Sed
Medianoche.
Para muchos, es el punto donde la oscuridad abriga y ofrece descanso.
Para mí, es el umbral temporal donde, así como la luna y el sol, el cuerpo y la mente parecen ceder el control.
Es en esa brecha donde algo me remueve por dentro.
Sed.
No una sed calma.
Una sed que llega como un aluvión en verano.
No me resisto ante la tentación.
Entonces bebo.
No por gusto, ni por alegría.
Bebo para disolver el pensamiento.
Para apagar el eco constante en mi cabeza.
El primer sorbo es un alivio.
El segundo, una caída.
Después de eso… ya no hay números.
Solo ausencia.
Me quedo unos segundos mirando el vaso.
Nunca recuerdo exactamente cuánto había bebido. Tampoco solía importarme demasiado, mientras acallara lo que buscaba emanar a través de mi piel, por mi bien.
Durante el día puedo fingir. Sé que tengo cierto control sobre las cosas. Puedo mantenerme ocupado, hablar con alguien, hacer cualquier tarea que requiera suficiente atención como para no pensar demasiado.
Incluso una tarea completamente absurda puede convertirse en una excusa suficiente para no mirar demasiado hacia dentro.
Pero cuando llega la noche…
No hay mucho que hacer.
Podría salir y entregarme a la noche, pero eso solo sería una burda excusa implícita para ponerme en peligro.
Prefiero quedarme sentado en el sillón frente a una botella a medio tomar que hacer eso.
Sin distracciones.
Sin exigencias ni preguntas.
Solo estar aquí.
Sentado en medio de la oscuridad.
A veces pienso que eso es lo más parecido a desaparecer sin tener que irme a ninguna parte.
Lo bueno de beber es que la botella no hace preguntas.
La noche menos.
Sigo consciente, sensible, inmóvil.
Nada me repercute dentro.
¿Tan rápido me embriagué?
No.
Al parecer, solo es una especie de tranquilidad artificial que dura exactamente lo que tarda mi cabeza en recordar que sigo aquí.
Por breves momentos siento paz.
Una muy extraña.
No es felicidad ni comodidad. Es una ausencia temporal de todo aquello que normalmente ocupa espacio.
Como entrar en una habitación que durante unos minutos está completamente vacía.
No hay muebles, voces o recuerdos visibles.
Solo una especie de ausencia inocua.
Y por un instante eso parece suficiente.
Hasta que deja de serlo.
Tan inevitable como un pestañeo, los pensamientos comienzan a aparecer nuevamente sin previo aviso.
Los primeros son difusos, abstractos.
Los segundos son casi una certeza.
Los demás, una afirmación que estaba evitando pensar.
Y es que aunque el vaso esté lleno, por dentro estoy vacío.
Ese pensamiento me hizo detenerme y visualizar mi panorama.
Una botella vacía.
Un vaso frente a mí.
El reflejo de alguien.
De mí.
Me quedé observándolo durante unos segundos.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar en ese reflejo.
Quizá una respuesta.
O simplemente a alguien que pareciera estar tan cansado como yo.
La calma del momento había cedido ante la culpa, la incertidumbre.
No podía evitar sentir que estaba cayendo por una espiral de donde no podía huir.
Y aunque sabía perfectamente que beber no solucionaba nada, tampoco tenía una respuesta mejor.
Ese era quizá el problema.
No necesitaba que alguien me explicara que aquello no funcionaba.
Ya intuía que todo lo que sentía era una tranquilidad artificial.
Aun así, durante unos minutos parecían suficientes para justificar cualquier cosa.
Dejé de beber.
Busqué otra forma de sopesar el tormento que llevaba dentro.
Uno que no venga en botella.
Uno que no me quite la voz, sino que me devuelva el aliento.
Sin pensarlo demasiado, busqué refugio en la música.
La música, para mí, es algo casi terapéutico.
Sigue siendo la única compañía que tengo cuando todo lo demás no tiene sentido.
Un espacio donde realmente me puedo encontrar a mí mismo.
Me puse los audífonos, elegí una canción que ya había escuchado demasiadas veces y la dejé fluir.
Tiene algo de reconfortante saber cuál es el primer acorde, la primera entrada de un instrumento o la voz de un cantante.
Me gusta detectar esas cosas, quizá porque, al menos ahí, puedo anticipar lo que viene.
Sé cuándo entra la batería.
Sé cuándo la voz cambia ligeramente de registro.
Sé cuándo aparece ese instrumento que durante unos segundos parece no tener importancia y termina modificando toda la canción.
Incluso sé cuándo llega el momento exacto en que debería terminar.
Hay algo tranquilizador en eso.
Saber que algo puede comenzar, desarrollarse y terminar exactamente como estaba previsto.
Mientras avanza la música, no puedo evitar pensar que me veo como una versión masculina y desencantada de un cliché de película.
Ese que solo pone música triste, bebe un vino barato y come un poco de helado para cerrar el ciclo.
Pero no.
Suelo ser más como un “catador lírico”.
Uno que siente cada nota, instrumento y técnica vocal.
Me gusta escuchar cómo una canción puede construir algo sin necesidad de explicarlo.
