La Séptima Tumba by Isabel Medel at Inkitt
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La séptima tumba

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Summary

Siete desconocidos sobreviven a un accidente que desafía toda explicación. Bajo el lugar de la tragedia yacen siete tumbas centenarias. Cada lápida lleva el nombre de uno de ellos. Mientras las pesadillas se vuelven compartidas y recuerdos ajenos empiezan a despertar en su sangre, descubren una verdad imposible: siglos atrás, fueron quienes hicieron un pacto para encerrar algo que jamás debió existir. Ahora los sellos se están rompiendo. Y el accidente solo fue el comienzo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Los Siete que No Debían Vivir

La lluvia había empezado antes de que el sol terminara de ocultarse, primero como una bruma fría que empañaba el parabrisas y convertía los faros de los coches en manchas doradas sobre el asfalto, después con una violencia creciente que parecía querer borrar la carretera de las montañas llevándose los postes, acompañados por árboles inclinados por el viento y cualquier indicio de que aquel camino condujera a algún sitio habitado.

Lucía Ortega no recordaría nunca el momento exacto en que decidió tomar el desvío.

Recordaría, en cambio, la voz metálica del navegador anunciando una ruta alternativa con la paciencia inflexible de algo que no podía comprender el miedo humano. Recordaría la línea azul dibujada en la pantalla del teléfono, estrechándose entre manchas verdes sin nombre. Recordaría haber pensado que no debía seguir aquella carretera secundaria, aunque la autopista estuviera detenida por un accidente y su madre la esperara al otro lado de la provincia con una cena que se enfriaría sobre la mesa.

También recordaría haber mirado el cartel oxidado antes de doblar.

No tenía un nombre de pueblo. Solo una flecha torcida y una palabra casi devorada por el óxido.

Valdemora.

A esa hora, con la lluvia golpeando el techo del coche y la noche cerrándose entre los pinos que la rodeaban, le pareció una dirección tan válida como cualquier otra.

Al principio el camino descendía suavemente. Había casas dispersas, apenas visibles detrás de los setos y los muros bajos de piedra, con ventanas iluminadas que prometían una vida doméstica y segura. Lucía pasó junto a una gasolinera abandonada, luego junto a una capilla sin campanario y, más adelante, frente a un campo oscuro donde algo blanco se movió entre la hierba alta.

Redujo la velocidad con el tiempo que la rodeaba mejor tomar todas las precauciones posibles.

Durante unos segundos no vio nada más que lluvia, maleza y la luz temblorosa de sus faros.

Después,de la nada, una figura cruzó la carretera.

No fue un animal. No se movía como uno.

Era alta, demasiado delgada, y caminaba con una lentitud absurda bajo el aguacero, envuelta en una tela oscura que le caía hasta los tobillos. Lucía clavó el pie en el freno, sintiendo cómo el coche respondía tarde, como si las ruedas estuvieran deslizándose sobre aceite en lugar de asfalto.

La figura volvió la cabeza.

La luz de los faros iluminó un rostro pálido. Un sudor helado recorrio el cuello de Lucía...no tenía ojos.

Lucía soltó un grito girando el volante con tal violencia que el coche derrapó haciendo que la carretera desaparecie.

El mundo se inclinó con una brutalidad tan repentina que el aire se le escapó de los pulmones antes de que pudiera comprender qué estaba ocurriendo. Vio los árboles girar al otro lado de la ventanilla, troncos negros y verticales convertidos en cuchillas borrosas; escuchó el estallido del cristal, el rugido de la carrocería al golpear contra algo sólido, el crujido imposible del metal plegándose sobre sí mismo.

Luego llegó el silencio.

No una ausencia de ruido, sino un silencio espeso, profundo, lleno de una presión que le atravesó los oídos.

Lucía abrió los ojos.

Estaba boca abajo.

El cinturón le cortaba el pecho. Sangre tibia le descendía desde la sien hasta la mandíbula, pero no sentía dolor, solo una extraña sensación de lejanía, como si su cuerpo estuviera ocurriéndole a otra persona. El coche había quedado suspendido entre los árboles, inclinado sobre una pendiente que no alcanzaba a ver a través del parabrisas roto.

Su respiración empañaba el aire.

—¿Hay alguien? —preguntó, aunque su voz apenas consiguió salir.

