The Crown 2041 by santiago at Inkitt
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The Crown 2041

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Summary

Les ahorro tiempo. El mundo terminó. Yo sigo vivo. Todavía no entiendo cuál de las dos cosas es más absurda. Mi nombre es Owen. Antes era físico. Ahora corro. Corro de monstruos, de mis errores... y, la mayoría de las veces, de ambos al mismo tiempo. Hace trece años alguien tuvo la brillante idea de meterle una corona biomecánica en la cabeza a la gente. Sorprendentemente, esa no fue la peor decisión que tomó la humanidad. Desde entonces sobrevivo gracias a un puñado de reglas, una zorra plateada llamada Gin y una costumbre bastante rara de hablarle a una cámara que no existe. Si quieren saber cómo demonios sigo vivo, acompáñenme. Porque yo tampoco lo sé.

Genre
Scifi/Humor
Author
santiago
Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El hombre y la zorra.

El cielo se está poniendo naranja y yo sigo corriendo.

Genial. Perfecto. Excelente plan.—Gin, esto es culpa tuya.No es culpa suya. Es mía. Siempre es mía. Pero culparla me hace sentir mejor mientras mis pulmones tratan de salir por la boca.

Ella va adelante, patas veloces, su pelaje plateado se mueve entre los árboles.

La Crown brilla. Cada. Puto. Segundo.

¿Por qué no simplemente cuelgo una bengala de mi cuello? ¿Por qué no grito “ESTOY AQUÍ” cada cinco minutos? —¡Esa casa! —le grito, señalando lo que alguna vez fue una vivienda y ahora es un esqueleto de madera cubierto de hiedra. Entonces lo escucho.

Tap.

Silencio.

Tap. Veinte metros atrás. Tal vez menos.

No volteo. Voltearme es admitir que tengo miedo. Y si admito que tengo miedo, voy a entrar en pánico. Y si entro en pánico, muero. Los pasos son perfectos. Equidistantes. Como si estuviera paseando. Como si ya supiera dónde voy a terminar. Gin se cuela por una ventana rota. Yo voy directo a la puerta.

Cerrada. Por supuesto. Tap… tap… Más cerca. Diez metros. Quizá menos.

Pateo la puerta. Una vez. Dos.

La madera está podrida pero la cerradura aguanta como si le pagaran extra. —Vamos, vamos, VAMOS... Tercera patada. La puerta cede. Caigo adentro, me arrastro, me pongo de pie. Gin ya está en el fondo, olfatea las esquinas. Sus orejas apuntan hacia atrás. Hacia afuera. Hacia el prowler.

Cierro la puerta. No hay pestillo. No hay nada para trabar.

Busco algo, lo que sea. Una silla rota. La encajo contra el picaporte. Eso no va a detenerlo. Pero hace que me sienta productivo. Me alejo de la puerta, tomo aire. El lugar huele a humedad y madera podrida. Las paredes están cubiertas de moho. El techo tiene agujeros del tamaño de una persona. No es ideal. Pero es mejor que estar afuera. Regla #7: Un refugio de mierda es mejor que ningún refugio. Me apoyo contra la pared del fondo. Gin viene hacia mí, se sienta a mi lado.

Tensa. Alerta.

La miro.

Ella me mira. —No digas nada. No dice nada. Nunca lo hace. Pero juro que a veces veo juicio en esos ojos ámbar. Silencio. Afuera, nada. Ni pasos. Ni ruido. Nada. Lo cual es peor. Porque significa que está ahí. Esperando. O planeando. O haciendo lo que sea que los Prowlers hacen cuando se dan cuenta de que su presa se encerró en una caja de madera con dos salidas y cero planes de escape.

Miro hacia arriba. Hacia dónde estaría la cámara si mi vida fuera una película. Hablo en voz baja. Como siempre.

—Entonces... ¿vieron eso? —digo hacia la nada—. Esa parte donde corrí como un campeón olímpico directo hacia una trampa sin salida. Impresionante, ¿no? Gin me mira de reojo.

La ignoro. —Tienen que entender el contexto —sigo hacia la cámara—. Verán, la idea original era no llamar la atención. Explorar en silencio. Entrar, agarrar lo que necesitábamos, salir. Simple. Elegante. Profesional.

