El Reino de Constantiniopla
Dicen que en los márgenes del Río de la Plata, donde el agua refleja más cielo que tierra, un hombre soñó con fundar una ciudad eterna. No era emperador ni santo, pero llevaba en su nombre el eco de ambos: Eduardo Constantino, descendiente espiritual de Constantino el Grande, constructor de una Nueva Roma, esta vez de cemento, vidrio y lago artificial. La llamó Constantiniopla…
Todo comenzó con una visión. Un terreno pantanoso, donde el barro devoraba los pasos del hombre, se transformaba en promesa. Allí donde los juncos se mecían como oraciones él imaginó barrios; clubes; torres, el centro de rutas inmobiliarias. No levantaba solo edificios, erigía una idea del mundo, ordenado, limpio, con moralidad propia. Barcos que llegaban en búsqueda de amarrarse a una burbuja paradisíaca, negando la realidad y creyéndose a salvo de las invasiones bárbaras del Oeste.
Un Centro Comercial conocido como CC, se transformó en un crisol de culturas, influencias cristianas, judías, católicas, hasta orientales, donde coinciden todas en un mismo sitio. Vidrieras inalcanzables en todo sentido, cuerpos tallados a mano con plástico, exhibiendo los accesorios más modernos y tendenciosos de la época.
Los guardianes llamados Securitas dispuestos a dejar la vida por Constantiniopla, ayudando al reino que le daba de comer, cumplían órdenes específicas como obligación, defendían con rifles y barreras las viviendas de la burguesía ganándose la fama de inexpugnable.
Visitantes que podían entrar únicamente con autorización y documentación. Algunos “visitantes” hombres (mano de obra) y mujeres (tareas culinarias) yacían como esclavos o en su defecto prisioneros y hacían trabajos de todo tipo de mantenimiento para cuidar la imagen del lugar. Cada subordinado se correspondía con su burgués.
El Carpincho, animal sagrado como símbolo de construcción, soslayado por la civilización aún siendo este su hábitat natural. No era lo conveniente acercarse a ellos, ya que eran antisociales y si se sentían invadidos podías sufrir consecuencias económicas o físicas. Atravesados por estas circunstancias, la adaptación no fue la ideal, los enfrentamientos fueron recurrentes.
Los ciudadanos de Constantiniopla vivían rodeados de agua, como los Bizantinos de antaño. Fortificaciones impenetrables, lagos que dividían fronteras, la muralla de Teodosio aunque alambrada y con instalación eléctrica que los protegía del caos exterior.
Escuelas bilingües en los campos del norte, mercados y restaurantes con productos de todo tipo traídos de cualquier parte del mundo, iglesias ortodoxas que influían en la política y educación preservando el saber clásico, supuestamente donando parte de su riqueza a fundaciones.
Constantino también dejó su huella en el foro de la ciudad, mandó a construir un templo, porque todo imperio necesita un corazón. No sería una iglesia, sino un museo muy concurrido, el MALBA, su Santa Sofía moderna. Allí reposarían sus reliquias, los santos del arte latinoamericano, sus retablos de óleo y sufrimiento, sus milagros de color. Hizo réplicas del templo en lugares más lejanos, sin tanto peregrinaje.
Desde las alturas de sus torres, podían creer como aquellos gringos verdes, protegidos por el poder y la belleza, se concentraban en el Este como punta de refugio vacacional por sus playas de arena blanca y de ámbito financiero salvaje.
Pero toda ciudad que desafía al tiempo carga con su profecía. Constantiniopla no caía por las armas, sino por el orgullo. Muchos habitantes de la Vieja Constantiniopla se veían indignados por el estatus quo, que al paso del tiempo no es que se iba perdiendo, pero la inserción de nuevas culturas obtenían lo mismo o más, lo cual era inaceptable. Y en los días de lluvia, cuando las aguas del Bósforo crecían y rozaban los muros de Delta Norte, algunos juraban escuchar el retumbar de un sitio lejano, el eco de los Otomanos que volvían, en forma de inflación, crisis y duda.
Aun así, Constantino seguía construyendo barrios por el norte, abriendo nuevos Puertos. Sabía que ningún imperio es eterno, pero también que todo imperio merece ser intentado. Su reino no era de espadas, sino de planos y maquetas; su fuego griego, la pasión por el arte; su fe, la convicción de que la belleza podía salvar algo del mundo. Algunos dicen que Constantino fue solo un empresario. Otros, que levantó Constantiniopla para proteger al espíritu del ser humano “Vencer al tiempo con piedra y luz”.
Hoy, cuando el sol cae sobre las lagunas y los hogares de su ciudad de oro y mármol, el reflejo parece al de una civilización perfecta. Si uno escucha con atención, entre el rumor del agua y el viento, todavía se oye la sofisticada burocracia con sus ceremonias imperiales, retribuyentes de quien funda imperios una y otra vez en el pasado, presente y futuro.
El Reino de Constantiniopla.





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