Prólogo
¡Te doy la bienvenida al universo de "Bereshit: La ciudad de los Elohim"!
Esta es una obra de ficción perteneciente al género de la fantasía urbana y la fantasía celestial. Los términos, nombres y conceptos inspirados en la mitología, textos antiguos y tradiciones hebreas o teológicas han sido reinterpretados libremente con fines puramente narrativos y creativos.
¡Gracias por emprender este viaje conmigo y acompañar a Helena a descubrir su verdadero destino!
Un angustiante grito de dolor desgarró el silencio de la cueva, propagando de roca en roca su eco desesperado. Provenía de una de las cámaras más apartadas de la antigua caverna de la que, moviéndose lo más rápido que podían y amparándose en la penumbra, tres ángeles intentaban escapar buscando en vano una salida. Escapaban para alejarse del rítmico e inquietante sonido de los tambores de la batalla que arreciaba cerca de ellos; escapaban para no ser alcanzados por el crujir del acero de las espadas y los gritos de los guerreros y, especialmente, escapaban para huir de sus más profundos y terribles miedos.
A pesar de lo dramático de su situación, la belleza angelical de sus rostros y cuerpos no se veía afectada en lo más mínimo y, viéndolos, cualquier humano se habría podido detener a admirar sus armoniosas y agraciadas facciones, sus cuerpos altos y perfectos y sus largas alas de suaves plumas tan blancas que parecían brillar.
—¿Por qué te detienes, Raphael? Debemos salir cuanto antes —dijo con tono autoritario una voz que, aún en la angustia, resonó melodiosa entre las paredes de la caverna.
—¡Detente, Jibreel! No encontraremos la salida… y ella no puede esperar más. ¡Tendremos que hacerlo aquí! —fue la respuesta del más anciano de los tres.
No obstante la calma que deseaba aparentar, la preocupación se notaba en su rostro. Tomó a la ángel llamada Muriel, que jadeaba conteniendo los gritos de dolor, de los brazos de su compañero y, apartándose hacia un estrecho y resguardado pasillo de la cueva, la extendió suavemente en el suelo sobre su manto gris bordeado de blanco.
—¿Aquí? —preguntó horrorizado Jibreel, escondiéndose entre las sombras proyectadas por las rocas.
Su hermosa cara de jovencito, enmarcada por largos bucles dorados, se oscureció por un instante al considerar la idea de escapar abandonando a Raphael y Muriel en ese lugar. Luego ella arqueó nuevamente la espalda gritando de dolor y él no pudo hacer otra cosa que lanzarse al suelo para calmarla, los bucles dorados en desorden y las blancas y luminosas alas que temblaban sin parar.
—¡Entonces, por lo menos, haz algo para que deje de gritar, Raphael! —dijo acariciando amorosamente el rostro torcido por el dolor y el largo cabello color cobre de Muriel, arrepintiéndose de inmediato de sus pensamientos de abandono—. ¿Por qué está sufriendo así?
Mientras tanto, Raphael recitaba sin parar antiguas plegarias apoyando sus grandes y elegantes manos sobre el vientre anormalmente hinchado de Muriel. De sus palmas emanaba a intervalos regulares una intensa luz blanca de la que brotaban chispas doradas, pero, a pesar de sus incesantes esfuerzos, la situación no mejoraba.
—¡Estoy haciendo todo lo posible, Jibreel! —dijo el arcángel Raphael, interrumpiendo por un instante sus ruegos—. Ya debería de haber dado a luz y sin tormentos. Temo que la naturaleza del ser que lleva en su vientre sea la causa de su sufrimiento.
¡Sufrimientos era todo lo que ese embarazo había traído desde un principio!, pensó Jibreel mientras sentía subir intensa y rabiosa la ira dentro de sí. Y el capricho de Muriel por tener a esa terrible criatura no había hecho más que arruinarlo todo, especialmente su vida.
Raphael volvió a entonar sus plegarias de sanación con mayor vigor, pero, al enésimo golpe de luz emanado por sus manos sobre el abultado vientre de Muriel, aparecieron siniestras manchas de color negro, haciendo que sus gritos se volvieran aún más fuertes que antes.
—¡Muriel, Muriel, no! —la voz del arcángel Jibreel sonó histérica mientras se afanaba intentando colocar de nuevo a Muriel boca arriba en el piso—. Tienes que hacer algo con esa criatura ahora, Raphael. ¡Si sigue gritando así, nos encontrarán!
A lo lejos, como atraídos por los gritos de Muriel, retumbaron los ecos de la batalla. Jibreel giró instintivamente la cabeza hacia la dirección del sonido; en sus ojos se leía todo el terror de que todo cuanto estaba ocurriendo más allá pudiera llegar hasta ellos y sorprenderlos ahí, solos e indefensos.
—Si alguien nos encuentra, espero al menos que sea Mikael —murmuró Jibreel para sí mismo sin dejar de escrutar aterrorizado las sombras que envolvían el pasillo de la cueva; en toda su larga existencia jamás se había sentido tan vulnerable como en ese momento.
Raphael acarició las manos de Muriel y notó que estaban heladas; sus labios se habían teñido de un pálido color violeta y el color de sus mejillas estaba desapareciendo lentamente.
—No es posible esperar más. Es evidente que no puedes dar a luz de la manera tradicional, Muriel, y si sigo esperando morirán ambas. No me queda otra opción que la de hacerte una incisión en el vientre para que pueda nacer tu hija —dijo Raphael con un suspiro nervioso.