El teléfono había desaparecido. El interior del coche olía a gasolina, tierra mojada y humo. Una rama atravesaba el asiento del copiloto, justo donde unas horas antes había dejado su bolso.

Entonces oyó voces.

Al principio creyó que venían de la radio, pero el equipo estaba apagado y la pantalla del salpicadero solo mostraba una hora inmóvil: 03:17.

Las voces hablaban muy bajo.

No eran palabras que pudiera distinguir. Sonaban como un rezo pronunciado desde una habitación contigua, una cadencia de sílabas antiguas que se mezclaban con el golpeteo de la lluvia. Lucía contuvo el aliento, intentando localizar el origen.

Las voces no venían de fuera.

Venían de debajo del coche.

Un golpe sacudió la puerta del conductor.

Lucía chilló.

—¡Eh! —gritó una voz masculina—. ¡No te muevas! Voy a sacarte de ahí.

La puerta volvió a vibrar bajo una fuerza desesperada. Hubo un sonido de metal retorciéndose, una ráfaga de aire helado y, de pronto, un rostro apareció al otro lado de la ventanilla rota.

El hombre tendría unos cuarenta años. Llevaba una camisa clara empapada, los antebrazos cubiertos de cortes, y una expresión tensa que trataba de ocultar con esfuerzo.

—¿Puedes moverte? —preguntó.

Lucía lo miró sin responder.

—Señorita, necesito que me diga si puede moverse.

—¿Quién es usted?

La pregunta le salió demasiado rápido, con un filo absurdo de desconfianza.

El hombre parpadeó.

—Me llamo Darío. Darío Salvatierra. Iba detrás de usted, creo. Mi coche está… —Miró hacia la pendiente y su rostro se endureció—. Está más abajo.

—¿Qué ha pasado?

Darío no respondió enseguida. Su mirada se desplazó hacia el bosque, más allá de Lucía, y durante un instante ella creyó ver que sus labios perdían el color.

—No lo sé —dijo finalmente—. Pero tenemos que salir antes de que esto se venga abajo.

No era necesario que lo dijera. El coche se sostenía de una forma que no debía ser posible. Estaba atrapado entre dos pinos, con el capó enterrado contra la ladera y el techo hundido sobre el asiento trasero; un ángulo imposible, una estructura destrozada que tendría que haberse precipitado hasta el fondo del barranco.

Darío rompió lo que quedaba de la ventanilla con una piedra. Lucía se cubrió el rostro mientras los fragmentos caían sobre su pelo y su ropa. Después él introdujo los brazos por el hueco, buscó el cierre del cinturón y tiró de ella con una fuerza que no parecía compatible con su propio agotamiento.

Cuando por fin salió, la lluvia le golpeó la cara como una bofetada.

No había barranco.

Lucía cayó de rodillas sobre un terreno blando y cubierto de hierba.

Alzó la vista.

El coche estaba a pocos metros, apoyado de lado contra un muro bajo de piedra. Más allá, donde debería haberse abierto la pendiente, se extendía una explanada circular rodeada de árboles. El suelo estaba surcado por marcas de neumáticos, cristales y trozos de carrocería, como si varios vehículos hubieran sido arrojados allí desde alturas distintas.

Había coches destrozados por todas partes.

Un taxi amarillo con el techo aplastado descansaba cerca de un roble. Una motocicleta yacía medio enterrada en el barro, todavía con la luz trasera parpadeando. Una furgoneta blanca había quedado incrustada contra una piedra enorme, con el frontal reducido a una masa irreconocible. A unos metros, un todoterreno negro tenía el parabrisas cubierto por una telaraña de grietas y las puertas abiertas de par en par.

Y, entre los restos, había personas.

Una mujer de cabello oscuro estaba de pie bajo la lluvia, abrazándose a sí misma mientras miraba sus propias manos. Un joven de chaqueta de cuero intentaba arrancar una puerta deformada. Cerca de la furgoneta, un hombre mayor permanecía sentado sobre el barro, respirando con la cabeza inclinada y la palma apoyada contra el pecho. Una chica de no más de veinte años lloraba sin hacer ruido junto a la motocicleta.

Lucía contó seis.

Con ella, siete.

—¿Había alguien más? —preguntó Darío.

Nadie contestó.

La mujer de cabello oscuro levantó la cabeza. Tenía una herida abierta sobre la ceja, pero sus ojos permanecían extrañamente secos.

