Harta De Ti by Vay at Inkitt
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Harta de ti

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Summary

En una isla aislada del mundo existe un reino perdido y caótico que alguna vez fue prospero y libre, pero en algún punto de la historia fue envuelto por la desgracia. Su libertad les fue robada, obligándolos a alzar un muro que los protegiera de las maldiciones del cielo: animales que mutaron en horribles monstruos acechando el exterior. Para fortuna del pueblo, el rey envió a su más habilidoso equipo de guardias a buscar una solución a la maldición. Liderados por la capitana Grace emprendieron su búsqueda en las afueras del muro. Para infortunio del pueblo, la misión de los guardias se vería interrumpida por una intrépida ladrona con su propio objetivo. “Harta De ti” es una novela de fantasía oscura, dilemas morales y… rivals to lovers.

Genre
Romance
Author
Vay
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Correr para sobrevivir

—¿Han escuchado lo que dicen? ¡Los guardias tendrán una aventura fuera del muro!—Un pequeño niño de a lo mejor 8 años le contaba emocionado a sus amigos lo que había oído.

—¡Sí! ¡Mi tío es uno de los que irán a la aventura! Lo escuché hablar con mi papá ayer sobre eso—Esta vez contestó una niña, presumiendo sobre la “suerte” de su tío.

—Oh… tu tío debe ser muy valiente como para ir allá. Mi mamá dice que es muy peligroso ir más allá de la muralla, porque el muro nos protege de los monstruos que hay afuera—Otro niño comentó, para nada emocionado con esa noticia.

—Pues sí, mi tío es muy valiente y muy fuerte. No hay nada ahí afuera que pueda contra él—Volvió a presumir la niña, cruzando sus brazos sobre su pecho con seguridad para reafirmar sus palabras.

Era gracioso. Los niños realmente podían ser muy ingenuos, creyendo que esos que se paseaban orgullosos con armaduras y espadas brillantes podían contra todo. Un título no te daba el suficiente conocimiento y habilidad como para vencer lo que se escondía tras aquellas enormes paredes de piedra.

¿Y sin experiencia? Apenas y podrían plantarle cara a alguna de las criaturas más débiles.

La tierra en donde vivían no era definitivamente un buen lugar para existir, pero no tenían de otra.

En realidad, en el pasado fueron un poblado tranquilo y libre, pero por alguna razón hace muchos años el cielo los había maldecido -según contaban los pobladores más viejos- y todo lo que conocían se pudrió. Pronto su pueblo se vio envuelto en la desgracia, por lo que tuvieron que resguardarse al lado de la costa, protegidos por un enorme muro para evitar a las consecuencias de aquella maldición.

Pero ella no tenía certeza de que eso era lo que en verdad había pasado. Lo había escuchado entre los habitantes del pueblo como si de una verdad absoluta se tratase. Y ella nunca se atrevió a cuestionarlo, pues aunque no podía asegurar su origen, sí estaba segura de que aquel peligro existía, pues había presenciado muchas veces a las criaturas “castigo de los cielos”.

Los niños fueron ajenos de la figura que los acechaba desde las sombras, hablando animadamente sobre la aventura de los guardias. Uno de ellos incluso se atrevió a decir que sería increíble ir a una aventura así.

Ante tales palabras… la figura quiso reír; que infantiles e inocentes palabras, llenas de expectativas idealizadas.

“Cuando sea grande yo quiero ser como mi papá, una guardiana poderosa que salve a toda la gente con solo mover mi espada”.

Esas palabras de la niña hicieron que finalmente soltara una carcajada, saliendo de las sombras del callejón donde se encontraba para acercarse a ellos.

—Yo no estaría tan segura de eso—La figura finalmente se mostró, deteniéndose tras la niña pequeña y viéndola pegar un brinco asustada—Yo he escuchado que tras el muro se esconden bestias muy grandes—dijo con una voz sombría y tenebrosa—Con grandes garras y grandes colmillos que podrían hacerte puré con solo tocarte.

Observó como la niña se estremecía, compartiendo una mirada con sus amigos, hundiéndose un momento en sus hombros antes de retomar su postura segura nuevamente.

