Batallas de Aura
—No, gorda. Te juro que no estoy en la plaza —le digo, asomándome entre la gente para ver al Niño Six Seven hacer su famoso movimiento con las manos, fluctuando entre una y la otra, como si le estuviera palpando las pelotas a un elefante para saber cuál de las dos le pesa más.
Emociona verlo.
Alrededor mío, la gente se vuelve loca y lo empieza a ovacionar igual que si hubiera tocado el solo de November Rain con una cuchara, y yo me hubiera entregado feliz a esa locura si no estuviera con el celular pegado a la oreja. Bien aplastado contra el cachete para que mi novia no escuche.
Resulta que a ella no le copan mucho estas cosas. Una vez le sobé las tetas, moviendo las manitos mientras le decía "sixsevensixseven", y no le gustó un carajo. Me miró con una cara de culo que daba miedo y me dijo que me fuera de la casa.
—El abuelo está mal —la escucho sollozar desde el parlante del celular, en una mezcla rara de palabras y mocos—. Recién pasó el médico y dijo que puede ser que no pase la noche.
La verdad que escucharla así me parte el corazón y me hace uyuyuy. El Pibe Mogging —un gordo con más papada que aportes fiscales— se le plantó enfrente al Niño Six Seven y se puso a señalarse la bolsa adiposa que tiene de cara justo en donde, dicen los científicos, debería existir la mandíbula.
Y yo no puedo hacer otra cosa que querer aplaudirlo.
Pero me aguanto las ganas.
La llamada. La llamada.
—Uy, gorda. Qué bajón.
—¿Dónde carajo estás, Ricardo? Estoy escuchando gritos.
Hay que tener mucho cuidado cuando le mentís a tu novia porque, a la más mínima sospecha, te pueden sacar la ficha. Las mujeres son muy perceptivas. Una vez me descubrió desviando fondos de una de las arcas del Tesoro para invertir en Bitcoin y Ethereum y, con la ganancia, poder preordenar el GTA VI. Se enojó porque no me entendía que en ese momento el temita estaba en alza y era todo bullish para mí, para nosotros. Casi me deja. Afortunadamente no lo hizo. Yo la amo con todo el corazón, por eso desde ese día me prometí nunca más dejar que se entere cuando le miento. Y armé una estrategia bastante efectiva para safar en estas situaciones:
—¡Solimán, el Magnífico!
—¿"Solimán" qué, pelotudo? ¡Ricardo, vení ya mismo a estar conmigo o terminamos!
No funcionó, mierda. Y encima parece que me perdí algo porque la gente se puso a gritar como loca otra vez. Uno al lado mío se sacó la remera y está llorando.
—Sí, sí, amor. Estoy yendo.
Hago ruiditos de pasos con la boca.
—Ricardo, estamos yendo a comprar el cajón.
La puta madre. El cajón. Va a costar un huevo, ya me la veo venir. El viejo mide como dos metros y lo internaron con la verga dura como un fierro de tanto Viagra que se había tomado por querer cogerse a una pendeja. Van a tener que hacerle una carpa a la tapa para que entre esa erección. Encima, se fue el Niño Six Seven y ahora hay un flaco con traje y corbata haciendo un baile de Fortnite. No me gusta un carajo cuando hacen eso. Esto no es una de esas competencias de baile que se ven en las películas yankees.
—¡Farmeá aura, pelotudo!
—¿Qué farmee qué, amor?
—Nada, gorda, nada...
—Amor, ya lo estamos velando al abuelo —otra vez los mocos—. ¿Cuándo llegás?
Y de golpe caigo. Se murió el viejito. Las lágrimas me empiezan a brotar de los ojos como dos manguerazos de bombero, y el tipo sin remera que lloraba al lado mío me abraza cuando me ve moquear.
Y yo también lo abrazo.
Nos abrazamos.
El mundo, a través de las bolsas acuosas de lágrimas que me envuelven los ojos, se ve graciosamente deformado. Alrededor mío, todos son siluetas agusanadas yendo de un lado para otro mientras gritan y aplauden como locos. Parece que en el centro de la ronda ahora hay dos nuevos contrincantes midiéndose entre sí, y uno está dando vueltas carnero mientras recita el poema "Boots" de Rudyard Kipling, bastante parecido a como hizo Taylor Holmes en 1915, hay que decirlo.
Igual, ya nada me emociona. Solamente puedo pensar en el viejo.
Pobre viejo.
Bueno, no sé si pobre. Se murió como quiso, pero se lo va a extrañar. Tenía cada salida rara a veces. Me acuerdo que una vez me dijo: "Ricardo, vas a trabajar toda tu vida para pagar suscripciones a servicios que te distraigan de tu rutina de mierda porque ya no vas a poder ser dueño de nada", o algo así.
Sería algo a tener en cuenta si no lo hubiera dicho alguien que se murió con la verga parada.
Igual debería ir al velorio.
O sea, iría si pudiera alcanzar a ver la calle. ¿Había tanta gente cuando llegué?
En fin, supongo que tengo que empezar a meterle pata si quiero alcanzar a ver al viejo antes de que sea abono.
Perdón. Perdón. Permiso. Gracias.
"La maquinaria se va a apropiar de tu cultura y te la va a vender para que la consumas como una papa frita, hasta que cualquier moda dure menos que un pedo y a la siguiente semana tengas algo nuevo en que gastar tu sueldo de mierda", es otra cosa que me dijo una vez.