—Yo iba sola —dijo.

Su voz era firme, demasiado firme para alguien que acababa de sobrevivir a aquello.

—¿Todos iban solos? —preguntó el joven de la chaqueta, sin dejar de forcejear con la puerta del coche.

—Sí —respondió la chica junto a la moto, tragándose un sollozo—. Yo… yo venía de trabajar. Iba por la carretera principal. Ni siquiera sé cómo terminé aquí.

El hombre mayor soltó una risa breve y rota.

—Eso es imposible.

Lucía volvió la mirada hacia los árboles. No podía ver la carretera. No había farolas, señales, huellas recientes ni casas. Solo la pared negra del bosque, moviéndose con el viento.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

Nadie respondió a esa pregunta tampoco.

La lluvia seguía cayendo, pero no conseguía borrar las marcas alrededor de los vehículos. Lucía se acercó unos pasos, atraída por una línea oscura en el barro. Era una huella de neumáticos. La siguió con la vista y comprendió que venía directamente desde el aire.

Empezaba en mitad de la explanada.

No había camino que la alimentara. No había descenso, curva ni entrada. El rastro surgía de la tierra como si el coche hubiese aparecido allí de pronto, con las ruedas ya girando, y hubiera continuado hasta chocar contra el muro.

Darío la vio observarlo.

—Mi coche cayó —dijo en voz baja—. Estoy seguro de que cayó.

Lucía lo miró.

—¿Qué quiere decir?

Él no apartó los ojos de la marca en el barro.

—Vi el guardarraíl. Vi cómo se rompía. Había una caída de al menos treinta metros.

No sonaba confundido. Sonaba avergonzado, como si reconocerlo lo volviera débil.

—Yo también caí —dijo Lucía, sin saber por qué lo admitía—. O pensé que caía.

La mujer de cabello oscuro se acercó. Llevaba un abrigo gris, elegante, completamente destruido en los bordes. Miró los coches y luego el bosque.

—No cayeron —murmuró—. Los trajeron.

El joven de la chaqueta dejó de forcejear con la puerta.

—¿Quién?

Ella tardó un momento en contestar.

—No lo sé.

Se llamaba Mara Vela. Lo dijo cuando Darío insistió en que tenían que presentarse, porque alguien debía llamar a emergencias y alguien debía saber quién necesitaba ayuda. El joven era Bruno Aranda, mecánico de motos, según explicó con una irritación que parecía dirigida contra el mundo entero. La chica se llamaba Eva Montalbán y estudiaba enfermería en una ciudad a más de cien kilómetros de allí. El hombre mayor, Julián Ferrer, era profesor de historia retirado. El séptimo, que había permanecido junto a la furgoneta, se presentó como Tomás Llorente.

Nadie reconoció ninguno de los nombres.

Nadie pudo explicar qué hacía allí.

Cuando Lucía preguntó por los teléfonos, todos los sacaron con un gesto automático, como si aún confiaran en que aquella pantalla pudiera devolverles el orden. No había señal. Las baterías, sin embargo, mostraban porcentajes distintos y absurdos. El de Eva estaba al ciento tres por ciento. El de Bruno no encendía, aunque vibraba dentro de su mano. El de Mara tenía la pantalla rota, pero en ella aparecía una sola palabra, repetida hasta llenar el fondo negro.

REGRESA.

—No puede ser —susurró Eva.

Intentó apagarlo. El teléfono no respondió.

Mara lo dejó caer al barro.

El sonido fue pequeño, casi insignificante, pero todos se volvieron hacia ella.

—No lo toques —dijo Julián.

Mara levantó una ceja.

—¿Y qué cree que va a hacer? ¿Morderme?

Julián no contestó. Tenía el rostro ceniciento y la mirada perdida en algún punto detrás de los árboles.

Lucía se abrazó los brazos. La ropa húmeda se le pegaba a la piel y empezaba a tiritar, aunque no sabía si por frío o por otra cosa. Desde que había salido del coche, sentía una vibración bajo los pies, una pulsación suave que recorría la tierra a intervalos regulares.

Como un corazón enterrado.

—Tenemos que encontrar el camino —dijo Darío—. No podemos quedarnos aquí.

Bruno señaló el muro de piedra.

—¿Y por dónde se supone que salimos? Esto parece una maldita trampa.