—¡Así morirá! —ahora la mirada de terror de Jibreel estaba dirigida a Raphael—. Si lo haces, sabes mejor que yo que en cuanto la abras su esencia tratará de volver al Divino, y si su corazón deja de latir la perderemos para siempre.
Consciente de lo desesperado de su situación, Muriel miró directo a los ojos de Raphael y, tomando sus manos, logró hacerle un ademán afirmativo con la cabeza justo un instante antes de que su espalda comenzara a arquearse de nuevo.
—Me temo que no existe ningún otro modo, Jibreel. Se hará Su voluntad, cualquiera que sea —la voz de Raphael se tornó nuevamente segura y autoritaria—. Muriel, muerde esto, te ayudará —dijo poniendo en su boca un trozo de tela que había arrancado de su manto—, y tú, Jibreel, intenta mantenerla lo más quieta posible.
Sacudiendo la cabeza e intentando contener las lágrimas de rabia y terror, Jibreel apretó a Muriel contra el suelo mientras consideraba para sí cómo era posible que todo hubiera salido tan mal; no solo esa criatura nacería, sino que su madre estaba arriesgando su vida para que eso sucediera como si nada más importara.
—¿Crees al menos poder hacerlo?
—Lo he visto hacer a los humanos decenas de veces —contestó el arcángel sanador con una punta de indignación por la falta de confianza en sus capacidades—. Espero que con la ayuda del Divino sea suficiente; haré todo lo que me sea posible.
A continuación extrajo de su bastón un largo y afilado fragmento de metal plateado. Lo miró por un segundo decidiendo cómo usarlo, recitó en un silencioso murmullo la plegaria de invocación de ayuda al Divino y, tras un respiro profundo, con cautela hundió el fragmento afilado en el vientre de Muriel.
A pesar del trozo de tela que mordía, un grito aún más largo e intenso que los anteriores salió de la boca de Muriel cuando sintió la piel rasgarse y la carne abrirse. Un dolor vivo y penetrante la recorrió de pies a cabeza, haciéndole casi perder los sentidos. Lo único que la mantuvo vigilante y evitó que se abandonara a un dolor que hasta un segundo antes habría creído incapaz de sentir fue la convicción de que debía mantenerse lo más lúcida posible si deseaba ver a su hija.
Hundió las manos en la tierra, rascándola con las uñas y tratando de quedarse inmóvil y callada; por suerte Jibreel la tenía firmemente anclada al piso. A pesar de todas las incomprensiones entre ellos, Jibreel había acudido a prestarle su ayuda en ese desesperado momento; finalmente la había perdonado, ¿o seguía considerando a la pequeña la culpable de todo?
No obstante sus dudas, Muriel sabía que no le quedaba más tiempo para descubrir la verdad; solo podía ponerse en manos del Divino y confiar en su bondad y en la del arcángel. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la terrible sensación de que las fuerzas la abandonaban, y tuvo que concentrarse al máximo para lograr mantener los ojos bien abiertos y resistir al dolor.
Contando uno a uno los latidos del corazón de Muriel y temiendo que se detuviera de golpe, Raphael tomó por fin a la pequeña que estaba causando todo aquel sufrimiento y la sacó con mucha cautela. Tanta prudencia no se debía al miedo de hacerle daño, sino al temor de descubrir qué era realmente aquel ser que tantas penas estaba causando.
La apoyó delicadamente en el piso y apartó despacio la membrana transparente y pegajosa que la revestía. Al verse finalmente liberada, la pequeña abrió la boca y un llanto fuerte y vigoroso llenó por completo la cavidad de la cueva. Raphael abrió desmesuradamente los ojos sin poder creer lo que veía: una criaturita de pelo negro que lo miraba fijamente con sus enormes y peculiares ojos verdes llenos de miedo.
—¡Mi pequeña, mi pequeña! —susurró Muriel con un hilo de voz, tendiendo los brazos hacia su hija. Desconcertado, Raphael puso entre los brazos de la madre a la pequeña, que enseguida dejó de llorar.
—¿Pero qué estás haciendo, Raphael? ¡Quítale a ese ser detestable de encima y haz algo por Muriel! —gritó indignado Jibreel.
—¿No te das cuenta, Jibreel? Mira sus ojos, ¡es un ángel! —contestó Raphael sin dejar de mirar a la pequeña—. Al menos en parte su esencia es angélica —añadió sonriendo.
—Esa criatura no es un ángel, es un ser malvado y no merece vivir, ¡por poco mata a su madre! Tú piensa en sanar a Muriel antes de que sea demasiado tarde y yo me ocuparé de ese ser infame de una vez por todas —los ojos verdes de Jibreel se endurecieron y dirigió una mirada turbia a la pequeña.
Sorprendido y a la vez indignado por tanta hostilidad, Raphael detuvo las manos de Jibreel que trataban de tomar a la recién nacida y le dijo con la voz cargada de reprobación y autoridad:
—Esta no es una decisión que te corresponda tomar a ti, Embajador. Si el Divino ha permitido su nacimiento algún motivo habrá; no te corresponde a ti solo decidir su destino.
