Prólogo
Construyó tantos castillos como pudo solo para mirar su bonita sonrisa.
Los levantó con las manos temblorosas de quien todavía creía que el amor podía proteger algo, aunque fuera por un instante. Castillo tras castillo, promesa tras promesa, como si al inventar un mundo más suave pudiera salvarla de todo aquello que ya empezaba a desgastarla en silencio. Como si las paredes imaginarias, las torres imposibles y los cielos dibujados a medias pudieran sostener lo que la vida insistía en arrebatarle.
Hae-jin la miró con detenimiento.
Miró su rostro como quien mira algo sagrado y sabe, muy dentro de sí, que algún día tendrá que recordarlo sin poder tocarlo. Contó cada una de sus pestañas. Admiró las pequeñas pecas que adornaban su piel como diminutas estrellas. Recorrió con la mirada la línea suave de su nariz, la curva cansada de sus labios, la forma en que su sonrisa aparecía incluso cuando el cuerpo parecía no tener fuerzas suficientes para sostenerla.
Quiso memorizarlo todo.
No por costumbre.
No por ternura.
Sino por miedo.
Porque Aerin se había vuelto su ancla a la tierra, el punto exacto al que su corazón regresaba incluso cuando todo a su alrededor parecía quebrarse. Aerin había sido su fantasía hecha realidad, pero no de esa forma perfecta e imposible de los cuentos, sino de una manera mucho más cruel: real, frágil, viva. Una fantasía con manos frías, respiración cansada y ojos capaces de iluminar una habitación incluso en sus días más oscuros.
Y Hae-jin, sin saber muy bien cuándo ni cómo, también se había convertido en algo parecido para ella.
Había sido su motivo para seguir adelante cuando el peso del mundo se volvía insoportable. La voz que la llamaba de regreso. La presencia que la sostenía sin pedirle explicaciones. El silencio donde podía descansar sin fingir que estaba bien. Se había convertido en su ángel en la tierra, no porque no tuviera heridas, no porque no cometiera errores, sino porque incluso roto, incluso perdido, incluso incapaz de salvarse a sí mismo, siempre intentaba alcanzarla.
Tal vez por eso dolía tanto.
Porque había amores que no llegaban haciendo ruido. Algunos nacían despacio, entre miradas que duraban demasiado, manos que se rozaban por accidente, palabras que nadie se atrevía a decir y despedidas que empezaban mucho antes del final.
Aerin sonreía como si aún quedara tiempo.
Hae-jin la miraba como si quisiera aprenderse de memoria cada segundo.
Y en medio de todo, entre castillos inventados y estrellas diminutas sobre su piel, ninguno de los dos entendió que amar también podía ser eso: construir un lugar imposible para alguien que tal vez no podría quedarse.