—No es una trampa —dijo Julián.

La frase cayó entre ellos con un peso extraño.

El profesor retirado se puso de pie lentamente. La lluvia le resbalaba por la frente, pero no parecía notarla. Se acercó al muro y pasó los dedos sobre la piedra cubierta de musgo. Había símbolos grabados allí, tan desgastados que Lucía no los había visto antes: círculos superpuestos, líneas que se curvaban como espinas, figuras humanas con los brazos alzados.

—Es un cerramiento ritual —murmuró.

Bruno soltó una carcajada sin humor.

—Claro. Porque eso tiene todo el sentido del mundo.

—No estoy bromeando.

Julián se volvió. Por primera vez desde el accidente, algo parecido al miedo atravesó su expresión.

—He visto esto antes.

—¿Dónde? —preguntó Eva.

—En un manuscrito.

Nadie dijo nada.

Julián pareció darse cuenta de lo ridículo que sonaba y apretó los labios.

—Hace años investigué archivos eclesiásticos de la región. Había referencias a una aldea desaparecida, Valdemora. No aparecía en los mapas modernos. Según los documentos, hubo un incendio a finales del siglo dieciocho. Murieron casi todos los habitantes.

Lucía sintió una presión en el estómago.

El cartel.

La flecha oxidada.

Valdemora.

—¿Esta es Valdemora? —preguntó.

Julián miró alrededor.

—No debería existir.

La vibración bajo sus pies se hizo más fuerte.

No fue un temblor. El suelo no se movió. Fue algo más íntimo, como una nota grave atravesando los huesos. Eva llevó ambas manos a la cabeza. Tomás, que hasta entonces apenas había hablado, dio un paso atrás y golpeó el lateral de la furgoneta con tanta fuerza que el metal sonó como una campana.

—¿Lo oyen? —preguntó.

Lucía sí lo oía.

Las voces habían regresado.

Esta vez no venían de debajo de los coches.

Venían de todas partes.

Susurraban entre los árboles, bajo la hierba, dentro de los motores muertos y las gotas de lluvia. Siete voces, quizá más, pronunciando palabras que Lucía no entendía y que, aun así, le producían una familiaridad insoportable.

Mara se llevó una mano a la boca.

—Yo conozco eso.

—¿Qué cosa? —preguntó Darío.

—La canción.

No era una canción, quiso decir Lucía. Era demasiado lenta, demasiado áspera. Sin embargo, cuando Mara empezó a repetir la melodía bajo la respiración, Lucía reconoció el ritmo.

No lo había escuchado nunca.

Pero sabía cómo continuaba.

Julián también lo sabía.

Eva dejó de llorar.

Bruno levantó la vista hacia los árboles, con el rostro pálido.

Y Tomás empezó a recitar palabras en una lengua que ninguno de ellos hablaba.

La lluvia se detuvo.

No disminuyó ni pasó de golpe a una llovizna. Simplemente cesó, como si alguien hubiera cerrado una puerta en el cielo.

El silencio que dejó detrás fue peor.

A la luz de los faros rotos, la explanada se reveló por completo.

No era un claro.

Era un cementerio.

Las piedras que Lucía había confundido con rocas emergían de la tierra en filas imperfectas, inclinadas por el tiempo y las raíces. Había lápidas pequeñas, grandes, partidas por la mitad o cubiertas por una capa de musgo tan gruesa que parecían montículos naturales. Los coches habían caído entre las tumbas. Las ruedas habían abierto surcos sobre cuerpos enterrados hacía siglos.

Eva dio un paso atrás, pero su bota chocó contra una lápida.

La piedra se partió con un chasquido seco.

De debajo del musgo apareció una inscripción.

Todos la miraron.

La letra estaba erosionada. Aun así, se podía leer.

EVA MONTALBÁN

Nacida en 1789

Muerta en 1811

Eva dejó de respirar.

—No —dijo.

Nadie se movió.

La joven cayó de rodillas frente a la tumba. Pasó los dedos por las letras, como si esperara que el tacto demostrara que no eran reales, que el nombre cambiaría bajo su mano. Luego soltó un grito agudo y se apartó como si la piedra la hubiera quemado.

—No. No, no, no. Ese es mi nombre. Es mi nombre.

Bruno se acercó a otra lápida, furioso, decidido a encontrar la trampa. Arrancó el musgo con las dos manos, ignorando cómo la tierra se acumulaba bajo sus uñas.

