Capítulo 1 Cuando todo comenzó
A veces, las personas que más queremos llegan a nuestra vida cuando todavía somos demasiado pequeños para entender lo importantes que serán algún día.
Laura González tenía ocho años cuando conoció a Nicolás Mendoza.
Era una tarde tranquila. El sol comenzaba a bajar y, después de clases, Laura estaba sentada en una banca del parque con su mochila a un lado, intentando terminar un dibujo que había empezado durante el recreo.
De pronto, una pelota cayó justo sobre su hoja.
—¡Ay! —exclamó Laura, levantándose rápidamente.
Un niño corrió hacia ella.
—¡Perdón! No quería arruinarlo.
Laura miró el dibujo. Tenía una pequeña mancha, pero todavía podía arreglarlo.
—No pasa nada —respondió.
El niño sonrió.
—Soy Nicolás.
Laura lo miró por unos segundos y luego sonrió también.
—Yo soy Laura.
—¿Quieres jugar?
Laura dudó.
No conocía de nada a ese niño, pero había algo en su sonrisa que le hizo sentir que podía confiar en él.
—Bueno.
Y así, sin darse cuenta, comenzaron a pasar la tarde juntos.
Jugaron, se rieron y hasta discutieron por quién había ganado una carrera que ninguno de los dos sabía contar correctamente.
Cuando llegó la hora de irse, Nicolás levantó su mano.
—¿Mañana vas a venir?
Laura asintió.
—Sí.
—Entonces mañana jugamos otra vez.
—Pero esta vez voy a ganar yo.
Nicolás soltó una carcajada.
—¡Eso ya lo veremos!
Laura también se rio.
Ninguno de los dos podía imaginarlo, pero aquella tarde sería el comienzo de una amistad que duraría muchos años.
Una amistad que crecería con ellos.
Una amistad que, con el tiempo, empezaría a sentirse diferente para uno de los dos.
Pero eso todavía estaba muy lejos.
Por ahora solo eran dos niños que acababan de encontrarse y que no sabían que acababan de convertirse en una parte importante de la vida del otro.
Los días siguientes, Laura y Nicolás comenzaron a verse cada vez más.
Después de clases, casi siempre terminaban en el mismo parque. A veces jugaban a las escondidas, otras veces se sentaban en el pasto a hablar de cosas que, para ellos, parecían importantísimas.
Con el tiempo, aquella amistad se volvió una costumbre.
Nicolás esperaba a Laura a la salida del colegio y ella siempre llevaba algo para compartir con él. Un día eran unas galletas, otro día un pequeño jugo que su mamá le había puesto en la mochila.
—¿Otra vez trajiste para los dos? —preguntó Nicolás una tarde.
Laura asintió.
—Mi mamá me dio dos.
Nicolás tomó uno y sonrió.
—Gracias.
—De nada.
Se quedaron en silencio durante unos segundos.
—Laura.
—¿Qué?
—¿Tú crees que vamos a ser amigos cuando seamos grandes?
Laura lo miró como si la pregunta fuera muy extraña.
—Claro.
—¿Aunque cambiemos de colegio?
—Sí.
—¿Aunque tengamos otros amigos?
Laura pensó un momento.
—Sí... pero tú vas a seguir siendo mi mejor amigo.
Nicolás sonrió.
—Prometido.
Los dos juntaron sus manos como si aquella promesa fuera algo que nunca podría romperse.
Y durante mucho tiempo, así fue.
Pasaron los años y Laura y Nicolás crecieron juntos. Compartieron cumpleaños, tareas, secretos y cientos de pequeñas aventuras.
Eran de esas amistades que todos en el colegio conocían.
Si alguien veía a Laura, probablemente Nicolás no estaba muy lejos.
Y si buscaban a Nicolás, era bastante probable que Laura estuviera con él.
Para ellos, estar juntos era lo más normal del mundo.
Todavía no sabían que las personas cambian.
Que los sentimientos también cambian.
Y que, algunas veces, la persona que siempre estuvo a tu lado puede terminar ocupando un lugar en tu corazón que nunca imaginaste darle.








