El último primer día
El aire estaba tan cargado de electricidad estática que casi se podía masticar. No era solo el ruido metálico de las taquillas cerrándose de golpe o las risas nerviosas de los de primero; el pasillo del Santa María rugía con esa ansiedad animal del inicio de curso.
En el ojo de ese huracán, inmóvil y perfecta, estaba Belinda.
La multitud se abría a su paso instintivamente, creando un vacío reverencial a su alrededor. Su séquito orbitaba cerca, aguardando instrucciones. Ella caminaba con la espalda recta, calibrando una sonrisa diseñada para elevar o destruir según su capricho del momento.
—La fiesta en casa de Jake tiene que ser el broche de oro —sentenció.
Mantuvo el tono bajo, consciente de que el silencio se haría solo para escucharla.
—Es el aviso definitivo de quién manda aquí. Ya tenemos dieciocho; ahora sí se acabaron los juegos de niños.
Lo soltó con esa dulzura que apenas camuflaba el filo de la navaja. Era su territorio, su momento, su último año. Belinda estaba decidida a que todo siguiera el guion previsto en aquel último primer día.
Se dirigía segura hacia el aula de Historia, hasta que su mundo perfectamente ordenado se frenó en seco. Un cuerpo bloqueaba el marco de la puerta.
El chico era tan alto que rozaba el dintel. Tensaba una camisa impoluta con unos hombros anchos y llevaba la corbata floja, lo que le confería un aire de peligrosidad despreocupada. Ocupaba el espacio con un aplomo que se sentía como un desafío. Pero fue su rostro lo que la paralizó: pómulos marcados, mandíbula firme y una barba de pocos días enmarcando unos labios finos y duros.
Y esos ojos. Grises. Glaciales. Observaban el pasillo; era obvio que todo aquel ruido era un fallo en su matriz de vida.
Cuando su mirada chocó con la de ella, Belinda sintió un tirón físico. La evaluaba con descaro absoluto, dándole la sensación de un adulto perdido en un mar de adolescentes.
Para su propia sorpresa, ella apartó la vista primero, sintiendo cómo un calor súbito le trepaba por el cuello. La profesora Andrews apareció justo tras él.
—Clase, les presento a Damien Thorne. Se incorpora hoy al último curso, ayúdenle con el sistema de clases.
Thorne. Espina. El apellido le encajaba con demasiada precisión.
Damien entró con tranquilidad. Caminaba despacio, con la pesadez de quien se sabe imposible de ignorar. Las cabezas giraron a su paso como fichas de dominó. Al cruzar junto a la fila de Belinda, la envolvió en un aroma limpio a jabón y madera antes de dejarse caer justo en el asiento de atrás.
Su presencia se transformó en una presión constante en la nuca. De repente la voz de la profesora quedó lejos, reducida a un zumbido de fondo. Belinda tenía toda su atención en cada movimiento a su espalda. Cuando él se inclinaba hacia la mochila, su respiración le rozaba el pelo; al acomodar las piernas, su rodilla chocaba levemente contra el respaldo de ella. Contactos mínimos, accidentales, suficientes para encenderle un hormigueo molesto en la piel.
Se negó a consentirlo. Se giró con su mejor sonrisa: pulida, perfecta, afilada.
—Bienvenido al Santa María. Es una lástima que llegues el último año. Vas a ir muy justo de tiempo para hacer... amigos.
Él la miró de frente. Curvó la boca despacio, en un gesto carente de toda amabilidad.
—Paso de hacer amigos... ¿Belinda? —Pronunció el nombre con la duda de quien lee una etiqueta irrelevante—. Prefiero gastar mi tiempo en cosas que existan de verdad.
La incomodidad le pinchó el estómago ante esta respuesta inesperada. Estaba acostumbrada a que su nombre fuera una ley, nunca una pregunta.
—La misma —confirmó seca, manteniéndose firme—. ¿A qué te refieres?
Damien se inclinó hacia delante, invadiendo su terreno. Su aliento cálido le golpeó el oído.
—A que me la suda la jerarquía de instituto —susurró—. No tengo tiempo para amistades de mentira, y mucho menos para disfraces de «niña mala», Belinda.
Ella contuvo la respiración. Nadie le hablaba así. Nadie.
La furia le subió a la cara, mezclada con un latigazo de excitación imposible de catalogar. Se irguió, dispuesta a responder, a ponerlo en su sitio, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Por primera vez, se quedó en blanco. La actitud de él era una muralla con un mensaje claro: «Inténtalo. Quiero ver si puedes».
Entonces Damien se recostó en la silla, cortando el contacto.
—Tu mochila me estorba —dijo, recuperando el tono normal, señalando con la punta de la bota la correa del bolso de diseñador que invadía el pasillo entre pupitres.
Fue una orden escueta.
Belinda le sostuvo el pulso. Un segundo. Dos.
Y cedió.
Recogió la correa con un movimiento brusco. Un gesto insignificante para cualquiera, pero para ella, que jamás se doblegaba, supuso una mancha en su pulcro expediente social. Lo peor fue la punzada que sintió después: una parte de ella, la más traicionera, empezó a desear que él le hablara de nuevo, aunque fuera para exigirle algo más.
El timbre sonó, quebrando la tensión. Sus amigas la rodearon al instante, lanzando comentarios sobre el «chico nuevo misterioso», evaluándolo, como a todo, con bastante ligereza. Belinda asentía de forma mecánica, pero sus ojos no podían dejar de seguir los movimientos de Damien.
Lo vio levantarse sin prisa, guardar sus cosas y salir del aula ignorándola por completo. Belinda lo supo entonces, con una convicción que le encendió la sangre: este último año ya no giraría en torno a su dominio y su popularidad.
Ahora todo trataría sobre él.








![[Moving to Galatea] What We Never Healed](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_b00b828931c645f2eccdf3396cb15498.jpg)