Lilith, la Tiefling.
—Llevo días caminando... ya siento que me he llegado a perder en este bosque— pensó Lilith mientras avanzaba con paso pesado en busca de un refugio seguro donde descansar. Las semanas de marcha continua comenzaban a cobrarle factura: los pies le dolían enormemente y, para su desgracia, ni siquiera había logrado dar con una posada o un río del cual beber agua.
De pronto, casi sin darse cuenta de cómo había llegado hasta allí, desembocó en un amplio claro. Fue en ese instante cuando la agudeza de sus sentidos tomó el control. Gracias a sus orejas largas y puntiagudas, su percepción era superior: era capaz de captar con claridad los murmullos del entorno, los detalles más sutiles a la vista y, esta vez, el inconfundible y alivianador sonido del agua corriendo a lo lejos.
Lilith echó a correr. Corrió con todas sus fuerzas, guiada por el sonido del agua, con la única esperanza de encontrar un lugar donde pasar la noche. Por suerte, aún era de día, lo que le daría tiempo suficiente para construir un refugio improvisado en la orilla. Pero lo que más anhelaba nuestra querida Tiefling, más allá del descanso, era sumergirse en el agua, darse un baño reconfortante y nadar un rato bajo la luz de la luna, una de sus mayores y más sencillas alegrías.
Finalmente, tras varios minutos de carrera, llegó a un lago de una belleza sobrecogedora. Una hermosa cascada se precipitaba en él, y el agua al caer atrapaba la luz del sol, creando un mágico efecto de arcoíris. El lugar estaba lleno de vida: animales hermosos bebían de sus aguas cristalinas, bancos de peces nadaban plácidamente y los árboles frondosos formaban pasillos de sombra que invitaban al descanso. Los arbustos circundantes estaban repletos de frutos rojos; fresas, frambuesas y todo tipo de bayas tentadoras crecían en abundancia. Era, sencillamente, un sueño hecho realidad. Lilith aún no sabía dónde se encontraba, pero en ese momento, rodeada de tanta maravilla, eso era lo que menos importaba.
Sin pensarlo dos veces, Lilith comprobó rápidamente si las bayas a los costados del lago eran adecuadas para consumir. Le bastó una sola mirada para confirmar que no representaban peligro alguno. Recogió una gran variedad de frutos rojos, los colocó sobre un trozo de tela que sacó de su mochila y los remojó un poco en el agua cristalina para lavarlos. Lilith llevaba varios días sin probar un bocado. Eligió primero una fresa, su fruta favorita, y al probarla, su rostro pálido de matices rojizos se iluminó por completo de alegría.
—Gracias, gracias, naturaleza, por esta deliciosa fresa —exclamó con una sonrisa.
El equilibrio entre el dulzor y el toque cítrico de la fruta era sencillamente perfecto para ella. Muy emocionada, continuó tomando puñados de bayas y comió hasta quedar completamente satisfecha. Después de comer, se acercó a la orilla y bebió un poco de agua del lago. Resultó ser un agua fresca y deliciosa, por lo que Lilith tomó la decisión de acampar en ese lugar el tiempo necesario hasta recuperar sus fuerzas para seguir. Levantaría un refugio para descansar mejor y, finalmente, se quitaría la ropa para entregarse a su tan deseado baño.
Lilith se adentra con suavidad en el lago, cuidando cada movimiento para no espantar a las criaturas que lo habitaban. Se sumergió por completo, comprobando la profundidad del agua cristalina antes de emerger para tomar aire y comenzar a nadar hacia la cascada. Al llegar, se colocó bajo el torrente de agua que caía, disfrutando de que por fin se estaba dando el baño que tanto había anhelado. Sin embargo, su tranquilidad se vio interrumpida súbitamente. Sus aguzados sentidos se fijaron en dos seres que la observaban fijamente desde lo alto de unos árboles.








