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KYRE: Precuela

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Summary

KYRE es la precuela de KYRETHRON y relata la juventud de Zyrion y Kyrahna antes de convertirse en las figuras destinadas a cambiar el mundo. Con quince y catorce años, ambos llegan a Eldrion para comenzar su formación como aprendices. Allí conocen a nuevas amistades, jóvenes procedentes de distintos lugares que deberán aprender a convivir, entrenar y confiar entre sí. KYRE cuenta el origen de una amistad, los primeros sentimientos y las decisiones que conducirán a Zyrion y Kyrahna hacia KYRETHRON. Antes de los Fragmentos, los dragones y las grandes profecías, existieron dos jóvenes que todavía podían elegir quiénes querían ser.

Genre
Romance
Author
Zykrath
Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 (Parte 1 de 5)

LAS PUERTAS QUE ESCUCHABAN

Tres años antes del ataque a Talvryn, antes de que los Fragmentos volvieran a ser pronunciados con miedo y antes de que el nombre de Zyrion cruzara los reinos, Eldrion abrió sus puertas para recibir a una generación de aspirantes.

La ciudad no lo hizo con trompetas.

Lo hizo con un latido.

Nadie pudo decir de dónde había venido. Algunos habitantes afirmaron que había sido una vibración de las montañas; otros, que las raíces de los árboles antiguos se habían estremecido debajo de las casas. Los comerciantes apenas levantaron la mirada mientras ordenaban sus telas. Los herreros continuaron golpeando el metal. Las mujeres que encendían los hornos de pan atribuyeron el temblor al primer carro de la mañana.

Solamente los guardianes de las cuatro entradas de Eldrion interrumpieron sus tareas.

Las piedras de las puertas habían emitido un sonido.

No era el gemido de una estructura vieja ni el roce del viento atravesando las grietas. Era una nota grave, prolongada, semejante al eco de una campana enterrada demasiado lejos para ser escuchada y demasiado cerca para ser ignorada.

El sonido nació cuando el sol todavía permanecía oculto detrás de las montañas orientales. Recorrió las murallas, descendió por las columnas que sostenían el santuario y terminó debajo de la plaza central, donde los canales de agua formaban el símbolo de un dragón con las alas extendidas.

Después, todo quedó en silencio.

Un guardián apoyó la palma sobre el arco occidental. La superficie estaba tibia.

“Eso no había ocurrido antes”, murmuró.

El compañero que vigilaba a su lado retiró lentamente la mano de la empuñadura de su espada.

“Hoy llegan los convocados. Tal vez la puerta los sintió.”

“Las puertas no sienten.”

“Entonces será mejor que no vuelvas a tocarla.”

El primer guardián no respondió. Sobre ellos, las banderas doradas de Eldrion comenzaron a agitarse a pesar de que el aire permanecía inmóvil.

En el santuario, varias lámparas se encendieron sin que nadie acercara una llama.

Y en un corredor cerrado desde hacía generaciones, una inscripción cubierta de polvo perdió una de sus grietas, como si la piedra hubiera comenzado a sanar.

Zyrion vio Eldrion por primera vez desde una colina cubierta de hierba amarilla.

Tenía quince años, el cabello oscuro revuelto por tres días de camino y unos ojos verdes que parecían adquirir un brillo distinto cada vez que la luz cambiaba. La capa que llevaba sobre los hombros estaba desgastada en los bordes. Había remendado una de las correas de su bolsa con un cordón de botas y había atado el odre de agua de manera tan deficiente que golpeaba su cadera a cada paso.

Se detuvo en la cima y contempló la ciudad.

Eldrion se extendía entre dos brazos de montaña. Desde aquella distancia, sus techos parecían escamas de cobre y pizarra, superpuestos alrededor de una torre central. La muralla exterior no formaba un círculo perfecto. Seguía las curvas naturales del terreno y, en ciertos lugares, se fundía con paredes rocosas cubiertas de musgo. Cuatro caminos descendían desde regiones distintas y convergían frente a sus puertas.

Zyrion abrió la boca lentamente.

“Esperaba algo más pequeño.”

El conductor de una carreta que se encontraba unos pasos detrás soltó una risa áspera. Había permitido que Zyrion caminara junto al vehículo durante la última parte del viaje, pero se había negado a dejarlo subir después de que el muchacho hiciera tres preguntas seguidas sobre el cargamento.

“¿Más pequeño?”

“Sí. Algo con dos casas, una fuente y un anciano misterioso esperando en la entrada.”

“Eldrion tiene cientos de casas.”

“Entonces habrá cientos de ancianos misteriosos. Será difícil encontrar al correcto.”

El conductor negó con la cabeza y tiró suavemente de las riendas. Los animales comenzaron el descenso.

“¿De verdad te han llamado para estudiar en el santuario?”

Zyrion sacó del bolsillo interior de la capa una pieza rectangular de madera oscura. En una de sus caras estaba grabado el emblema de Eldrion, un círculo atravesado por tres líneas curvas. En la otra aparecía su nombre, marcado con una tinta plateada que no podía borrarse.

“Eso dice.”

“No parece una respuesta muy segura.”

“La seguridad está sobrevalorada. Si digo que no sé lo que hago, la gente baja sus expectativas. Después, cualquier cosa que salga bien parece extraordinaria.”

“¿Y si todo sale mal?”

Zyrion guardó la ficha.

“Entonces diré que lo advertí desde el principio.”