—No me darían miedo. ¡Yo entrenaré mucho para ser fuerte! Y no importa si tienen garras o colmillos, voy a vencerlos—Sonrió, le parecía adorable la determinación de la pequeña. Realmente no quería romper sus sueños, pero a veces es necesario ser algo conscientes de la realidad del mundo para no estrellarse contra una pared en el futuro.

—¿Y qué hay de los que pueden controlar tu mente? ¿A esos tampoco les tendrías miedo?—Preguntó, suavizando un poco su tono de voz, pero sonando igualmente atemorizante.

—¿Existen criaturas así?…—La oyó tartamudear, abandonando de pronto su seguridad.

—Sí… y son las más peligrosas—Comentó, conteniendo una sonrisa al ver a los niños mirarse entre sí—Dicen que te hacen ver tus más oscuras pesadillas y te consumen el alma hasta que no seas consciente de nada a tu alrededor. Distorsionan tu realidad y-.

—¡Lizbeth! ¡Deja de atormentar a los niños!—De pronto fue interrumpida, un golpe en su brazo la hizo callar inmediatamente.

Al darse la vuelta, una anciana de cabello canoso y ojos vivaces le mostraba una expresión enfurecida .

—Ouch—Lizbeth quejó exagerando—Lo siento, nana, me dejé llevar—Murmuró una disculpa con una media sonrisa, dirigiendo su mirada a los pequeños niños que tenían los ojos muy abiertos y parecían a punto de llorar.

—No le hagan caso, corazones, ella solo estaba exagerando—Su nana los apaciguó, cambiando su tono y expresión a unos más suaves—Es una vieja historia que le contaban a los niños para que entendieran el peligro de cruzar el muro—La mujer se agachó lo más que su cadera le permitía para dejar unas suaves palmaditas en el cabello de los pequeños, consolándolos de su tormento.

—Sí, como no…—Susurró, recibiendo al instante otro golpe en el brazo.

—Vayan a jugar de nuevo—Los niños se alejaron entre murmullos, volteando de vez en cuando hacia ella, por lo que solo les sacó la lengua hasta que desaparecieron de su vista.

La anciana le miraba de arriba a abajo, juzgándola con su típico ceño fruncido.

—Perdona, me dejé llevar—Se disculpó por segunda vez cuando su intensa mirada le empezó a perturbar.

—No fuiste a casa a tomar café como lo prometiste hace días—Reclamó la mujer, estrechando los ojos e ignorando completamente sus disculpas.

—Bueno… nunca dije cuándo. Solo dije que lo haría—Sonrió fingiendo inocencia, achinando sus ojos exageradamente, como sabía que podría llegar a persuadirla.

—Explícame qué fue lo que pasó ayer. La señora Elena me dijo que te vio escapando y chocando con alguien—Su voz demandante le hizo entender que no se libraría de esa, por lo que suspiró dejando de lado su actuación.

“La señora Elena…” ¿qué no habían secretos en ese reino? Esa mujer era tan chismosa que incluso la reconoció con el rostro cubierto.

—Solo tomé prestadas unas cosas…—Mintió, pero la mujer ya sabía perfectamente a qué se refería con eso.

—Creí que estabas dejando de hacerlo—Sonaba decepcionada, y eso la hizo sentir un poco culpable, solo un poco.

—Bueno—se encogió de hombros—es difícil dejar algunos hábitos y más cuando te ayudan cuando lo necesitas.

—Lizbeth…

—¿Por qué no mejor me cuenta sobre lo de la aventura de los guardias fuera del muro?

—¿Por qué te interesa eso?

—Solo no quiero hablar de lo otro hoy… por favor—Desvió la mirada y se cruzó de brazos, intentando persuadir a la anciana una vez más, sabiendo que lo había logrado por esa vez al oírla suspirar.

Y puede que esa no fuera la verdadera razón por la que preguntó sobre aquello, pero eso no tenía que saberlo ella.

—Te lo dejaré pasar por hoy, pero ya sabes perfectamente que no estoy de acuerdo con esa manera que tienes de conseguir las cosas—Reclamó dándose por vencida. La mujer volteó hacia todos lados, asegurándose que ningún oído chismoso escuchara su conversación—Estaba en el mercado cuando empezó a correrse el rumor. Al parecer a la capitana le llegaron órdenes del rey de ir en busca de algo a las afueras de la muralla, porque empezó a reclutar y avisar a los guardias más hábiles para que se prepararan.

