1. AL FIN
Desde mi divorcio, pasaba el doble de tiempo en mi trabajo. Algunas personas atenúan sus depresiones ejercitándose en un gimnasio, viajando, enamorándose de nuevo o haciendo cosas que antes no se habían atrevido, pero yo prefería quedarme en mi empleo hasta que cayera la noche, salía del edificio únicamente para fumar, ver los automóviles pasar sobre el río asfáltico y oír alguna canción de un músico ciego al otro lado de la calle que cantaba a cambio de limosna antes de volver a encerrarme.
Pese a que la gente solía decirme que era bastante joven, me sentía envejecido y desanimado a mis veinticinco años, el divorcio me desgastó porque mi esposa Rachel nunca aceptó compartir la culpa de un asunto de dos y ella eligió el camino fácil.
Si una mujer toma una decisión no vuelve a mirar atrás.
Entonces, cuando yo salía a fumar, cerraba los ojos pensando en Rachel, oía la música de la guitarra del artista callejero al otro lado de la acera, suspiraba profundo, apagaba el cigarro y regresaba al encierro de mi oficina.
Aun si fumaba cuatro o seis veces todos los días, no diferenciaba los automóviles estacionados, los edificios mercantiles, el cantante pedigüeño en la otra banqueta o el perro pardo echado junto al estuche de guitarra, yo estaba tan ensimismado en mi pesar que nunca reparé en lo que me rodeaba.
Y una vez al mediodía me quedé en la banqueta a fumar como siempre. El vagabundo mudó de la tienda de enfrente a donde yo estaba y entonaba una canción muy conmovedora para mí, la recordaba con cariño porque solía cantársela a mi esposa, incluso la bailamos en nuestra boda. Me acerqué con una sonrisa y me reflejé en los lentes oscuros del vago:
—Al fin mi amor ha llegado. / Mis días solitarios han terminado / y la vida es como una canción. / Al fin los cielos están azules. / Mi corazón fue envuelto en un trébol. / La noche que te miré / encontré un sueño, al que le podía hablar. / Un sueño que puedo llamar mío. / Encontré una emoción para presionar mi mejilla. / Una emoción que nunca he conocido. / Tú sonreíste, tú sonreíste, / oh, y luego el hechizo fue lanzado. / Y aquí estamos en el cielo / porque eres mía al fin.
Añoré a Rachel. Mantuve mi gesto con el cigarro entre los dientes y extraje de mi bolsillo un puñado de monedas para dejarlas caer en el estuche que fungía como bandeja; noté la juventud del artista y también su guitarra, que me pareció demasiado costosa.
—Qué linda canción —murmuré.
Él no respondió y aun si ni siquiera levantó la frente, distinguí en sus facciones un rostro conocido, una imagen de mi pasado.
—¡Qué carajo! ¿Tú…? —Me enderecé, perplejo— ¿Bicho?
—¿Quién es? —Alzó la frente— ¿Cómo sabes mi nombre?
—¡Soy Abraham Farina! ¿Me recuerdas, Bicho?
Me acuclillé frente al músico, quien abrió los ojos cuan grandes eran, como si realmente pudiera verme, dejó a un lado la guitarra y comenzó a echar las monedas del estuche a sus bolsillos.
—¡Soy Abraham Farina! —insistí— Te obsequié esa guitarra cuando vivíamos en la ciudad de Apalaches —señalé el instrumento—. ¡No puedo creerlo! Te he visto al otro lado de la calle por meses y no te reconocí.
—No sé quién eres ni de qué hablas.
El joven guardó la guitarra, levantó la franela sobre la que estaba sentado y colocó una correa vieja al perro, que se sacudió varias veces. Yo sabía que no me equivocaba, pude reconocer sus líneas trianguladas detrás de las gafas oscuras aun si estaba muy sucio, por eso me molestó su actitud.
—Si no sabes quién soy, ¡entonces regrésame la guitarra! Se la obsequié a mi amigo cuando éramos niños.
Intenté arrebatarle el estuche y el perro comenzó a ladrarme. El músico se aferró con ambas manos al instrumento por unos instantes, pero terminé por jalar el estuche y el vago cayó de rodillas, sus lentes oscuros se deslizaron en el suelo y, a tientas, intentaba hallarlos.
—Bicho, ¿en serio no me recuerdas? —balbuceé abstraído.
El vago se incorporó trabajosamente, sujetó al perro por la correa y, con el gesto entristecido, huyó en el sentido contrario a mí. No traté de seguirlo, por un momento, dudé de mis propias memorias, quizá confundí al ciego con aquella persona que conocí cuando era adolescente.
Sólo alcancé el estuche antes de entrar a la Editorial.
Para confirmar mi suposición abrí el estuche, observé con detenimiento el cuerpo de la guitarra y hallé la inscripción que decía: Cuando las palabras fallan, la música habla. Te amo. Abraham.
«Definitivamente es Bicho —pensé—. Debo hallarlo». Cerré el estuche, me eché las llaves al bolsillo y salí del edificio en busca del vagabundo.
*La canción es «At last» (1960) de Etta James.
*Frase de Hans Christian Andersen (1805-1875).