Mientras tanto, Muriel, que no se daba cuenta del intenso intercambio de opiniones entre los arcángeles, observaba atentamente a su pequeña intentando entender su naturaleza. Por meses se había escondido, escapando de todo y de todos y, usando al máximo sus poderes de ángel creador, había intentado transformar a la criatura que crecía en su vientre en un ser humano en donde el bien y el mal convivieran en igual medida sin que ninguno de los dos prevaleciera.
En cambio, en lugar de una bebé humana como se esperaba, sostenía entre sus brazos una pequeña en la que parecía vivir con intensidad la esencia angélica, al menos en parte.
«Muriel con la bebé.»
Si era así, pensó, entonces en su hija vivía también la parte malvada que tanto temía y se había esmerado en contrarrestar. ¿Cómo era posible que hubiera pasado algo así? ¿Era posible que los poderes que con tanto fervor había usado sobre sí misma, en lugar de dar vida a una humana, hubieran logrado el milagro de hacer convivir en un solo ser a las dos esencias en perenne contraste, ambas fuertes y plenas?
Se estremeció pensando en lo que el futuro le deparaba a su hija: ser llevada a Bereshit y crecer ahí, prisionera de un prejuicio que en la ciudad de los ángeles la habría perseguido para siempre como una espada pendiendo sobre su cabeza e impidiéndole ser libre y feliz; o caer en manos de los demonios que, convencidos de que había sido concebida para hacer invencibles sus fuerzas, no pararían de buscarla hasta dar con ella y hacerla suya para usarla a su antojo. En cualquiera de los dos casos sin saber la verdad sobre ella misma; no, no podía permitirlo. Y mientras en su cabeza se volvía cada segundo más evidente que ella no estaría ahí para ayudarla o defenderla, vio clara la única solución posible: su pequeña debía crecer en la Tierra entre los humanos, con alguien que velara por ella y la protegiera, y ese alguien solo podía ser Jibreel.
Entretanto, atraído por los gritos de Muriel, el estruendo del combate que arreciaba entre el bien y el mal se acercaba cada vez más al escondite de los tres ángeles. Los ángeles decididos a defender a la criatura recién nacida a toda costa; los demonios resueltos a hacerla suya por fin.
—Haz como desees, Raphael, pero, ¡te lo ruego!, trata de salvar a Muriel, sus latidos… —la voz de Jibreel fue interrumpida por el fuerte sonido de seres alados que se acercaban. El arcángel retuvo la respiración rogando al Divino que no fueran los demonios los primeros en dar con el escondite.
Raphael, en cambio, estaba demasiado concentrado en tratar de cerrar la herida del vientre de Muriel. La única que dormía finalmente tranquila en los brazos de su madre sin darse cuenta del peligro que corría era la recién nacida.
Al término de un minuto que pareció eterno, de la oscuridad surgieron primero Mikael, el arcángel comandante supremo del Ejército Celestial; e inmediatamente después Rathiel, su segundo al mando; ambos envueltos en las relucientes armaduras y los largos mantos de color rojo típicos de la élite del Tsahal, las fuerzas armadas divinas.
Viéndolos, Jibreel se sintió momentáneamente aliviado pensando que tal vez todavía había alguna esperanza de salvar a Muriel y de resolver esa situación desesperada. Pero, al notar sus actitudes tensas y sus miradas concentradas, se dio cuenta de que la tan temida llegada de los demonios no debía tardar mucho. Rathiel vigilaba escudriñando con ojos atentos los alrededores del rincón escondido de la cueva; Mikael empuñaba decidido Or En Sof, su legendaria espada, y sobre su coraza resplandeciente podía ver claramente los signos de la batalla que aún no terminaba.
—Finalmente los hemos encontrado. ¿Qué ha pasado con Muriel? —preguntó Mikael acercándose con un gesto preocupado; los había buscado tanto rastreando sin éxito sus auras hasta casi perder las esperanzas cuando, de repente, había escuchado un fuerte llanto que los había guiado hasta ahí.
—Ven a ver lo que ha pasado con tus propios ojos, Mikael —se apresuró a decir Raphael sin dejar de afanarse sobre las heridas de Muriel—. Es algo increíble, ha dado a luz a un ser que parece en parte un ángel.
A pesar de los repetidos intentos de curación de Raphael, Muriel sentía que la vida a la que con tanto esmero intentaba aferrarse estaba por abandonar definitivamente su cuerpo. Una sensación de vacío comenzaba a extenderse por sus miembros débiles y cansados, su corazón latía cada vez más despacio y su esencia buscaba de todas las formas posibles dejar su cuerpo para volver al Divino. En su mente todos los efectos del intenso dolor y la desesperada angustia que había sentido dando a luz a su hija habían desaparecido, sustituidos por la apremiante urgencia de velar por su futuro; si deseaba confiar la suerte de su hija a alguien debía apresurarse. Buscó con la mirada a Jibreel y, cuando finalmente encontró sus ojos, reunió sus pocas fuerzas y le dijo quedamente:
—Jibreel, debes hacerte cargo de la pequeña. Asegúrate de que crezca entre los humanos… asegúrate de que sea feliz. Por favor, hazlo por mí —susurró suplicante acercándole la pequeña.
Como si hubiera recibido un fuerte empujón, Jibreel se echó hacia atrás mientras su hermoso rostro de jovencito se distorsionaba horrorizado:
—Yo…, yo… no… —balbuceó el arcángel sacudiendo la cabeza y haciendo bailar sus bucles dorados.
«Jibreel rechaza a la bebé.»