Un nuevo estallido de euforia me revienta los oídos. Debe ser algo impresionante lo que está pasando porque parece que los gritos no terminan nunca.
No tengo que mirar.
No tengo que mirar.
—Señor, ¿me alza a upa para que pueda ver yo también?
¿Por qué la voz de esa nena suena como la de Pazuzu?
No importa.
No le hagas caso.
Y sigo metiéndome entre la gente. Abriéndome paso entre axilas sudadas y bocas babosas. Empujando y aguantando la respiración para no intoxicarme con el olor a bolas y a pedos que empezó a manar de la masa de carne en la que se convirtió la multitud. Tapándome los oídos para no escuchar los gritos y las voces llamando: "¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!"
—¡Cállense un poco!
"Ricardo".
Mierda. La llamada. Casi me olvido.
—Estoy yendo, gorda. Esta vez de verdad.
—No me dejes sola, por favor...
—No, gorda. En serio estoy tratando de llegar.
—Por favor, despertate, Ricardo...
"Por favor, despertate, Ricardo". Un escalofrío me recorre la piel y, sin darme cuenta, me empiezo a reír, porque por un segundo casi caigo.
—¿Te pensás que soy boludo, gorda? Ya sé que me querés hacer la joda esa de que estoy en coma y te comunicás conmigo a través de aparatos eléctricos.
—Qué inteligente sos, amorchi. Ahora, ¡VENÍ YA MISMO ACÁ ANTES DE QUE TE MATE! ¡ESTOY HACE MÁS DE UNA HORA PARADA EN EL ALTAR ESPERÁNDOTE!
¿El altar? ¿Era hoy?
El dedo que me tira del cuello de la remera no me deja hacerme más preguntas. Los dedos, en realidad. Me agarran de la ropa y siento cómo montones de manos empiezan a pelearse por mí, iguales a garras, me agarran ansiosas como si yo fuera una copia de la edición de coleccionista de Amanecer de Murnau, con los comentarios del director de fotografía John Bailey, las escenas descartadas y un folleto ilustrado con información sobre la restauración de la cinta, y rápido me tiran a un lado como si fuera un DVD pirata de Dragon Ball Evolution. Y yo trato de zafarme, pero un poco también me río porque me hacen cosquillas.
Hasta que mi culo golpea contra el suelo.
Me tiraron en medio de la ronda.
Adelante mío hay un adolescente de metro y medio leyendo con mucha seriedad el manga Yuusha-sama no Oshishou-sama, pero la gente grita mi nombre.
Alientan por mí:
"Ricardo, Ricardo, Ricardo".
Y yo... Yo me pongo de pie.
Miro alrededor mío a la gente.
Al Pibe Mogging, al Niño Six Seven, a Solimán el Magnífico, a Rudyard Kipling con Taylor Holmes, a la nena Pazuzu, a Murnau y a John Bailey... Todos coreándome que le rompa el culo de manera metafórica y astronómica a ese pendejo maleducado que se pone a leer hentai adelante mío.
Me alientan a que desate toda la potencia de mi aura.
¿Y cómo no entregarme al sueño?
A la gloria.
A LA INMORTALIDAD INMATERIAL.
Porque no puedo.
De un salto le doy una patada al pobre Kipling y empiezo a repartir piñas para todos lados.
Tomá esto, Pibe Mogging.
Comé nudillos crudos, Niño Six Seven.
A ver si sabés dirigir con un solo ojo, Murnau.
—¡YA ESTOY LLEGANDO, AMOR!
"Las contracciones ya empezaron...", es lo último que escucho antes de que una mano me arrebate el celular de los dedos.
Doy manotazos al aire como si me estuviera ahogando para recuperarlo, pero la multitud empieza a responder a mis piñas con el mismo idioma y acento, y tengo que hacerme bolita para aguantar.
Y viene más.
Y más.
Y por un segundo me doy por vencido.
Pero entonces lo escucho.
Conozco esa bocina.
El Fiat 147 nace de entre la muchedumbre, encandilándome con los faros por un segundo y haciendo puré a cualquiera que no se aparte de su camino. Me río a carcajadas cuando veo quién lo maneja. Es el viejo con la verga todavía apuntando al techo, ¿quién más va a ser?
—Dame la mano —me dice, estirando la suya desde la ventanilla.
Y yo estiro el brazo y por un segundo pienso que no lo voy a lograr porque la masa, la carne, el organismo de gente me está enrollando con sus miles de brazos y aplastando contra el suelo. Me están dejando sin aire. Pero entonces siento cómo una mano abraza la mía y me tira del brazo. Primero un poco, y después más y más, hasta que siento dar mi primera bocanada de aire y nacer al mundo.
Agito los brazos hasta agarrarme con fuerza del borde de la ventanilla y doy un último saltito hasta entrar por fin al coche, tratando de no tocarle la verga al viejo, más que por asco, por respeto. Termino cayendo en el asiento del acompañante boca arriba y siento el tirón del coche arrancando a todo lo que da el motor.
Suspiro, exhalo, suspiro, exhalo.
Cuando por fin me incorporo en el asiento, habrá pasado poco más de un minuto de todo el asunto, pero no importa. Ya estoy en viaje.
—El sistema previsional va a colapsar porque los pendejos como vos ya no tienen ninguna motivación para tener hijos que trabajen en blanco y hagan los aportes con los que pagarte una miserable jubilación.
—Sí, sí. Ya sé. Seguí manejando.
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