Entonces se quedó inmóvil.

Lucía no necesitó acercarse para saber qué había encontrado.

Mara no habló. Caminó hacia una piedra inclinada cerca del muro y la limpió con el borde de la manga. Darío hizo lo mismo. Julián, con una lentitud casi reverente, se dirigió a una tumba medio hundida detrás de la furgoneta.

Uno a uno, los nombres aparecieron.

MARA VELA.

BRUNO ARANDA.

DARÍO SALVATIERRA.

JULIÁN FERRER.

TOMÁS LLORENTE.

Lucía permaneció donde estaba, incapaz de mover las piernas.

No quería buscar la séptima.

La voz llegó entonces desde su izquierda.

No era un susurro colectivo. Era una voz femenina, muy cerca de su oído, suave como la de una madre despertando a un niño.

—Lucía.

Se volvió.

No había nadie.

La voz repitió su nombre.

Esta vez venía de debajo de la tierra.

Lucía caminó sin decidir hacerlo. Sus pies la llevaron entre dos lápidas rotas, alrededor de una zanja abierta por el impacto de la motocicleta, hasta un rincón del cementerio que permanecía sumido en una oscuridad más profunda que el resto.

Allí había una tumba sin cruz.

La piedra era lisa, negra, y parecía menos erosionada que las demás.

Su nombre ya estaba visible.

No necesitaba apartar musgo.

LUCÍA ORTEGA.

Debajo, había una fecha.

1726 — 1749

El aire se le escapó en un jadeo.

Y entonces vio algo más.

Bajo su nombre no figuraba una frase de despedida ni una cita religiosa. Había siete líneas grabadas en torno a un símbolo circular, siete marcas que se entrelazaban como dedos cerrados sobre una herida.

Lucía conocía aquel signo.

No sabía de dónde.

Lo conocía de un sueño que había tenido de niña, una pesadilla tan recurrente que su madre había terminado por prohibirle hablar de ella. En el sueño, siete personas se arrodillaban alrededor de un pozo mientras el cielo ardía. Cada una sostenía una vela negra. Cada una ofrecía una gota de sangre sobre una piedra.

Y al fondo del pozo, algo respiraba.

Lucía dio un paso atrás.

La tierra bajo la lápida tembló.

No fue una ilusión. Todos lo sintieron. Las lápidas vibraron, los faros de los coches parpadearon y una grieta se abrió en el suelo, fina al principio, apenas una línea negra atravesando el barro.

Después se extendió.

Cruzó el cementerio, pasó bajo la furgoneta, dividió la hierba en dos y llegó hasta el muro de piedra.

Desde el interior de la grieta subió un olor húmedo, antiguo, demasiado parecido al de una habitación cerrada durante siglos.

Tomás empezó a llorar.

Mara lo miró con una expresión que Lucía no pudo interpretar.

—¿Qué recuerdas? —preguntó.

Tomás negó con la cabeza, aunque sus labios ya se movían.

—No quiero recordar.

—¿Qué recuerdas? —insistió Mara.

Tomás levantó la cara.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no parecía verlos. Miraba más allá de todos ellos, hacia un tiempo que no podía existir.

—Éramos nosotros —dijo—. Los siete.

La grieta se abrió un poco más.

Algo golpeó desde abajo.

Una vez.

Dos.

A la tercera, las luces de todos los vehículos se encendieron al mismo tiempo.

Los faros iluminaron el cementerio con una blancura brutal, arrancando sombras de entre las lápidas y proyectándolas contra los árboles. Durante un instante, Lucía vio figuras inmóviles más allá del muro de piedra: hombres y mujeres vestidos con ropas antiguas, empapados de barro, con los rostros inclinados hacia las tumbas.

Había decenas.

Quizá cientos.

Y todos tenían los ojos cerrados.

La radio de su coche se encendió.

La estática llenó la explanada. Después, entre los chasquidos, una voz grave empezó a hablar.

No era una voz humana.

—El pacto se ha roto.

Las figuras al otro lado del muro abrieron los ojos.

Lucía quiso correr, pero no pudo.

Porque desde la grieta, desde lo profundo de la tierra donde algo llevaba siglos esperando, una voz pronunció los siete nombres.

Y cuando llegó al suyo, la lápida negra se partió por la mitad.

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