—Toma a la pequeña, Jibreel, necesito que esté lejos de Muriel para intentar curarla, queda poco tiempo —los interrumpió Raphael preocupado.
—¡No puedo, yo no puedo hacerlo! —Jibreel retrocedió hasta golpear sus blanquísimas y luminosas alas contra la pared rocosa de la gruta. Toda la ira que sentía hacia esa criatura se transformó en una sensación de náusea tan violenta que lo hizo temblar y cayó al piso envuelto en sus alas blancas sollozando de rabia.
—¡Entonces tómala tú, Mikael! —gritó Raphael nervioso—. ¡Ya no hay tiempo!
Mikael tomó a la pequeña ángel de los brazos sin vida de Muriel y la apretó a su pecho. La pequeña se despertó y comenzó a temblar de frío; sin titubear, el arcángel al mando de todo el Ejército Celestial se quitó la roja capa de sus hombros y envolvió a la pequeña; inmediatamente ella le sonrió tomando su dedo meñique entre sus manos con fuerza.
—¡Eres hermosa, pequeña! —murmuró el gran guerrero subyugado por tanta dulzura.
—Cuida de ella, Mikael —la voz de Muriel parecía provenir de un lugar muy lejano y sus ojos brillaban ya con una luz celestial—. Se llama Helena.
—Lo haré, Muriel, tienes mi palabra.
Por fin serena, Muriel apartó la mirada de Mikael y Helena y, sobre su vientre todavía abierto, buscó las manos de Raphael que intentaba en vano salvarla:
—Gracias por haberla salvado —articularon sus labios sin voz.
—Yo mismo conduciré tu alma hasta el Divino —respondió Raphael abatido, dándose cuenta de que no había nada que pudiera hacer por ella.
Un instante después, el alma de Muriel se separó de su cuerpo emitiendo haces de luz multicolor. Raphael la tomó delicadamente entre sus manos y la depositó en una de las bolsas que llevaba colgadas a su cinturón.
Al darse cuenta de que Muriel estaba muerta, el llanto de Jibreel se tornó de rabioso en desesperado. Cuando ella había pronunciado el nombre de la criatura se había sentido casi desfallecer. Entre las lágrimas que le nublaban la vista y los sentidos llenándolo de amargas dudas, vio a Mikael que mecía protector a la criatura. Para Muriel esa tarea le correspondía a él, pero él la había rechazado traicionando nuevamente su confianza, ¿por qué lo había hecho, por qué había perdido la última oportunidad de demostrarle su lealtad?
Desesperado, trató de recomponerse y se dijo a sí mismo que de cualquier modo ya era demasiado tarde. La verdad era que no soportaba siquiera la idea de mirar a esa… ¡lo que fuera! Sentía un profundo aborrecimiento por lo que representaba, por su procedencia, por todo lo que su concepción había puesto en peligro y, finalmente, arruinado. Todos sus anhelos y sus planes se habían venido abajo con ella. Un súbito deseo de que hubiera muerto en lugar de su madre se apoderó de su ser y tuvo la certeza de que a partir de ese momento su presencia le recordaríá para siempre todos los errores cometidos y las posibilidades perdidas. De ahí en adelante ese ser sería su tormento personal; lo mejor era destruirla y fingir que nunca había existido.
En ese momento Omael, el comandante del Tsebà Quedem, y un centenar de sus Ángeles Soldado entraron volando en la cámara de la gruta con un ruido ensordecedor. Empuñaban largas lanzas con puntas de fuego y, a pesar de encontrarse ante la presencia de tres arcángeles, se quedaron todos a la entrada de la cámara en espera del enemigo y listos a combatir hasta la victoria o la muerte.
—¡Están a punto de alcanzarnos, Mikael! Llegarán aquí en un instante —rugió Omael sin voltear siquiera.
Levantando por primera vez la mirada de la pequeña angelita que descansaba entre sus brazos, Mikael se dirigió a su segundo al mando:
—Rathiel, llévate enseguida a los Arcángeles y escórtalos hasta Bereshit. ¡Confío en ti, hermano Turai! —dijo apoyando una mano sobre el hombro de Rathiel en señal de hermandad; luego, dirigiéndose a Jibreel y Raphael, añadió—: ¡Pronto, vayan con Rathiel, yo pondré a salvo a la pequeña Helena!
Al escuchar esas palabras, Omael se volteó sorprendido hacia Mikael pero, antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, sus ojos se toparon con el cuerpo sin vida de Muriel. Echando hacia atrás la cabeza lanzó un grito furioso y su cuerpo se convirtió en fuego vivo llenando la cámara de la caverna de luz resplandeciente.
Un instante antes de que el cuerpo de Muriel se volviera polvo dorado, Jibreel logró agacharse y depositar un beso sobre su mano. Entonces Rathiel lo tomó del brazo y junto con Raphael los empujó hacia las sombras de la caverna en busca de una vía de escape mientras Mikael volaba veloz hasta Omael. Usando toda la autoridad de su cargo le ordenó retomar su forma angélica; luego con tono apesadumbrado le dijo en voz baja:
—Entiendo tu dolor, Omael. Sé que la amabas, pero ya no hay nada que podamos hacer por ella. Ahora cumple la voluntad de tu Creador combatiendo con honor contra el mal —y levantando la voz para que todos lo escucharan añadió—: ¡Quedas al mando, Omael! Mandaré cuanto antes refuerzos. Ahora tengo que poner a salvo a esta angelita. ¡Que el Divino esté con ustedes, mis hermanos, y les conceda la victoria!
