CAPITULO 1 - EL REGRESO
La ciudad no había cambiado o quizá sí. Quizá la que había cambiado era ella. Valentina Herrera observó por la ventanilla del automóvil mientras las calles conocidas aparecían una detrás de otra. Los edificios modernos habían reemplazado algunos comercios antiguos, había nuevos restaurantes, nuevos hoteles y rostros que no reconocía.
Pero ciertas cosas seguían exactamente donde las había dejado, la avenida que conducía al centro, La iglesia de la esquina, El viejo parque donde solía estudiar durante la universidad Y, al final de aquella carretera, la casa de su padre.
Valentina respiró lentamente, habían pasado tres semanas desde el funeral, tres semanas desde que Rafael Herrera había muerto Y todavía no conseguía pronunciar la palabra padre en pasado.
—No tienes que quedarte mucho tiempo —dijo Camila desde el asiento del copiloto—. Hacemos lo necesario, vendemos la casa, arreglamos los papeles y te vuelves conmigo.
Valentina soltó una pequeña sonrisa.
—¿Y desde cuándo decides tú dónde vivo?
—Desde que tú empezaste a tomar decisiones horribles.
—Qué específica.
—Tengo una lista.
Valentina finalmente la miró. Camila Reyes llevaba unas gafas de sol enormes y el cabello recogido de cualquier manera, como si hubiera salido de casa cinco minutos antes.
Era exactamente la misma mujer que había conocido hacía doce años en la universidad. Solo que ahora tenía una empresa, una colección absurda de zapatos y una habilidad impresionante para meterse en problemas.
—¿Cuánto tiempo llevas esperando decirme eso? —preguntó Valentina.
—Desde que dijiste que querías venir sola.
—No vine sola.
Camila levantó una ceja.
—Porque prácticamente te obligué.
Valentina volvió la mirada hacia la carretera.
—No quería que vinieras.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Camila se quitó las gafas.
—Porque eres mi mejor amiga.
Valentina no respondió, Camila tampoco insistió. Era una de las pocas personas que sabía cuándo dejarla en silencio. El automóvil continuó avanzando. Valentina bajó la mirada hacia sus manos.
Sus uñas estaban impecablemente arregladas. Su traje color crema no tenía una sola arruga y el reloj que llevaba en la muñeca había pertenecido a su padre.
Todo en ella parecía estar bajo control, todo excepto lo que sentía. Había pasado los últimos años construyendo una vida lejos de aquella ciudad, una carrera, un apartamento, una rutina, una versión de sí misma que no necesitaba mirar hacia atrás y entonces Rafael había muerto. Y ahora estaba regresando al lugar del que había pasado años intentando escapar.
—¿Has hablado con el abogado? —preguntó Camila.
—Esta mañana.
—¿Y?
—Dice que hay documentos que necesitan mi firma.
—Eso es normal.
Valentina permaneció callada.
—¿Qué? —preguntó Camila.
—Hay algo raro.
—¿Qué cosa?
—Me dijo que mi padre dejó instrucciones específicas sobre ciertos documentos.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué tipo de documentos?
—No lo sé.
—¿No te explicó?
—Dijo que quería hablar conmigo personalmente.
Camila la observó durante unos segundos.
—Eso sí es raro - Valentina asintió.
Su padre nunca había sido un hombre dado a las sorpresas, Rafael Herrera era meticuloso, Organizado, Previsor, Tenía carpetas para todo, Contratos archivados por fecha, Copias de documentos importantes, Contraseñas guardadas. Incluso había dejado instrucciones sobre quién debía cuidar a su perro si alguna vez él no estaba.
Su muerte había sido repentina, pero algunas cosas parecían demasiado organizadas, como si hubiese sabido que algo podía ocurrir. Valentina apartó ese pensamiento.
—Probablemente sea una cuestión legal.
—Probablemente.
El tono de Camila decía exactamente lo contrario. El automóvil dobló hacia una calle más tranquila Y entonces apareció, la casa. Valentina sintió un nudo en el pecho, la propiedad había pertenecido a su familia durante más de treinta años.
Una casa grande, de arquitectura clásica, rodeada de árboles y un jardín que su padre cuidaba personalmente, las ventanas del segundo piso estaban cerradas, las luces apagadas, la casa parecía contener la respiración.
Camila estacionó.
Durante unos segundos ninguna de las dos bajó.
—¿Quieres que entre contigo? —preguntó.
Valentina asintió.
