LINAJE.
La misma reunión monótona de siempre, la misma mesa desgastada, pero con un aire denso, casi tóxico: hoy ejecutaríamos la Operación RED VEIL.
Tras meses encajando piezas, por fin teníamos acorralado al fantasma que la Interpol ni siquiera se atrevía a nombrar sin un estremecimiento. Un expediente infinito manchado de sangre: asesinato, secuestro, extorsiones, tráfico de drogas y armas, lavado de dinero, un magnicidio reciente y una lista de crímenes que parecía no tener fin. Había pisoteado la ley durante años pero su tiempo se había agotado.
Teníamos la hora, las coordenadas y las vías de escape.
Mi uniforme táctico era negro azabache y estaba despejado de emblemas. Sin escudos de la DEA, la CIA o AEGIS. Ninguna agencia gubernamental firmaba mi cheque; solo me movía una cuenta personal por cobrar.
Creíamos estar listos y fue un error fatal.
Al cruzar el perímetro de la finca, la penumbra no nos recibió con silencio, sino con una granizada de plomo. El caos se apoderó del frente, pero el equipo reaccionó al instante. Mientras unos devolvían el fuego para fijar posiciones, yo me deslicé entre las sombras hacia la estructura principal.
La casa campestre era colosal. En la terraza junto a la piscina, el ambiente parecía pertenecer a otro planeta. Un puñado de sicarios con más cadáveres a las espaldas que años de vida descansaban tranquilamente. Escuchaban los disparos de la entrada como si fueran música de fondo, brindando con copas de un vino tan oscuro y espeso que parecía sangre.
Cínicos.
Cinco oficiales experimentados me rebasaron, arrastrándose entre los arbustos de la piscina.
—A la cuenta de tres, entramos —susurró el líder de la escuadra—. El perímetro está limpio.
Ciego.
Concentrados en la piscina, jamás vieron lo que emergió a sus espaldas.
Dos detonaciones secas retumbaron en la noche y dos cabezas reventaron al unísono, proyectando masa encefálica sobre el césped antes de que los cuerpos cayeran como sacos. Los otros tres giraron por instinto, pero los proyectiles de alto calibre ya iban en camino: dos disparos certeros en la frente que desintegraron sus rostros al instante.
En cuestión de segundos, solo quedaba en pie el oficial al mando. Enloquecido por la masacre, giró y me encañonó directamente a la cabeza.
Qué patética distracción. Él pensaba que el monstruo era yo, ignorando la sombra silenciosa que acechaba a su flanco.
Una hoja negra cruzó la penumbra con precisión. Se hundió en su cuello, rasgando músculo y cartílago con un chasquido sordo. El hombre cayó de rodillas, ahogándose en su propia sangre mientras el animal exponía la blancura del hueso.
No me detuve. Pasé por encima de él mientras se convulsionaba en el suelo y caminé a paso firme hacia el extremo de la piscina mientras aquella sombra negra, aún con sangre en sus dientes, me seguía lentamente desde atrás.
—Qué lástima... me habría encantado ver el agua teñida de rojo —murmuré con ligera melancolía.
Me aproximé al centro de la terraza, donde me esperaba la cabeza de la organización. Levanté el arma pesada, aferrando la empuñadura con ambas manos, y clavé el cañón helado justo en mitad de su frente.
Nos sostuvimos la mirada durante varios segundos. Un duelo de hielo y pólvora.
¿Quién de las dos era la amenaza más letal? Nadie en este lugar podría responderlo.
Pero juntas éramos una sentencia de muerte.
—Vale la pena tener tu ojo, ¿o no? —susurré al oído de mi aliada.
Ella simplemente sonrió. Sabía muy bien que mi mano no temblaría al apretar el gatillo.








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