Antes de que también Mikael pudiera adentrarse en los oscuros pasillos de la caverna en busca de una vía de escape, una legión entera de demonios entró berreando como bestias enloquecidas y se lanzó contra los Ángeles Soldado, haciendo saltar en el aire el techo de la cámara de la caverna con un ruido escalofriante y ensordecedor.
A la vista del enemigo amenazante, Omael blandió rabioso su espada de llamas flameantes y se transformó de nuevo en fuego vivo. Junto con el resto de los Ángeles Soldado se lanzó contra los demonios decidido a luchar y destruirlos a todos.
Esquivando enormes trozos de rocas que parecían caer por todos lados y evitando los ataques de un par de demonios alados, Mikael voló más veloz que nunca apretando a la pequeña contra su pecho y subiendo por los varios niveles de la cueva en busca de la tan añorada salida.
Finalmente vio a lo lejos un quieto y plácido cielo nocturno sin estrellas que no parecía darse cuenta de lo que estaba sucediendo bajo su oscuro manto y se dirigió a toda velocidad hacia él, sintiéndose acogido y protegido por su negrura. Disminuyó la velocidad de su vuelo para evitar llamar la atención de cualquier ser viviente con el ruido de su aleteo y, cuando estaba ya lejos de los peligros, se volteó por un instante para mirar la batalla entre el bien y el mal que aún arreciaba rabiosa a sus pies.
Desde que había sido investido de la facultad de combatir por el Divino, nunca había abandonado a los suyos durante un combate y, por la duración de un aleteo, esta certeza lo paralizó y se sintió tremendamente culpable. Por primera vez en siglos el enemigo los había tomado desprevenidos y los superaba en número; indudablemente habría pérdidas entre sus ángeles soldado y él, sin dudarlo, había escapado a toda velocidad llevándose a la pequeña como si fuera la cosa más importante en el universo.
Su sentido de responsabilidad hacia sus soldados lo hizo cuestionarse si quizás no habría debido confiar a Rathiel la angelita y quedarse allí a dirigir a sus armadas en batalla; a combatir, y si era necesario a morir, con ellos. Enseguida se dijo a sí mismo que aquella noche su tarea era otra; y para convencerse de ello se obligó a pensar que confiar a esa pequeña a cualquier otro ángel habría sido demasiado arriesgado.
Apretó nuevamente a su pecho a la pequeña que continuaba durmiendo tranquila entre sus brazos envuelta en su capa roja. La miró y, como por obra del Divino, todas las dudas que lo atormentaban desaparecieron al instante: una voz calma y serena que provenía de lo más profundo de su esencia le dijo que ahora ella era extremadamente importante.
Pensó en la promesa que le había hecho a su madre poco antes y aceleró con una nueva y profunda convicción el ritmo de sus aleteos, decidido a no parar hasta conducirla al lugar más sagrado y protegido del universo entero: la Cúpula de Fuego del Divino.
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Apenas recibida la noticia de la victoria en la enésima entrega de la eterna lucha entre el bien y el mal, Mikael no tuvo tiempo de festejar el triunfo o de llorar a los muertos: en poco menos de veinticuatro horas estaba ya librando su segunda batalla, no menos crucial o difícil que la anterior.
En la cima del Monte de la Luz, en el lugar fuera del tiempo y del espacio que era la Cúpula de Fuego del Divino, tenía lugar la contienda por el futuro de Helena. Sobre la escalinata a los pies del trono celestial reposaba plácida la pequeña, aún envuelta en el rojo manto del arcángel guerrero.
Como era ley del cielo desde el inicio de los tiempos, las cuestiones cruciales para el destino de Bereshit, la ciudad de los ángeles, eran discutidas por los tres arcángeles mayores. Mikael, Raphael y Jibreel, guiados por la sabiduría y el amor divino que vivían en sus mentes y en sus corazones, debían debatir y llegar a un acuerdo. En caso de no hacerlo era Metatrón, regente de los Querubines y secretario del Divino, quien en su calidad de intérprete de la sabiduría celestial y tras haber escuchado la opinión de los arcángeles, tomaba una resolución definitiva.
El Divino en persona intervenía solo si la cuestión a examinar resultaba ser de vital importancia; en ese caso hablaba a través de Metatrón para expresar sus designios. Estos de inmediato se volvían ley y como tal eran acatados y llevados a cabo por todos en el reino de los cielos; pero los arcángeles estaban tan en sintonía y llenos de gracia celestial que habían pasado décadas desde la última vez que Metatrón había tenido que intervenir en la toma de una decisión, y siglos desde que el Omnipotente había tomado la palabra para indicar claramente su voluntad divina.
Esa tarde, sin embargo, escuchando a Mikael y Jibreel discutir acaloradamente, Metatrón tuvo muy claro que, contrariamente a lo usual, en esa ocasión no sería fácil para los arcángeles tomar una decisión conjunta. Se llevó una mano a la frente y cerró fuerte los ojos rogando al Divino la inspiración necesaria para resolver esa espinosa situación. Mientras tanto, los tonos de la discusión entre los arcángeles se hacían cada vez más intensos y sus voces subían preocupantemente de tono.