Cómo una voz puede sonar rota sin que la letra diga una sola palabra sobre ello.
Cómo un instrumento puede aparecer durante unos segundos y modificar completamente la sensación de una canción.
Cómo una pausa puede decir tanto como una frase.
A veces incluso me siento un protagonista.
No porque mi vida tenga algo particularmente especial, sino porque pareciera que alguien decidió ponerle una banda sonora a todo lo que estoy sintiendo.
¿Cómo puede alguien que probablemente jamás me conocerá escribir algo que parece haber sido sacado directamente de mi cabeza?
Quizá esa sea una de las cosas más extrañas de la música.
Ningún cantautor sabe quién soy ni conoce mi historia.
No sabe qué ocurrió antes de presionar el botón de reproducir.
Y aun así consigue acompañarme.
Por unos minutos puedo dejar de sentir que estoy solo dentro de mi propia cabeza.
La canción no intenta convencerme de que mañana todo será diferente.
Simplemente está ahí.
Y quizá por eso funciona.
Cuando menos lo esperaba, la canción terminó.
Dejé que comenzara otra, luego otra y otra más.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Eso era lo bueno de la música.
Podía ocupar un espacio.
Un estadio.
Una habitación.
Una cabeza.
Podía evitar que tuviera que pensar en mí mismo por unos minutos.
Podía llenar los espacios donde normalmente aparecía el ruido.
Pero eso también era un arma de doble filo.
Porque cuanto más rodeaba las cosas, más atención les prestaba, más consciente me volvía.
De lo que sentía y lo que no.
De todo aquello que intentaba evitar.
La música podía acompañarme, pero no podía llevarme a ninguna parte.
Sólo podía sentarse conmigo mientras yo seguía ahí.
Y quizá ese era el límite, podía darme un lugar donde descansar, pero no a alguien que caminara por mí.
Entonces el ruido se convierte nuevamente en una forma desesperada de confirmar la propia existencia frente al vacío.
Y vuelvo a perder el sostén de la noche.
Me quité los audífonos.
Silencio.
Luego ruido ambiental.
Luego yo.
Siempre he pensado que si me quedo callado por más de un minuto, es que ya me he muerto.
Los muertos están quietos, ¿no?
El silencio y la quietud son la forma en que siento que ya no estoy aquí.
Que me he perdido en el vacío.
Quizá lo único que me queda es seguir moviéndome.
Seguir hablando.
Seguir haciendo ruido para recordar que estoy vivo.
Me levanté.
No tenía ninguna razón concreta para hacerlo.
Simplemente no quería seguir sentado mirando a través del cristal de una botella.
Caminé hasta la cocina y abrí un cajón. Luego otro. No necesitaba nada realmente, pero me quedé hurgando entre las cosas durante unos segundos, como si de pronto fuera a aparecer algo que justificara haberlos abierto.
Nada.
Volví a caminar.
A veces creo que el cuerpo sabe antes que yo cuándo algo está mal.
O quizá simplemente está acostumbrado a obedecer.
Moverme es más fácil que pensar.
Así que me sigo moviendo.
Camino por la casa.
Voy de una habitación a otra.
Reviso el teléfono. No tengo mensajes nuevos.
Miro la hora.
2 AM.
Esperaba que el tiempo hubiese avanzado más.
Es extraño cómo una noche puede sentirse interminable mientras ocurre y, al mismo tiempo, parecer desaparecer cuando uno mira el reloj.
El tiempo se vuelve extraño cuando uno no tiene nada que hacer con él.
Decido poner música nuevamente.
Esta vez algo distinto.
Algo con más ritmo.
No quiero detenerme a pensar ni sentir.
Solo quiero que haya algo ocurriendo.
La música llena la habitación.
Me muevo un poco.
Golpeo ligeramente con los nudillos las superficies a donde vaya.
Luego contra mi pierna.
Camino y doy vueltas siguiendo el compás.
De pronto ya estoy bailando.
No sé cuándo empezó.
Tampoco sé por qué.
Simplemente estoy ahí, moviéndome en medio de la habitación como si alguien estuviera observándome.
No hay nadie.
Solo yo.
El ruido se hace presente.
Retumban las paredes.
Suenan mis propios pasos.
Escucho mi respiración.
El golpe seco de mis nudillos contra una superficie.
El roce de la ropa.
Todo me parece mejor que estar en silencio.
Ni siquiera intento pensar en lo que estoy haciendo.
Solo sigo el ritmo.
Quizá eso es lo que estaba buscando desde el principio.
Algo que no me pidiera entenderlo.
Algo que simplemente ocurriera.
Además, me es difícil quedarme quieto.
No sé cómo lo hacen los demás.
¿Cómo pueden simplemente sentarse?
¿Cómo pueden estar en una misma posición sin tener necesidad de levantarse cinco veces?
¿Cómo pueden acostarse y cerrar los ojos sin que inmediatamente aparezca una lista interminable de cosas que podrían haber hecho durante el día?
Yo no sé hacerlo.
O quizá alguna vez supe y simplemente lo olvidé.
Sigo moviéndome.