—Entonces es cierto lo que decían los niños…

—Tal parece que sí—La anciana suspiró mirándola con ojos afligidos—Me preocupan esos jovencitos. Sé que tienen ganas de ayudar, pero estoy casi segura que la mayoría nunca ha visto si quiera a una de esas bestias, y mucho menos las han enfrentado.

—Probablemente, si no fuera por Grace les estarían mandado a una misión suicida. Es una de las pocas guardianas que han plantado cara a los monstruos y vivido para contarlo—Mencionó de acuerdo con las palabras de su nana.

—Y aún con su experiencia sigue siendo una misión peligrosa. Deben estar buscando algo muy importante como para exponerse así.

Asintió con la cabeza, procesando la información recibida y construyendo una idea de inmediato.

—Sí…—Reprimió la sonrisa que quería extenderse por sus labios—Bueno, nana, sabe que siempre es un gusto verla, pero tengo unas cosas que hacer hoy—Se acerco a darle un abrazo a la mujer que le recibió con los brazos abiertos, apretujándola entre ellos brevemente.

—Está bien, cuídate mucho y por favor, Lizbeth, no te metas en problemas—Suplicó alejándose del contacto.

—No se preocupe, prometo que aquí hoy no pasará nada—Contestó, dejando que una sonrisa se extendiera en sus labios mientras se alejaba.

“Aquí”.

Caminó entre las calles, pasando de caminos casi solitarios, hasta la concurrida plaza del centro del reino. Llena de puestos con personas vendiendo comida, vestimentas, u otro tipo de mercancías.

Antes de adentrarse más a esa zona llena de gente levantó la pañoleta negra que rodeaba su cuello para cubrirse la mitad inferior del rostro.

Ayer había pasado por las mismas calles, corriendo como si la vida se le fuera en ello. La gente que hoy le pasaba por un lado con indiferencia, ayer la habían señalado con el dedo y se habían alejado atemorizados.

Podía pensar que era por la ropa que no la reconocían, pero la verdad era que seguramente no les importaba, a menos que les afectara directamente. Todos tenían cosas más grandes de las que preocuparse.

Ayer… ¿exactamente cómo logró escapar? Había sentido sus piernas temblar mientras corría, tal como las primeras veces que se atrevió a robar un pedazo de fruta.

Aún podía sentir el hormigueo en su piel por ser perseguida con tanto entusiasmo; casi podía escuchar los gritos de la gente mientras pasaba.

.

.

.

“¡Atrápenla!”

La calle estaba abarrotada de gente que se apartaba asustada al verla pasar velozmente. Gritaban y chillaban audazmente a quienes la perseguían en apoyo para que la atraparan.

Estaba en problemas. Y sí, ella se los había buscado, lo cual no era nuevo para ser sinceros; sin embargo, esta vez parecía haberse metido en problemas más grandes de los que podía manejar.

Cuando la dueña del puesto había abandonado su lugar por tan solo un momento, el brillo de las monedas de plata en la mesa había atrapado su mirada. Apenas lo había pensado cuando estiró su mano en un aturdimiento y metió todas las monedas en su bolsa de tela.

Probablemente no debió hacerlo, pero fue tan fácil simplemente estirar la mano. Sus días últimamente habían sido terribles; apenas tenía la voluntad para comer. Si tomaba el dinero… ¿qué tan malo podría ser?

—¡Deténgase ahora mismo!

Mucho. Definitivamente malo.

Si giraba la cabeza lo suficiente podría ver al grupo de oficiales seguirla como sabuesos.

Corría lo más rápido que sus piernas daban, su cuerpo acostumbrado a correr y huir hace años se había acostumbrado. Usualmente era tan sencillo como respirar, como si hubiera nacido huyendo. Sin embargo, mientras el peso de la bolsa de monedas jalaba su cinturón, sus piernas se sentían acalambradas.

Vivir a costa de las sobras de los demás no era tan difícil, pero en el momento en que quiso tomar el banquete completo… parece que el cielo mismo le duplicó las dificultades.

No solo sus piernas no eran tan hábiles como de costumbre; nunca antes la habían perseguido tantos perros de la justicia y menos con tanto esfuerzo.