—¿Cómo puedes no entenderlo, Mikael? Te lo digo claro entonces: esa criatura es un ser maligno, ¡debemos deshacernos de ella! —gritó Jibreel a gran voz dirigiendo un dedo inquisidor hacia la pequeña.
—¿Deshacernos de ella? —Mikael miró a Jibreel comprendiendo al fin lo que su hermano arcángel quería decir—. ¿Eso significa que tú quieres… matarla? —añadió con sobresalto y estupor.
—¿Y qué tendría eso de extraño, Guerrero? Pensé que estarías acostumbrado; matar demonios es tu profesión si no me equivoco —le contestó Jibreel entornando los ojos; en ellos brillaba una punta de malicia que, de no haber estado tan enojado y sorprendido, Mikael habría sin duda notado.
—¡Ella no es un demonio! —lo frenó el comandante de los Ejércitos Celestiales y su voz sonó tan potente como un trueno. Miraba directamente a los ojos de su hermano arcángel recogiendo el desafío que este le lanzaba.
—¡Su padre lo era! —gruñó Jibreel sin bajar la mirada y usando un tono que dejaba claro cuán acostumbrado estaba a mandar.
En un arrebato rabioso Mikael chocó los puños contra la mesa que tenía frente a sí y esta se partió en pedazos. Si bien no era propia de los ángeles, la rabia era un sentimiento que Mikael conocía: el Divino dotaba a sus ángeles soldado de la capacidad de sentirla frente a sus enemigos, esto los hacía más eficientes en batalla, pero en su larga existencia jamás había sentido una rabia así por uno de sus hermanos.
Por primera vez desde que los tres arcángeles habían llegado a los pies del trono, Sandalfón, el ángel primordial que se sienta a la derecha del trono del Divino regulando con sus Serafines el movimiento de los astros del cielo y manteniendo así vivo el universo, pareció darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Por una infinitésima fracción de segundo salió de su eterna inmutabilidad por todo aquello que no era celeste y, de entre las llamas en las que ardía constantemente por el amor del Omnipotente, dirigió una profunda mirada de reproche a Metatrón.
—¡Cálmense, hermanos míos, estamos en el lugar más sagrado del universo! —indicó Metatrón decidido a hacer valer su autoridad y, para contener la disputa entre los arcángeles y terminar de una vez por todas con esa cuestión, añadió—: Raphael, ¿qué has descubierto sobre la pequeña?
El arcángel sanador levantó la vista de la recién nacida. Hasta ese momento toda su atención había estado dirigida a estudiar a fondo la esencia de la pequeña. Aturdido por la magnitud de sus descubrimientos, comenzó a hablar:
—Ella es algo… —Raphael titubeó por un momento, no era fácil encontrar las palabras para describir lo que tenía frente a sus ojos; se puso de pie, se alisó la túnica y comenzó de nuevo—: En su aura conviven el bien y el mal…
—¿Entonces es humana? —lo interrumpió Metatrón.
—Su aura y su apariencia parecerían indicarlo y alguien poco experto podría incluso pensarlo. He analizado su esencia a fondo y puedo decir con absoluta certeza que la pequeña no es humana. He encontrado algo funesto en su naturaleza, a la par de una sombra siniestra. Es como si alguien hubiera usado sus poderes sobre ella intentando esconder la verdad…
Con un ademán de la mano Metatrón detuvo nuevamente la explicación de Raphael:
—Por lo que me han dicho, su madre era un ángel creador. Tú la conocías bien, Jibreel, ya que estudiaba contigo, ¿podría haber usado sus poderes sobre la pequeña con el objetivo de esconder su verdadera esencia?
Jibreel se llevó los largos dedos a la cabeza peinando una y otra vez los rubios bucles que enmarcaban su rostro de jovencito; estaba evidentemente nervioso.
—Muriel era un ángel creador extraordinariamente potente para su joven edad, por eso me estaba dedicando personalmente a su entrenamiento… —titubeó y volvió a tener frente a sí los ojos suplicantes de Muriel mientras le pedía que se hiciera cargo de la pequeña—. Pero como ya les he dicho, su padre no es un humano sino un demonio. Y contestando a la pregunta: sí, si lo hubiera deseado, Muriel habría podido intentar esconder la naturaleza demoníaca del ser que cargaba en su vientre…
—No es un demonio, Jibreel —esta vez fue Raphael quien frenó con sus palabras al Embajador del Divino—. Aunque su padre lo haya sido, ella no es un demonio, al menos no del todo. Su esencia es casi completamente celestial y sin embargo una maldad latente se esconde en su naturaleza. No sé explicarme de qué manera esto sea posible, pero es un ángel. Un ángel extraordinario en el que vive el bien y en el que el mal presente en sus profundidades podría despertarse y manifestarse con intensidad demoníaca.
Esas reveladoras palabras tuvieron el poder de apagar todas las disputas y sabiamente Raphael calló, dando tiempo a los presentes para que pudieran reflexionar sobre lo que acababa de decir. La Cúpula de Fuego del Divino se sumió en un grave silencio mitigado solo por el leve sonido de la respiración de la recién nacida y por los cantos celestiales de los Serafines.