Hago una pausa. Me froto la cara con las manos. —Pero resulta que hay una diferencia entre “explorar en silencio” y “tirar una pila de latas oxidadas en un supermercado abandonado porque te asustó una rata”.

Gin resopla.

—Era una rata grande, Gin. Tenía derecho a asustarme. Silencio otra vez. Afuera, creo escuchar algo. Un roce. Leve. Como algo deslizándose contra la pared exterior.

Me tenso. Gin se pone de pie. Gruñe. Bajo. Gutural. —Sí, ya sé —susurro—. Ya sé que está ahí. Miro hacia la cámara otra vez.

—Si se preguntan por qué no salgo corriendo otra vez... buena pregunta. Yo también me lo pregunto. Creo que tiene que ver con que ya no me quedan piernas. O pulmones. O porque es exactamente lo que él espera. Me quedo frente a la puerta. La silla que puse no sirve de nada. Lo sé. Él lo sabe. Probablemente hasta Gin lo sabe. Pero todavía está ahí. Y mientras esté ahí, puedo pretender que tengo algún tipo de control sobre esta situación. Y entonces.

Del otro lado de la puerta, escucho algo que no esperaba.

Una voz.

No humana. Pero tampoco completamente... no humana.

Como si alguien hubiera metido una voz humana en una licuadora con cables y estática. —Abre… la… puerta. Gin se eriza completamente. Arruga la nariz. Muestra los colmillos.

Yo no me muevo.

Porque ahora sí estoy oficialmente cagado de miedo. Regla #4: Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, dejes que un Prowler te manipule. —Bien —digo a la cámara inexistente— Es periférico y solo uno. Tenemos oportunidad. Gin gira la cabeza hacia la puerta trasera.

¿Otro? Claro que otro. Regla #6: Si hay un prowler seguro hay más, y si aún no los hay, los habrá. —Es la última vez que escucho tus ideas Gin, son basura. La idea fue mía. Estamos así por mi culpa, pero es culpa de Gin por hacerme caso. Miro alrededor. Evalúo. La casa está hecha mierda. Paredes frágiles. Techo con agujeros. Vigas expuestas que parecen a punto de colapsar si las miro con mala cara.

¿El salon? Vacío.

¿Las habitaciones? También. Ventajas: ninguna. Desventajas: todas.

Camino hacia la cocina. Está destruida pero… bajo una mesada, la veo.

Azul, metálica, regordeta. Una garrafa.

La miro.

Ella me devuelve la mirada. —Hola, hermosa —susurro. Gin me lanza una mirada que claramente significa “¿Estás hablándole a una garrafa?“. —Cállate. Estoy trabajando. Me acerco. La levanto. Pesa. Eso significa que tiene algo adentro.

Suficiente para... bueno, para algo. Miro hacia la cámara invisible.

—Bien mi querida audiencia. Estos no son prowlers centrales, solo calculan escenarios A, B y C. Así que aún podemos vivir. Tal vez.

Arrastro la garrafa hacia el centro de la habitación. Gin retrocede, inquieta. —Dudo que su IA sea capaz de procesar el plan: “garrafa de gas en la puta cara”. Giro la válvula. El gas empieza a escapar. El sonido es un siseo constante. El olor es asqueroso. Gin gruñe. Sus orejas apuntan hacia la puerta trasera. —Exacto. Ese es el punto. Dos Prowlers. Uno adelante, uno atrás. Ambos esperando que yo haga algo predecible. Como... salir corriendo.

Saco mi encendedor. Lo sostengo como si fuera una granada. —Pero yo no soy predecible. Soy un imbécil con tendencias autodestructivas y cero sentido de autopreservación. Lo cual, en este contexto, es una ventaja. Miro a Gin.

—Escucha. Cuando te diga, vas a esa ventana trasera. La rompes y haces el ruido más fuerte que puedas. Luego corres hacia el bosque. ¿Entendido? Ella me mira. Claramente pensando “es la peor idea que has tenido” —Corrección —sonrío— la peor idea que he tenido por ahora. Afuera, la voz otra vez.

