Capítulo 1
“Despierta niño, ¿Puedes escucharme?” después calma, y solo la compañía de la oscuridad de la noche “Déjalo, es muy...” no terminó. Abrí mis ojos y me incorporé de golpe antes de que pudiera terminar la frase. Lo primero que vi fueron un par de manchas blancas, tenue, como la luz que se cuela a una habitación por debajo de la puerta, dos espectros. Y aunque no tenían forma humana, estaban dispuestos de tal manera que uno parecía estar sentado en el sillón y el otro permanecía de pie a un lado.
—¡Mam...—traté de gritar, pero había algo en ellos que me hizo sentir que no había razones para alarmarme.
—¿Quiénes...quienes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo entraron?
—Tranquilo, chico. Todo está bajo control. —Dijo la figura que estaba de pie. —Por ahora, no podemos decirte mucho al respecto, lo que sí me sorprende es que un humano de tu edad haya...
—¿Humano? ¿A qué te refieres con “humanos”? – Y aunque la habitación estaba fría pude sentir como una gota de sudor bajaba por mi espalda y como mi frecuencia cardiaca comenzaba a acelerarse.
—Por ahora no podemos comunicarte mucho. Tu mente no está lista. Solo...duerme.
Sentí como si mi espalda pesara toneladas y caí de golpe hacia la cama. Perdí el conocimiento por unos segundos, pero inmediatamente me reincorporé.
—¡Tú no pued...—
Me incorporé de golpe. Estaba solo en mi habitación. Ya había amanecido. Tal vez había sido un sueño.
Tenía doce años cuando ocurrió la primera interacción. Nueve días después llegaría el primer golpe de realidad. Los problemas más grandes que podría tener un niño de mi edad eran esperar el spring break y qué nuevo videojuego compraría en Navidad para jugar con Kalvin, mi mejor amigo de la infancia. Por lo general iba a casa en el autobús escolar, pero esta vez mis padres me estaban esperando en la camioneta de mamá. Papá me observaba desde detrás del volante, mientras que mamá me miraba con melancolía sujetando el cinturón del asiento de copiloto.
—Sube. —Dijo mi padre sin muestra de emoción alguna.
—Papá, yo...—no pude terminar la frase porque mamá me interrumpió.
—Cariño, no hay tiempo para explicaciones, hablaremos de la situación en el camino, por favor sube. —dijo mamá mientras miraba de reojo la parte trasera de la camioneta.
—¿Situación, de qué situación hablas? pregunté desconcertado a mamá.
—Pat, no hay tiempo, sube al auto y vístete en el camino— dijo señalando una bolsa que colgaba de una percha dentro del automóvil.
Subí a regañadientes a la camioneta por la puerta de la acera y puse mi mochila en el asiento.
—Pero este es mi traje para...—papá me lanzó una mirada fría por el retrovisor del auto.
No era necesario terminar la frase. El traje negro dejó de ser una coincidencia. Papá manejó un par de horas hasta llegar a un lugar que era muy conocido por mí. Las hojas cediendo ante el paso del tiempo. Las aceras teñidas de naranja. El aroma a tierra mojada que llegaba del río tenía algo de hogar, de infancia, de nostalgia. Mi corazón dio un vuelco porque sabía que nos dirigíamos a la casa del abuelo. De pronto esa atmósfera cambió radicalmente, una parte de mí empezó a preocuparse. Conforme avanzábamos, la cantidad de árboles fue cediendo lugar a un condominio. Casas de dos plantas con un patio frontal comenzaban a verse a los lados de las calles. Hasta que llegamos. Una casa blanca de dos plantas. Tenía un porche al frente y un jardín amplio. En el centro se alzaba un viejo roble oscuro, con un columpio colgando de una de sus ramas. Un camino de piedras conectaba el jardín con la acera. A un lado de la casa estaba el garaje en el que mi abuelo tenía guardado su viejo Thunderbird blanco de 1956, con llantas de cara blanca. Pero esta vez el ambiente era distinto. ¿Por qué tanta formalidad?
La acera estaba llena de autos. Bajé antes que mis padres. Los esperé en las escaleras del porche. Cuando llegamos al umbral de la puerta, la abuela ya nos estaba esperando. Quise pensar que exageraba. Que era una visita más.Pero su vestido negro y el velo sobre su cabeza eran una respuesta suficiente. Me tomó con fuerza entre sus brazos. Me revolvió el cabello, apretó mis mejillas. No me soltó. Sentí la presión en la espalda, como si mis huesos intentaran acomodarse de nuevo.
—Pat, cariño, a él le hubiese encantado saber que venías—terminó.
Empecé a caminar entre un penetrante olor a café y murmullos de personas que decían recuerdos en común y anécdotas del abuelo. Seguí mi camino…poco a poco aquel murmullo se fue adelgazando hasta desaparecer.
Por fin llegué a la caja y pude verlo. Lucía diferente; la cara del abuelo siempre había transmitido calma, hogar, protección. Ahora sus facciones se veían distintas. Tal vez ahora ya ni siquiera recordaba cómo era el abuelo. Una sensación de miedo me recorrió la espalda, ¿Por qué no podía recordar una cara distinta a la que estaba viendo ahora? Me perdí unos segundos y una voz desconocida me trajo de vuelta a la realidad.
—Es raro que haya quedado así... con lo que pasó—dijo una voz detrás de mí mientras me sujetaba por el hombro
No levanté la vista, ese momento solo era para mi abuelo y para mí, o al menos lo que quedaba de él.
—¿” Con lo que pasó” a qué se refiere? —dije aún sin levantar la cabeza.
—Cinco pisos no dejan rostros tan intactos, “niño”—dijo mientras se guardaba un reloj de bolsillo en el saco.
—¿Quién es usted…? —Silencio. No había nadie conmigo. Los susurros que habían callado volvieron a sonar y una sensación familiar recorrió mi cuerpo, similar a lo que sentí con aquellos espectros de mi habitación, pero esta vez me heló la sangre y al mismo tiempo como si algo por dentro de mí se quemara. No vi su cara. No lo necesitaba.








