba aburrido.
Por eso abrí la aplicación. Deslicé varias veces sin prestar demasiada atención. Izquierda. Izquierda. Derecha. Izquierda. Hasta que apareció ella.
Me detuve. No porque fuera la mujer más hermosa que hubiera visto —aunque lo era—, sino por algo más. Fue su sonrisa. En la fotografía estaba sentada en una cafetería, con una taza entre las manos y el pelo ligeramente desordenado. Parecía estar riéndose de algo que ocurría fuera de la imagen. Había algo natural en ella: nada de poses, nada de filtros exagerados, nada de intentar demostrar que su vida era perfecta.
Miré su descripción. Era corta.
“Me gustan las personas que todavía creen que algunas cosas pueden durar.”
Sonreí. No sabía por qué. Tal vez porque yo había dejado de creer exactamente en eso hacía bastante tiempo. Deslicé hacia la derecha.
Unos segundos después apareció la pantalla que todos esperábamos ver: Es un match.
Me reí.
—Bueno...
No suelo escribir primero. Pero antes de que pudiera decidir qué decir, llegó un mensaje.
Hola.
Respondí.
Hola.
La respuesta llegó inmediatamente.
¿Siempre pensas tanto antes de escribir?
Fruncí el ceño.
¿Cómo sabes que estaba pensando?
Porque tardaste casi un minuto.
Miré la pantalla. No tenía idea de que podía ver cuánto tardaba en responder.
¿Me estabas esperando?
Aparecieron tres puntos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.
Quizás.
No pude evitar sonreír. Esa fue la primera vez que hablamos. Y también la primera vez que ella consiguió que hiciera exactamente lo que quería sin que yo siquiera lo notara.
Hablamos durante horas. Descubrimos cosas el uno del otro: a ella le gustaban las películas antiguas, odiaba el café demasiado dulce y prefería el invierno al verano. Yo le conté que trabajaba demasiado, que siempre perdía las llaves y que tenía la costumbre de revisar dos veces la puerta antes de acostarme.
—Sos un poco obsesivo —escribió.
—Precavido.
—Es casi lo mismo.
Me gustó que pudiera bromear conmigo de esa manera después de unas pocas horas. Me gustó que no pareciera esforzarse. Me gustó que quisiera saber cosas sobre mí.
A las tres de la mañana llegó su mensaje.
¿Cuándo nos vemos?
Miré la hora.
¿Así de rápido?
¿Te arrepentiste?
No.
Entonces mañana.
Me reí.
¿Siempre conseguís lo que querés?
Esta vez tardó un poco más.
Casi siempre.
Pensé que era una broma. Ahora sé que no lo era.
La conocí al día siguiente. Elegimos una cafetería pequeña del centro. Llegué diez minutos antes. Ella llegó exactamente a la hora. La reconocí inmediatamente: vestía una campera de jean, llevaba el pelo recogido y tenía esa misma sonrisa de las fotografías. Cuando me vio, se acercó.
—¿Vos sos… Bautista? —dijo mi nombre con suavidad.
Asentí.
—Y vos sos Zoe.
—Espero no decepcionarte.
—Por ahora vas bastante bien.
Se rió. Y durante las siguientes cuatro horas olvidé por completo que había ido allí pensando que solamente quería pasar el rato. Hablamos, nos reímos, caminamos, cenamos. Y cuando finalmente nos despedimos, ninguno de los dos parecía tener ganas de irse.
Estábamos junto a mi auto. Ella me miró.
—Me gustaste.
—Vos también.
Negó con la cabeza, seria.
—No. Creo que no entendiste.
—¿Qué?
Se acercó un poco más.
—Me gustaste mucho.
Después me besó. Fue un beso breve, suave, suficiente para dejarme completamente desconcertado. Cuando se alejó, sonrió con esa sonrisa que ya empezaba a conocer.
—Ahora sí podes irte.
—¿Eso fue todo?
—¿Querías más?
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
Volvió a reírse. Y esa noche, cuando llegué a mi departamento, me encontré sonriendo como un adolescente. No sabía que algunas historias de amor empiezan así: con una persona pensando que tuvo suerte, y otra sabiendo exactamente lo que está haciendo.
Tres semanas después conocí a sus padres. Quizás fue demasiado pronto. Pero en aquel momento no me pareció extraño. Ella me había hablado varias veces de ellos: decía que su relación era complicada, que nunca había sentido que la entendieran, que desde pequeña tenía la sensación de que esperaban constantemente que hiciera algo mal. Yo la escuchaba, la abrazaba, le decía que algún día entenderían que ella era una persona maravillosa. Ella siempre sonreía cuando yo decía eso, como si necesitara escucharlo una y otra vez.
La casa de sus padres era grande y silenciosa. Su madre fue amable conmigo. Su padre también. Pero había algo extraño en el aire, algo que no supe nombrar. Durante la cena me hicieron preguntas: dónde trabajaba, cuánto tiempo llevaba viviendo solo, qué planes tenía, si quería casarme algún día, si quería tener hijos. Respondí todo con claridad. Pero sentía que no estaban intentando conocerme: parecía más bien que estaban evaluándome.
Cuando terminé de cenar, me levanté para irme. Su madre me acompañó hasta la puerta.
—Fue un gusto conocerte.
—Igualmente.
Sonrió, luego miró hacia el pasillo donde su hija se había quedado un momento. Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado por completo.
—Quiero pedirte algo.
—Claro.
Bajó la voz, casi en un susurro.
—Querela mucho.
Me quedé callado, confundido.
—¿Perdón?
Su padre apareció detrás de ella, serio.
—Y si algún día dejas de quererla...
Esperé. Él me sostuvo la mirada sin apartar la vista ni un instante.
—...tené mucho cuidado con cómo se lo decís.
Pensé que había escuchado mal. Miré a su madre, ella ya no sonreía.
—¿Es una broma?
Ninguno respondió. Entonces escuché la voz de ella desde el interior de la casa.
—¿Qué pasa?
Su madre retrocedió de inmediato, recuperando su postura tranquila.
—Nada.
Ella apareció en el pasillo y nos miró, primero a sus padres, luego a mí.
—¿Todo bien?
—Sí —respondí, esforzándome por sonreír—. Tus padres son un poco raros.
Ella bajó la mirada, y por unos segundos pareció dolida.
—Nunca me quisieron demasiado.
Y, por supuesto, hice lo que cualquier hombre enamorado habría hecho en mi lugar: la abracé fuerte, le dije que no importaba, que yo sí la quería, que siempre la querría. Ella apoyó la cabeza contra mi pecho.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me besó. No vi la expresión de sus padres detrás de nosotros. No vi cómo su madre cerraba los ojos, como si temiera algo. No vi cómo su padre apartaba la mirada, con pena. Solo vi a la mujer que amaba. Y pensé que acababa de prometerle algo hermoso: que yo nunca la dejaría.
Todavía no sabía que, para ella, esa promesa significaba algo completamente diferente. Algo mucho más peligroso. Y que algún día iba a entender por qué sus padres habían intentado advertirme. Pero para entonces... ya iba a ser demasiado tarde.