No le importó llevarse un par de cestos de frutas o carteles por delante mientras pasaba, sin la habilidad para esquivarlos como debería.

—¡Novato, vaya al castillo y dígale al subcomandante que mande a alguno de los caballos!—Escuchó a una de los guardias ordenar.

Y, está bien, eso se estaba poniendo serio.

Nunca antes la habían perseguido con uno de esos, pero no importaba. Lo hecho, hecho estaba y no se echaría para atrás.

Aceleró el paso, buscando una calle más concurrida para hacerles difícil perseguirla con aquel animal.

Se deslizó entre la gente sin importarle empujarles o tirarles algunas cosas. Ella tenía problemas más grandes que algunos tomates aplastados.

Justo cuando creyó que estaba perdiendo a los guardias, al doblar una esquina tuvo que chocar con alguien. Esa persona se tambaleó y la arrastró al suelo junto con ella.

Maldijo en voz alta mientras se incorporaba. La pobre mujer en el piso estaba aterrorizada. La gente al rededor murmuraba juzgándola sin disimulo.

Le importó poco el ambiente pesado, cargado de reproche. Y solo se tomó la molestia de ayudar toscamente a la mujer a levantarse, aunque fue empujada lejos al instante que se recompuso.

Chasqueó la lengua, negándose a perder más tiempo. A unas calles de distancia alcanzó al divisar a la capitana de los guardias con quien lamentablemente cruzó miradas.

“Ella no”, pensó lamentándose. La capitana era una mujer testaruda a quien nunca podía perder fácilmente, ¿no podía perseguirla alguien más estúpido?

No perdió el tiempo y se puso en marcha de nuevo, escuchando los gritos de los guardias por tenerla en visión nuevamente.

Mientras corría, su ingenio finalmente funcionó y pensó en cómo escabullirse para salir de ese gran problema.

Cuando creyó que podría llegar al camino que le llevaba directo a la orilla del mar, su paso fue obstruido por un imponente caballo que relinchó al verla, parándose en sus dos patas traseras. Casi cae del susto al verlo elevarse repentinamente frente a ella, levantando algo de tierra al cambiar la dirección de sus pies hacia otro camino apresuradamente.

Escuchaba el galope del caballo pisándole los talones. Para no terminar arrollada se escabulló entre los árboles de las entradas de las casas, por donde el caballo no podía pasar.

Escuchó la fuerte voz de la capitana dándole algunas órdenes a los guardias, órdenes que no logró entender, pero rápidamente descubrió sus intenciones.

De un momento a otro el caballo pasó de estar tras de ella, a estar frente a ella, galopando hasta el final de la calle para luego detenerse a mirarla fijamente. Su extraño comportamiento le hizo girar la cabeza un momento, viendo cómo la capitana y dos guardias más seguían sus pasos más de cerca, ambos guardias se dividieron para cubrir los costados de la calle y la capitana se detuvo entre medio de ambos.

Sus pasos dudaron por un segundo al verla sonreír con superioridad. Volteó rápidamente hacia el frente al escuchar al caballo galopar nuevamente, siendo ahora dos que iban directamente hacia ella.

¿En qué momento apareció otro?

Muy bien. Cambio de planes.

—¡¿Te has vuelto loca?!—Gritó indignada a la mujer al final de la calle—¡Van a aplastarme!—Vio como la sonrisa de la capitana se ensanchaba, entendiendo que no pararía hasta que se entregara o los caballos le pasaran por encima.

Se detuvo en su lugar, mirando en todas direcciones con desesperación. No quería pudrirse en un calabozo y definitivamente no podía.

Miró las casas en los costados y se apresuró hacia el árbol más cercano, huyendo de los endemoniados corceles para treparse de un brinco a una de las ramas.

Maniobró entre las ramas más gruesas trepando hasta estar a la altura del techo. Dio un salto de fe hacia este, casi resbalando con las tejas y escuchando cómo un par se rompían bajo sus pies.

Miró hacia abajo un momento, observando con suficiencia el ceño fruncido de la capitana, disfrutando haber borrado la arrogancia de sus facciones.

La vio dando órdenes nuevamente, seguramente de que se dirigieran al otro lado para interceptarla, así que se apresuró a cruzar el techo de la casa, teniendo cuidado de no resbalar con ninguna teja.