—Sí.
Camila tomó su bolso.
—Entonces vamos.
Valentina abrió la puerta. El aire de la tarde golpeó su rostro Y por primera vez desde que había regresado, tuvo una sensación extraña. No era tristeza, No exactamente, Era la sensación de estar siendo observada, Giró la cabeza, La calle estaba vacía, Un automóvil pasó lentamente al otro lado, Valentina lo siguió con la mirada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Camila.
—Nada.
Pero antes de entrar a la casa, Valentina volvió a mirar la calle, El automóvil ya había desaparecido. La puerta se abrió con dificultad, El olor de la casa la golpeó inmediatamente, Madera, Café, El perfume de su padre. Valentina se quedó quieta.
Había algo cruel en encontrar los objetos de una persona exactamente donde los había dejado.
Los zapatos de Rafael junto a la entrada, un periódico doblado sobre la mesa, una taza en la cocina, Su chaqueta colgada detrás de la puerta. Como si fuera a regresar en cualquier momento. Valentina cerró los ojos.
—Lo extraño —susurró.
Camila no dijo nada, Solo tomó su mano.
Valentina respiró profundamente y la soltó.
—Tengo que revisar el despacho.
—¿Ahora?
—Sí.
—Valentina...
—Si lo dejo para mañana, no voy a hacerlo.
Camila suspiró.
—Bien.
Subieron las escaleras, Cada peldaño parecía devolverle un recuerdo, La habitación donde hacía sus tareas, La pared donde había fotografías familiares, El dormitorio de su padre, Finalmente llegaron al despacho, La puerta estaba cerrada. Valentina sacó una pequeña llave de su bolso.
La había encontrado entre las pertenencias de Rafael después del funeral, Nunca había visto aquella llave, La introdujo en la cerradura.
Click.
La puerta se abrió, El despacho estaba exactamente como lo recordaba, Escritorio de madera oscura, Biblioteca, Fotografías, Archivos, Valentina entró.Camila se quedó cerca de la puerta.
—¿Qué buscas?
—No lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
Valentina ignoró el comentario, Se acercó al escritorio, Abrió el primer cajón, Papeles, Facturas, Documentos, Nada extraño, Segundo cajón, contratos, Tercer cajón Vacío.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Mi padre nunca dejaba un cajón vacío.
Camila se acercó.
—Quizá lo vaciaron.
Valentina pasó los dedos por el fondo, Había una pequeña irregularidad en la madera, Presionó, Nada, Volvió a hacerlo, Esta vez escuchó un pequeño sonido.
Click.
Una sección del fondo se levantó. Camila abrió los ojos.
—¿Qué demonios...?
Valentina sacó un sobre, Era viejo, Sin nombre, Sin dirección, Solo tenía una frase escrita a mano, La reconoció inmediatamente, Era la letra de su padre. Valentina sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza, Le dio la vuelta, Había solamente cuatro palabras.
NO CONFÍES EN LOS FERRER.
Camila dejó de respirar por un instante. Valentina levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
Camila tomó el sobre.
—No tengo idea.
Valentina volvió a mirar la frase.
Los Ferrer.
Ese apellido no aparecía en la vida de su padre desde hacía muchos años O al menos eso era lo que ella creía.
—Mi padre nunca hablaba de ellos.
—Entonces quizá deberías abrirlo.
Valentina dudó. El teléfono de Camila vibró.
—Espera.
Camila miró la pantalla.
—Tengo que contestar.
Se alejó unos pasos. Valentina volvió a mirar el sobre. Por alguna razón, tenía miedo de abrirlo. Como si las palabras que estaban dentro pudieran cambiar todo lo que creía saber sobre su padre.
Finalmente introdujo un dedo bajo el borde., El papel comenzó a rasgarse, Entonces escuchó algo, Un sonido procedente del exterior, Un automóvil. Valentina levantó la cabeza, Se acercó lentamente a la ventana, Abajo, frente a la casa, había un vehículo negro estacionado.
No podía ver al conductor. Pero esta vez estaba segura de algo. Alguien la estaba observando Y esa persona sabía que había regresado. Valentina apretó el sobre contra su pecho.
Sin saber todavía que aquella pequeña nota sería el comienzo de una historia que cambiaría para siempre su vida.
Y que, antes de que terminara aquella semana, conocería al hombre cuyo apellido acababa de encontrar escrito en la última advertencia de su padre.
Alejandro Ferrer.