Las palabras de Metatrón rompieron el silencio en el que se encontraban los tres arcángeles:
—Hagamos balance de la situación: lo que tenemos aquí es en verdad el fruto imposible de un amor que no debería de haber existido jamás. Su madre, un ángel; su padre, un poderoso demonio. En esencia angelical y sin embargo en potencia peligrosa, la pequeña es un arcano del que desconocemos el poder —hizo una pausa para enfatizar lo que estaba por decir—; no pudiendo pues prever su destino, están llamados a decidir siguiendo la sabiduría que Él, que todo lo domina y todo lo sabe, ha infundido en ustedes, además de su propia conciencia. ¡Expresen su decisión uno a uno, arcángeles!
—La criatura representa un peligro para todo lo que conocemos. Su existencia debe ser borrada del cielo y de la Tierra cuanto antes, ¡que pague con la vida por los pecados de sus padres! —sentenció Jibreel de inmediato y sin dudar.
Metatrón miró a Mikael, que había cerrado fuertemente los puños al escuchar la sentencia de Jibreel, y le indicó que tomara la palabra. Una vez recuperado su autocontrol, el comandante de las fuerzas celestiales dio su veredicto:
—¡La pequeña no tiene la culpa por los errores de quienes le dieron la vida! Combato demonios desde el inicio de los tiempos y nadie los conoce mejor que yo. La he tenido entre mis brazos, he visto en sus ojos y no encuentro en ella nada demoníaco. Debe pues vivir y ser un ángel entre nosotros, no podemos condenarla sin que haya hecho nada para merecerlo.
—La recién nacida no debe morir, es un ángel muy especial y hay un motivo si el Divino ha permitido que viniera a la luz —comenzó Raphael mirándola fijamente—. Mi veredicto es que debe vivir, pero no aquí en Bereshit, donde se sentiría siempre diferente. Su madre deseaba que viviera entre los humanos y una madre rara vez se equivoca. Que viva en la Tierra vigilada…
—¡Eso está fuera de discusión! ¿Es que acaso han perdido todos la razón? No debe vivir ni en Bereshit ni en la Tierra. Metatrón, debemos matarla antes de que sea demasiado tarde —bramó Jibreel interrumpiendo a Raphael.
—¿Y desde cuándo puedes tú cuestionar la resolución de un arcángel? —respondió Raphael resentido—. Yo, Raphael, arcángel y sanador del Omnipotente, decreto solemnemente que debe vivir en la Tierra bajo vigilancia angélica, y solo si llegara a representar un peligro deberíamos pues acabar con su vida.
—¡Quien desee matarla hoy o mañana tendrá que enfrentarse conmigo y pasar sobre mi cadáver! —exclamó Mikael con ímpetu. Sus palabras fueron acompañadas por el ágil y evidente movimiento de su mano apretando fuerte la empuñadura de Or En Sof, que aún descansaba sobre su costado.
—Ten cuidado, Guerrero, no sea que con tus acciones te manches de rebelión —lo espetó Jibreel extendiendo sus luminosas alas.
«Los tres arcángeles mayores: Raphael, el anciano sanador; Mikael, el guerrero y Jibreel, el embajador del Divino; y la disputa por el destino de Helena.»
Airado por las amenazas proferidas por los arcángeles en el lugar más sagrado del universo, Metatrón se puso de pie dejando su escaño a la izquierda del Divino:
—¡Suficiente! ¡Esta furiosa disputa debe terminar al instante! No es digna de su rango ni de este lugar, arcángeles —exclamó adusto.
De pronto su rostro eternamente luminoso destelló con una luz tan blanca que cegaba, envolviéndolo por completo, y el color de sus ojos abandonó sus iris doradas hasta dejarlas en blanco. Una potente voz que parecía salir directamente del centro de su pecho retumbó en las mentes de Jibreel, Mikael y Raphael haciendo palpitar sus corazones:
—¡Ángeles míos, que toda desesperación y querella cese ahora! —conscientes de estar ante la presencia del Divino, los tres arcángeles hincaron una rodilla en el suelo y bajaron la cabeza con respeto—. Yo, que soy su Padre y Creador, estoy entre ustedes y declaro que esta es mi voluntad: la recién nacida vivirá. Con el nombre de Helena morará en Bereshit, ya que el cielo le pertenece por derecho de sangre. Sus hechos hablarán por ella. ¡Que mi paz reine entre ustedes!
Tan repentinamente como había aparecido, la luz cegadora se desvaneció hasta restituir la usual luminosidad del rostro de Metatrón y el color regresó a sus iris.
—¡El Divino ha hablado y su palabra es ley! —prorrumpió con su voz habitual golpeando el suelo con el bastón de mando divino.
Enseguida, campanadas de júbilo resonaron en los cielos mientras la voz divina anunciaba a todos los ángeles de Bereshit el nacimiento de la muy amada Helena, hija de los difuntos Muriel y Omael.
Mikael y Raphael rodearon a la pequeña y el gran guerrero, radiante de felicidad, la tomó amoroso entre sus brazos meciéndola. Solo Jibreel se había quedado inmóvil y miraba atónito a su alrededor.
A pesar de que los ojos de Metatrón se encontraban totalmente en blanco, estaba seguro de que al pronunciar sus palabras el Divino había posado esos ojos ciegos sobre él con intenso interés. Intuyendo el amargo turbamiento que le causaba escuchar que el cielo le pertenecía por derecho de sangre y que Helena sería su nombre, el Omnipotente había escudriñado en su ánimo y la inicial mirada de interés se había transformado en una muda pero elocuente advertencia que solo él era capaz de captar.