Cuando logró cruzar al otro lado del techo, la brisa fresca de la playa envolvió su cuerpo mientras veía la tierra convertirse en arena clara a lo lejos.

Tomó aire y, sintiendo la adrenalina volviendo a su cuerpo se colgó de la orilla del techo y se dejó caer lo que quedaba de espacio.

Cayó al suelo con un ruido sordo, sus rodillas se doblaron con el peso y pronto sintió un leve escozor trepar por sus piernas. No tardó mucho en recomponerse, tomando carrera nuevamente, ahora sobre un suelo blando.

Por un momento creyó haberlos perdido hasta que escuchó un golpe tras ella. Dio la vuelta rápidamente, viendo a la capitana recomponerse de la caída.

Por un momento había olvidado de lo obstinada que podría ser esa mujer. Por algo era quien dirigía la línea de guardias encargados de proteger al reino.

—No tenía constancia de que también eras medio mono—Dijo la capitana con un hostil tono burlón.

—Que puedo decir… tengo talentos ocultos—Contestó, retrocediendo cautelosamente.

—Si ser una criminal es un talento, entonces sí, tienes un tipo de talento—Cuando la vio empuñar su espada y sacarla de la funda que la contenía, decidió que era momento de volver a correr.

—Ah… por un momento creí que tendríamos una charla tranquila. Ya veo que no—Se apresuró a girarse en dirección a la costa, acelerando directamente a la zona de los puestos de los pescadores.

La mujer no se molestó en responder y solo escuchó sus pasos pisándole los talones.

Al llegar junto a los puestos se desvió para pasar a través de ellos, diciendo disculpas al aire para los vendedores por probablemente dañar sus cosas.

No se detuvo hasta que llegó al puesto de redes. Las redes colgaban de lado a lado formando una trampa perfecta. Se escabulló entre las cuerdas, confiando en que la capitana no pasaría y dañaría descuidadamente las redes con su espada.

Soltó una risa cuando al mirar sobre su hombro, efectivamente, la otra se había detenido a guardar su arma y luchaba para que su armadura metálica no se enredara con las redes.

Aprovechó esa ventaja para salir de la carpa y cambiar su rumbo.

Allá donde el muelle se encontraba y solo los demasiado curiosos y los pescadores se animaban a pisar, temerosos de toparse con aquello que se escondía tras el gran muro que rodeaba el reino.

Afortunadamente, eso nunca fue un impedimento para ella.

Deslizándose en la arena e importándole poco mojarse con el agua, se arrastró para escabullirse entre los soportes del puente hasta quedar completamente escondida en el oscuro lugar debajo del muelle, ese rincón donde las tablas de madera se separaban de la arena y gracias a los soportes se elevaba sobre el mar.

Ya que el puente estaba en un nivel bajo, tuvo que agacharse en cuclillas para caber. Intentaba regular su respiración, hundiéndose más en el agua que le llegaba hasta el pecho y pegándose lo más posible al inicio del puente, esperando haber perdido de vista a la capitana y que a ninguno de los guardias se le ocurriera pasar por la costa con la posibilidad de verla por los laterales del puente allí escondida.

Sentía el agua empapar su vestimenta, pegándola incómodamente a su piel y haciéndole más difícil la tarea de respirar sin complicaciones. Esperaba que no llegara una ola lo suficientemente alta y fuerte para llenar el poco espacio que tenía.

Escuchó a la capitana gritar algo a lo lejos, seguramente maldiciendo por haberla perdido de una manera tan patética.

Lo más probable es que en ese momento estuviera dando un vistazo a los alrededores para encontrarla, por lo que no debía moverse ni hacer el más mínimo ruido que pudiese captar su atención.

Bajó una de sus manos, buscando a tientas en su cintura aquel pequeño saco que debía estar lleno de monedas, monedas que claramente había robado. Suspiró aliviada al encontrarlo ahí fuertemente amarrado, temía que con todo el ajetreo pudiera haberse soltado y perdido aquello que inicialmente causó todo el alboroto.

Estaba desamarrando el saco de su pantalón para revisar las monedas cuando escuchó las tablas crujir sobre su cabeza.

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