El conductor volvió a reír, pero Zyrion ya no lo acompañó.

El camino descendía entre campos dorados. Más allá de las parcelas podía verse un árbol quemado, aislado en medio de la hierba. Su tronco negro se dividía en dos ramas principales, y ninguna hoja crecía sobre ellas.

Zyrion lo observó durante demasiado tiempo.

Una sensación incómoda se instaló detrás de sus costillas. No era dolor. Tampoco podía llamarla recuerdo. Era más parecida a la certeza de haber escuchado una voz segundos antes de despertar, una voz cuyo significado desaparecía en cuanto abría los ojos.

Apartó la mirada.

“No empieces”, se dijo en voz baja.

“¿Me hablas a mí?” preguntó el conductor.

“No.”

“Eso me preocupa más.”

Zyrion aceleró el paso. El aire olía a tierra húmeda, grano recién cortado y humo de leña. A medida que se acercaba, descubrió que Eldrion era más ruidoso de lo que parecía desde la colina. Las ruedas golpeaban las piedras del camino. Los vendedores gritaban precios desde los puestos instalados fuera de la muralla. Las campanas de los animales se mezclaban con martillazos y conversaciones.

Había gente procedente de muchos lugares. Algunos llevaban ropas teñidas con colores brillantes; otros, armaduras sencillas o capas cubiertas de polvo. Zyrion buscó las fichas oscuras entre las manos de los viajeros y encontró varias.

No era el único convocado.

La idea lo tranquilizó durante un instante.

Después se preguntó cuántos serían mejores que él.

La ficha dentro de su bolsillo se calentó.

Zyrion se detuvo.

La tocó por encima de la tela. El calor desapareció inmediatamente.

“Perfecto”, murmuró. “Ahora también imagino cosas. Excelente comienzo.”

El conductor de la carreta continuó sin escucharlo. Zyrion permaneció solo al borde del camino mientras una corriente de viajeros pasaba a ambos lados.

Desde lo profundo de la montaña llegó un segundo latido.

Esta vez nadie más pareció notarlo.

Kyrahna contempló Eldrion desde el norte, donde la senda descendía entre pinos y piedras blancas.

Tenía catorce años y había mantenido el mismo paso desde el amanecer, incluso cuando el terreno se volvió resbaladizo por la niebla. Sus rizos dorados estaban recogidos para que el viento no los llevara sobre su rostro. La capa gris que cubría sus hombros conservaba gotas diminutas en los bordes, y sus botas mostraban el barro de caminos que no aparecían en todos los mapas.

No se detuvo cuando vio la ciudad.

La estudió mientras caminaba.

Contó las torres visibles, identificó las plataformas de vigilancia y siguió con la mirada el curso del río hasta encontrar las rejas que protegían su entrada bajo la muralla. Después observó el santuario central, más alto que las construcciones cercanas, con ventanas estrechas que reflejaban la claridad de la mañana.

Había escuchado historias sobre Eldrion desde que era pequeña. En algunas, la ciudad se alzaba sobre la tumba de un dragón. En otras, sus fundadores habían levantado las primeras casas alrededor de una piedra que hablaba durante las tormentas. Ninguna historia coincidía con otra, salvo en un detalle: las personas que entraban en Eldrion buscando respuestas solían salir con preguntas más peligrosas.

Kyrahna llevaba una de esas preguntas.

La ocultaba incluso de sí misma.

Metió la mano en una bolsa sujeta a su cintura y rozó la ficha de convocatoria. La había recibido después de que una visitante del santuario la observara detener una lámpara que caía. Kyrahna no había tocado el objeto. Solamente había extendido la mano, asustada, y durante un instante la luz pareció quedar suspendida dentro de una claridad dorada.

Todos dijeron que había sido un reflejo.

Ella también.

Desde entonces, las lámparas se encendían con demasiada facilidad cuando se acercaba.

La ficha de Eldrion permanecía fría entre sus dedos.

“Eso es mejor”, susurró.

Un grupo de viajeros la adelantó. Uno de ellos le indicó que la entrada norte estaba reservada para comerciantes y habitantes de los bosques cercanos. Los convocados debían rodear parte de la muralla hasta la puerta occidental.

Kyrahna consultó el mapa que llevaba doblado dentro de la capa.

La ruta marcada terminaba precisamente en la entrada norte.

Alzó los ojos hacia el viajero.

“¿Desde cuándo cambiaron el acceso?”

“Hace dos estaciones. Un desprendimiento dañó el patio interior.”

“El mapa fue sellado hace menos de un mes.”

El viajero observó el documento y luego miró la muralla, incómodo.

“Entonces quien lo dibujó no había venido recientemente.”

Kyrahna guardó el mapa.

“O quería que llegara por aquí.”

Continuó hacia la puerta norte.

Dos guardianes bloqueaban el acceso de los aspirantes. Uno señaló el camino que rodeaba la ciudad, pero Kyrahna mostró la ficha y el mapa. El guardián examinó ambos objetos varias veces.

“Tu nombre está en el registro occidental”, dijo.

“Lo sé.”

“Entonces debes presentarte allí.”

“Lo haré. Primero necesito saber por qué alguien marcó esta puerta.”

“Puede ser un error.”

“Los sellos del santuario no suelen colocarse por error.”

El segundo guardián se acercó y tomó el mapa. Al desplegarlo, una ráfaga recorrió el arco de piedra. Las antorchas apagadas se encendieron al mismo tiempo con una llama pálida.

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