Sigo haciendo ruido.
Durante unos minutos consigo convencerme de que funciona.
De que mientras así no voy a pensar.
De que mientras haya ruido no voy a escucharme.
3 AM.
El sueño seguía sin aparecer.
Pero los pensamientos no se quedaban quietos.
De un minuto a otro pasan de la angustia al miedo.
Luego a la desesperación.
Todo en un vaivén que no hacía más que agobiarme.
Apagué la música.
Esta vez no porque quisiera silencio.
Porque ya no podía soportarla.
Me quedé de pie en medio de la habitación.
La casa estaba completamente quieta.
Y por primera vez durante toda la noche entendí algo bastante obvio.
No podía seguir haciendo ruido para siempre.
Tarde o temprano tendría que detenerme.
Me volví a quedar inmóvil.
Atosigado por todo lo acontecido durante la madrugada.
Sentí cómo los pensamientos volvían a ocupar cada espacio que la música había dejado libre.
Uno detrás de otro, como si hubieran estado esperando.
Recordé cosas que no quería recordar.
Pensé en cosas que probablemente nunca ocurrirán.
Imaginé conversaciones que jamás tendré.
Construí respuestas para preguntas que quizá nadie me hará.
Mi cabeza parecía poder convertir cualquier cosa en un problema.
Y cualquier problema en una pregunta.
Y cualquier pregunta en otra más ambigua.
Era agotador.
No porque cada pensamiento fuera particularmente importante, sino porque ninguno parecía querer terminar.
Uno llevaba al siguiente.
El siguiente abría otra posibilidad.
Y esa posibilidad se convertía en incertidumbre.
A veces podía pasar varios minutos intentando resolver algo que ni siquiera estaba ocurriendo.
Discutía conmigo mismo sobre situaciones hipotéticas.
Revisaba conversaciones antiguas.
Pensaba en cosas que había dicho, en las que no.
En lo que podría haber ocurrido si hubiese actuado de otra manera.
Como si existiera alguna versión de mí mismo capaz de regresar al pasado y corregir cada pequeño error.
Pero no existe.
Solo estoy yo.
Aquí.
Intentando encontrar una respuesta que probablemente no esté.
A veces no se trata de encontrar respuestas.
Sino de explorar la imposibilidad de hallarlas.
Quizá llevaba demasiado tiempo intentando resolver cosas que simplemente no tenían solución.
Hay preguntas que no desaparecen porque encontremos una respuesta.
Desaparecen porque dejamos de hacerlas.
Pero no siempre puedo hacer eso.
A veces la mente insiste.
Y quizá eso era lo que realmente me agotaba.
No los pensamientos, sino la necesidad de respuestas.
Querer entenderlo todo.
Saber el qué, cuándo y por qué.
Como si entender algo pudiera impedir que doliera.
Como si ponerle nombre a todo hiciera que dejara de existir.
La incertidumbre siempre será un mal bien venidero.
Y eso estaba bien, supongo.
No porque me gustara.
Simplemente porque no podía pasarme toda la noche intentando apagar algo que formaba parte de estar vivo.
Quizá mañana volvería a preocuparme por las mismas cosas de hoy.
No necesitaba responderlas ahora.
Eso era suficiente.
No había encontrado ninguna solución ni descubierto nada extraordinario.
Solo había llegado a un punto en el que estaba demasiado cansado para seguir peleando con ella.
Y quizá eso también podía contar como una victoria.
Una pequeña.
Pero victoria al fin y al cabo.
Miré nuevamente la hora.
Era tarde.
Demasiado tarde.
¿O era temprano?
Da igual.
Decidí volver a la cama.
No había ganado nada, pero tampoco había perdido.
Solo había conseguido que volviera el sueño; por una vez, eso era suficiente motivo para detenerme.
Fui al baño, me lavé los dientes, me mojé la cara y me miré al espejo.
No había música.
No había alcohol.
No había movimiento.
Solo yo.
Me quedé unos segundos con las manos apoyadas sobre el lavabo.
El agua seguía cayendo por mi rostro.
Respiré.
Me miré.
Por alguna razón me dio risa.
No una risa particularmente feliz.
Más bien esa risa que aparece cuando uno está demasiado cansado como para reaccionar de otra manera.
Solo me reí por “sobrevivirme” otro día y apagué la luz.
Volví a la habitación.
Me acosté.
Apenas puse mi cabeza en la almohada, el sueño comenzó a marcar presencia.
Fue casi inmediato.
Como si hubiese estado esperando que dejara de perseguirlo.
Cerré los ojos.
Por unos segundos todavía podía sentir algunos pensamientos dando vueltas.
Después se hicieron más lentos.
Más lejanos.
Hasta que dejaron de hostigar.
No desaparecieron realmente.
Solo dejaron de exigir una respuesta.
Y eso bastaba.
Por primera vez en horas no necesitaba encontrar nada.
Solo podía quedarme aquí.
Quieto.
Recostado.
Y antes de dormirme me pregunté:
Cuando se baje el telón, la oscuridad parecerá más tranquila.
Aunque…
¿por cuánto tiempo?