—Abre… la… puerta. —Ya voy, ya voy. Me estoy vistiendo. No me apures. El gas sigue saliendo. Mis ojos empiezan a picar. El olor a huevo podrido es insoportable. Esto es una pésima idea, me dice mi instinto de supervivencia. Todas mis ideas son pésimas, le respondo. —Gin. Ahora. Ella explota hacia la ventana trasera. Rompe el vidrio con el cuerpo.

Aúlla. No es un aullido normal. Es amplificado. Distorsionado. Afuera, escucho algo moverse. Rápido. Hacia el ruido. Cayó en la trampa.

Falta uno.

Miro hacia la puerta delantera. No lo escucho. Perfecto, también cayó.

Entonces la silla cae.

Mierda.

La puerta sale volando. Detrás, el prowler con la pierna en alto.

Avanza hacia mi. Un paso. Luego otro.

El gas desplaza el oxígeno.

Corro.

Subo las escaleras. Tres escalones a la vez.

El periférico se abalanza. Extiende su brazo.

La silla se interpone en su camino.

Tropieza

—¡Mierda si! Sabía que serviría para algo.

Enciendo el encendedor.

La llama es pequeña. Naranja. Casi linda. —Regla #23 —digo en voz alta—: No acumular recursos, de nada sirven si estás muerto. Tiro el encendedor.

Nada.

El prowler se pone de pie.

Entonces…

BOOM.

El aire empuja violentamente. Las llamas se expanden. Demasiado rápido. No es una explosión de película. No hay bola de fuego gigante. Pero tendrá que bastar. La puerta de atrás sale volando. Literalmente. Se desprende de las bisagras y golpea al prowler de afuera.

Escucho ese sonido. Ese grito eléctrico agudo que hacen cuando algo los daña. El lamento se extiende unos momentos y... cesa. El que estaba dentro de la casa se queda de pie.

Mirándome directamente a los ojos. Mientras las llamas lo consumen.

Gin ya está en el techo, asomándose por el agujero.

Salto. Agarro el borde. Me arrastro hacia arriba. El fuego abajo consume todo. Voraz. Insaciable.

Gin salta hacia el árbol más cercano. Aterriza limpio. Por supuesto. Yo la sigo. Caigo en un arbusto. Las espinas se me clavan en la espalda, en los brazos, en todos lados. Pero estoy vivo. Por ende puedo correr.

Así que corro.

Gin a mi lado. El fuego detrás. La noche adelante. Hablo a la cámara.

—Ven, eso es lo que llamo improvisación táctica. O estupidez con suerte. Todavía no estoy seguro. Sigo hasta que mis piernas no responden. Hasta que el fuego detrás es solo un resplandor naranja entre los árboles. Me apoyo contra un tronco.

Respiro. Como si acabara de correr una maratón. Porque básicamente lo hice.

Pulmones de mierda. Gin se sienta a mi lado. También agitada. La Crown en su nuca zumba más fuerte de lo normal. Sobrecalentada. —No sabía que los zorros corrían tanto. Ella mira hacia atrás. Hacia el fuego. La copio.

Y lo veo.

Una silueta.

Parada en el borde del claro.

Iluminada por las llamas detrás. No se mueve como los otros. No hay torpeza. No hay vacilación. Se mueve... fluido. Calculado. Como si cada paso estuviera programado a la perfección.

Y su Crown.

No es como la de Gin. No es como la de los periféricos.

Es nueva. Brillante. Sin óxido. Con luces rojas que pulsan en sincronía perfecta. —Un central. Gin se eriza. Aterrada.

La silueta se queda ahí. Mirándome.

Hasta que abre la boca. Y habla. No con esa voz distorsionada de licuadora. Si no clara. Casi... humana. —¿Otra vez tú? Nada más.

Se da vuelta y desaparece entre los árboles. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me quedo paralizado. Regla #9: Si un Prowler te deja ir, no es porque seas afortunado. Es parte de su plan. Gin me mira. Espera que diga algo.

Pero no tengo nada que decir.

Porque por primera vez en años, no sé qué acaba de pasar.

Y eso me aterra más que cualquier persecución.

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Good Writing

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Strong Dialog

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