—Arcángeles, ahora que todo ha sido aclarado y decidido sobra subrayar lo confidencial de la verdadera paternidad de Helena; nadie debe decir una palabra de ello nunca —y señalando risueño a la pequeña Metatrón añadió—: Y ahora, ¡traigan a mí a la angelita!
Mikael depositó a la recién nacida en el regazo del regente de los Querubines y este la miró examinándola atentamente. La sorpresa más absoluta apareció en su resplandeciente rostro al ver sus ojos verdes:
—¡En verdad es un ser extraordinario y el cielo es suyo por derecho! Ven, Jibreel, acércate y compruébalo tú mismo.
Aún turbado y venciendo la repulsión que sentía por la pequeña, Jibreel intentó recomponerse. Escondiendo hábilmente su verdadero estado de ánimo, caminó hacia Metatrón y los arcángeles con una perfecta sonrisa fingida sobre sus finos labios.
—Intento decírtelo desde que nació, Jibreel —dijo Raphael pasando afectuosamente el brazo alrededor de los hombros de su hermano arcángel—, ¡en sus ojos resplandece la marca de los Primeros Ángeles!
Sin lograr pronunciar palabra, Jibreel se inclinó sobre la recién nacida y le bastó echar apenas un vistazo para notarla. Ahí, justo en el verde iris del ojo derecho de la angelita, una pequeña mancha oscura parecía brillar burlándose de él.
Esa mancha marrón estaba presente solo en los ojos de los ángeles del origen, independientemente de su color. Desde el inicio de los tiempos únicamente los iris de Sandalfón, Metatrón, Mikael, Raphael y el suyo propio, los primeros seres angélicos creados por el Divino, estaban marcados con ella. Y desde entonces ningún otro ángel había presentado la marca, ni siquiera los arcángeles menores.
La sonrisa desapareció de su boca transformándose en una terrible mueca que hizo palidecer su rostro de eterno jovencito. Haciendo acopio de todas sus fuerzas logró sofocar el grito de terror que subía impetuoso por su garganta y controlar el temblor incontenible que agitaba su espíritu. Con una rápida sacudida de la cabeza que hizo bailar sus largos bucles dorados recuperó sus perfectas y juveniles facciones, pero su bien disimulada turbación no pudo escapar por completo a la hábil atención de Mikael.
—Ten cuidado, Embajador —exclamó Mikael sonriendo finalmente triunfante y, clavando sus pupilas en las pupilas ligeramente dilatadas de Jibreel, añadió—: No sea que con tus gestos te manches de rebelión.
—Oh, dejemos de reñir, arcángeles —interrumpió Metatrón en tono conciliador; luego miró fijo a la pequeña que intentaba jalar sus blancas barbas—. Está claro que ella es totalmente fuera de lo común y la marca lo atestigua aún más... pero me temo que su presencia pueda causar más revuelo del necesario en Bereshit; por el bien de esta angelita es mejor que la marca en sus ojos no sea visible para nadie. Raphael, ¿quieres ocultarla por favor?
—Metatrón, yo no creo que sea lo adecuado, la marca es parte de Helena…
—Vamos, Raphael, ya ha habido suficientes discusiones por el día de hoy. Hazme el favor de ocultarla, ¿o es que quieres que Helena ande por ahí y los ángeles reaccionen como Jibreel al ver sus ojos?
Raphael emitió un suspiro resignado pero, entendiendo las razones de Metatrón, apoyó las manos sobre el rostro de la pequeña, que de inmediato lanzaron destellos multicolores, y recitó una breve plegaria. Cuando retiró las palmas la marca de los Primeros Ángeles había desaparecido de los ojos de Helena quedando oculta bajo el verde intenso de su iris.
—Así está mucho mejor —exclamó el regente de los Querubines—. ¿No lo crees también tú, Jibreel?
Cuatro pares de ojos miraron al embajador del Divino con insistencia. Temeroso de perder mucho más de lo que ya había perdido en ese largo día, Jibreel recuperó finalmente su aplomo. No permitiría que nadie, mucho menos esa criatura, lo pusiera nuevamente en peligro. El cielo era en verdad su propio derecho divino y nadie lo despojaría de él.
Observó uno a uno a sus hermanos y lanzó una rápida mirada a la criatura que parecía contemplarlo curiosa, como a la espera de un gesto de su parte. Entonces el arcángel se alejó dos pasos del grupo, abrió sus blanquísimas alas de par en par y extendió los brazos con las palmas hacia arriba en el típico gesto del Embajador del Divino.
—¡Salud, Helena! Regocíjate porque has encontrado el favor del Divino —exclamó con voz dulce y melodiosa comenzando su farsa. En el fondo, pensó complacido, no era la primera vez que fingía.
✨ 💬 ¡RINCÓN DE DEBATE DE LA AUTORA! 💬 ✨
✨ ¡Y así da comienzo la historia de Helena! 👼⚡
👀 ¿Qué te ha parecido la actitud de Jibreel desde el nacimiento de Helena? 👁️🗨️ ¿Crees que sus temores están realmente justificados 🛡️ o hay algo mucho más personal y oscuro detrás de su rechazo? 🖤🔥
🔮 ¿Qué teorías tienes sobre el significado de la «Marca de los Primeros Ángeles» en el ojo de Helena? 👁️✨🌌
📖💬 ¡Me encantará leer todas tus teorías e impresiones en los comentarios! ✍️💭
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